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Autor: Antonio Orozco | Fuente: Arvo Distinciones Útiles en las Normas de Valorar y Transmitir la Verdad
La doctrina cristiana enseña, por una parte, que lo falso no tiene nunca derecho a presentarse como verdadero; y por otra, que «la verdad debe presentarse amable, no agria, ni molesta, ni impuesta a la fuerza o con violencia...
Distinciones Útiles en las Normas de Valorar y Transmitir la Verdad
Se cuenta que, en cierta ocasión, descendía Einstein de un
avión y al pie de la escalerilla una de las
personas que le recibían le preguntó:
-Por favor, Mr. Einstein, explíquenos
en pocas palabras su teoría de la relatividad.
-Señora, replicó el
genial científico, para explicarle a usted mi teoría de la
relatividad necesitaría disponer de lo que usted entiende por Eternidad.
El
mismo grado de ignorancia manifiestan quienes creen que Einstein estableció
definitivamente el relativismo, como si hubiese demostrado que toda verdad
fuese relativa, que no hubiera ninguna verdad absoluta, es decir
con vigor y vigencia universal. En otros términos, que no
habría verdad que fuera tal (verdad) en todos los lados
y todos los tiempos. Por lo que toca al conocimiento
la pretensión relativista es que nada puede afirmarse sino es
en el contexto de una cultura o de otras circunstancias
específicas o individuales del interesado. La versión popular del «todo
es relativo» se expresa con la bien conocida copla:
En este
mundo traidor Nada es verdad ni mentira, Todo es del mismo color Del
cristal con que se mira.
Seguramente un buen relativista borraría lo
de «traidor». Nos quedaríamos sin rima, pero permanecería el criterio
esencial: todo es del color del cristal...
De entrada, cabría objetar
que no todo lo que conozco es el color del
cristal, porque siguiendo con la metáfora, hay algo que obviamente
conozco independientemente del color; por ejemplo, el cristal. El cristal
no es un color ni su naturaleza depende de color
alguno. Y ciertamente conozco bastante bien el cristal (aunque no
de modo exhaustivo), y lo conocería en sus propiedades esenciales
aunque padeciera de daltonismo.
Lo que pretende el relativismo no es
que un objeto que por un lado se ve cóncavo,
pueda verse por el otro lado convexo. Esto no es
relativismo, es realismo. Lo que quiere decir el relativista, si
tiene algún sentido, sin salirnos del mismo ejemplo, es que
una cosa puede ser cóncava y también convexa ¡por el
mismo lado! En función de los condicionamientos que sufran los
observadores.
Seguramente pocos relativistas considerarían oportuno este ejemplo y quizá lo
tomarían como un golpe bajo. Ahora bien, si no lo
admiten, ya no son estrictos relativistas, porque están reconociendo, aunque
sea con la boca pequeña, que hay verdades objetivas y
que como tales las podemos conocer. En todo caso, el
relativismo de que hablamos existe en abundancia. Una consecuencia de
su tesis es que 2 + 2 son 4 para
una cultura, época o civilización, pero podrían no serlo en
otra época, civilización o cultura (no se sabe). El caso del
aborto
Por poner un ejemplo cercano y que mantiene en casi
todo el mundo las espadas en alto, tomemos la polémica
sobre el aborto. La biología enseña que el embrión humano
es humano. La consecuencia que saca inmediatamente una persona realista
es la siguiente: luego el aborto es un crimen injustificable.
El relativista replicará: ¡ah, no! A usted puede parecerle un
crimen el aborto, pero esto se debe a sus condicionamientos
individuales o culturales; pero para otros el aborto es cosa
perfectamente justificable y hay que respetarles. O sea, que una
misma acción y bajo el mismo ángulo (acabar con la
vida de un ser humano) para unos es un crimen
y para otros una bendición. ¿ambos tienen razón?
El relativista tiene
complicada la respuesta. Si dice que sí, incurre en una
contradicción demasiado evidente. Si dice que no, tendrá que reconocer
el derecho a defender la vida contra el aborto. Pero
al relativista le parece que el asunto del aborto es
relativo y, paradójicamente, por ello mismo no está dispuesto a
conceder que sea malo. Lo que suele hacer en semejante
tesitura es tachar de fanáticos a quienes defienden el valor
sagrado de la vida humana. Me exige que yo respete
su postura, se niega a aceptar la posibilidad de que
yo tenga razón y en modo alguno detendrá su propósito
de aborto. Uno se acuerda de la ley del embudo,
para mí lo ancho, para ti lo agudo. El relativista
implícitamente niega lo mismo que explícitamente afirma. Además, para él,
todo lo que no es relativista es fanatismo y antidemocracia.
Conviene
pues profundizar en cada una de las posturas, la del
fanático y la del relativista. Son muy de agradecer, por
cierto, análisis como los que nos ofrece el profesor antonio
millán puelles, en un reciente libro titulado el interés por
la verdad (verdaderamente interesante). Nos inspiramos ahora en algunos aspectos
de su análisis del relativismo (cfr. Millán Puelles, El interés
por la Verdad, Rialp, Madrid 1998, pp 143 y ss.) El
fanático
Comencemos, pues, por definir al fanático, tanto para cuando nos
llamen así como cuando estemos a punto de llamarlo a
otros. Como es sabido, «fanático» viene de «fan», de donde
proviene también «fanal». Fanático es quien se siente «iluminado» por
la verdad y a la vez «profeta» con derecho a
imponer la verdad a todo el mundo y a cualquier
precio, por cualquier medio. Es claro que la característica del
fanático no es precisamente el amor a la verdad (para
lo cual se necesita no ser fanático) sino la carencia
de la virtud moral de la tolerancia. En consecuencia no
se arredra ante el uso de la violencia física o
moral.
Para el fanático -explica Millán-, ser tolerante es hacer traición
a la verdad. Pensando de esta manera, el fanático ignora
que la tolerancia no supone aceptar por verdadero lo falso.
El fanático, con razón, considera que la falsedad es un
mal, pero de esta verdad saca una falsa consecuencia: que
tolerar equivale a aprobar o aplaudir.
El fanático acierta al mantener
incólume la distinción entre la verdad y la falsedad. Acierta
también en reconocer que la verdad tiene un valor absoluto
(no es preciso ser fanático para reconocerlo) y que lo
falso en tanto que falso es objetiva y absolutamente inválido.
Se equivoca al menos en la pretensión de comunicar la
verdad -o lo que él tiene por tal- mediante la
violencia física o moral. El relativista
Por su parte, el relativista, de
entrada, tiene la apariencia de la mayor humildad: yo no
soy capaz de conocer verdades absolutas. Sostiene (frente al escepticismo
radical) que el hombre puede conocer la verdad, pero a
la vez afirma que ninguna verdad posee valor absoluto. Una
verdad sólo podrá serlo dentro de un espacio o lugar
y tiempo o época, o cultura, determinados. En otras palabras,
ninguna verdad es válida universalmente, sino en función de la
peculiar constitución (bien específica, bien individual) del sujeto que se
las representa.
Parece que no cabe mayor humildad en el aprecio
de la propia capacidad de conocer, por lo que, el
relativista, parece hallarse en óptimas condiciones para vivir la virtud
moral de la tolerancia. De hecho -dice Millán-, la apología
que actualmente se hace de la tolerancia es, en numerosas
ocasiones, una profesión de fe relativista. Hay renombrados políticos, juristas,
y hasta algún que otro moralista adepto del progresismo, que
se empeñan en repetir que si no se es relativista
no cabe ser tolerante. Ahora bien, quienes piensan de esta
manera no resultan en el fondo tan humildes como en
la superficie lo parecen. Se atribuyen el monopolio de la
virtud moral de la tolerancia, negándola en absoluto -no de
una manera relativa- a quienes discrepan de ellos. No tienen
la humildad de tolerar que puedan considerarse tolerantes quienes no
aprueban el relativismo. Y en realidad tampoco son relativistas. No
pueden serlo porque su afirmación de la tesis relativista es
absoluta, no relativa a su vez.
Con otras términos, el relativista
implícitamente afirma lo que explícitamente niega: la existencia de verdades
universalmente válidas. Millán Puelles concluye que el único relativismo humanamente
posible es el relativismo inconsecuente, es decir, el que se
expresa de una manera absoluta, o el que relativismo irreflexivo
(que advierte que se contradice al expresarse pero no le
importa).
El relativista ha de reconocer que, desde su punto de
vista, no existe fundamento objetivo para entender y sostener la
virtud de la tolerancia como preferible al fanatismo. ¿por qué
hemos de preferir la tolerancia al fanatismo? El relativista carece
de respuesta satisfactoria, porque la respuesta habría de ser: «depende...».
La
tolerancia, ¿cuenta o no cuenta con un fundamento razonable, o
sea, con una razón objetiva? Si la respuesta es rotundamente
sí, se ha descalificado el relativismo; si la respuesta es
no, entonces el relativismo carece de fundamento racional para afirmar
el valor de la tolerancia. Sólo le queda el recurso
de decir algo así: «es que obviamente es preferible». Pero
teniendo en cuenta que el fanático no lo ve nada
claro, la postura relativista se muestra arbitraria, voluntarista y dogmática.
En resumidas cuentas, es en sí mismo contradictorio. Lo cual
explica que haya tan pocos relativistas consecuentes. En rigor, es
que es imposible ser consecuente con el relativismo, como no
se puede ser consecuente sobre la base de que dos
más dos sean a la vez tres y medio, cuatro
y cinco. El cristiano
Por el contrario, la doctrina cristiana enseña, por
una parte, que lo falso no tiene nunca derecho a
presentarse como verdadero; y por otra, que «la verdad debe
presentarse amable, no agria, ni molesta, ni impuesta a la
fuerza o con violencia, pues de otro modo se haría
imposible la paz entre los individuos y los pueblos, cuando
el hijo mismo encarnado, Príncipe de la Paz, por su
Cruz reconcilió a todos los hombres en Dios...» (Concilio ecuménico
Vaticano II, Gaudium et Spes, n. 78).
Para el relativista la
tolerancia es una actitud carente de fundamento racional. En cambio,
para el cristiano como tal, la tolerancia es una virtud
moral necesaria y opuesta al vicio de la intolerancia. Si
un cristiano es intolerante -lo que ha sucedido más de
una vez-, siempre se le podrá argumentar: usted actúa contrariamente
a su fe; ahonde un poco más en los contenidos
de su credo, sobre todo en lo afirmado por su
maestro: es preciso amar no sólo a los amigos, sino
también a los enemigos. Es posible que se convierta a
la tolerancia. Razones hay para ello.
En cambio, el relativista carece
de fundamento para convencer a nadie de la necesidad de
la tolerancia. No podrá invocar con éxito el credo relativista,
precisamente porque éste consiste en la negación de todo fundamento
absoluto respecto a la verdad y al bien. Él mismo
se encontrará en momentos de crisis difíciles de superar, porque
ser tolerante siempre, en una larga vida, es sin duda
bastante arduo.
¿Quién está, pues, más inclinado al respeto al discrepante
y a las minorías? ¿quién se encuentra más próximo al
ideal democrático, el relativista o el cristiano?
Cabe añadir que «el
verdadero y buen cristiano ha de entender que dondequiera que
se encuentre la verdad, es cosa propia de su señor»
(San Agustín, de Doctrina Christiana, cap. XVIII, núm. 28). En
consecuencia, si el discrepante manifiesta estar en posesión de una
verdad hasta entonces desconocida por el cristiano, éste debe entender
que se encuentra con algo así como un mensajero divino
-aun pudiendo ser éste un relativista en desliz-, portador de
algo cuyo copy right eterno resulta ser... del Espíritu Santo.
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