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Autor: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net Tierras difíciles
El formador es un sembrador ¿Qué se puede hacer para preparar tierras tan difíciles? ¿Cómo lograr que la semilla cambie un terreno árido, pedregoso, lleno de zarzas, duro y reacio a cualquier intento de la gracia?
Tierras difíciles
El párroco había notado una concentración un poco especial en
Miguel. Lo agradeció mucho, pues el muchacho, con sus 13
años y un cuerpo en pleno desarrollo, solía crear muchos
problemas durante las catequesis. Durante la explicación de la parábola
del sembrador no dejaba de mirar al sacerdote como quien
está sumido en una reflexión profunda.
Al final, el sacerdote no
pudo vencer su curiosidad. Se acercó a Miguel y le
preguntó: “¿cómo es que hoy estuviste tan atento?” Miguel parecía
no querer desvelar lo que llevaba en su corazón. Murmuró
unas palabras ininteligibles. La mirada del sacerdote reflejaba paciencia y
comprensión, y entonces Miguel empezó a hablar con claridad.
“Padre, es
una parábola muy bonita. Hay tierras buenas y tierras malas.
Yo he nacido y vivo en una tierra mala. Mi
padre es borracho, y hace años que no hace nada
por la familia. Mi madre apenas soporta a los tres
hijos que vivimos en casa. Siempre se queja, nos golpea,
nos deja solos, se va a hacer sus cosas. Entre
nosotros nadie piensa en rezar o en vivir según el
evangelio. Si le dijese lo que hago con mis amigos,
lo que veo en la televisión, lo que imagino cuando
me tumbo en la cama...
Tenemos mala tierra, padre, y en
mala tierra la semilla no puede hacer nada”.
La franqueza del
chico penetró a fondo en el alma del sacerdote. Durante
aquel día le dio vueltas al problema. ¿Qué se puede
hacer para preparar tierras tan difíciles? ¿Cómo lograr que la
semilla cambie un terreno árido, pedregoso, lleno de zarzas, duro
y reacio a cualquier intento de la gracia?
La pregunta se
convirtió en otra: ¿es culpable Miguel de su dureza? ¿No
será, más bien, víctima de una situación familiar y social
gravemente injusta?
De repente, como una luz superior, se dijo a
sí mismo: “Pero, ¡qué tonto eres! ¿Por qué no hablas
de esto con Jesús?”
Fue a la capilla y empezó una
oración sencilla. “Señor, aquí me tienes. Me llamaste a trabajar
en una viña difícil, en un campo duro, en una
sociedad descristianizada. Muchas familias están rotas, muchos padres no enseñan
la fe y la moral cristiana a sus hijos, muchos
niños y adolescentes siguen sus instintos sin ningún freno. ¿Cómo
podemos, Señor, preparar la tierra? ¿No es inútil la catequesis
cuando una vida está tan llena de miserias, cuando tanto
mal ha carcomido la conciencia, si es que alguna vez
alguien dijo a este muchacho cuál es la diferencia entre
el bien y el mal?”
El silencio de Jesús Eucaristía era
intenso. Una voz interior, sin embargo, se iba haciendo espacio
en aquel sacerdote tan deseoso de llevar algo de Dios
a sus muchachos.
“Tienes razón: no es fácil tirar semillas en
tierras difíciles, ni enseñar la fe a quien no está
en condiciones de aceptarla. La semilla sólo actúa en tierra
buena, pero hace falta preparar el terreno, abrir surcos, regar
el suelo, abonar campos aparentemente infecundos. Ese es el trabajo
que te toca a ti, con tu oración, con tu
paciencia, con tu sonrisa, con tus luchas, con tu cansancio
de cada día.
No siento indiferencia por el alma enferma. No
puedo mirar sin cariño a tantos adolescentes hundidos en el
mundo de la droga, del alcohol, del sexo, de la
vida sin sentido. No puedo olvidar que también son hijos,
débiles, heridos, necesitados de un amor inmenso, de una paciencia
infinita, de una misericordia capaz de devolverles la limpieza.
Tú puedes
reflejas algo de mi amor. Tú eres, como sacerdote, un
enviado especial (humano y débil) de mi cruz y de
mi victoria en la Pascua. Tú, sin saberlo, has llegado
un poco al corazón de Miguel, simplemente por el hecho
del saludo, de la pregunta, del afecto.
Del resto, no te
preocupes. Habrá alguno que siga en su dureza, que diga
«no» a las llamadas de mi Padre. Déjame el juicio
a mí. Los misterios de cada corazón no se vislumbran
con miradas humanas. Tú sigue con la mano en el
arado. Arroja con confianza, todos los días, la semilla buena,
viva, fuerte, transformante. Riégala con tu oración y tu esperanza.
Ama, y el resto lo hará mi Palabra”.
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