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Autor: Isabel Solé | Fuente: educadoresmaristas. com El Apoyo del Profesor
Con frecuencia escuchamos y utilizamos expresiones del tipo «Estos alumnos no están motivados», «Son apáticos, pasan de todo», y otras similares.
En este artículo se examinan sumariamente las relaciones entre motivación y aprendizaje significativo, y se
El Apoyo del Profesor
No existe ninguna duda acerca de que los alumnos
y alumnas que no están motivados no aprenden. Sin embargo,
hay que tener en cuenta también que muchos de ellos
no están motivados porque no aprenden.
En este artículo se
examinan sumariamente las relaciones entre motivación y aprendizaje significativo, y
se proporcionan algunas pautas para que la intervención del profesor
contribuya a que los alumnos se sientan intrínsecamente motivados para
aprender.
En el aprendizaje escolar, hablar de motivación remite a la
comprensión de aquello que actúa, para el alumno, como incentivo
para aprender. . Aunque es verdad que encontramos alumnos más
curiosos que otros, algunos más interesados en general por lo
que la institución educativa les ofrece, es igualmente cierto que
la motivación no es algo que venga dado, sino que
se construye en las propias situaciones de enseñanza y de
aprendizaje. Así pues, en lugar de atribuir su presencia o
ausencia a las características individuales, habrá que buscarlas en las
relaciones que se establecen entre el alumnado y su profesorado
alrededor de las tareas y contenidos de enseñanza, y en
el contexto de aprendizaje que constituye el aula.
Diversos autores (Claxton,
1987; Pozo,1996) han señalado que los motivos para aprender deben
ser lo suficiente poderosos como para superar la inercia de
no aprender, que resulta más confortable, menos esforzado y cuestionadora.
El aprendizaje siempre tiene un coste cognoscitivo y emocional (Miras,
en prensa) para el alumno. Aprender de verdad implica recuperar,
contrastar, cuestionar y modificar los esquemas de conocimiento, en un
proceso no exento de dificultades y que requiere dedicación y
esfuerzo.
Además, aprender supone el abandono de formas más simples, pero
quizá también más tranquilizadoras, de percibir la realidad, lo que
puede explicar las serias resistencias que algunos alumnos muestran ante
el aprendizaje y los pocos motivos que encuentran para participar
en una aventura que consideran poco atractiva. De hecho, la mayoría
de las veces lo que ocurre no es que los
alumnos y alumnas no están motivados en absoluto. lo que
pasa, más bien, es que están motivados por otras cosas,
o, dicho en otros términos, que los motivos que persiguen
no coinciden con aquellos que persigue el profesor (y no
son tampoco los más adecuados para aprender).Por supuesto, los motivos
que los alumnos pretenden pueden ser muchos y muy diversos.
Esta
amplia diversidad de metas ha sido objeto de numerosos estudios
(Alonso Tapia 1997, Dweck y Ellott, 1983) y existe cierto
acuerdo en considerar que en una tarea de aprendizaje los
alumnos pueden dar prioridad a metas vinculadas a:
· Obtención de una
recompensa externa (un premio, un regalo) o a evitar un
castigo.
· la propia autoestima: percibiese como competentes (o no percibirse
incompetente).
· la valoración social: quedar bien ante los demás, ser
aceptado (o evitar quedar mal).
· la propia tarea: incrementar la
propia competencia:, disfrutar con la realización de la tarea.
Estas
metas no son totalmente incompatibles entre sí. Sin embargo, es
evidente que para un alumno el aprendizaje puede ser prioritariamente
un medio para conseguir algún beneficio o para evitar determinada
incomodidad. En este caso, el alumno se encuentra extrínsecamente motivado,
y para él, hasta cierto punto es indiferente lo que
haya que aprender. lo que importa fundamentalmente son los resultados
y sus consecuencias (el premio, el reconocimiento y la valoración).
Si la tarea es dificultosa, puede ser considerada una amenaza
para obtener éxito y generar una excesiva ansiedad, cuya combinación
con estar escasamente centrado en el proceso que puede conducir
a resolver la tarea contribuye a la aparición de obstáculos
y errores, que a su vez incrementan la ansiedad. El
resultado suele ser un aprendizaje fundamentalmente superficial o reproductivo, que
permita cumplir con los requisitos percibidos en la tarea, o
lo que se supone que de ella espera el profesor.
En
el extremo opuesto, el alumno puede estar prioritariamente enfocado hacia
el aprendizaje, cuando lo que le importa es justamente aprender,
esto es, cuando el aprendizaje es en sí mismo una
finalidad. Podemos afirmar en este caso que el alumno se
encuentra intrínsecamente motivado y que los incentivos para aprender se
encuentran en la propia tarea. Ésta se concibe como algo
que hay que resolver; el alumno se fija en el
proceso que puede conducir a su resolución, y las dudas,
dificultades o errores se consideran como algo esperable, por lo
que se persiste en el trabajo. la orientación hacia el
proceso se traduce en una tendencia hacia un enfoque profundo,
que va a tener repercusiones en el grado de significatividad
de los aprendizajes realizados.
Esta descripción, injustamente breve y simplificadora, permite,
no obstante, precisar importantes aspectos en relación con la motivación
y su incidencia en el tipo de aprendizaje realizado (menos
o más significativo), así como ubicar en este contexto la
función de los profesores.
En primer lugar, no se trata
únicamente de contribuir a motivar a los alumnos, sino de
que esa contribución redunde en motivación intrínseca, la que a
su vez sitúa al alumno en mejores condiciones para realizar
aprendizajes con un elevado grado de significatividad.
En segundo lugar,
que las prioridades del profesor, en este ámbito, deberán traducirse
en ayudar a los alumnos a centrarse en la tarea,
y no exclusivamente en los resultados. Ello significa que, al
menos en parte, la función del profesor consistirá en contribuir
a que los alumnos perciban el sentido de aprender. El sentido
de aprender
Para encontrar sentido al aprender, es necesario saber qué
se pretende que se aprenda, encontrarlo interesante y sentirse competente
para la tarea de que se trate. Ayudar a encontrar
sentido supone, pues, ayudar al alumno a representarse los objetivos
de lo que se propone y los motivos por los
cuales debe realizarlo. Que estos motivos se consideren como algo
ajeno, o como algo propio, personal, tiene una clara repercusión
en la posibilidad de abordar intrínsecamente motivado el aprendizaje. Cuando
ello ocurre, los alumnos pueden experimentar el sentimiento de autonomía
que proporciona estar trabajando para conseguir una finalidad propia, más
que para responder a una demanda externa y rutinaria.
Aprender tendrá
poco sentido para un alumno si éste no considera atractivo,
en algún grado, lo que se pretende que haga. los
profesores pueden ayudar a destacar el interés que puede tener
un aprendizaje para los alumnos, aunque no sea inmediato y
tenga un carácter más diferido (Miras, en prensa), vinculado a
su utilidad para alcanzar objetivos futuros. Sin embargo, aunque considere
interesante lo que se le propone, difícilmente un alumno se
implicará en el aprendizaje si no tiene razonables expectativas de
éxito, es decir, si no confía en sus posibilidades para
aprender. A pesar de que el sentimiento de competencia remite
al autoconcepto del alumno, en las situaciones educativas lo que
puede aprender depende también, y en buena medida, de las
ayudas que puede recibir de otros compañeros y del profesor.
Entre las que puede adoptar éste, algunas se refieren al
«clima» del aula, y otras, a las ayudas que permiten
centrarse más en la propia tarea que en los resultados
que de ella se desprenden.
Favorecer la motivación de los estudiantes
requiere un ambiente de aprendizaje que prime la cooperación por
encima de la competición, en el que sea normal pedir
y ofrecer ayuda y en el que quepa la posibilidad
de equivocarse y aprender de los propios errores. la comunicación
fluida y respetuosa, el trato justo y personalizado, son perfectamente
compatibles con una moderada exigencia que traduzca confianza del profesor
en las posibilidades de sus alumnos. la existencia de un clima
de clase emocionalmente positivo posee importantes repercusiones en la disposición
que alumnas y alumnos muestran hacia las tareas propuestas; en
este sentido, el hecho de que se perciba al profesor
como una fuente de ayuda aparece como un aspecto esencial
para que los alumnos se sientan motivados a aprender. Entre
las dimensiones que se han identificado como decisivas en la
consideración que el alumnado realiza de sus profesores y profesoras
como posibles fuentes de ayuda, cabe citar las siguientes (Wentzel,
1997):
· Interés y preocupación por la enseñanza: los alumnos perciben a
sus profesores como alguien interesado en ayudarles cuando aprecian que
éstos se esfuerzan por enseñarles a ellos específicamente, así como
por sus intentos de hacer la clase atractiva.
· Estilo comunicativo,
referido en este caso a la existencia de canales de
comunicación fluidos y recíprocos, más que al contenido mismo de
la comunicación. los alumnos consideran que sus profesores les ayudan
cuando les tienen en cuenta, cuando hablan con ellos y
les escuchan, cuando les prestan atención.
· Trato justo y respetuoso,
que hace referencia a la amabilidad y honestidad que refleja
la actuación del profesor. los alumnos la perciben a través
de la confianza que se les muestra, por el hecho
de que se les diga la verdad y por el
empeño que ponen los profesores en justificar las decisiones que
toman, sin recurrir a arbitrariedades.
· Expectativas basadas en el alumno
como persona, es decir, considerándolo un individuo particular y mostrando
interés por sus experiencias y vivencias extra académicas. Los alumnos
se sienten así en la medida en que los profesores
se interesan por sus problemas y pueden hablar acerca de
ellos, lo que muestra la importancia de la dimensión orientadora
de la tarea docente.
· Expectativas basadas en el alumno como
aprendiz, considerándolo una persona que posee sus propias estrategias y
competencias, que contribuye de un modo específico al grupo clase
y que eventualmente puede tener problemas o dificultades. los alumnos
perciben al profesor como una ayuda en esta dimensión cuando
éste se ofrece para ayudarles, cuando se da el tiempo
necesario para asegurarse de que han entendido y en la
medida en que atiende a sus necesidades específicas.
· Valoración del
trabajo realizado por los alumnos y alumnas, más o menos
informal los alumnos valoran que los profesores se fijen en
su trabajo, que se les reconozca cuando lo han realizado
adecuadamente y que se les elogie.
Todos estos aspectos, no
deben ser leídos en términos de «esto es lo único
que hay que hacer». Evidentemente, si un alumno se equivoca,
no trabaja o lo hace de modo inadecuado, habrá que
señalarlo y tomar las medidas que se consideren oportunas. Sin
embargo, sí puede ser útil entender que «esto es algo
que también hay que hacer»; la exigencia moderada, el rigor,
el gusto por el trabajo bien hecho, el esfuerzo y
la dedicación, cobran todo su sentido en un contexto de
interacción en el que alumnos y profesores forman parte de
un mismo equipo, aunque cada uno desde su responsabilidad.
Las actuaciones
aludidas -que reflejan simultáneamente que el profesor acepta y respeta
a cada uno de los alumnos que tiene ante sí,
y su propia percepción de la tarea docente contribuyen a
muy importantes aspectos: a incrementar el sentimiento de auto competencia
de los alumnos; a fomentar que atribuyan las causas de
sus éxitos y obstáculos a factores internos y controlables (como
el esfuerzo, la dedicación..); a que se les reconozca como
personas, lo que promueve su autonomía y valoración personal; a
que valoren las situaciones de enseñanza como retos ante los
que no se encuentran solos y que vale la pena
intentar superar. Como ha señalado Wentzel (1997), aunque es necesario
continuar investigando de forma sistemática los vínculos que se establecen
en las relaciones profesor-alumnos y los resultados que éstos alcanzan,
la identificación de actitudes y estrategias de los profesores que
influyen en los sentimientos de los alumnos constituye en sí
misma una interesante aportación para optimizar las relaciones que se
establecen en el aula y para fomentar en los alumnos
una orientación positiva hacia la escuela y el aprendizaje. La tarea
como elemento vinculante
En un contexto como el descrito, la tarea
aparece como elemento crucial, pues las relaciones e intercambios comunicativos
a través de los cuales el profesor puede aparecer como
una fuente de ayuda, se encuentran directa o indirectamente vinculados
a las tareas que se abordan en el aula. Favorecer
la motivación intrínseca implica fomentar el que los alumnos se
centren en la tarea, que se constituye en el foco
prioritario de atención. Ello se consigue:
· Proporcionando explicaciones que permitan a
los alumnos entender los objetivos de aprendizaje que se persiguen,
y argumentos para que los consideren deseables para ellos mismos.
· Fomentando siempre que sea posible la autonomía de los aprendices:
para determinar objetivos de aprendizaje, proporcionándoles diversas opciones para llevar
a cabo las tareas, facilitándoles criterios para valorar su propio
trabajo.
· Centrando los esfuerzos de los alumnos en la resolución
de la tarea y en los contenidos que implica, proporcionando
información relevante sobre los medios para lograrla, sobre los errores
cometidos y sobre las estrategias adecuadas para solventarlos.
· Valorando los
progresos del aprendizaje a lo largo del proceso, y no
únicamente por los resultados obtenidos; evitar las comparaciones entre el
alumnado.
Contribuir a que los alumnos se sientan motivados para
aprender implica considerar a cada uno como una persona diferente
a las otras, y tener expectativas positivas -aunque ajustadas en
relación a sus posibilidades de aprender, o lo que viene
a ser casi lo mismo: se trata de pensar el
aprendizaje en términos de «reto abordable» y al aprendiz corno
activo protagonista, más que corno «participante pasivo» (Palincsar y Brown,
1984). Ello significa que, para estar motivado, un alumno tiene
que percibir que lo que se propone aprender no se
corresponde exactamente con lo que sabe y, simultáneamente, que dispone
de los recursos necesarios, -entre ellos, las ayudas que le
pueden proporcionar sus compañeros y su profesor para abordar la
tarea con garantías de éxito, aunque requiera un esfuerzo.
En
este sentido, es útil recordar el carácter bidireccional que se
establece entre motivación y aprendizaje. Es verdad que en ocasiones
los alumnos no aprenden porque no encuentran motivos para aprender.
Pero no es menos cierto que muchos alumnos no están
motivados porque no aprenden. Lograr que los alumnos aprendan los
contenidos y, simultáneamente, que constaten que pueden aprender cosas cuyo
sentido perciben, es, sin duda, el mejor medio para romper
el círculo que se establece entre la desrnotivación y la
escasa pertinencia y significación del aprendizaje.
Referencias bibliográficas
ALONSO TAPIA, J. (1
997): Motivar para el aprendizaje. Barcelona. Edebé. CLAXTON, G. (1
987): Vivir y aprender. Madrid. Alianza. DWECK, C.S.; ELLIOT, E.S. (1983):
«Achievernent motivation», en E.M. HETHERINGTON (ed.): Sicuakuzatuib, personality and social
development. New York. Wiley. MIRAS, M. (en prensa): «Afectos, emociones, atribuciones
y expectativas: el sentido de¡ aprendizaje escolar», en C. COLI;
J. PALACIOS; A. MARCHES¡ (comps.): Psicología-de,la educación escolar. Madrid. Alianza.
PALINCSAR, A.S.; BROWN, A. (1984): «Reciprocal Teaching of Comprehension-Fostering and
Comprehension-Monitoring Activities», en Cognition and lnstruction, n. 1, (2), pp.
11 7-175. POZO, J. 1. (1 996): Aprendices y maestros.
Madrid. Alianza WENTZEL, K.R. (1997): «Student Motivation in Middle School: The
Role of Perecived Pedagogical Caring. Journal of Educational», en Pxychology,
n. 3, pp. 411-419.
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