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| Hombres de principios |
¿Qué es un "hombre de principios"? No faltarían respuestas que
le situarían en una nube dorada, ajena a la existencia
terrena, donde «los principios» parecen ser un frecuente estorbo para
alcanzar los objetivos que «se llevan» en esta época nuestra.
Parece incluso que los que triunfan son precisamente los hombres
«sin principios», al menos «sin demasiados principios»; en términos más
crudos: «sin demasiados escrúpulos».
Ahora bien, ¿qué significa triunfar? ¿Dónde está,
dónde se encuentra, cómo se encuentra el triunfo? ¿Vale la
pena «triunfar», en el sentido dominante del término? ¿Qué sentido
tiene, para qué sirve, qué vale en el fondo eso
«que se lleva»...?
Si nos fijamos bien, advertiremos que todo
hombre de principios se caracteriza par ser un hombre de
fines y de consecuencias prácticas. Prácticas, no válidas únicamente en
alguna dorada nube o lejana época, sino en este mundo
que pisamos hoy y todos los días.
EL hombre de principios
conoce unas ciertas verdades (esto siempre es hacedero) y se
comporta no sólo coherentemente con ellas, sino inspirado en ellas.
Y las consecuencias que saca no son consecuencias cualesquiera ,
sino consecuencias últimas. Si se comienza con un principio y
se sacan algunas conclusiones, pero se queda uno a la
mitad del discurso de la razón, no se es hombre
de principios.
EL hombre de principios no se detiene: dos más
dos cuatro, cuatro más dos seis. Entonces no dice: ¡basta!,
ya no me interesa seguir, ya no me importa que
seis más dos sean ocho, es más, no me gusta
que sean ocho, no quiero que sean ocho, decido que
no sean ocho, me interesa que sean siete y medio...
Esto no es un hombre de principios.
Si se pretende ser
hombre de principios no hay más remedio que llegar a
las últimas consecuencias de los mismos. Es más, se trata
de estar, en la medida de lo posible, constantemente, sacando
consecuencias cada vez más últimas.
Claro es que hay un momento
en que uno puede darse cuenta que la última consecuencia
de todo está prácticamente al principio de todo, es decir,
en el Principio Absoluto, por otro nombre Dios. «En el
principio era el Verbo y el Verbo estaba en Dios
y el Verbo era Dios»: así comienza el prólogo del
Evangelio de San Juan. No es de maravillar. O. mejor
dicho, es como para no salir del asombro: Dios es
el Principio y el Fin; Alfa y Omega; la primera
y la última palabra.
El paradigma del hombre de principios es
el que llega a esta última consecuencia, quizá incluso antes
de llegar a muchas conclusiones intermedias, porque, en realidad, cualquier
conclusión intermedia, lleva inmediatamente a la conclusión última: Dios. Y.
entonces, una vez hemos llegado al final, tomamos de la
luz que ahí se encuentra, y se ilumina todo, hasta
el comienzo de todo. Los orígenes (plurales) conducen todos al
Origen (singular).
Hombre de principios es hombre que pondera y piensa;
que piensa en los principios, que no los pierde de
vista a lo largo de todo su discurrir y actuar.
Lo que es, es; lo que no es, no es.
Al pan, pan; al vino, vino. La nada no es;
de la nada, nada puede venir. Si algo viene, no
viene de la nada, viene de algo que ya es...
El
hombre de principios, razona a partir de ellos, los pondera,
da vueltas en torno a ellos, saca consecuencias, incluso lo
que hace, todo lo que hace, lo comienza por el
principio. Tiene razones para hacerlas y hacerlas a su manera.
Se entiende, razones de peso, cuando los asuntos lo son
también.
Los principios del hombre de principios están fundados en la
realidad de las cosas. Si no fuera así sus principios
serían equivocados y no podría llegar a las últimas consecuencias,
y si acertara en su actuación sería por casualidad. Jean
Paul Sartre, par ejemplo, era en cierta medida -aunque no
podía serlo más que en cierta medida- un hombre de
principios. Sus principios eran: 1) yo soy libre; 2) nada
debe estorbar mi libertad; 3) Dios es un estorbo para
mi libertad. Y sacaba una consecuencia lógica, pero tremendamente falsa:
«luego, Dios no existe». Veía un conflicto entre su libertad
y la de Dios. Uno de sus principios era falso.
Pero llegó a una consecuencia bastante última: el hombre está
condenado a ser libre; la libertad (más que una perfección)
era una condena, el hombre una pasión inútil y el
niño un ser vomitado al mundo...
Si de un pequeño error
en el principio, al final resulta un error enorme, ¿cómo
va a ser el final de un principio enormemente falso?
Que
los principios sean razonables
Un hombre que tiene como principio de
su argumentación matemática que «uno más uno son tres y
medio», puede llegar a pensar que «dos y dos son
cuatro», pero esto difícilmente sucederá y si sucede será como
por ensalmo. Se trata, si se quiere, de ser hombre
de principios, pero de principios razonables y ciertos.
Hay un principio
razonable y cierto: se debe ser justo y no injusto,
es decir, hay que dar a cada uno lo que
es suyo (lo que le pertenece par derecho propio). Luego
tengo que dar lo suyo al panadero, al fontanero, al
taxista, al jefe, al súbdito, a los padres, a los
hijos, a los hermanos, al Estado, a la sociedad, a
la empresa, a la Iglesia, a los pobres, a los
ricos, y, ante todo, a Dios. A César lo que
es de César, pero ante todo, a Dios lo que
es de Dios.
Hombre de principios es el que es y
obra de modo racional, coherente; que sabe distinguir lo verdadero
de lo falso, lo bueno de lo malo. Procura hacer
el bien y evitar el mal sin excepciones. Sin justificar
acciones quizá ventajosas en cierto y fuerte sentido, pero contrarias
a los principios verdaderos.
Para ello atiende a su propia conciencia,
se pone la mano al pecho y mira con frecuencia
su conducta para descubrir errores, que también es descubrir verdades,
hasta alcanzar verdades cada vez más radicales.
Radical y radicalismo
Al margen
del léxico histórico político, aunque seguramente por influencia de éste,
«radical» es un término que se utiliza con alguna frecuencia
de modo peyorativo, para tachar a algunos que supuestamente se
pasan a extremos indebidos hasta el punto de atropellar derechos
y libertades ajenas de una manera violenta o irrazonable. A
veces se confunde «radical» con «fanático», lo cual es del
todo injusto. El fanático es el que partiendo quizá de
un principio incuestionable o no, se ha pasado de rosca
y se juzga con la misión de exterminar a quienes
no piensen como el. «Fanático» viene de «fan», que significa
algo así como iluminado (fanal, farol), pero de tal manera
que está dispuesto a imponer su luz por todos los
medios y a cualquier precio. Y al presunto ciego, en
vez de respetarle, le elimina.
Pero la palabra «radical» viene de
«raíz» y apunta a esos extremos de las plantas desde
donde obtienen las sustancias nutricias indispensables para su desarrollo armónico.
En este sentido, radical es aquél que va a las
raíces de las cosas, de los sucesos, de su propio
ser y del de los diversos aconteceres. En la raíz
es donde se encuentran los principios de la existencia. En
la raíz es donde se descubre sobre todo a Dios,
donde hunde sus raíces todo cuanto existe. El pensamiento radical
es pues el pensamiento más profundo, más serio y también
el más gozoso, porque es la radical superación de cualquier
tipo de nihilismo, de indeferentismo, de aburrimiento, de pasotismo, etcetera.
Ancla
la raíz más honda
Es cierto que el pensador radical -que
llega hasta las raíces de las cosas- puede caer en
el vicio del fanatismo, porque al obtener un conocimiento mucho
más objetivo y verdadero de lo que son (las cosas),
puede entrarle, con el orgullo, el afán de imponer su
descubrimiento por alguna especie de fuerza distinta a la de
la misma verdad. Pero en rigor, el fanático, aunque tiene
algo en común con el radical, se distingue muy bien
de él, no por exceso, sino por defecto de radicalidad.
El que llega a la raíz de las cosas, descubre
con satisfacción al apóstol San Juan cuando, enseñado por Cristo
e inspirado par el Espíritu Santo, escribe «Dios es amor».
Aquí está la razón última de todo lo que acontece,
incluso -por oposición- el pecado, el odio y todas las
demás barbaridades que no proceden del amor, sino de la
libertad de criaturas que se han deformado el intelecto y
la voluntad, pero que existen porque el amor existe; existen
como negación de lo que existe realmente. Es desde luego
un misterio, pero está ahí, innegable.
El fanatismo es un error
posible en hombres de principios. Pero acabamos de ver que
el error estriba en un pensamiento de insuficiente radicalidad: no
se ha atendido al más radical de los principios: «Dios
es amor». Porque si me fijo en él, yo, por
amor, debo defender ese principio como realmente absoluto y como
el único realmente absoluto. Y pasar en seguida a las
conclusiones más importantes: Dios crea por amor, Dios ama todas
sus criaturas. Yo también debo amarlas, si soy un hombre
de principios, si soy coherente con mi principio radical, yo
tendré que invitar a todo el mundo a que descubra
el gran primer principio de todo ser y que ha
de serlo de todo obrar. No puedo «pasar» de largo
sobre esas consecuencias.
Todo resulta relativo a ese principio absoluto. Por
tanto, aunque yo esté, como es lógico, aferrado a mi
primer gran principio -Dies es amor-, si veo que otros
no le aman, si veo incluso que muchos le odian,
no tengo derecho a odiarles, porque Dios no los odia,
los ama con un misterioso e infinito dolor. Por tanto,
el radicalismo cristiano no tiene nada que ver con el
fanatismo, a no ser como herejía.
El Fanatismo no es consecuencia
de la religión
Es del todo injusto considerar el fanatismo como
efecto de la religión. El fanatismo está en los hombres,
no en la religión, mucho menos si se trata de
la religión revelada por Dios en Jesucristo. Hay religiones que
por tener menos verdad son más propicias al fanatismo. Y
es preciso advertir que existe también -muy viva y operante-
un fanatismo laicista, ateo o agnóstico militante, que no admite
la manifestación de ese gran principio cristiano «Dios es Amor».
No sólo lo niega; lo ridiculiza, le declara la guerra,
margina a quienes lo sostienen, seguramente porque se imagina que
es él quien ha llegado a la raíz del asunto;
se imagina que la verdad, la felicidad, el bien común
del universo se encuentra en la negación de los valores
morales y religiosos. Es como una moral y una religión
al revés, que prohibe por ejemplo la virginidad y la
castidad, la obediencia, la comunicación desinteresada de bienes (comenzando por
los espirituales), el heroísmo que los principios a veces imponen
a sus conocedores.
No es raro detectar hoy una actitud intolerante
hacia la religión, curiosamente en nombre de la tolerancia. Es
una actitud basada en la promisa de que sólo es
presentable en sociedad una religiosidad light, dispuesta a transigir en
sus creencias. Si una persona mantiene convicciones religiosas profundamente arraigadas,
el estereotipo afirma que será también sectaria, intolerante, fundamentalista, fanática;
en suma, un riesgo para la convivencia. A título de
curiosidad, cabe mencionar lo que resultó de un sondeo Gallup
en Estados Unidos: el 83 por ciento de los norteamericanos
dicen que sus creencias religiosas les exigen respetar a la
gente de otras religiones. La firmeza en las convicciones religiosas,
lejos de excluir el respeto a los demás, lo favorece
(Cfr. Aceprensa 28 abril 1993 58/93).
Al radical del Amor le
está vedado el fanatismo. Para el cristiano, el Amor con
mayúscula es el valor absoluto, incondicional e intraicionable. Todo lo
demás o es relativo a ese valor o participa de
la absolutez de este principio Absoluto. Por eso, ante el
mal sólo le cabe el dolor, la compasión, el perdón,
la curación siempre que sea posible en el respeto a
la persona y su libertad. El juicio es patrimonio exclusivo
de Dios.
El materialismo en cambio, tiende al radicalismo contrario: la
negación del Amor, es decir, tiende al egoísmo, que genera
envidias, divisiones, impide el perdón o la disculpa... Es un
radicalismo tanto más peligroso cuanto más se va radicalizando.
El cristiano
cuanto más radical es, más beneficio produce a la sociedad,
porque «el amor -la caridad- es -como dice San Pablo-,
paciente, es servicial; la caridad no es envidiosa, no es
jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés;
no se irrita; no toma en cuenta el mal; no
se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad.
Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo
lo soporta. La caridad no acaba nunca. Desaparecerán las profecías.
Cesarán las lenguas. Desaparecerá la ciencia. Porque parcial es nuestra
ciencia y parcial nuestra profecía. Cuando vendrá lo perfecto, desaparecerá
lo parcial... Ahora subsisten la fe, la esperanza y la
caridad, estas tres. Pero la mayor de todas ellas es
la caridad». Por eso el Apóstol había escrito inmediatamente antes:
«aunque hablara las lenguas de los hombres y de los
ángeles, si no tengo caridad, soy como bronce que suena
o címbalo que retiñe. Aunque tuviera el don de profecía,
y conociera todos los misterios y toda la ciencia; aunque
tuviera plenitud de fe como para trasladar montañas, si no
tengo caridad, nada soy. Aunque repartiera todos mis bienes, y
entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad,
nada me aprovecha» (Cf 1 Cor 13, 1 ss).
La paradoja
del Ateísmo
El ateo, cuanto más radical o consecuente es,
más vivo ha de tener el sentimiento de absurdidad. Todo
va pareciendo cada vez más absurdo, contradictorio, angustioso y nauseabundo.
Se llega a odiarlo todo, sobre todo a Dios o
a su idea, y a quienes hablan de él. Es
lógico. Triste, pero lógico. No pasa siempre, pero pasa, sobre
todo a los más reflexivos. Es lógico que desde principios
ateos (nihilistas, al cabo) se piense en el bien en
sí más que en el bien para mí. Puede ser,
pero no es lógico. Es más lógico concluir como Sartre:
«el infierno son los otros». Si no lo ve así,
tiene suerte. No es un hombre de consecuencias últimas, por
lo que difícilmente puede ser un hombre de principios firmes.
Lo lógico es que desde sus principios ateos, junto a
una dosis inevitable de humanidad, nutra e incremente dosis cada
vez más altas de inhumanidad. Siempre, por supuesto, cabe rectificar,
volver al principio de los principios: algo debe haber razonable,
existe alguna verdad absoluta, si no, no podría decir nada,
no podría desde luego afirmar que la verdad no existe,
porque entonces estaría diciendo que es verdad que no existe
la verdad. Un galimatías. Luego la verdad existe y yo
puedo conocer algo de ella. Hay algo a lo que
aferrarme. Hay alga que existe indudablemente. Hay verdad y verdad
absoluta.
Decía Ortega -no siempre consecuente con sus principios- que «formal
o informalmente, el conocimiento es siempre contemplación de algo a
través de un principio». En las ciencias, todos los datos
de los problemas se refieren a principios explicativos; en filosofía
se va aún más lejos, pues se remontan a los
principios últimos, que son también los primeros principios, de los
que se exige que den «radicalmente» (hasta la más oculta
y profunda raíz) razón de lo que se investiga. «Todo
filósofo es, pues, par vocación, un hombre de principios», dice
Alain Guy. De ahí que la sociedad tenga tanta necesidad
de filósofos, en el sentido auténtico del término (no en
el estrafalario o disolvente); filósofo significa hombre que está enamorado
de la verdad y la abraza y la difunde; y
va sacando cada vez nuevas verdades y nunca acaba.
El colmo
de la intolerancia den el siglo xx
El cardenal Giacomo Biffi,
arzobispo de Bolonia (Italia), desmontaba, recientemente, en el diario Avvenire
(Milán), el tópico del nexo entre religión e intolerancia, en
una entrevista firmada par Umberto Folena:
-Algunos afirman que la intolerancia
es el destino de quien pretende poseer una verdad absoluta.
Por verdad absoluta entienden la religión, y en concreto la
católica.
-La realidad histórica es que la intolerancia, que llega hasta
el asesinato en masa de inocentes, entra en el acontecer
humano con el triunfo político de la razón separada de
la fe, con el triunfo del «librepensamiento». El principio de
que es lícito suprimir categorías enteras de personas por el
solo hecho de ser consideradas obstáculos objetivos para la imposición
de una ideología, fue aplicado por primera vez en la
historia en 1793, con la incansable actividad de la guillotina
y con el genocidio de La Vendee.
Los frutos más amargos
de esta semilla se han producido en el siglo XX,
el siglo más sangriento que se conoce, con la masacre
de los campesinos rusos par parte de los bolcheviques, con
la solución final del problema hebreo par los nazis, con
las matanzas de camboyanos llevadas a cabo por los comunistas,
etc.
-En la cultura dominante, la duda está bien vista, mientras
que las certezas se miran con sospecha...
-En realidad, lo que
se mira con sospecha no son las certezas, sino las
certezas de los demás. Todos tienen certezas y no las
discuten porque están demasiado ocupados en acusar a los demás
de dogmatismo. Es interesante observar, a este propósito, que el
desprecio de las certezas de los demás se da sólo
sobre cuestiones morales o religiosas: ninguno de los que acatan
la duda se dejaría operar por un cirujano que no
estuviera seguro de su competencia , ni subiría en un
avión de una compañía aérea que manifestase incertidumbres sobre la
seguridad del vuelo.
-¿No es cierto, entonces, que la seguridad en
la fe sea, de hecho, causa de intolerancia?
-Causa de intolerancia,
en el sentido de incapacidad de apreciar los valores allí
donde se encuentran, es la cerrazón mental que no hace
distinciones: la encontramos tanto en espíritus incrédulos como en espíritus
religiosos. A Santo Tomás de Aquino le gustaba repetir: «Toda
verdad, la diga quien la diga, viene del Espíritu Santo».
Bastaría esta frase, que no tiene reciprocidad en la llamada
mentalidad tolerante, para comprender hasta qué punto puede ser abierto
un creyente, incluso un creyente medieval.
Preguntas o comentarios al autor Antonio Orozco-Delclós* .
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