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Autor: Miguel Romeo, L.C. | Fuente: Catholic.net Necesidad de Personas Instruidas en Sabiduría
Añoramos generaciones ilusionadas con ideales trascendentes o, al menos ideales, dignos del hombre...
Necesidad de Personas Instruidas en Sabiduría
En 1970 Jean Piaget, en su escrito Psicología y pedagogía,
hacía una evaluación y crítica de los métodos de enseñanza
tradicionales. Resaltaba acertadamente la necesidad de un desarrollo científico de
la pedagogía y una planificación de la educación. Insistía en
la necesidad de una educación activa, basada en la motivación
e intereses del niño en su aprendizaje. Ésta conduciría al
alumno a un más rápido desarrollo intelectual. Se inclinaba a
una enseñanza volcada a la investigación. No cabe duda de
su destacado lugar en el campo psicológico con sus aportaciones
respecto a la psicología evolutiva, aplicada en particular a la
psicología del desarrollo intelectual. La pedagogía se ha beneficiado en
ese aspecto, sobre todo con sus aportaciones para una mejor
adaptación a la psicología del niño, desde la estimulación temprana
de la inteligencia sensomotriz del niño, hasta el despertar de
las primeras operaciones intelectuales concretas y abstractas.
Jean Piaget era
psicólogo, no pedagogo. En la mencionada obra criticaba y despreciaba
con desdén los logros de la educación tradicional. Pero olvidaba
quizá la formación de la persona como tal, polarizándose demasiado
por el desarrollo cognitivo. Quizá aquí es uno de los
campos donde podemos encontrar mayores carencias en la pedagogía educativa
en la sociedad actual. Parecería que muchos papás luchan para
lograr en sus hijos una especie de superhombres por el
desarrollo de habilidades cognitivas, o de cualquier otro tipo, que
les harán triunfar en la vida profesional. Sin embargo, no
vemos tanto la formación de la personalidad y una acertada
educación de la libertad, y nos encontramos con tristes resultados
y la carencia de la más elemental madurez humana para
vivir su integridad como personas.
Juan Pablo II afirmaba ante una
benemérita organización internacional: «No hay duda de que el hecho
cultural primero y fundamental es el hombre espiritualmente maduro, es
decir, el hombre plenamente educado, el hombre capaz de educarse
a sí mismo y de educar a los otros» (Alocución
a la UNESCO, 2 de junio de 1980, 12: AAS
72, 1980, pág. 742-743); y subrayaba cierta tendencia a «un
desplazamiento unilateral hacia la instrucción», con las consiguientes manipulaciones que
pueden llevar a «una verdadera alienación de la educación». Recordaba
que «la tarea primaria y esencial de la cultura en
general, e incluso de cada cultura en particular, es la
educación. Ésta consiste en lograr que el hombre sea cada
vez más hombre, que pueda “ser” más, y no sólo
que pueda “tener” más; que, consiguientemente, por medio de cuanto
“tiene” y “posee”, sepa “ser” cada vez más hombre».
Sin esto,
nos hallamos ante una verdadera carencia en la realización de
los objetivos más altos de la educación. El mismo Juan
Pablo II nos ponía en Don Bosco un modelo de
esa pedagogía cristiana propia de la Iglesia que, experta en
humanidad y en educación, tantos frutos ha aportado a la
sociedad: «La educación [...] exige al corazón y a la
mente del educador atenciones precisas: adquirir sensibilidad pedagógica, adoptar una
actitud simultáneamente paterna y materna, esforzarse por evaluar cuanto acaece
en el crecimiento del individuo y del grupo, según un
proyecto de formación que una, con inteligencia y vigor, finalidad
de la educación y voluntad de buscar los medios más
idóneos para ella [...] Quizá nunca como hoy, educar ha
sido un imperativo simultáneamente vital y social, que lleva consigo
toma de posición y voluntad decidida de formar personalidades maduras.
Quizá nunca como hoy, el mundo ha necesitado individuos, familias
y comunidades que hagan de la educación su razón de
ser y se entreguen a ella como a finalidad primera»
(JUAN PABLO II, Iuvenum patris, en el centenario de la
muerte de san Juan Bosco, 31/1/1988, n. 17)
Añoramos generaciones ilusionadas
con ideales trascendentes o, al menos, ideales dignos del hombre.
Lo que más echamos de menos en la pedagogía escolar,
social y familiar es la falta de dedicación e interés
en la formación de personas íntegras. Se deja esa tarea
en manos de quien la quiera hacer. Si falta ese
humanismo cristiano que tuvieron los grandes educadores, fácilmente queda truncado
el desarrollo de la personalidad. Y por grandes educadores me
refiero no sólo aquellos dedicados profesionalmente a la enseñanza, sino
principalmente los padres de familia: «Este deber de la educación
familiar es de tanta trascendencia que, cuando falta, difícilmente puede
suplirse. Es, pues, deber de los padres crear un ambiente
de familia animado por el amor, por la piedad hacia
Dios y hacia los hombres, que favorezca la educación íntegra
personal y social de los hijos.» (Declaración Gravissimum educationis, n.3)
La sociedad actual cuenta con mayores medios y recursos tecnológicos
para la educación y, sin embargo, falta algo esencial en
el proceso educativo, falta sabiduría, falta humanismo en la educación.
«La naturaleza intelectual de la persona humana se perfecciona y
debe perfeccionarse por medio de la sabiduría, la cual atrae
con suavidad la mente del hombre a la búsqueda y
al amor de la verdad y del bien. Imbuido por
ella, el hombre se alza por medio de lo visible
hacia lo invisible. [...] El destino futuro del mundo corre
peligro si no forman hombres más instruidos en esta sabiduría.»
(Gaudium et Spes n. 15)
Se abre aquí un reto enorme
para aquellos padres de familia, educadores y consultores familiares dispuestos
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