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Autor: Ramiro Pellitero Iglesias | Fuente: Conoze Testigos y maestros
En Cerdeña Benedicto XVI ha vuelto a insistir en lo que llama la «emergencia educativa»; es decir, la necesidad urgente e ineludible de la educación.
Testigos y maestros
En Cerdeña Benedicto XVI ha vuelto a insistir en lo
que llama la «emergencia educativa»; es decir, la necesidad urgente
e ineludible de la educación.
En una carta que escribió a
la diócesis de Roma en enero de 2008 sobre este
tema, dice que, ante todo, hay que evitar una tentación.
La tentación de echar la culpa a las nuevas generaciones
(como si los niños o los jóvenes de hoy fueran
diferentes a los de antes) o a una supuesta «fractura
entre generaciones», que es más bien efecto que causa del
problema.
¿Quién tiene, entonces, la culpa? ¿Los padres y maestros? Sin
quitar las responsabilidades de unos o de otros, hay que
mirar al ambiente que nos rodea: «Un clima generalizado, una
mentalidad y una forma de cultura que llevan a dudar
del valor de la persona humana, del significado mismo de
la verdad y del bien; en definitiva, de la bondad
de la vida». Esto hace difícil transmitir certezas y valores,
y resta credibilidad a las metas que se pueden proponer
para la vida.
En esta situación el Papa anima a no
tener miedo y mirar hacia delante, confiando en que la
libertad del hombre es siempre capaz de generar novedad, con
tal de aceptar que lo que vale cuesta esfuerzo. Y
hoy el esfuerzo en la educación lo piden los padres
y los maestros, la sociedad misma y la intimidad de
los jóvenes, que necesitan acompañamiento en el camino.
Además, «quien
cree en Jesucristo posee un motivo ulterior y más fuerte
para no tener miedo, pues sabe que Dios no nos
abandona, que su amor nos alcanza donde estamos y como
somos, con nuestras miserias y debilidades, para ofrecernos una nueva
posibilidad de bien».
¿Cómo educar hoy? El Papa señala algunos requisitos
fundamentales. Primero: cercanía y confianza: «Todo verdadero educador sabe que
para educar debe dar algo de sí mismo y que
solamente así puede ayudar a sus alumnos a superar los
egoísmos y capacitarlos para un amor auténtico». Segundo, no dejar
de lado la gran pregunta sobre la verdad, que conduce
al amor; y el amor implica la capacidad de sufrir
juntos. Tercero, lo más delicado, la relación entre libertad y
disciplina; y eso se educa así: no secundar los errores,
ni fingir que no los vemos, o peor todavía compartirlos,
como si fueran la vanguardia del progreso.
Por último, en la
base de la educación está el prestigio que hace creíble
el ejercicio de la autoridad. Una autoridad que se distingue
muy bien de una mera función o encargo social. La
autoridad del educador no es sólo fruto de experiencia y
competencia, sino que se logra «sobre todo con la coherencia
de la propia vida y con la implicación personal, expresión
del amor auténtico». El educador es, en suma, un testigo
de la verdad y del bien. También él es frágil
y puede tener fallos —no por eso su credibilidad queda
comprometida—. Lo que importa es que recomience siempre de nuevo
su tarea, desde la conciencia de su misión.
Tras la lectura
de la carta, es fácil evocar aquello que escribió Pablo
VI: «El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los
testigos que a los maestros, o si escucha a los
maestros lo hace porque son testigos». Precisamente los Padres de
la Iglesia y los santos de todos los tiempos son
maestros de fe no porque tuvieran una teoría perfecta sobre
el cristianismo, sino ante todo porque vivieron el Evangelio con
coherencia. Porque fueron testigos a veces hasta la muerte. No
olvidemos que de ahí viene la palabra mártir (en griego,
testigo).
En su encíclica sobre la esperanza, subraya Benedicto XVI que
los primeros cristianos vieron a Jesucristo como verdadero filósofo y
verdadero pastor. «Ya desde hacía tiempo los hombres se habían
percatado de que gran parte de los que se presentaban
como filósofos, como maestros de vida, no eran más que
charlatanes que con sus palabras querían ganar dinero, mientras que
no tenían nada que decir sobre la verdadera vida». Y
añade: sólo quien indica el camino que es la verdad,
puede ser a la vez un verdadero maestro de vida;
sólo el que me acompaña incluso en el camino de
la oscuridad, la soledad y la muerte, es el verdadero
y sumo pastor.
Al poco de comenzar su pontificado ya decía
que los educadores cristianos, en cuanto testigos, deben dar razón
de la esperanza que alimenta su vida, viviendo la verdad
que proponen a sus alumnos, en referencia a Cristo. De
modo que puedan decir con San Agustín: "Tanto nosotros, que
hablamos, como vosotros, que escucháis, somos discípulos y seguidores de
un solo Maestro".
Luego el Papa ha observado que es preciso
vencer el individualismo porque la vida se salva cuando se
da. Ha dicho que hoy se requiere educar la capacidad
de compromiso en el contexto de la misión (quien tiene
una misión apasionante, ni tiene tiempo de aburrirse ni se
queja excesivamente ante las dificultades). Ha exhortado a sentir la
Iglesia como la propia familia y saber captar la belleza
del proyecto cristiano. Y como el amor es en definitiva
lo creíble, ha insistido en que los educadores (los padres
y los catequistas, los profesores y los sacerdotes, etc.) han
de «ir por delante» asumiendo el «riesgo del amor», convencidos
de que la mejor inversión es educar a los hijos
y a los ciudadanos; dispuestos a vencer la pereza para
prepararse lo mejor posible con vistas a esa tarea; atesorando
el coraje para despreciar el conformismo de quien piensa que
todo está perdido. Asumiendo el riesgo, también, de no ser
comprendidos a la primera cuando se vive —única manera de
enseñar— la justicia con Dios y con los demás, la
misericordia que de Dios viene y que ha de caracterizar
nuestra actitud ante los más necesitados.
Para afrontar la «emergencia educativa»
—ha subrayado Benedicto XVI en Cagliari— se necesitan educadores capaces
de compartir lo que de bueno y verdadero hayan experimentado
y profundizado en primera persona. No hay mejor definición de
lo que es ser testigo ni condición más necesaria para
ser maestro.
Ramiro Pellitero Iglesias Profesor de Teología Pastoral en la Universidad
de Navarra
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