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Autor: Jesús Martí Ballester | Fuente: Congregación amor y cruz La paciencia día a día
La paciencia no es virtud de débiles, sino de quien la vida ha obligado a practicarla. El que tiene paciencia es que es una persona inteligente.
La paciencia día a día
Lo que realmente necesitamos para tener paciencia es tener fe.
La paciencia no es virtud de débiles, sino de quien
la vida ha obligado a practicarla. El que tiene paciencia
es que es una persona inteligente.
En nuestra sociedad reina
la “prisa”. La vida hoy se desenvuelve a un ritmo
vertiginoso: demasiada prisa para hacer, para llegar, para resolver asuntos
personales y del trabajo, fricciones que surgen cada día con
las personas, citas urgentes.
Es necesario hacer un alto en
el camino y reflexionar un poco sobre el valor de
la paciencia, para no dejarse abrumar y tampoco seguir esa
carrera loca que va a toda marcha. ¿Cómo se espera
que la vida tenga más cordura y reflexiva, sea más
amable si todo se quiere “ya”? ¿Corriendo hacia ninguna parte?
¿Reaccionando instintivamente? La paciencia es una virtud, algo que el
hombre nunca llegará a alcanzar. Quien tiene paciencia tendrá recompensa.
La paciencia es el valor que hace a las personas
tolerar, comprender, padecer y soportar los contratiempos, las enfermedades, las
carencias y limitaciones, los achaques y las adversidades con fortaleza,
sin lamentarse; moderando las palabras y las actitudes para actuar
de manera acorde a cada situación. Con las personas molestas,
inoportunas o “lentas”, se puede caer en el error de
fingir una actitud paciente, de dar la apariencia de escuchar
sin alterarse ni expresar emoción, buscando escapar de la situación
rápidamente con respuestas breves y un tanto cortantes, con indiferencia
e insensibilidad ante el estado de ánimo de los demás.
Uno de los grandes obstáculos que impiden el desarrollo de
la paciencia, es la impaciencia de esperar resultados a corto
plazo, sin detenerse a considerar las posibilidades reales de éxito,
el tiempo y esfuerzo requeridos para alcanzar el fin. Cargarse
con excesivas actividades produce ansiedad y prisa, de lo que
resulta un amargo sabor de boca, de frustración y de
mal humor por no terminar todo lo comenzado.
Urge la
moderación, la conciencia de la propia capacidad para evitar contraer
demasiados compromisos que después no se pueden cumplir. Frenar la
ambición. Soportar las molestias del clima a través del arduo
trayecto a la oficina y la escuela, la circulación sobresaturada.
Tolerar las inconveniencias, la falta de destreza de los demás.
“Mejor que el fuerte es el paciente, y el que
sabe dominarse vale más que el que expugna una ciudad”
(Prov 16, 32). LA PACIENCIA. NO ES UNA CUALIDAD TEMPERAMENTAL
El hombre
flemático suele ser paciente. Pero lo es por condición natural.
Es un hombre que no tiene prisa para nada, frío,
sin vigor. Esto puede constituir una cualidad negativa que facilite
la adquisición de la paciencia, pero frecuentemente es un obstáculo
para el servicio generoso y para las grandes empresas. La
paciencia no es la indiferencia.
No es la falta de vibración
del estoico, que se desinteresa de todo, para que nada
pueda sacarle de su dolce-far-niente. Ni es la actitud del
nihilismo budista, la aniquilación de todo deseo humano. NI es
el hombre espectador negativo, sin ninguna actividad, pues así elimina
la base necesaria para el desarrollo de la verdadera paciencia.
La paciencia es una virtud. Es un hábito operativo bueno,
que es una firme disposición del alma para no apartarse
de la prosecución del bien a causa de los obstáculos
que puedan sobrevenir en el camino. La paciencia es la
virtud que inclina a soportar sin tristeza de espín tu
ni abatimiento de corazón los padecimientos físicos y morales. LA PACIENCIA
PERFECCIONA LAS DEMÁS VIRTUDES
La paciencia es la raíz y guarda
de todas las virtudes, no porque las produzca o conserve
directamente, sino sólo porque remueve los obstáculos que estorban a
las virtudes (Suma 136. 2 ad 3).
“Tenga obra perfecta
la paciencia, para que seáis perfectos y cumplidos, sin faltar
en cosa alguna” (Sant 1,4).
“Porque tenéis necesidad de paciencia,
para que cumpliendo la voluntad de Dios, alcancéis la promesa”
(Heb 10,36).
Sin la paciencia no tendrían mérito los trabajos
y sufrimientos, que agravarían nuestros males: la cruz pesa mucho
más cuando se la lleva de mala gana.
Las tribulaciones
con que Dios nos aflige, si se toleran con paciencia,
abaten el orgullo de la carne y fortifican la virtud
del alma. “Por vuestra paciencia salvaréis vuestras almas” (Lc. 21, 19),
porque ella arranca de raíz la turbación causada por las
adversidades, que quitan el sosiego al alma (Suma 2-2, 136,
2 ad 2).
Por eso, los pacientes verdaderos, llenos de
fe y ardientes en la caridad, lanzan esas fórmulas que
estremecen a la moderna sensibilidad hedonista y blandengue: “O padecer
o morir” de Santa Teresa. “Padecer y ser despreciado” de
San Juan de la Cruz. “He llegado a no poder
sufrir, pues me es dulce todo padecimiento” de Santa Teresita.
“Que el Señor guíe vuestros corazones en la caridad de
Dios y en la paciencia de Cristo (1 Tes. 3,
5). Pues “nos es preciso entrar en el reino de
Dios por muchas tribulaciones” (He 14, 22).
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