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Autor: www.clubdomingosavio.cl | Fuente: www.clubdomingosavio.cl Aprender La Tarea De Educador
educar implica compromiso a tiempo y destiempo...
Aprender La Tarea De Educador
1. ¿PUEDE REPETIR, POR FAVOR?
SITUACION
Una clase cualquiera de una escuela
cualquiera de una ciudad cualquiera con un profesor «cualquiera» y
con un alumno con nombre propio, apellido propio y una
historia propia. Los demás datos de ambientación los puede poner
muy bien el lector, sobre todo si, como espero, al
leer lo que sigue, se da cuenta de que todo
es muy real...
ALUMNA: Un momento, un momento..., ¿puede repetir, por
favor?
PROFESOR: (Cortés, amable, irónico...). Todo lo que usted quiera, señorita.
TODOS:
(Sonrisa general).
PROFESOR: (Continúa explicando a la misma velocidad y ritmo
que antes).
ALUMNA: (Silencio. Ha comprendido todo. Copia lo que
puede y se hace sus reflexiones interiores).
Los profesores no pueden
repetir. Es molesto. A los profesores les ha costado hacer
sus síntesis, pero ahora, cuando ya la tienen hecha, los
demás tienen que ir a su paso. La escuela es
para acomodarse al paso del profesor... y si no te
acomodas, peor para ti: te suspendo, te suspenden, te dan
más tiempo... tomado de vacaciones para que te acomodes.
Ir al
paso del otro. ¿Quién tiene que ir al paso de
quién? Como siempre... hay que ir al paso del «más
grande», del que tiene «más poder», del que «más sabe».
¿Cuándo haremos un lugar donde los pequeños, los pobres, los
que no saben tanto como los profesores... tengan realmente derechos
adquiridos? Ya sé que «allá arriba» tienen un sitio preparado
con predilección, pero ¿no podríamos comenzar aquí abajo también a
«repetir» para el que va a otro ritmo. . .
? ¿No podríamos cambiar de velocidad ante la pregunta de
un alumno que dice: «un momento... » ?
Qué fácil es
decir: «No estoy aquí para dictar cosas como si fueran
ustedes unos niños de básica». O «ya son mayorcitos para
que escriban más deprisa...». Es verdad. Usted no está ahí
para dictar y el otro o la otra ya son
mayorcitos. Pero lo más importante, señor profesor, no es que
copien sus apuntes (aunque reconozco que son muy buenos), sino
que aprendan a vivir también cuando usted explica sus apuntes.
Los apuntes tienen un destino seguro: la papelera. La vida
tiene también su destino: el futuro. Explique para un futuro
más humano «repitiendo por favor», o «cambiando de velocidad», por
favor.
2. LA HISTORIA DEL OTRO ES LO IMPORTANTE
SITUACIÓN
El padre de
Laura acaba de morir de cáncer. Laura, como toda la
familia, pasa unos momentos malos. Ha perdido ganas de vivir
y de estar delante de los demás. Por momentos piensa
que no tiene sentido vivir. Sobre todo le parece durísimo
el trabajo en clase. ¿Qué vale todo eso cuando de
golpe la muerte se lleva a su padre...? Sus estudios
y su comportamiento escolar han bajado mucho. En esta situación
Laura es interpelada en público por la profesora.
PROFESORA: Laura.
LAURA: (Se
levanta y va hacia la profesora).
PROFESORA: Sepa usted que no
me extraña que su padre haya muerto. Lo habrá matado
a disgustos. LAURA: (No responde. Toma la puerta y sale dando
un gran portazo).
* * * SITUACION
Pilar saca muy malas notas. No
obstante en la última evaluación ha hecho un gran esfuerzo.
En vez de sacar un «dos» ha llegado al «cuatro
y medio». Pilar está en 1º de BUP. Al final
de la evaluación la profesora comenta en clase. PROFESORA: Parece que
te has esforzado un poco, pero todas sabemos que muy
lista no eres... PILAR: (No puede responder. No tiene nada que
responder...).
Estas cosas pasan en este mundo. Y pasan muchas más.
Que nadie se asuste ni se sienta juzgado. Simplemente se
trata de escuchar en alto esas cosas que pasan por
lo bajo, cuando el adulto no se siente visto ni
juzgado por otro adulto, cuando el adulto se siente «rey
o señor» delante de muchos inferiores.
La historia del otro es
lo importante... Detrás de cada comportamiento no es que no
exista nada. No es que no haya nada. Detrás de
cada comportamiento hay las razones de una historia personal. Y
eso se nos escapa tantas veces... y nos sentimos «señores»
de las vidas no conocidas de los demás. ¡Tan sensibles
a que nos comprendan... tan poco sensibles a comprender la
historia entera de los otros!
3. POR FAVOR
SITUACION
El escenario lo podemos
situar en el portal de un edificio cualquiera. Se juntan
en el ascensor un adulto y un niño de unos
nueve años. Dentro se ve un letrero que dice: «Prohibido
subir solos menores de catorce años».
NIÑO: ¿Me subes al 7º?
ADULTO:
(Lo mira)... Por favor.
NIÑO: (Insiste). Que si me subes al
7º.
ADULTO: ¿Es que en casa no te han enseñado a
decir «por favor»?
NIÑO: (Muy bajito y mirando al suelo). Por
favor...
(Suben en silencio. El niño sigue mirando at suelo. Llegan.
El niño abre la puerta y sale del ascensor sin
decir ni palabra. El adulto lo sigue con la mirada
y pone cara de asombro y de incomprensión. Después sigue
su camino.) ¿Cómo juzgar un hecho como éste? ¿Es posible ponerse
de parte de alguno de los dos personajes del diálogo
sin caer en arbitrariedades? ¿A quién dar la razón: a
la espontaneidad, a las normas sociales...?
Como tantas otras veces, los
niños son el parachoques de otras mentalidades. Aquí no están
presentes los otros adultos que le enseñaron (o no le
enseñaron) las normas elementales de urbanidad... Pero quien tiene que
bajar la cabeza y callar ante el otro que le
exige unos determinados modales es el niño.
Es cierto que hoy,
entre los adultos, no todos dan la misma importancia a
las costumbres sociales. También en esto somos pluralistas... a lo
mejor por desgracia. Pero... ¿y si enseñáramos sonriendo y haciendo
sonreír al otro? ¿Por qué enseñar o aprender tiene que
ser una humillación del que está en inferioridad de condiciones?
¿Por qué aprender tiene que ser humillarse y quedarse sin
palabra ante quien posee todo el saber del mundo...?
Yo recuerdo
sobre todo aquello que aprendí sonriendo... Y a los profesores
y adultos que tenían la rara virtud de mostrar las
cosas con alegría, dándome ganas de vivir y de expresarme.
Todavía hoy me siento mal al recordar o encontrarme con
quienes no me dieron o me quitaron la palabra para
que aprendiera sus palabras y sus costumbres...
4. EL ADULTO COMO
NORMA, ¿ES LO NORMAL?
SITUACION
Domingo en los alrededores de una iglesia.
La gente va llegando para la misa de 11,30. Diálogo
de una familia con sus dos hijos, de unos nueve
y once años más o menos.
NIÑA: Ufff... ¡tener que ir
a misa ahora con lo aburrido que es!
MADRE: Mujer, ¿es
tan difícil rezar un poco una vez a la semana?
PADRE:
Sabes que no son más que treinta minutos.
NIÑA: Sí, decís
eso, pero dura más y me aburro. No quiero ir.
(Hace ademán de marcharse hacia la plaza.)
PADRE: Mira, niña, cuando
seas mayor harás lo que te guste. Ahora todavía haces
lo que quiere tu padre. (Siguen todos camino de la
iglesia, en silencio; la niña con la cabeza inclinada hacia
el suelo. Su hermano, de unos once años, la mira
y se pone a su lado. Entran en la iglesia
así.
Yo lo vi y me quedé pensando un rato. De
golpe me vinieron a la mente tantas cosas, tantas situaciones.
Me pareció que los adultos, cuando no tenemos razones, sólo
sabemos hacer una cosa: imponernos. Porque para imponernos, aunque no
tengamos razón, tenemos poder. Lo cierto es que la imposición
es un camino corto. Zanja todo--aparentemente--en un instante. Pero no
da razones y deja en el ambiente un silencio helado.
Quizás sea la mejor manera de enseñar a los niños
y a los adolescentes a hacer lo que «les dé
la gana cuando sean mayores». Como si ser mayor fuera
eso...
¿Será posible que confundamos el camino hacia la libertad y
hacia la verdad que es la madurez con un simple
«ser mayor = hacer lo que te dé la gana»?
En educación no hay caminos cortos. Todos son largos. A
veces pesados y duros. Pero merece la pena dar razones
al hombre para que le entre el gusto de serlo
en toda verdad. Por ejemplo, ¿no te das cuenta que
el problema no es la «misa», sino que se aburre
en la misa? ¿Por qué no solucionar ese problema sin
necesidad de «imponer»? A lo mejor estamos más preparados para
imponernos que para dar verdaderas respuestas. .
5. PROFUNDIDAD IMPENSADA: EL
MISTERIO DEL NIÑO
SITUACION
Susana, estudiante de medicina, y un nino, José,
que ella describe como tímido y no muy inteligente. De
hecho recibe «clases particulares». En una de esas clases particulares
ocurre esto:
JOSÉ: Oye, Susana, ¿es verdad que Dios está en
todas partes?
SUSANA: Sí, claro, es verdad.
JOSÉ: O sea,
¿que también está aquí, en este cuarto con nosotros?
SUSANA:
Sí, claro, ¿por qué no iba a estar con nosotros?
JOSÉ: Porque ni tú ni yo le podemos ver... ¿O
es que tú le puedes ver?
SUSANA: No, José Carlos,
pero aunque no le veo, lo siento.
JOSÉ: ¿Y cómo
se siente? Yo también quiero sentirlo.
SUSANA: (Cada vez me
era más difícil contestar a sus preguntas. Nunca había imaginado
que José Carlos tuviera esa facitidad mental).
¡Quién no tiene la
experiencia de haber sido reducido al silencio por un niño...!
Lo que no son capaces de hacer los adultos con
los adultos lo hacen tan sencillamente los niños... Nos arrinconan
donde se nos acaban todos los argumentos y ¡nos dejan
en silencio! Algo así como una nueva historia de David
y Goliat. A lo mejor nos arrinconan porque tenemos demasiados argumentos
y tenemos pocos ojos y poco corazón para responder sin
tantos argumentos. ¿Si el problema fuera que tenemos demasiados argumentos...?
¿Si con los niños habláramos más un poco a corazón
abierto, sin máscaras, sin silogismos: sólo con el chorro de
vida que llevamos dentro? Porque dejarnos sin argumentos es desvelar
que vivimos de hecho muchas veces sin argumentos, sin raíces.
Pero lo tapamos con otras cosas o con otras ciencias.
Pero llega un niño y nos descubre que los hombres
hechos y derechos, los adultos, tampoco tienen argumentos... ¿Tiene que
haber un argumento para todo, «de esos que se hacen
en la escuela»? ¿No habrá «otros argumentos» diferentes, esos que
puedan entender también los niños? Yo, sinceramente, creo que sí.
6.
LA CARA DE LOS EDUCADORES QUE NO CONOCEMOS
SITUACION
Gran ciudad. Un
grupo de chicos suben al «bus» con la profesora. Son
preadolescentes. Es un momento punta. Entran con gran vitalidad, algunos
empujones y mucha alegría.
ANCIANA: ¡Que te estes quieto! Acabo de
salir del hospital. Me vais a matar con estos empujones.
No tenéis respeto a nadie.
GRUPO: (Momento de silencio. Se paran
un instante. Pronto vuelven y se contagian más que antes).
ANCIANA:
(Busca apoyo en los demás adultos. Todos hacen un gesto
con la cabeza, pero no dicen nada). Sí, tú, sinverguenza.
Tú eres el peor de todos. Ahora en la escuela
a lo único que os enseñan es a ser delincuentes.
No sé dónde estarán vuestros profesores.
GRUPO: (No hace el más
mínimo caso).
PROFESORA: (Estaba al fondo. Ha visto que pasa algo.
Se aproxima. No dice nada. Comienza a hablar con los
que más jaleo hacen. No reprende. Habla de lo que
van a hacer. Todo se calma. Los chicos y chicas
la rodean y hablan con ella. Es la paz y
no pasa más).
Algunos lo piensan: la culpa es de los
profesores. Hoy los profesores son los "maestros de la delincuencia"...
¿Y si fuéramos un poco más despacio en juicios así
de graves...?
Hay palabras y modos que los preadolescentes y jóvenes
no entienden y no escuchan. Y hay palabras que les
llenan de paz y les interesan y les agrupan para
el futuro. Hay adultos que dan esperanza y adultos que
ellos son foco de que el fuego se prenda más.
Saber
estar presente para escuchar y saber estar presente sin condenar
es más positivo que una presencia que lo único que
hace es condenar. Condenando a lo mejor se hace la
paz por un poco de tiempo. Pero vendrá de nuevo
el jaleo. Sólo comprendiendo es posible esperar que no pase
nada, que haya paz. Aquella profesora nos había dado a
todos la lección de una presencia que educa sin recurrir
a la violencia. Fue sólo un gesto. Supongo que es
como la muestra de lo que es una vida dedicada
a la educación.
7. VIOLENCIA EN LA EDUCACIÓN
SITUACION
Una clase cualquier de
literatura en un colegio de cualquier ciudad. Los chicos son
de COU. (Los alumnos se están pasando de uno a
otro una revista un tanto pornográfica mientras el profesor explica.
El profesor se va dando cuenta que algo ocurre en
la clase. El chico que la tiene se la pasa
al compañero. Y en ese momento el profesor se la
pide.)
PROFESOR: ¿Qué haces con eso?
CHICO: ... me la acaban
de pasar, yo no he visto nada.
PROFESOR: (La observa y
comenta en alto después). No es de extrañar: de un
padre que sólo lee el «Marca», ¿qué hijos se van
a esperar? Sí, señor profesor, usted tiene que corregir a sus
alumnos según su conciencia. Yo no le quiero decir que
tiene que aplaudir el que sus alumnos, mientras usted explica,
estén pasando una revista «porno». Usted hace muy bien en
corregir a sus alumnos. Es, entre otros, uno de sus
deberes.
Pero yo sí le quiero decir una cosa: hay maneras
y maneras de corregir, de educar. Y una manera que
no dice nada positivo de usted es que utilice la
«violencia». Porque usted ha utilizado una manera de corregir que
provoca violencia en el alumno. Porque usted no tiene derecho
a «meterse» con su familia. Esto no sé si le
quitará las ganas de «pasar revistas atrevidas durante la explicación»
al alumno; lo que sé es que ha provocado en
él un sentimiento de amargura y de violencia cuando usted
ha hecho referencia a su padre. Tanto si conoce la
situación y es verdad su argumento, como si no la
reconoce, usted tiene que educar sin producir violencia en el
alumno. Hay demasiada violencia oculta en las formas que empleamos
para educar. No hablo de violencia física; hablo de esa
violencia más refinada que hiere en el fondo del corazón
y crea violencia y enfrentamiento. El primer trabajo y educación
a la paz comienza en los métodos y formas pacificadoras
que la escuela pone en funcionamiento.
Señor profesor, no enmudezca delante
de los alumnos. Tiene el papel de hablar y «sacar
la verdad», pero, por favor, eduque sin provocar violencia. Todos
nos querremos más y la paz será posible más fácilmente.
8.
EDUCADOR EN TIEMPO DE CRISIS E INDIFERENCIA
Diálogo de una profesora
con todo un curso de formación profesional. Quiere ser un
diálogo para «poder hacer algo y salir de la inactividad»
en que el curso se encuentra.
PROFESORA: Bueno, entonces, ¿qué queréis?
GRUPO: (Silencio. Se miran unas a otras). PROFESORA: ¿Cómo hay
que interpretar este silencio? GRUPO: (Silencio).
PROFESORA: No tengo por
ahora más que decir. GRUPO: (Silencio).
A lo mejor alguno piensa
que me he inventado yo este «diálogo» -- valga la
expresión-- transcrito más arriba. Pero puedo dar las coordenadas de
la profesora y del colegio.
Ser profesor con unos adolescentes y
jóvenes que no reaccionan con nada, ésa es la tarea
actual de muchos profesores. Su patria es el indiferentismo. Todo
es igual, al menos todo lo que les ofrecemos en
la escuela. Ya sé que fuera no todo es igual.
Fuera beben y comen «todo» lo que les produce indiferencia,
es decir, todo lo que les vacía y les deja
sin horizonte, sumidos en el presentismo del momento, sin ilusión
y sin ideales. De esta juventud, no de otra, al
menos muchos adultos tienen que ser los «maestros».
A estos maestros,
que por dentro sufren inmensamente, porque tienen el silencio y
la indiferencia como respuesta, les quería decir desde aquí que
sigan creyendo en las personas, en los alumnos. Que no
les den por desahuciados cuando escuchen su repetido y prolongado
silencio. En tiempo de crisis y de indiferencia tenemos que
seguir creyendo en el poder de la palabra y en
la posibilidad de la palabra intercambiada para que el otro
sea el hombre que está llamado a ser. Al profesor
hoy, en muchas ocasiones, se le pide una actitud de
fe como Abraham si quiere tratar a los hombres y
no manejarlos. Creer y dar signos de que no se
ha perdido la confianza en ellos, a pesar de su
silencio, es imprescindible. No podemos decir que creemos en los
jóvenes y comportarnos como si no creyéramos en ellos. El
primer signo que se nos pide es este permanecer creyendo
en el tiempo.
9. DAR IMPORTANCIA AL OTRO
SITUACION
Entrevista con un compañero
que ahora ocupa un cargo de director.
PAREJA: Queríamos ver al
director del colegio.
PORTERO: Está ocupado. Si podéis esperar cinco minutos...
y ya os recibe.
PAREJA: De acuerdo.
(Pasan quince minutos.) DIRECTOR:
Hola, ¿qué tal? Os he hecho esperar un poco.
(Comienza la
entrevista. A los dos minutos suena el teléfono. Otro quiere
ver al director.)
DIRECTOR: Estoy nervioso, no quiero hacer esperar
al hermano de... No sé lo que querrá. Yo creí
que queríais algo más importante. Perdonadme, pero os tengo que
dejar. (La entrevista ha durado cuatro minutos y medio.)
Los hombres de
«cargo» yo ya no sé si son hombres o son
cargos... Da la impresión de que no tienen tiempo de
ser hombres y menos de ser amigos y aún menos
de escuchar los sentimientos de los otros hombres. Da la
impresión que lo suyo es sólo resolver grandes problemas. Los
pequeños problemas no tienen sitio en su agenda. No sé si
algún hombre o mujer de «cargo» me leerá, porque a
lo mejor no tienen tiempo para las cosas sencillas, sólo
tienen tiempo para las cosas urgentes (observe el lector que
no digo «importantes»). A lo mejor urgente es atender a
todos; pero importante es que el que está contigo en
este momento se sienta valorizado, se sienta importante, se sienta
escuchado.
Me han impresionado esos hombres que cuando están contigo no
tienen nada más importante y nada más que hacer que
eso: estar contigo, escucharte... Y también me pasa que los
hombres que me hacen esperar quince minutos, en vez de
cinco, y, además, me dicen que el que llama es
más importante que yo y él no puede esperar y
yo sí.... con estos hombres yo tengo poco que hacer.
Al no sentirme valorizado me basta con unas relaciones educadas,
que es una de las maneras de no relacionarse en
profundidad.
Me he atrevido a escribir esto porque este funcionamiento es
demasiado frecuente entre profesores y alumnos. El alumno «tiene que
esperar» porque otros son mucho más importantes que él y
pasan delante.
Por eso el alumno «pasa» también de tantos profesores.
10.
OYE, ESCUCHA...
--«Oye, escucha, te voy a decir una cosa...»
(Larga apología de la propia verdad.)
--Silencio.
Tiempo de vacaciones. Oportunidad
de encuentro con muchos, y de largas conversaciones en las
que todos los temas están permitidos. Fue justamente en una
tarde de agosto, el día 24, cuando caí en la
cuenta de una frase que se repetía a mi alrededor
una y otra vez. Pero ese día descubrí algo nuevo:
detrás de una frase como «oye, escucha, te voy a
decir una cosa», lo único que la gente me decía
era que las cosas no podían ser más que de
la manera que ellos las veían. «Escucha, te voy a
decir una cosa» se convirtió para mí en clave para
percibir las ganas que hay en las personas de zanjar
las cosas por la vía rápida.
En estos artículos he utilizado
diálogos breves de los que yo he sido testigo o
que amigos míos me han proporcionado en su experiencia de
prácticas en los colegios. Alguno me ha escrito: «Te leo
con suspense. No sé por dónde vas a salir, pero
siempre me descubres algo que no quiero mirar». Ahora quiero
decir una cosa sencilla: «Ser maestros de la verdad». Yo
sé que hay maestros por vocación y los hay por
profesión y los hay porque no queda más remedio en
estos tiempos (y, supongo que en otros también). Los maestros
tenéis que enseñar a todas las personas a descubrir ese
«mal maestro» que cada uno quiere ser. Todos nos queremos
hacer una pequeña cátedra, sea donde sea, para «enseñar» la
verdad. Los que no tienen tarima donde subirse se hacen
una de palabras: «Te voy a decir una cosa», es
decir, «te quiero imponer una visión de la realidad, la
mía». Como si fueran tan fáciles las cosas... Como si
la verdad estuviera tan alineada en nuestra orilla...
Hoy me quedo
escuchando, esperando encontrar los maestros que me ayuden a hacer
juntos la verdad y que sepan mostrarme cada día que
tienen paciencia para estar conmigo aceptando mi verdad y su
verdad, mi error y su error.
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