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Autor: Alejandro Llano | Fuente: interrogantes "Claves para Educar a la Generación del Yo"
La propia enseñanza reglada pone todo el énfasis en los procedimientos. Se habla, por ejemplo, de "aprender a aprender". Pero se deja sin contestación –o ni siquiera se formula– la pregunta clave:"¿aprender, qué?"
"Claves para Educar a la Generación del Yo"
Los problemas con los que me voy a enfrentar en
esta breve intervención se inscriben en el ámbito más amplio
de la crisis de integración social que padecen los actuales
países democráticos de nuestro entorno. Junto a una cierta satisfacción
con las libertades públicas y el progreso económico, experimentan estas
sociedades fenómenos de disidencia, marginación, paro, violencia e, incluso, terrorismo,
que provocan el generalizado sentimiento de que "algo no marcha".
Y eso que no acaba de ir bien se manifiesta
con especiales relieves en el campo de la educación de
las generaciones jóvenes.
Tiempo de efervescencia y descoordinación afectiva, la adolescencia
constituye un tramo clave en la formación de la personalidad,
no sólo porque en él tienen lugar fuertes traumas que
condicionan a veces el curso de la vida, sino sobre
todo por que es el momento en el que comienzan
a despuntar los ideales que muchas veces impulsarán el resto
de la existencia individual. Se ha dicho, con razón, que
una vida lograda es un ideal vislumbrado en la edad
juvenil y realizado en la madurez.
Todos los conocedores de la
psicología evolutiva señalan la emergencia del yo, de la autoconciencia
vital diferenciada, como uno de los fenómenos más característicos de
la primera juventud . Al tiempo que consideran que el
normal desarrollo de esta conciencia de la propia identidad desemboca
en el descubrimiento de la alteridad, de la realidad de
esos otros que también pueden decir "yo", así como de
un entorno más amplio que el familiar o escolar: un
ámbito que cabe denominar social y, en un sentido más
estricto, ciudadano o cívico.
Pues bien, la integración en ese territorio
de más dilatados horizontes se ha problematizado de una manera
nueva y sorprendente a partir del final de los años
sesenta. La conciencia del "yo" individual se ha exacerbado o,
al menos, descompensado en toda una generación, a la que
se ha denominado precisamente la me generation o "generación del
yo". De la fiebre del sábado noche a la movida
Pero la
crisis histórica cuya fecha de partida convencional es mayo del
68 ha adquirido una importancia mucho mayor de la que
habitualmente se le concede. Han desaparecido, en buena parte, los
fenómenos más clamorosos de la revuelta estudiantil de aquellos años.
Los jóvenes, se dice, ya no son revolucionarios: presentan más
bien rasgos de conformismo acrítico y de consumismo desbocado. Pero
sigue presente la resistencia a integrarse en un tipo de
sociedad que ya no consideran como suya y también permanece
el individualismo que les lleva a desconfiar de la presunta
capacidad de acogida de una sociedad cuya dureza materialista les
desagrada profundamente. Por eso, como ha dicho Lustiger, "los jóvenes
acampan fuera de la ciudad". Si antes se entregaban a
la "fiebre del sábado noche", hoy la "movida", que se
prolonga hasta bien entrada la mañana, triunfa también en la
noche del viernes y comienza a extenderse hasta el mismísimo
jueves.
¿Por qué los jóvenes prefieren la noche tardía, la madrugada
incluso? Quizá porque ése es un tiempo vacío, libre, no
sometido a los convencionalismos de una sociedad aburguesada, con la
que no se sienten identificados. Si acaban por integrarse en
ella, a edad más tardía cada vez, lo harán en
muchos casos sin grandes ilusiones, con planteamientos que seguirán siendo
individualistas, y que raramente incluyen proyectos ambiciosos de tipo cultural,
religioso o político.
A mi juicio, ninguno de estos fenómenos es
casual o pasajero. Responden a la quiebra de todo un
modelo social propio del capitalismo tardío, al que se suele
llamar "Estado del Bienestar". Lo característico de este paradigma es
el dominio unilateral de los factores políticos, económicos y mediáticos
que configuran lo que los sociólogos denominan "tecnosistema" o "tecnoestructura".
Se trata de una imbricación entre Estado, mercado y medios
de comunicación social, en la que los medios de intercambio
simbólico son el poder, el dinero y la influencia persuasiva.
Por consiguiente, lo característico de tal configuración social es que
las transacciones decisivas se producen entre poder y dinero, dinero
e influencia, influencia y poder.
Se trata de intercambios anónimos y,
a veces, opacos. De manera que la corrupción generalizada que
afecta a los países del entorno -también a España, aunque
afortunadamente aquí ya empiecen a estar lejanos los peores años
de este fenómeno- no es una especie de desajuste o
trastorno pasajero, sino que está posibilitada y no pocas veces
casi exigida por la propia estructuración social.
No es extraño que
de manera más habitual que consciente los jóvenes, que comienzan
desde temprana edad a descubrir la índole descarnada y cínica
de ese entramado, sientan escaso aprecio por él y teman
(en lugar de esperar) su integración en un ambiente social
poblado por ese tipo de personas que, a comienzos del
siglo XX, el sociólogo alemán Max Weber anticipó que secan
"especialistas sin alma, vividores sin corazón". A los jóvenes les faltan
maestros
Pero enseguida habría que preguntarse si la vigencia de este
modelo social imperante es fatal, sin alternativa posible. Y mi
respuesta es, desde luego, negativa. No solamente es deseable que
esa configuración de la sociedad industrial moderna dé paso a
comunidades de vida más humanas y solidarias. Es que ese
tránsito, aunque de forma escasamente advertida, ya se viene produciendo
en las dos últimas décadas. Al cambio de mentalidad que
este paso supone lo denominé en su momento "nueva sensibilidad"
y, en los aspectos sociales que ahora nos ocupan, lo
denomino "humanismo cívico".
El humanismo cívico que propugno se caracteriza porque,
frente al modelo técnico y anónimo de una sociedad de
masas, propugna la revitalización de las comunidades ciudadanas y la
activa participación en la esfera pública. Es una nueva cultura
de la responsabilidad cívica, que se opone tanto al estatismo
agobiante como al economicismo consumista, pero que también rechaza el
narcisismo individual, el cual lleva a no pocas personas a
refugiarse en el cerco privado y a desentenderse de lo
que antes se llamaba "bien común" y hoy se denomina
–con menor fortuna– "interés general".En mi opinión, toda propuesta de
formación cívica de las generaciones jóvenes se ha de plantear
desde una visión del hombre y de la sociedad en
la que se valore –por encima del dinero, del poder
y de la influencia– la dignidad intocable de la persona
humana y su derecho y deber a participar en las
cuestiones sociales y políticas que a todos nos afectan, y
que comprometen el futuro de esas vitalidades que se estrenan
en la vertiente nueva de la juventud. Las personalidades jóvenes
se hallan hoy, por lo general, casi completamente desasistidas en
lo que concierne a esa preparación ética y cultural que
podría capacitarles, no tanto para integrarse en un tinglado mecánico
y desmotivador, como para lanzar sus propias propuestas de regeneración
social y de perfeccionamiento humano. A los jóvenes actuales les
faltan auténticos maestros. Aprender el oficio de la ciudadanía
Lo primero que
habría que decir de la formación ciudadana es que no
consiste en una información teórica que hubiera que impartir en
unas clases determinadas del curriculum escolar. Se trata de aprender
el oficio de la ciudadanía. Porque, efectivamente, la ciudadanía es
una especie de saber artesanal, hecho de capacidades de diálogo,
de mutua comprensión, de interés por los asuntos públicos y
de prudencia a la hora de tomar decisiones. Se trata
de un conocimiento práctico que sólo se puede adquirir en
comunidades vitales cercanas a las personas mismas, como son la
familia, el colegio, la parroquia, o la Universidad. El aprendiz
de ciudadano se integrará realmente en tales comunidades si descubre
que en ellas hay unas prácticas que apuntan a lo
bueno y lo mejor, si vislumbra que son grupos armónicos
y abiertos que valoran a las personas por sí mismas
y que tienen finalidades de mejora ética y social.
Dicho de
otro modo, la educación cívica sólo se logra cuando la
joven o el joven se inserta en un ethos, es
decir, en una ambiente fértil, moralmente denso, humanamente acogedor, que
abra caminos para la autorrealización y sea capaz de suscitar
el entusiasmo en quienes tienen la vida por delante. El
ethos es la síntesis de bienes, virtudes y normas que
se entrelazan para configurar un "estilo de vida", una cultura,
un modo panorámico de percibir el entorno social y el
mundo físico. No es un conjunto de reglas de comportamiento
ni un artilugio pedagógico más o menos sofisticado. El ethos
es vida: es como el poso y el peso que
se va depositando cuando se vive intensamente de acuerdo con
una convicciones que superan con mucho las convenciones típicas de
la sociedad burguesa, en la que lo más importante es
"guardar las apariencias". La sociedad del espectáculo
Según ha dicho recientemente Ratzinger,
la realidad hace superflua la apariencia. Y esto adquiere una
importancia crucial en una sociedad poblada de simulacros, como es
la "sociedad del espectáculo" en que vivimos. En la sociedad
como espectáculo lo que se valora es el brillo, es
decir, la prestada claridad, el reflejarse y el resbalar de
las luces artificiales por la superficie de objetos niquelados. En
cambio, una sociedad que vive a fondo de su ética
y de su cultura no valora el brillo, sino el
resplandor, la luminosidad que brota del alma al rostro, la
impronta exterior de una vida interna rica y cultivada. El
brillo es artificial, aparente y superficial; el resplandor es natural,
real y hondamente humano.
Si se puede decir que hoy estamos
maleducando a toda una generación, desde el punto de vista
cívico, es porque les enseñamos a que valoren el brillo
y ni siquiera aprecien el resplandor. Les estamos induciendo a
que piensen de acuerdo con la razón instrumental y no
les dejamos sosiego ni libertad para que se esfuercen en
ejercitar la inteligencia meditativa. Recapacitemos por un momento en el
tipo dominante de mensajes que reciben hoy las chicas y
los chicos. Tanto la familia como la escuela y los
medios de comunicación les impulsan, sobre todo, a valorar el
éxito individual, sin advertir que, como dice Leonardo Polo, "todo
éxito es prematuro". En cambio, se les disuade de embarcarse
en empresas que les comprometan a servir a los demás,
y que no estén encaminadas a triunfar rápidamente, sino a
alcanzar una vida lograda desde la perspectiva ética, que es
la única que ofrece valores absolutos. Poder decir tonterías en cinco
idiomas
La propia enseñanza reglada pone todo el énfasis en los
procedimientos. Se habla, por ejemplo, de "aprender a aprender". Pero
se deja sin contestación –o ni siquiera se formula– la
pregunta clave: "¿aprender, qué? Los contenidos son lo de menos,
se arguye, porque pueden encontrarse en cualquier base de datos.
Lo importante es que estos jóvenes, llamados a vivir en
la sociedad de la información, dominen las nuevas tecnologías informáticas
y telemáticas que van a poner a su disposición inmediata
todo el saber disponible en el mundo entero. Tan vano
y falso planteamiento hace cada vez más actuales los versos
de T. S. Eliot en los coros de La roca:¿Dónde
está la sabiduría que se nos ha perdido en conocimiento?
¿Dónde está el conocimiento que se nos ha perdido en
información?Como decía (injustamente) el castizo Miguel de Unamuno del cosmopolita
Salvador de Madariaga, "es capaz de decir tonterías en cinco
idiomas".
Pensemos un momento, por favor, en el enorme esfuerzo
y la gran cantidad de dinero que se pone en
que los muchachos y las chicas españoles aprendan a malhablar
el inglés, la lingua franca del siglo XXI. Si recala
uno durante el verano en los aeropuertos de Londres, Dublín,
Nueva York o Chicago, le parecerá que se ha trasladado
como por arte de magia al patio de un colegio
de Madrid, Bilbao o Jerez de la Frontera o, peor
aún, a algún pub o discoteca para españolitos menores de
edad. Si, como el avión de Iberia se retrasa, entabla
uno conversación con esos jóvenes, no dará crédito al conjunto
de vulgaridades y tópicos que han sido capaces de recolectar
durante ese mes carísimo transcurrido en alguna población de lengua
inglesa. No se les pregunte por la política de Tony
Blair, el problema del Ulster o la economía americana, porque
sencillamente son temas que ignoran. Eso sí, están completamente "al
loro" de lo último en música pop y en marcas
de zapatillas deportivas, vaqueros o cazadoras. Ni uno solo ha
leído un libro, en cualquier idioma, durante esas semanas, y
desde luego tienen otros proyectos más interesantes para el resto
de las vacaciones de verano.
Informática e inglés, como preparación para
estudiar empresariales o ingeniería, y conseguir así una buena posición
económica. En esto se agota el panorama cultural y social
que se suele abrir ante las prometedoras inteligencias, potencialmente infinitas,
de quienes pronto tomarán el relevo en la dirección de
la cosa pública y de las empresas privadas. ¿Que se
hizo del frondoso árbol de las ciencias? ¿Dónde quedan las
humanidades clásicas y los grandes libros? ¿Qué fue de los
ideales para cambiar el mundo que germinan en la primera
juventud? Se ignora: no saben, no responden. Sobre base tan
somera es inviable que se desarrolle una formación ciudadana, reducida
hoy a ser una pintoresca línea transversal de la ESO. La
marginación de las disciplinas más formativas
El humus, la tierra fértil,
donde podrían asomar los primeros brotes de un humanismo cívico,
es precisamente el cultivo de las Humanidades, es decir, de
la Historia, la Filosofía, la Literatura, el Arte, las Lenguas
Clásicas. Tan maltratadas están que incluso algunos políticos se han
dado cuenta del tremendo error que se está cometiendo al
marginar las disciplinas más formativas de los programas de estudio,
tanto en la Enseñanza primaria y secundaria como en la
Universidad. Pero ya se ha visto a lo que ha
conducido la vampirización política de un tema tan serio, de
cuyo recuerdo sólo quedan las lágrimas de la valiente Ministra
de Educación, cuando rechazaron su interesante proyecto en un Congreso
de los Diputados donde el "Marca" parece ser la lectura
de mayor consumo.
Se ha empezado a notar qué sucede cuando
una chica o un chico conocen perfectamente su "entorno", dominan
la vida de los héroes locales, hablan de corrido el
bable asturiano, utilizan la jerga de la semiótica y la
teoría de conjuntos, pero no saben nada de historia universal,
Shakespeare no les suena, ni siquiera en inglés, y cuando
se les pregunta qué significa cogito, ergo sum y quién
pronunció tan famosa frase, responden: "Me han cogido, yo soy",
Jesucristo en el huerto de los olivos.
El olvido de las
Humanidades conduce a la incomunicación, la incomunicación lleva al aislamiento,
y el aislamiento –como advirtió Hannah Arendt– es pretotalitario. La
mejor manera para asegurarse de que nadie piense algo "políticamente
incorrecto" –por ejemplo, que hay que tratar a los emigrantes
magrebíes como a seres humanos– es sencillamente que no piense.
Muerto el perro, se acabó la rabia. Y así tendremos
la paz de los cementerios y de las cárceles.Las Humanidades
facilitan que se logren cuatro metas educativas de la mayor
trascendencia: 1) La comprensión crítica de la sociedad actual; 2)
La revitalización de los grandes tesoros culturales de la humanidad;
3) El planteamiento profundo de las cuestiones fundamentales que afectan
a la vida de las mujeres y de los hombres;
4) El incremento de la creatividad y la capacidad de
innovación. Y estas finalidades poseen hoy la mayor actualidad.
Porque,
sorprendentemente, el gran desarrollo de los sistemas informáticos no se
ha debido, como inicialmente se pensó, a la construcción de
poderosas máquinas de calcular, sino al proceso de textos desarrollado
sobre todo en ordenadores portátiles o microcomputadores. La cultura postliteraria
que se anunciaba para el final del milenio se ha
transformado en un mundo poblado de libros, en el que
el personaje del año 2000, según la revista Time, es
precisamente un librero: el promotor y presidente de Amazon, la
librería virtual a la que se puede pedir cualquier libro
desde cualquier lugar del mundo, y además llegan pronto y
sin excesivo gasto.
Los padres, los políticos, los educadores, tienen que
plantearse muy a fondo esta cuestión, en la que nos
jugamos nuestro futuro inmediato. No podemos olvidar algo que se
lleva experimentando con indudable éxito desde hace un veinticinco siglos,
es decir, dos milenios y medio. Y eso que no
debemos dejar que se pierda es la realidad de que
las mentalidades jóvenes sólo podrán formarse en el oficio de
la ciudadanía si se logra que su educación sea un
simbiosis con las grandes creaciones de nuestra civilización occidental. Sería
una lástima que ahora que existen los medios técnicos para
que todos los ciudadanos conozcan los fundamentos de la cultura
en la que viven, dispersaran su vida en espectáculos, aficiones
y entretenimientos sin sustancia alguna. Abrirse a otras vidas
El gran acervo
de ideas, creencias, valoraciones y narraciones acerca de la vida
del hombre en sociedad se encuentra en los grandes libros,
en los clásicos antiguos y modernos. Al leer esos libros,
nuestra vida se abre a otras vidas, reales o imaginadas,
en las que se reflejan los tipos básicos de personas
y de comportamientos, las situaciones más hondas en las que
las personas pueden encontrarse, los discursos y hazañas que nos
han conducido a ser lo que somos. Esos grandes libros
mejoran tanto al que por ellos transita que le hacen
capaz de entender la riqueza humana que tales obras literarias
o filosóficas contienen.
El conocimiento de la Literatura, de la Filosofía
y de la Historia nos ayuda a distinguir lo pasajero
de lo permanente, lo esencial de lo accidental, lo humano
de lo inhumano, el bien del mal. La mujer y
el hombre de muchas y buenas lecturas es difícil que
caiga en los extremos del dogmatismo o del escepticismo, del
relativismo o del fanatismo. Porque aprenderá que en el ser
humano conviven una vocación sublime y una profunda miseria, que
el hombre supera infinitamente al hombre, y que no hay
soluciones automáticas o puramente técnicas para los problemas sociales.
Las Humanidades
nos descubren los maravillosos secretos del lenguaje, como vehículo del
pensamiento e instrumento de comunicación. Nos enseñan a hablar y
a escribir correctamente, no como los guionistas o locutores de
radio y televisión que martirizan día tras día, hora tras
hora, el pobre idioma castellano, mejor usado hoy en los
países hispanoamericanos que en su tierra natal, la "espaciosa y
triste España". Una tragedia familiar: "Mamá, quiero estudiar filosofía"
Decía Jorge Luis
Borges que un caballero sólo defiende causas perdidas. Y yo
sé bien que casi perdida está la causa de un
cultivo de las Humanidades que, como decía el Beato Josemaría
Escrivá, implica la supremacía del espíritu sobre la materia. Porque
resulta que una chica que lee mucho "es un poco
rara", mientras que el chico que se pasa las horas
tontas ante la televisión o con los videojuegos hace lo
que corresponde a un muchacho de su edad. No digamos
la tragedia familiar que se produce cuando la chica en
cuestión dice que quiere estudiar Filosofía y Letras, en lugar
de una carrera de provecho, que la ayudará a labrarse
un porvenir seguro (y –añado por mi cuenta– aburrido o
tal vez desgraciado).No es prudente tampoco que los jóvenes tomen,
en su inmadurez, decisiones de tipo social o religioso que
puedan condicionar su futuro. En cambio, no parecen tan inmaduros
a la hora de iniciarse en las prácticas menos virtuosas
y más disolventes que la sociedad de consumo les brinda
hoy en bandeja, sobre todo cuando pueden disponer sin esfuerzo
de unas cantidades de dinero que superan el salario mínimo
interprofesional.
La formación cívica es asunto estrechamente relacionado con la adquisición
de las virtudes morales e intelectuales: la fortaleza, la prudencia,
la sabiduría, la templanza, el arte y la justicia. Las
virtudes son excelencias del carácter que no se pueden desarrollar
a través de una enseñanza meramente teórica. En realidad, como
decían los filósofos griegos, las virtudes no se pueden enseñar:
sólo se pueden aprender. Lo cual equivale a decir que
el protagonista de la educación no es el padre, la
madre, la profesora o el profesor: el gran protagonista y
autoresponsable de su educación es el propio educando, es decir,
el hijo o el alumno. ¿Queremos a los jóvenes?
Por ello es
imprescindible que nos tomemos a los jóvenes en serio. Como
decía el maestro Corts Grau, a la juventud hoy se
la adula, se la imita, se la seduce, se la
tolera... pero no se la exige, no se la ayuda
de verdad, no se la responsabiliza... porque, en el fondo,
no se la ama. Y esto es, en definitiva, lo
que los jóvenes sospechan y, aunque no se atrevan a
declararlo, proceden en consecuencia.
El amor noble y normal de padres
y maestros para con los jóvenes está siendo sustituido por
el emotivismo, por la inundación afectiva, por esas demostraciones de
cariño tan ostentosas como superficiales que se aprecian –por ejemplo–
en las paradas de los autobuses escolares: tal parece que
los niños y la niñas partieran como voluntarios hacia Kosovo,
de donde no se sabe si volverán vivos, o al
menos no afectados por las radiaciones de las cabezas de
misiles americanos y británicos. La familia es algo mucho más
serio que esa carga de sentimentalismo que hoy padecemos. La
familia es una escuela de vida personal y social, en
la que el modo de existir en cada edad va
aprendiendo de los modos de existir de las demás edades.
El niño aprende de jóvenes y adultos. Los jóvenes de
niños y viejos. Y los viejos aprenden de todos y
a todos enseñan, si es que no se les ha
internado en eso que un colega mío llama "ancianarios". De
ahí que sean tan interesantes y formativas las familias numerosas,
en las que todos aprenden de todos, continuamente, cuestiones esenciales
acerca del mundo y de la sociedad.Si me permiten esta
confesión personal –a mí que no me puedo poner como
ejemplo de nada– yo no cambiaría a mis ocho hermanos
y hermanas por nada de este mundo. De mis padres
y de ellos he aprendido casi todo lo que sé
acerca del hombre en sociedad. Por lo que se refiere
a la educación cívica, también aprendí bastante durante los años
que viví en un Colegio Mayor Universitario. De manera que,
desde hace unos treinta años a esta parte, el mundo
no me ha enseñado nada esencialmente nuevo. Y, por supuesto,
cuando crucé el umbral de la Universidad de Madrid, tras
vencer la correspondiente resistencia paterna a que estudiara Filosofía y
Letras, yo tenía muy claro que debía participar activamente en
la vida intelectual y política de la Universidad, entonces en
ebullición, lo cual me proporcionó experiencias, aventuras y riesgos que
–como saben mis amigos y mis alumnos– son tan sorprendentes
como largas de contar. Más voluntad de aventura de "arriesgar la
vida"
Me temo que el actual modelo de vida familiar y
escolar –aunque sea más libre y menos severo– presenta un
cierto carácter unívoco y monótono, que no facilita precisamente el
crecimiento en las virtudes ciudadanas. La sociedad de hoy parece
pensada a la medida del adulto infantilizado, ése que compone
las millonarias audiencias de programas televisivos con encefalograma plano. Deberíamos
tener más voluntad de aventura, más capacidad de riesgo, más
disposición para esa actitud que Teresa de Ávila sintetizaba en
la expresión "arriesgar la vida".Para "arriesgar la vida", la virtud
más necesaria es, paradójicamente, la sobriedad, la templanza. Porque el
exceso de comodidades y satisfacciones materiales embota la imaginación y
la facultad de sorprender y dejarnos sorprender. Mucho más interesante
que ese estado en el que "no falta de nada",
es la actitud de estrenar la vida cada día, de
no dejarse atrapar por la rutina y la mediocridad. Quien
no sufre alguna carencia material se encuentra en la situación
que los griegos llamaban apatheia, es decir, apatía. No sentir
ni padecer es una de las mayores desgracias que a
uno le puede deparar la vida y uno de los
peores legados que se pueden transmitir a las generaciones jóvenes.
Con lo cual también está íntimamente relacionada la virtud de
la justicia, especialmente en su aspecto social, con relación a
los más pobres y necesitados. Es un auténtico escándalo que
una sociedad democrática y básicamente cristiana tolere que haya unas
diferencias de nivel de vida clamorosas y, además, crecientes.
La formación
cívica ha de enraizarse en un ambiente de libertad, en
un modo austero de comportarse, en actitudes estables de servicio,
en hábitos de compartir lo que se tiene con los
que más lo necesitan, en la fortaleza para denunciar la
injusticia y no ser cómplices de la corrupción, en el
compromiso de decir siempre la verdad... aunque se hunda el
mundo, como decimos en Navarra. "Una palabra de verdad vale
más que el mundo entero", reza el proverbio ruso que
Solzenytsin incluyó en su discurso para la recepción del Premio
Nobel del Literatura, ceremonia a la que las autoridades soviéticas
le prohibieron asistir. "¿Qué puede la verdad contra la rueca
de la violencia?", se preguntaba Solzenytsin en aquel discurso que
nunca pronunció. A la actitud de amor a la verdad
siempre le cabe decir que no: mientan todos ustedes, pero
no cuenten para ello con mi colaboración; finjan que son
honrados mientras participan en la corrupción, pero háganlo sin mi
ayuda; pliéguense dócilmente a leyes inmorales que permiten el dominio
de los más débiles por parte de los más fuertes,
pero les anticipo mi desobediencia civil; difundan los medios de
comunicación social todo tipo de falsos estereotipos acerca de instituciones
y personas intachables, pero no esperen que yo les crea
ni me haga eco de sus insidias y sectarismos. Desde
luego, vivir el humanismo cívico resulta peligroso, pero –como decía
Platón– es un "bello riesgo".Una actitud así, de seria rebeldía
ante los poderosos de este mundo, no se puede mantener
si no es con la ayuda de Dios. Por eso,
el humanismo puramente secular o laico acaba en la inconsistencia
y en el drama. La religión es el lazo de
solidaridad más fuerte que une a personas de las más
distintas condiciones e ideas. Y el cristianismo no sólo nos
habla acerca de la verdad, sino que es la Verdad
misma, encarnada por Jesucristo, que al mismo tiempo es Camino
y Vida. Al menos en una tradición histórica y religiosa
como la nuestra, no es posible una formación cívica sin
un sólido fundamento cristiano. Lo cual no quiere decir que
se haya de profesar el cristianismo porque es socialmente positivo.
Más bien resulta socialmente positivo porque, como ha escrito Michel
Henry en C´est moi la verité, el cristianismo es la
Verdad misma, la verdad que libera, que se hace Vida
y Camino para quienes se atreven a vivir como hijos
de Dios. Claro aparece, entonces, que las exigencias sociales del
cristianismo, sus demandas cívicas, serán mucho más altas y certeras
que las que pueda transmitir cualquier doctrina científica, ética o
política. Una visión cristiana de la vida
La visión cristiana de la
vida pone en el centro el amor a los demás,
la solidaridad de quienes forman un sólo Cuerpo y saben
que la salvación no es un asunto individualista. Todos dependemos
de todos, en un sentido muy profundo y esencial. Por
eso, una educación cívica cristiana y humanista ha de fomentar
lo que Alasdair MacIntyre llama en su último libro "virtudes
de la dependencia reconocida", entre las que se encuentran la
generosidad, el agradecimiento, la compasión, el cuidado de discapacitados o
enfermos, la alegría, la solidaridad y, en último término la
misericordia o piedad.
La propia independencia, la libre actuación personal, sólo
se logra desde la base de la dependencia, y nunca
la elimina del todo. Porque la libertad humana no consiste
en la carencia de vínculos, sino en la calidad de
esos vínculos y en la fuerza vital con la que
uno los acepta y permanece fiel a ellos.
La completa independencia
o personal autonomía es una ficción que ya apuntaba en
la satisfecha autarquía propuesta por la ética griega, y que
se consideró como el gran ideal humano en la Ilustración
moderna, especialmente en su versión kantiana. Las derivaciones actuales de
este planteamiento son el utilitarismo y el emotivismo, que muchas
veces se presentan asociados entre sí. El que es a
un tiempo utilitarista y emotivista, piensa que sólo hay dos
tipos de motivos para decidir la propia conducta. Uno de
ellos es la elección racional, la rational choice, el cálculo
de la mayor cantidad de bien posible para el mayor
número de gente posible, aunque se presente el problema de
qué género de bienes hemos de valorar más o menos,
y resulta difícil decidir a qué gente se procura beneficiar,
si especialmente a mí mismo y a los que me
rodean, o bien a los que más lo necesiten; y
si hemos de primar a los actuales habitantes del planeta,
o hemos de comportamos de modo que no dejemos una
tierra contaminada y desertizada a los que vengan después.
El otro
tipo de motivación es el que procede de los sentimientos
de simpatía hacia otras personas; pero este emotivismo inmediato, si
no está ordenado por hábitos morales firmemente adquiridos, conduce al
relativismo ético y a la arbitrariedad sentimental.
Está claro que tales
planteamientos utilitaristas y emotivistas (dominantes en la ética actual) no
dan cuenta de las relaciones –mucho más diversificadas y abiertas–
que realmente se establecen entre las personas humanas. Nos encontramos
en un continuo proceso de dar y recibir, casi nunca
sometido estrictamente a la crispación egoísta del do ut des.
La mayor parte de nuestras relaciones interpersonales no están motivadas
ni por el cálculo racional ni por emociones inmediatas, sino
que responden a relaciones de amistad, de familia o de
trabajo, en las que muchas veces –y en algunos casos
durante largo tiempo– ayudamos a otros sin esperar nada a
cambio, o –lo que quizá es más difícil de aceptar–
nos dejamos ayudar sin expectativas de poder devolver los favores
en el futuro. Si los humanos sólo hiciéramos lo que
pensamos que nos conviene o lo que enciende nuestras emociones
inmediatas, casi todo quedaría por hacer; la sociedad se pararía,
porque habría una gigantesca huelga de brazos caídos. Como han
demostrado recientemente economistas que han merecido el Premio Nobel, las
actividades que realizamos con mayor atención y cuidado son precisamente
aquéllas por las que no recibimos ninguna retribución económica. Y,
además, no es cierto que si todos buscan su interés
egoísta, resultará de la suma y difusión de esos beneficios
el interés general. Tal planteamiento neoliberal no funciona, entre otras
cosas porque –como ha señalado Amartya Sen– en situaciones de
extrema miseria (que afectan hoy día a un tercio de
la población mundial), las personas no están en condiciones de
pararse a pensar cuál es su interés, presionadas como se
hallan por encontrar el puro y simple sustento diario. Sólo hay
una ética
En la base de no pocos de estos errores
teóricos y prácticos se halla la separación entre ética pública
y ética privada. La ética pública sería puramente procedimental, y
se agotaría en el cumplimiento de las normas constitucionales y
en el respeto al derecho positivo. En cambio, la ética
personal se vería relegada exclusivamente al cerco privado, sin ninguna
manifestación política o económica. Cuando lo cierto es que sólo
hay una ética que, ciertamente, presenta aspectos privados y aspectos
públicos, que no son delimitables entre sí de modo neto,
ni se deben separar de manera drástica. Si alguien no
es honrado o limpio en su vida personal o familiar,
será muy raro que se comporte con honestidad en la
esfera pública, porque le faltará el temple moral necesario para
acometer acciones que sean a la vez justas y arduas,
o para evitar comportamientos que seducen por su encanto inmediato
pero acaban por corromper a las personas y perjudicar gravemente
al bien común. Y, a su vez, si alguien no
se conduce rectamente en el nivel público, ese desgarramiento existencial
se traducirá rápidamente en las relaciones más íntimas y personales,
según se manifiesta en la inestabilidad familiar de no pocas
personas que están obligadas –por la autoridad que representan– a
tener una conducta intachable en el terreno personal.La formación ciudadana
presenta, por lo tanto, un carácter ético con esenciales proyecciones
políticas, en el más amplio sentido de esta palabra. El
hombre bueno ha de procurar, simultánea e inseparablemente, ser también
un buen ciudadano, lo cual –sobre todo en el caso
de regímenes injustos– no siempre supone el dócil seguimiento de
las normas establecidas, sino puede implicar la resistencia civil que
lleve a no cumplir leyes que prescriben o permiten comportamientos
intrínsecamente malos, como es el caso del aborto provocado, la
eutanasia, la retribución insuficiente del personal subordinado, el maltrato a
extranjeros y emigrantes, el abuso de menores o la difusión
indiscriminada de material pornográfico.Reducir la moral al ámbito exclusivamente personal,
familiar o profesional, con abandono de la esfera estrictamente pública,
es un enfoque burgués y completamente insuficiente de la ética.
Nadie puede ser moralmente bueno en una campana de cristal,
entre otros motivos porque tales reductos incomunicados ya no existen.
En la nueva sociedad del conocimiento y la información se
registra un altísimo grado de complejidad, según el cual los
mensajes públicos están penetrando continuamente en el terreno privado, y
las personas particulares han de tomar todos los día decisiones
que afectan a otra mucha gente. Por otro lado, la
inteligencia y el carácter de las personas se manifiestan más
claramente en un entramado global de redes ciberespaciales que un
mundo de máquinas y altas chimeneas.
Lo que demanda la sociedad
que está surgiendo en nuestras manos a comienzos del nuevo
milenio es una nueva ciudadanía, mucho más activa y responsable,
en la que las personas no se conformen con ser
convidados de piedra en el concierto público, sino que ejerciten
con energía y decisión su libertad social, su responsabilidad cívica
y su creatividad cultural. Los nuevos ciudadanos, quienes habrán de
tomar el relevo de la cosa pública dentro de pocos
años, tendrán el honor y la carga de configurar ese
mundo tan distinto al actual de una forma hondamente humana.
Para ello necesitan aprender una asignatura que no está en
los libros de texto ni se puede incluir en los
planes de estudio. La formación cívica se adquiere como por
ósmosis en la familia, en el colegio, en la Universidad,
en las relaciones de parentesco y de vecindad. Esto pone
en primer término la necesidad del buen ejemplo. Sólo el
que conviva con buenos ciudadanos aprenderá a ser un buen
ciudadano. En esta disciplina, todos somos maestros y discípulos a
un tiempo. Cada uno de nosotros debe pensar: que no
sea yo el que les falle.
Revista "Nuestro Tiempo", I-II.01
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