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Autor: Carlos Cardona | Fuente: arvo.net El Educador
¿Cómo ha de comportarse el educador para hacerse imitar, en lugar de hacerse admirar? ¿Es posible que un adolescente se sienta libre cuando se le exige que se adecúe a unas normas de conducta y de disciplina?
El Educador
¿Cómo ha de comportarse el educador para hacerse imitar, en
lugar de hacerse admirar?
‑Ser admirado y ser imitado no
son dos términos absolutamente excluyentes. De lo que se trata
es de que la natural admiración ante lo bueno invite
a la imitación. Esto se produce, en primer lugar, cuando
el modelo no es frío, glacial, distante, falto de cordialidad
o de humanidad en el trato. En realidad, para mí
es realmente admirable aquel que me ofrece una imagen realmente
imitable y que estimula.
La primera condición, por tanto, es
que el modelo sea cálido, cordial, humano, asequible. En segundo
lugar ‑con la prudencia que cada situación concreta exija‑, el
modelo ha de mostrar, con sus propias dificultades, que la
práctica del bien, que el ejercicio de la virtud, nos
resulta ardua a todos, que hay que vencerse, que no
siempre se logra. En este sentido, el que los educandos
adviertan algún defecto en el educador no me parece negativo,
aunque él deba procurar siempre dar buen ejemplo, pero jamás
de modo artificioso, para tener realmente autoridad moral, necesaria para
educar.
Es importante advertir que las pautas de conducta ética
que proponemos no se basan en nuestra propia bondad, sino
en lo que entendemos que es bueno para todos y
que a todos se nos muestra como una meta nobilísima,
aunque ardua. Esa meta, en definitiva, sólo es Dios, nuestra
identificación con Él por el amor. Resulta estimulante ver que
el educador se tiene que esforzar él mismo, que no
siempre vence, incluso que a veces es vencido y no
se desanima, sino que insiste y continuamente vuelve a empezar.
«Comenzar y recomenzar» era una exhortación constante en la doctrina
ascética de Mons. Escrivá de Balaguer: de él lo he
aprendido yo.
‑¿Es posible que un adolescente se sienta libre
cuando se le exige que se adecúe a unas normas
de conducta y de disciplina?
‑Es posible haciéndole entender el
sentido y la finalidad de esas normas y de esa
disciplina. Se trata a alguien como a un ser libre
cuando se le da a conocer el porqué del acto
que se le pide. Una imposición inmotivada se convierte en
un reto, en una invitación a la rebeldía. Aquí hay
que recordar que la confianza, más que pedirla, hay que
merecerla. Esto no tiene nada que ver con el racionalismo
y el fomento (irracional) del criticismo a ultranza. Es necesario
también hacer comprender que la disciplina es necesaria en cualquier
colectividad. Y en un plano más concreto, ayudar a que
el educando entienda la finalidad de las normas a las
que debe sujetarse, de manera que ni de lelos parezcan
arbitrariedad y abuso de poder.
‑La educación ha de impartirse
en un clima de amistad, que es amor recíproco de
benevolencia, que supone libertad. Pero el educando, precisamente por serlo,
aún no es libre, no es todavía capaz de ese
amor electivo.
‑Sí, el educando, y precisamente por serlo ‑por
ser objeto de educación y no de simple fabricación o
crianza‑, es libre, en grado suficiente para poder se educado.
La libertad se inaugura con el uso de razón. No
es posible determinar con precisión cuándo ocurre eso en el
niño, pero ocurre. Llega un momento en el que hay
un uso de razón suficiente para que haya realmente libertad,
capacidad de actos libres: cuando se empieza a entender que
algo es bueno y su contrario es malo, y que
lo bueno debe hacerse y se ha de evitar lo
malo. Se trata de una libertad incipiente, pero que basta
para hacer a la persona responsable de sus actos, y
que irá creciendo a medida que se vaya ejercitando. Es
un hecho de experiencia: se ve, muchas veces, incluso en
niños muy pequeños, una sorprendente capacidad de actos generosos, desprendidos,
no condicionados por la apetencia y la necesidad.
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* En
Carlos Cardona, Etica del quehacer educativo,
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