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Autor: Mayra Novelo | Fuente: mensaje La Conciencia, Brújula en la Formación de las Virtudes
«¿Por qué la conciencia de los jóvenes no se rebela contra el mal en la sociedad? ¿Por qué tantos se acomodan en comportamientos que ofenden la dignidad humana y desfiguran la imagen de Dios?
Juan Pablo II. Denver 1993
La Conciencia, Brújula en la Formación de las Virtudes
«¿Por qué la conciencia de los jóvenes no se rebela
contra el mal en la sociedad? ¿Por qué tantos se
acomodan en comportamientos que ofenden la dignidad humana y
desfiguran la imagen de Dios? Lo normal sería que
la conciencia señalara el peligro mortal que encierra el hecho
de aceptar tan fácilmente el mal y el pecado. Y
en cambio, no siempre sucede así. ¿Será porque la misma
conciencia está perdiendo la capacidad de distinguir el bien del
mal? Jóvenes, no cedáis a esa falsa moralidad en la
que lo bueno es lo que me gusta o me
es útil y lo malo es lo que me disgusta..
¡No asfixiéis vuestras conciencias!»
Juan Pablo II. Homilía a los jóvenes
en Denver. Agosto de 1993
La conciencia es la capacidad que
Dios nos ha dado de distinguir el bien del mal
y de inclinar nuestra voluntad a hacer el bien y
evitar el mal.
La conciencia no es más que la propia
inteligencia humana cuando juzga prácticamente sobre la bondad o la
maldad de los actos. Ordena en el momento oportuno,
practicar el bien y evitar el mal. Juzga las opciones
concretas aprobando las buenas y denunciando las malas. La conciencia dicta
a cada momento lo que se debe y lo que
no se debe hacer. Al hacer algo bueno, la voz
de la conciencia lo aprueba, al hacer algo malo, esta
misma voz acusa y condena sin dejar en paz.
Pero su
función no se limita a emitir un juicio después un
acto, sino que valora las decisiones antes de que actuar
y es testigo de los actos. La conciencia no es algo
que podamos ver o tocar. Sin embargo, podríamos compararla con
los elementos que forman un juicio: en él hay un
juez que da la sentencia, un testigo que dice qué
fue lo que pasó y una ley en la que
el juez se basa para dar el veredicto.
La conciencia es
testigo de nuestros actos y para dar su sentencia como
juez, se basa en las leyes naturales que Dios
ha escrito en el corazón del hombre.
La conciencia recta conoce
la verdad. Está atenta para iluminar en cada momento de
la vida. Aplaude al hacer algo bueno y al hacer
algo malo para abrir el camino del arrepentimiento y del
perdón.
Una conciencia bien formada siempre invitará a actuar de acuerdo
con los principios y convicciones acordes con la opción fundamental
por Jesucristo, impulsándonos a servir a los hombres, a promover
lo positivo y eliminar lo negativo.
La conciencia moral es la
capacidad de percibir el bien y el mal y de
inclinar nuestra voluntad a hacer el bien y evitar el
mal. La conciencia moral se expresa a través del juicio
“bonum facendum, malum vitandum”debemos hacer el bien y evitar el
mal.
El hombre no sólo tiene el derecho, sino el deber
de seguir el dictamen de su conciencia. Una persona es
madura cuando se comporta según el juicio de la recta
conciencia.
Una conciencia recta puede mermar como puede progresar y perfeccionarse.
En ese sentido el estado de la conciencia en un
momento dado puede ser una muestra de la madurez moral
y la coherencia de vida de la persona. Pero es,
resulta importante saber cuáles son las principales desviaciones de la
conciencia y los medios prácticos para llevar a cabo un
trabajo de superación.
Deformaciones de la conciencia
La deformación de la conciencia
generalmente es fruto de malos hábitos, no es algo que
se dé de un día para otro.
· Se puede deformar la
conciencia poco a poco, sin darnos cuenta, aceptando voluntariamente pequeñas
faltas o imperfecciones en los deberes diarios. A fuerza de
ir diariamente haciendo las cosas “un poco mal”, llega un
momento en el que la conciencia no hace caso de
esas faltas y ya no nos pone en guardia ante
el mal. Se convierte en una conciencia indelicada, que va
resbalando de forma fácil del “un poco mal” al “muy
mal”.
· También puede suceder deformar nuestra conciencia a base de repetirle
principios falsos como: “No hay que exagerar”, “Tómalo con calma”,
“Todo el mundo lo hace”, “A cualquiera le puede pasar”.
Se convierte así en una conciencia adormecida insensible e incapaz
de darnos señales de alerta. Esto se da principalmente por
la pereza o la superficialidad, que nos impiden entrar en
nosotros mismo para analizar lo que hacemos.
· Podemos convertir nuestra conciencia
en una conciencia domesticada si le ponemos una
correa, con justificaciones de todos nuestros actos, cada vez que
quiera llamarnos la atención, por más malos que estos sean:
“Lo hice con buena intención”, “Se lo merecía”, “Es que
estaba muy cansado”, etc. Es una conciencia que se acomoda
a nuestro modo de vivir, se conforma con cumplir con
el mínimo indispensable.
· También puede ser que nuestra conciencia sea una
conciencia falsa, es decir, que nos dé señales erróneas porque
no conoce la verdad. Esto puede ser por nuestra culpa
o por culpa del ambiente en el que vivimos. Hay
varios tipos de conciencia falsa:
— Conciencia ignorante. Es la que realmente
no sabe si los actos son buenos o malos y
permite que cometamos actos malos sin darnos cuenta de su
maldad. Es el caso de cuando no se conoce una
ley y se quebranta. Si no la conocemos porque no
teníamos forma alguna de conocerla, entonces no tenemos ninguna culpa;
pero si no la conocemos porque no queríamos conocerla,
entonces la culpa es mayor.
— Conciencia escrupulosa. Para este tipo de
conciencia todo es malo. Es opresiva y angustiante pues recrimina
hasta la falta más pequeña exagerándola como si fuera la
peor falta.
— Conciencia laxa. Es lo contrario de la escrupulosa. Este
tipo de conciencia minimiza las faltas graves haciéndolas aparecer como
pequeños errores sin importancia.
— Conciencia farisaica. Es la que se preocupa
por aparentar bondad ante los demás , mientras en su
interior hay pecados de orgullo y soberbia. Es hipócrita, quiere
que todos piensen que es buena y eso es lo
único que le importa. Se preocupa de cumplir las normas
y reglas exteriores y se olvida de la caridad y
de la justicia: “Reza mucho, pero es la que más
critica a los demás”.
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