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| Con la Educación No Se Juega |
En primer lugar intervienen en éste emprendimiento, diferentes personas, (el
padre, la madre, el hijo, el maestro, etc). Cada una
de las cuales aportan en la dinámica, rasgos de su
temperamento, personalidad y hasta de situaciones de vida por las
que están atravesando en determinado momento. Es decir, cambios de
ánimo, que pueden generarse por ejemplo, por el éxito o
el fracaso laboral, entrada a la adolescencia, a la menopausia,
muerte de algún ser querido, cambio de casa, de colegio,
etc.
Otro de los factores que influyen a la hora de
educar, es el contexto socioeconómico al que pertenecen los individuos
integrantes del conjunto (el club del que son socios, el
deporte que practican, el colegio al que concurren, el barrio
en el que viven, etc.).
Todos estos factores convierten a la
educación en una tarea dinámica que debe ir amoldándose a
los cambios de escenario impidiéndole volverse estática, en cualquier punto
de su trayectoria y obliga a los educadores a sumarse
a los usos y costumbres propios de cada época.
Mucho se
ha hablado del liderazgo y de su importancia en el
terreno educativo.
Es muy cierto que todas aquellas personas que, poseen
las características del líder obtienen beneficios en el corto plazo.
Los líderes, cuentan con la aprobación de sus seguidores, al
mismo tiempo que son respetados y admirados por ellos. En
general, no sólo son emulados, sino que también sus mensajes
suelen ser claros y precisos, lo que les permite una
llegada directa al grupo que lideran.
Pero lo cierto, es que
no todos los educadores cuentan con éste perfil, ya que
es un atributo que viene de fábrica, como el color
de los ojos, la contextura física, o cualquier otro rasgo
que hace a la persona, pero tiene origen genético.
Sería absurdo
pensar que la educación con resultados exitosos, sólo puede ser
llevada adelante por los líderes.
Es evidente, que en éste mundo
hay excedente de ineptos y no hay regla alguna que
deje a los educadores fuera de ésta realidad, lo importante
es mantenerse alerta para evitar el contagio.
En materia de educación,
si, se debe tener presente que las equivocaciones no se
pagan con despidos o juicios por mala praxis. La consecuencia
no es nada más ni nada menos que la deformación
de un individuo, con el agravante de que éste, es
en muchos de los casos, el propio hijo.
Cuando el que
se equivoca es el maestro, la situación es menos complicada,
ya que estará en manos de sus superiores evaluar su
desempeño como educador y de ese modo actuar como una
suerte de ente regulador, que decidirá sobre su eficiencia en
los resultados. Si el objetivo no se cumple, como en
cualquier otra empresa, la institución, podrá prescindir de sus servicios
y así reparar el daño.
Pero, ¿qué pasa cuando se equivocan
los padres?
En estos casos, no existe ninguna figura que esté
por encima de ellos. Los padres son la máxima autoridad
del hogar y no se reportan a jefe alguno, nadie
los supervisa, no hay quien evalúe su trabajo. La consecuencia
de sostener en el tiempo una mala educación, proveniente de
los padres, incidirá directamente en los chicos, a los que
no solamente se le estará transmitiendo el cien por ciento
de la información genética, sino también todos aquellos elementos que
harán de ellos, individuos con problemas de conducta, de adaptación
al medio, con comportamientos inadecuados y en algunos casos más
graves, traumas psicológicos o desórdenes severos de la personalidad.
La tarea
de educar, es tal vez de todas, la más seria.
Los padres sobre todo, deben asumir éste compromiso diario, sin
olvidar por ningún motivo la responsabilidad que significa, el hecho
de tener en sus manos el futuro de sus hijos
y lo mucho que gravitará en él, la calidad de
su desempeño.
Cuando se educa, se transmite. El adulto, es quien
tiene que saber encontrar la llave que le permita entrar
al mundo de los chicos para establecer una comunicación fluida
y evitar comportamientos anacrónicos. Es evidente que el que transmite,
tiene respecto del que recibe, una posición superior en cuanto
a experiencia. Sin embargo en las relaciones entre padres e
hijos esa superioridad, puede jugar en contra, sobre todo, en
aquellos casos en los que se marcaran exageradamente las diferencias.
El abismo generacional, es uno de los peores enemigos de
la comunicación y en general, si se cae en él,
no hay retorno posible. Por este motivo, es de suma
importancia, que antes de comenzar a transmitir principios educativos, tanto
padres como docentes, aprendan a bajar del púlpito, por que
de tanto mirar hacia arriba a los chicos se les
cansa el cuello.
Es interesante tener presente, que los mismos chiquitos
a los que les enseñamos todo, (comer, caminar, hablar, escribir,
leer, pensar, etc.), motivo por el cual nos sentimos respecto
de ellos superiores, serán los mismos que mañana, nos pagarán
el geriátrico o para no pecar de drásticos, nos muestran
hoy, como scannear una foto, mandar un archivo adjunto o
a usar el power point.
Amar a los hijos, es el
punto de partida, pero no es suficiente. Lo más difícil,
es saber poner ese amor en acción.
Cuando no se
cuenta con elementos naturales como podría ser el liderazgo, se
puede recurrir a otros que están al alcance de todo
aquel que los quiera ver y usar y que podrían
ser el complemento ideal del sentido común a la hora
de aplicar criterios. Estas herramientas no son patrimonio de ninguna
elite y pueden ser usadas por todo tipo de individuos,
persiguiendo como único fin, los resultados y minimizando las diferencias
de personalidades.
Las herramientas de las que hablo, son, la responsabilidad,
la dedicación y la abnegación.
Responsabilidad
Cuando dos personas deciden
ser padres, deben comulgar con la idea de que ésta
tarea los acompañará por el resto de su vida.
Ser padres
responsables, implica hacer un seguimiento del desarrollo de los hijos,
que les permita conocer cada detalle de la vida de
éstos, de tal manera que hasta puedan adelantarse a los
acontecimientos.
Acompañarlos hasta el despegue, requiere de la sabiduría necesaria que
permitirá ir variando de conductas tantas veces como sea necesario
y de éste modo lograr el objetivo deseado, en cualquiera
de las etapas por las que los chicos transiten.
En la
edad más temprana los niños y los padres se valen
del lenguaje corporal, el que predomina por sobre el intelectual.
La
comunicación en ésta etapa se remite a lo expresado por
el cuerpo.
Se intercambian caricias, besos, abrazos, la madre duerme al
niño en sus brazos, le canta canciones, etc. El chico
por su lado encuentra placer en el comer, vaciar sus
intestinos, recibir el calor de sus padres y percibe el
entorno a través de la vista, el tacto o el
oído. No tiene conciencia de que todos sus actos requieren
de una orden enviada por su cerebro y son incapaces
de racionalizar. Se limitan a sentir.
En el despertar social, momento
en que el niño comienza a relacionarse con personas ajenas
al entorno familiar, las maestras jardineras se siguen valiendo del
lenguaje corporal por algún tiempo y van incorporando de a
poco el intelectual a través de estructuras sencillas, como canciones
o juegos, a la par de los padres que hacen
lo propio dentro del hogar.
En la adolescencia, la cosa se
complica. El bajito crece y se convierte en un ser
pensante, pero carente de elementos. Es un chico grande, pero
un grande chico, sueña más despierto, que cuando está dormido,
cree saberlo todo sin saber nada, confunde los sentimientos con
las sensaciones y su inestabilidad lo lleva a cometer tantos
errores, que complican hasta lo más sencillo. No conocen el
significado de la palabra introspección y creen que el aturdirse
les ayudará a sortear obstáculos, Hacen de la osadía su
escudo de batalla y casi siempre se mueven a los
tumbos. Es que los pobres no saben que hacer con
tanta información sin procesar.
La responsabilidad de los padres radica en
estar presentes, siendo el principal sostén y guía al mismo
tiempo, sabiendo poner los límites en el momento justo sin
asustarse. Los límites no atentan contra la libertad, encausan y
ordenan. Solo es verdaderamente libre aquel que se conoce a
si mismo y que se acepta tal cual es.
Los chicos
son espontáneos, transparentes, irreverentemente directos, transmiten alegría, invitan al cambio,
contagian vida.
Estos seres puros merecen desarrollarse plenamente y son los
padres los responsables directos de lograrlo.
El crecimiento cronológico de todo
individuo, coincide con el de la madurez psicológica. Es sumamente
importante acompañar el proceso, combinando los ingredientes en su justa
medida.
Un ejemplo podría ser, la diferencia que existe entre la
etapa “Realizar tareas” y la de “relación” y de como,
los padres deben ir variando su conducta, conforme sus hijos
van transitando de una etapa a la otra.
En los primeros
años de vida, los padres transmiten a sus hijos, todo
el amor que sienten por ellos, realidad casi exclusiva hasta
el despertar social del niño.
Es en éste momento, en el
que el chico comienza a tener conciencia de las responsabilidades
que debe asumir (guardar los juguetes, bañarse, ordenar el cuarto,
etc.), el período en que debe ponerse el énfasis, en
la etapa “realizar tareas”.
Son las primeras obligaciones con la que
se enfrenta el niño, que hasta el momento, había percibido
del entorno, la disposición de darle, sin exigirle algo a
cambio. Es entonces el tiempo de comenzar a recibir y
entregar, de formar sus responsabilidades y acostumbrarlos a un método.
De manera que los padres y maestros deben trabajar a
la par de los chicos, hasta tanto éstos, asimilen la
nueva dinámica y alcancen la madurez.
Tener asignada una función comunitaria
dentro del grupo familiar, es un punto que no debería
omitirse. Es común en algunas familias que al terminar de
comer, en lugar de ordenar entre todos la cocina, en
cuestión de segundos, se genere un movimiento similar a la
diáspora. Cada chico dispara para su lado y ninguno se
cuestiona que los platos que ensuciaron, alguien tiene que lavarlos,
secarlos y guardarlos. Se desentienden del tema, argumentando que tienen
que ocuparse de sus tareas, lo que en realidad es
para su exclusivo beneficio y no le quita ni le
agrega nada, al resto de los integrantes de la familia.
Cuando
los padres trabajan, no lo hacen sólo para si. El
salario que gana el padre, es destinado en parte, a
satisfacer las demandas de los hijos, al igual que cuando
la madre ordena la casa, además de su cama, tiende
la de sus hijos, limpia el baño que usaron todos
o plancha la ropa de la familia.
Si los padres, adoptan
para si, como un hecho natural el trabajar diariamente para
obtener un beneficio propio, pero además lo hacen extensivo a
sus hijos, ¿Por qué no deberían sostener un comportamiento coherente
induciendo a sus chicos a imitarlos?
Que estudien, está bien. Que
ordenen su cuarto también, pero son tareas que sólo los
benefician personalmente. Mientras que al sacar la basura, lavar los
platos, cortar el pasto o limpiar la pileta, están favoreciendo
al resto de la comunidad.
Un individuo maduro, no necesita que
le indiquen lo que debe hacer, por si sólo, conocerá
cuales son sus obligaciones y cumplirá con ellas.
Cuando se llega
a éste punto de madurez, es cuando los educadores, deben
trasmitirle su voto de confianza y dejar de lado la
etapa “realizar tareas” para comenzar a trabajar en la de
“relación”. El trasmitirle a los chicos, la idea de que
se confía en ellos, sin dudar en ningún momento de
su palabra, no sólo les dará seguridad, sino que podría
ser un elemento de astucia empleado por el educador. Este
elemento entonces, se convertirá en el condicionante, que servirá para
evitar que falten a su obligación, por el solo hecho
de no traicionar la confianza que el adulto depositó en
ellos.
En la etapa de “relación”, los padres con los hijos,
maestros y alumnos tienen un trato más parejo. A medida
que el chico alcanza la madurez intelectual, pueden compartirse actividades,
pensamientos, conversaciones, es decir, le es más fácil a ambos,
intelectualizar el trato.
El adulto pasa de tener que preocuparse por
controlar que las cosas se hagan, a darlo como un
hecho y entonces poder compartir más momentos de esparcimiento con
el joven. Puede avocarse a la tarea de “relación”casi de
lleno.
La responsabilidad del adulto educador, va mucho más allá que
cubrirles tanto al niño como al adolescente las necesidades básicas.
Es saber captar los cambios que son propios del crecimiento
e ir adaptando actitudes que irán apareciendo a medida que
la situación así lo requiera. Es cuestión de observar con
atención y actuar en consecuencia.
Dedicación
La dedicación es otro
de los elementos importantes con que cuentan los adultos que
tienen en sus manos la tarea de educar.
Dedicarse a los
chicos es delegar lo menos posible, es hacerse cargo en
forma personal, aunque más de una vez esto complique nuestra
propia actividad
El ser padres es un privilegio y los hijos
son el mayor de los regalos que la vida puede
dar.
Educarlos con éxito, requiere de un trabajo artesanal, sería
imposible pretender que ésta tarea, estuviera en manos de los
abuelos, el hermano mayor, alguno de sus docentes o la
empleada de la casa, sino que por el contrario, debe
realizarse y supervisarse exclusivamente en forma personal.
La comunicación juega un
papel muy importante.
Si se quiere lograr una buena educación,
primero debe buscarse el éxito en la comunicación que se
establezca entre las partes involucradas.
Comunicarse no es nada más, mandar
el mensaje. Una vez que el concepto se transmitió, requiere
de un seguimiento, se debe comprobar que llegue al receptor,
se codifique, se asimile, elabore y acepte, para luego poder
aplicarse en la práctica. Si no se verifica dicha aplicación,
no existe la retroalimentación, lo que equivale a decir, que
en algún lado se interrumpió la comunicación, es decir en
algún tramo, el cable está cortado. Lo que obligará a
detectar la falla y repararla.
Así como el artista se enamora
de su obra, los padres dedicados viven enamorados de sus
hijos, ellos son su obra maestra y el mayor de
los orgullos.
Los hijos de padres dedicados se diferencian claramente
del resto. Ellos fueron moldeados con paciencia a través del
tiempo, para ser presentados ante el mundo.
El educar de algún
modo es, si se permite la analogía, un trabajo artesanal
que se comparte y se disfruta. Pero ¿qué clase de
artesano se atribuye el éxito de una obra que no
le pertenece?
En la primera etapa de la vida, los niños
se identifican más con la madre que con el padre,
lo que equivale a decir que la mujer es la
figura preponderante y el desempeño de su papel es de
vital importancia en la educación del hijo.
En sus manos está
casi toda la responsabilidad del trabajo. Todo lo referente al
vínculo afectivo, recae sobre ella. El niño hace contacto con
su madre, casi exclusivamente y desarrollan una relación simbiótica que
no es más, que la prolongación de los nueve meses
de embarazo, tiempo en el que ambos, funcionaron como uno.
Durante
ésta etapa, el niño reconoce la figura del padre, sabe
de su existencia, pero aún no lo descubre. No sabe
bien de que puede serle útil en su vida, la
presencia de ese señor de un metro ochenta que vive
con él y su mamá.
A medida que el niño alcanza
la madurez intelectual, la figura de su padre, se incorpora
dentro de su esquema como un punto de apoyo y
un elemento más, con el que puede contar y entonces,
le permite pasar. Conforme lo va descubriendo, se solidifica el
vínculo entre ambos, el que va incrementándose, hasta equipararse en
importancia al de la madre y hasta a veces puede
superarlo.
Ser padre, es una tarea estresante y maravillosa, que si
se hace con dedicación permitirá ser el principal testigo de
los logros de los hijos. Dedicarles tiempo, no es una
pérdida, es más bien una inversión, mientras que el no
hacerlo en cambio, es perderse la mejor parte y lo
que es peor convertirlos, parafraseando a un grande, en “huérfanos
con padres vivos”.
Abnegación
Cuando se habla de abnegación, se
habla de sacrificio.
Anteponer los intereses ajenos a los propios, requiere
de una entrega personal, que solo es posible si existe
amor.
Desde el momento en que un individuo decide ser padre,
parte de su vida habitual, deja de pertenecerle y se
verá obligado a reacomodarla, para dejarle un lugar a ese
nuevo ser que con su llegada, alterará su rutina.
En el
mundo actual, los individuos corren una suerte de carrera por
el éxito económico y material, que les demanda gran parte
de su tiempo. Ésta realidad, Contribuyó a que se trastocaran
los valores de tal modo, que lo verdaderamente importante pareciera
haber perdido vigencia.
Por otro lado las mujeres y los varones
intercambian sus tareas sin tener en cuenta rótulo alguno, que
marque la diferencia que de hecho existe entre ellos, aunque
no se quiera ver.
Las mujeres trabajan en la calle a
la par del hombre y los varones se ocupan de
los quehaceres domésticos, incluyendo a los hijos, para así cubrir,
la ausencia de su mujer. Para muchos, este sistema, es
un signo de modernismo y no tienen reparo en denostar,
el tipo de vida de los antepasados en donde los
roles estaban muy bien diferenciados.
Ésta visión feminista, surge como reacción,
después de años de soportar la marginación impuesta por el
varón, que la llevó a ser sojuzgada al punto de
rebajarla, a la categoría de un objeto. Pero como toda
reacción, pretendió contrarrestar, sin tener en cuenta el factor equilibrio.
La verdad es que el hombre y la mujer son
bien diferentes. Lo son en las exteriorizaciones más simples, como
podrían ser, su contextura física, sus hábitos o posturas y
en las más complejas, como su actividad cerebral, hormonal o
estructura de pensamientos.
El varón es el opuesto perfecto de la
mujer y viceversa y como tales distan mucho de ser
iguales.
Lo que exactamente son el uno del otro, es lo
que se llama COMPLEMENTO.
Es imposible pretender que dos piezas iguales
se encajen para hacer funcionar un engranaje, sólo se logra
el buen funcionamiento del mismo, cuando éstas son complementarias. Del
mismo modo sería imposible poner en marcha la maquinaria de
la familia si las dos piezas fundamentales se autodefinen como
iguales.
Cuando un hombre y una mujer deciden formar una familia,
deben ser bien concientes de que uno de los dos,
por lo menos, se tiene que ocupar de atenderla. El
funcionar como “uno”, no significa hacer las mismas cosas.
Es cierto
que muchas veces el ingreso del varón no es suficiente
para mantener el hogar y la mujer se ve obligada
a incrementarlo, buscando un empleo. Pero la mujer que es
madre, ya tiene un trabajo aunque éste no sea remunerado.
En decir que lo que se deberá encontrar, es una
segunda alternativa que le permita no descuidar su obligación primaria,
que es, el ocuparse de su familia, como podría ser
el trabajar desde su casa, de tal modo que se
logre la armonía y el orden entre las dos actividades.
La tarea de ser padres muchas veces obliga a guardar
títulos universitarios y hasta los propios sueños en el cajón
de la cómoda, para sacarlos del polvo algunos años más
tarde. En muchos casos, recién después de que los hijos
logren realizar los suyos. No obstante, la recompensa es grande,
tanto, que no dudaríamos ni por un minuto, el volverlo
a hacer, con las mismas ganas, la misma alegría y
la misma abnegación. |
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