La cantidad de $170,000 que Catholic.net necesita alcanzar dividida entre los 250,000 usuarios diarios del portal corresponde a un importe de menos de ¡0.70 dólares por cada uno!
En la práctica es imposible recibir 0.70 dólares de cada uno de los 130,000 usuarios, ¡pero quizá sí es posible recibir 50 dólares de 3,400 de ustedes! ¿Podría usted formar parte de ese "grupo de los 3,400" de cuya generosidad depende la sobrevivencia y el desarrollo de Catholic.net? ¡Por favor, piénselo! ¡Envíe su donativo hoy mismo!
Autor: Alfonso Aguiló | Fuente: interrogantes Tu actitud
Maestro ocúpate por despertar el interés, motiva y entra al mundo de tus alumnos...
Tu actitud
Tu actitud >> A pesar de que ya soy mayor, sigo aprendiendo
de mis discípulos. Cicerón Educar exige tiempo
W. Amadeus Mozart, a los
siete años, escribía sonatas; y a los doce, óperas. Parece
increíble, pero alguien lo hizo posible: su padre Leopoldo Mozart,
un gran músico que sacrificó sus muchas posibilidades de éxito
para dedicarse por entero a la educación del pequeño genio.
Robert Browning, cuando contaba apenas cinco años, cierto día vio
a su padre leyendo un libro. ¿Qué lees, papá? El
padre levanta su mirada y contesta: "El sitio de Troya".
"¿Qué es Troya, papá?, pregunta el niño. La respuesta no
fue: "Troya es una ciudad de la antigua Grecia. Ahora
vete a jugar". Sino que allí mismo, en el cuarto
de estar, el padre de Robert hizo con asientos y
mesas una especie de ciudad. Una silla de brazos hizo
de trono y en el puso al pequeño Robert.
"Aquí
tienes a Troya, y tú eres el rey Príamo. Ahí
está Helena de Troya, bella y zalamera (señaló a la
gata bajo el escabel). Allá fuera, en el patio, ¿ves
unos perros grandes que tratan siempre de entrar en la
casa? Son los aguerridos reyes Agamenón y Menelao que están
poniendo sitio a Troya para apoderarse de Helena..."
A los
siete años, Robert leía ya la Ilíada y había entrado
con toda naturalidad, gracias al ingenio de su padre, en
el mundo de la gran poesía. Años más tarde sería
el más importante poeta inglés de la época victoriana.
—Lo
malo es que ni mi hijo es un niño prodigio
ni yo tengo el talento musical de Leopoldo Mozart, y
mucho menos el ingenio de Mr. Browning.
Yo tampoco, pero lo
que buscamos no es que los chicos lleguen a ser
grandes genios, sino simplemente educarlos bien. Y esto es más
asequible. Ocúpate de despertar su interés, métete en su mundo,
motívale.
Las conversaciones con los alumnos no pueden ser aisladas,
ni habitualmente tirantes, o con prisas, o a lo mejor
únicamente cuando hay que dirimir una diferencia familiar, o hablar
de dinero, o de las notas.
Los educadores deben salir
al paso de este peligro facilitando que haya frecuentes tertulias
en los momentos de descanso o cuando el programa lo
permita. No es entonces la hora de preguntar la lección.
Son ratos en los que todos exponen los incidentes y
las pequeñas aventuras familiares.
Viene al caso comentar aquí el
estudio realizado por la agencia norteamericana Leo Burnett acerca de
los gustos y tendencias de la última generación de padres.
Tienen poco más de treinta años, y ellos han sido
los primeros en experimentar lo que es tener dos padres
que trabajan, en un clima profesional de gran competencia y
que exigía a ambos una prolongada ausencia del hogar.
Con
dos sueldos en casa, no han sufrido muchas privaciones. Lo
que han echado en falta ha sido que sus padres
les dedicaran tiempo. "No quiero que mis hijos pasen lo
que mis padres me han hecho pasar a mí", es
la protesta mayoritaria de este segmento generacional que incluye a
48 millones de jóvenes en Estados Unidos.
No se quejan
de que les hayan impuesto nada, ni de que les
hayan privado de comodidades. Lo que lamentan es que sus
padres no les hayan dedicado tiempo, algo que no puede
ser sustituido por regalos ni por bienestar material.
La adicción al
trabajo de que dieron prueba sus predecesores yuppies es a
sus ojos una insensatez. No es que desprecien el dinero,
pero tampoco consideran que lo decisivo de un empleo sea
ganar más. En el trabajo quieren flexibilidad, participación a la
hora de tomar decisiones, y respeto al fin de semana
y a las horas que se deben a la familia.
El tópico de dar a los hijos las comodidades que ellos no
pudieron tener, propio de la anterior generación, ha dejado paso a la
preocupación de dedicarles el tiempo que a ellos no les dedicaron.
Sin esperar
a circunstancias que nunca llegan
"Siento una especie de vacío que
me hiere, un anhelo nunca satisfecho... Para mí todo es
frío, frío como el hielo...". Son palabras escritas por Mozart,
que vuelven a servirnos de ejemplo, esta vez como reflexión
para quienes se quejan de no poder hacer nada "porque
se encuentran mal". Quizá no sepan que la mayoría de
las obras grandes de la humanidad han estado realizadas por
personas "que se encontraban muy mal".
Fueron multitud los sucesos
dolorosos que acosaron a lo largo de su vida a
este genio de la música. Desgracias y sufrimientos de todo
tipo que se presentaban envueltos en un duro vacío sentimental
en su vida de hogar, mucho más duro y entorpecedor
que las dolencias corporales.
«Conviene que consideren esto –apunta Vallejo-Nájera–
los que insisten en la idea simplista de que la
carga pasional de las obras de arte dimana del volcán
interno del alma del artista. Mozart, saltando sobre el abismo
del vacío afectivo interior, es capaz de crear páginas de
máxima irradiación sentimental.
»Durante el último año de su vida
se encuentra físicamente muy mal, con frecuentes dolores de cabeza
y de muelas, astenia e hinchazón de manos y pies,
con acentuaciones frecuentes de un intenso malestar general. Por ninguno
de esos síntomas interrumpirá el trabajo ni su ritmo. Aún
en el lecho de muerte seguirá componiendo.
»”¡Cómo van a pretender
que un artista actúe condicionado!” Este tópico, que se oye
hoy mucho entre artistas mediocres para justificarse, hay que valorarlo
analizando por ejemplo esta situación en la que se encontraba
Mozart. No creo que se hayan acumulado nunca mayor número
de condicionamientos».
Nadie puede quedarse tranquilo esperando ingenuamente a que lleguen
circunstancias más favorables, mientras ve cómo la educación se
echa a perder.
En vez de lamentarte, que realmente sirve
de poco, procura objetivar el problema y allanar los obstáculos
con los medios que tengas a tu alcance. Trabajamos condicionados,
sí, pero a nadie consuelan esos condicionamientos a la hora
del fracaso. Todavía se puede hacer tanto... y –en frase
de Edmund Burke– qué pena no hacer nada, porque sólo
se puede hacer un poco.
Las batallas las ganan los soldados cansados. Superar
las dificultades y la fatiga es necesidad habitual para cualquier tarea, también para
educar.
Que noten que les quieres. Ganarse a los alumnos
Los chicos
se dan a la persona que les quiere.
Hay que
pasar a la práctica. Lo que más notan del cariño
probablemente sea la comprensión, en sus diversas facetas.
El cariño
y la paciencia resuelven casos difíciles.
Hay que interesarse por lo que
le interesa al niño. Y como su mundo suele ser
muy atractivo, el buen educador disfruta con ese descubrimiento.
Ganando su
corazón tendrán fuerza nuestros consejos. No basta sólo con el prestigio de los
maestros ni con el respeto y la disciplina: hay que saber atraerse la
simpatía y el afecto de los alumnos.
Nuestros consejos han de
ser optimistas y alegres, que estimulen, que dejen un poso
de comprensión y de ánimo. Debemos corregir y aconsejar con
gracia, sin hacer tragedias, dejando entrever cariño aunque estemos serios.
Y
cuando los chicos nos hagan manifestaciones o confidencias que son
–al menos en su mundo– cosas de la propia intimidad,
debemos guardar el secreto, sin defraudarlo aunque a nosotros nos
parezca algo sin importancia. Es importante comprender, y comprender que
son niños.
Cuántas veces se nos olvida pensar que un
niño a esta edad puede estar agobiado, por ejemplo, porque
le parece que todos los de su clase son más
fuertes o más listos que él. O porque piensa que
cae mal a sus amigos, o que un profesor le
tiene manía. O le preocupa que no tiene cosas que
un amigo suyo sí tiene. Quizá ni se nos pasa
por la cabeza que esos puedan ser pensamientos inquietantes en
su interior.
Hace falta comprender. Y si ve que le comprendemos,
nos contará, y le podremos ayudar. Ayudar no siempre será
darle lo que manifiesta desear. Pero hablar las cosas en
un ambiente de confianza le hará pensar con más profundidad
y perderá el miedo a darse a conocer, tan importante
para educar. Verá que la sinceridad y la confianza arreglan
todo con una facilidad admirable.
La discreción con las cosas
de la intimidad del chico facilita mucho que se sienta
comprendido. Sería una pena, por ejemplo, que lo hablado en
confianza por el profesor o tutor con los padres, con
objeto de orientarle en su educación, acabe saliendo, fuera de
un contexto adecuado y en alarde de impudor, en el
momento más inoportuno.
Advierten en el colegio, a un padre
o a una madre, sobre que su hijo, por ejemplo,
está bajando el rendimiento escolar porque tiene problemas de integración
en la clase y está por ello descentrado y no
estudia bien. Y al llegar a casa, a lo mejor,
ese padre o esa madre, en un momento de enfado
durante la comida, acaba echándoselo en cara en presencia de
todos. "Ya está bien de tanto agobiarse pensando en si
tienes o no amigos y haz el favor de estudiar,
y dejarte de historias..." Una escena de este estilo puede
acabar por muchos meses con la confianza del chico en
los padres y en el colegio.
Esta generación
Probablemente una de
las cosas que más molesta a la nueva generación sean
los tonos apocalípticos que algunos emplean al referirse a la
sociedad presente y a la juventud de ahora. Como si
en los tiempos modernos no hubiera otra cosa que ruina
y depravación.
Sucede esto sobre todo en la etapa adolescente,
pero también desagrada al chico de unos años menos. Unos
padres sensatos deben hacer un esfuerzo por limitar al máximo:
• las amonestaciones sistemáticas contra las costumbres y las modas de
la actual generación; • esas trasnochadas y poco oportunas referencias a las
ventajas del pasado; • los sermones teóricos sobre la propia juventud; • esos discursos
sobre la excelencia del propio estilo de vida, que son
tan poco elegantes.
Es evidente que una crisis moral y de
valores afecta a nuestro tiempo. Pero también las pasadas generaciones
pasaron sus crisis. Hay valores que han perdido fuerza y
presencia hoy, pero también hay otros que la han ganado.
Podríamos quizá reseñar algunos de esos valores emergentes, muy propios
de la juventud de nuestros días, que se recogían en
un reciente documento: • una fuerte sensibilidad en favor de la
dignidad y los derechos de la persona; • la afirmación de la
libertad como cualidad inalienable del hombre y de su actividad; • la
estima de las libertades individuales y colectivas; • la aspiración a la
paz; • el pluralismo y la tolerancia entendidos como respeto a la
diversidad y a las convicciones ajenas; • la repulsa de las desigualdades
entre individuos, clases, razas o naciones; • la atención a los derechos
de la mujer y el respeto a su dignidad; • la preocupación
por los desequilibrios ecológicos.
Merece la pena saber descubrir esos valores
en la nueva generación, y otros muchos más que sin
duda hay. Y si no nos gustan mucho, quizá sería
oportuno reflexionar, sin demagogias, sobre aquello de que los jóvenes
son, en buena medida, el producto de lo que hemos
hecho los que ahora somos adultos.
Así que lo mejor
es evitar esa cómoda tendencia a denunciar defectos sociales y
de estructura: el ambiente, la calle, la droga, las perversiones
de la sociedad de hoy..., porque muchas veces el principal
problema –hemos de reconocerlo y ver cómo mejorar– está en
la propia casa, o quizá en el propio educador.
Tengamos,
por tanto, una actitud positiva y abierta ante las nuevas
transformaciones de las estructuras sociales, de las formas de vida
y de las formas de pensar. Procuremos transmitir una visión
de las cosas que sepa descubrir y alentar lo positivo
y, al mismo tiempo, corregir lo negativo, sin olvidar –como
decíamos– echar antes una mirada de sana autocrítica a la
propia vida.
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
Sólo nos mantenemos gracias a los donativos que, voluntariamente, nos hacen algunos de nuestros visitantes.
Necesitamos de tu ayuda para continuar anunciando el mensaje de Cristo a través de la Red.
Ayúdanos, Dios te lo recompensará. DA CLICK AQUÍ PARA DONAR
Consultores
de la comunidad Preguntas acerca del perfil y la formación de educadores católicos, de los criterios de enseñanza que deben regir en una escuela católica y de los modelos pedagógicos a seguir para una mejor asimilación de la doctrina cristiana
Ver todos los consultores