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Autor: Mayra Novelo | Fuente: Catholic.net Las Funciones del Formador
El camino de la formación integral de los alumnos está lleno de obstáculos. El buen formador debe vivir el refrán popular: “Más vale prevenir que remediar”.
Las Funciones del Formador
Las funciones del formador. 1. Orar, y sacrificarse.
La labor del director
o profesor que han asumido su misión de formadores no
debe limitarse a las horas que los niños pasan en
el colegio. El formador que ha entendido la trascendencia de
su misión sigue trabajando buscando siempre el bien de sus
alumnos o su equipo de trabajo. Más aún, se preocupa
por todos aquéllos que en su momento han pasado por
su salón de clase o por el colegio, y no
únicamente por el grupo o la generación que corresponde a
un determinado año escolar.
El buen formador lo es siempre, sin
importar el tiempo o la distancia. ¿Cómo lograr esto si,
de hecho, los niños pasan unas horas al día con
los formadores? ¿Cómo lograrlo cuando las generaciones van pasando y
eventualmente dejan el colegio?
La respuesta está en la oración y
el sacrificio ofrecidos por todos y cada uno de los
niños y jóvenes que se deben formar. El buen formador
pide a Dios todos los días por todos aquellos niños
o jóvenes que han pasado por su guía, que están
pasando o pasarán por ella. 2. Testimoniar
Uno de los instrumentos más
eficaces con que cuenta el formador es su propio testimonio.
Es conocido por todos el dicho: “Las palabras mueven, pero
el testimonio arrastra”. El testimonio vivo es más eficaz y penetrante
que los consejos, las motivaciones o las exigencias. Cuando los
niños y jóvenes constatan la coherencia de vida de sus
profesores y formadores, descubren en ellos un modelo de aquello
que están buscando para sí mismos, y a partir de
esto estiman y se abren a sus formadores buscando imitarlos.
Así,
cuando el formador propone algo el joven lo acepta de
antemano porque viene de una persona que convence que vive
primero lo que predica. Por lo tanto, si queremos educar
en las virtudes, lo primero que debemos hacer es trabajar
por encarnarlas.
3. Enseñar
Como profesor, el formador está llamado a enseñar.
El alumno necesita conocer para entender, de modo que pueda
valorar y vivir libre y responsablemente todo lo que implica
construir y dirigir su vida persiguiendo ideales altos y trascendentes.
Buena
parte de su labor de enseñanza consistirá en iluminar la
conciencia de niños y jóvenes enseñándoles a descubrir en dónde
están la verdad y el bien en las diferentes circunstancias
que se le van presentando en la vida. En todo
ello hay que enseñar desde luego el qué. Pero hay
que presentar también su porqué.
4. Motivar
No basta con enseñar. El
ser humano actúa por motivos. El formador debe motivar además
de enseñar. Los alumnos y equipo de trabajo pueden entender
muy bien lo que se les enseña, incluso el porqué,
y no estar realmente motivados a ello.
La verdadera educación es
la maduración que nace desde dentro. Es preciso que la
persona, después de entender las cosas, perciba su valor como
valor para ella. Ese valor será su motor, su motivo.
Motivar es presentar a una persona aquellos valores que pueden
resultar atractivos y eficaces para ella.
En los alumnos, sobre todo
en los pequeños, muchas de las motivaciones serán meramente humanas
y el formador debe adaptarse a ello, pero a medida
que van creciendo debe apelarse de modo especial a aquellos
valores que son en sí mismos más hondos y trascendentes,
ya que son los que pondrán en movimiento el núcleo
interior de la persona y los que superarán la prueba
del tiempo y la distancia, quedando vivo aún cuando pase
el tiempo y el alumno deje el colegio.
Motivar es
todo un arte. En unas ocasiones convendrá reconocer y alabar
lo bien que el alumno ha realizado su labor; en
otras será más eficaz espolear su amor propio haciéndole ver
lo que le falta. Hay casos en que lo mejor
es poner por delante un reto difícil y exigente; hay
otros en que es más prudente pedir metas fácilmente accesibles.
A veces es necesario llamar la atención seriamente; otras, por
ejemplo en un momento de tensión o agobio, lo más
acertado es ofrecer un rato inesperado de descanso y entretenimiento.
Otro
aspecto que debe tomarse en cuenta, es repetir las cosas.
También la fuerza de las motivaciones se desgasta con el
tiempo. Tampoco los valores son siempre comprendidos y asimilados a
la primera, y una nueva presentación de un valor ya
conocido puede en un momento determinado mover el corazón de
los jóvenes. No sólo se debe repetir de vez en
cuando; se podría decir que el buen formador nunca pide
nada, sobre todo cuando es costoso, sin ofrecer una motivación.
En el arte de la motivación cuenta mucho la fuerza
y el calor con que el formador presenta los valores.
Para que se capte algo como valor es importante el
testimonio de quien, con su modo de decirlo y de
vivirlo, muestra que de verdad vale.
5. Guiar
El realismo antropológico del
que se habló antes ayuda a recordar que el equipo
de trabajo y alumnos experimentan, como todos, la fuerza de
las pasiones y el peso del propio egoísmo que muchas
veces tiran de ellos en dirección opuesta al esfuerzo de
la formación integral. Por lo tanto, el formador, además de
enseñar y motivar, tiene la misión de guiar a su
equipo o su grupo.
Guiar es enseñar un camino, no
señalándolo en el mapa, sino caminando por él junto al
otro.
El maestro también es responsable de la formación integral de
los alumnos, esto significa que no puede desentenderse de lo
que hacen o dejan de hacer. Debe estar atento, informarse,
seguir de cerca el desarrollo de las actividades, interesarse por
el camino formativo de cada alumno, etcétera.
Gracias a esta
actitud atenta, el maestro formador podrá realizar una adecuada labor
preventiva fundamental en un buen sistema de educación. El buen
guía sabe mirar adelante para detectar posibles obstáculos y poner
en guardia a quienes le siguen. El camino de la
formación integral de los alumnos está lleno de obstáculos. El
buen formador debe vivir el refrán popular: “Más vale prevenir
que remediar”.
Guiar consiste también en “estar presente”. La mera presencia
del formador entre los alumnos puede constituir un auténtico elemento
formativo. Para poder “caminar junto al otro” es necesario “estar
presente”.
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