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Autor: Mayra Novelo | Fuente: Centro de Asesoría Pedagógica ¿Cómo Formar la Conciencia?
Una conciencia bien formada irá acompañada siempre de tres actitudes esenciales: sinceridad, autoconvicción y responsabilidad.
¿Cómo Formar la Conciencia?
Hay dos reglas importantes que debe seguir toda conciencia recta:
· Nunca
puedes justificar el mal para obtener un bien. En otras
palabras: el fin no justifica los medios.
· No hagas a
otros lo que no quieres que te hagan a ti,
o visto en forma positiva: trata a los demás como
te gustaría que te trataran.
Formar una recta conciencia supone alcanzar
tres objetivos:
· Educar la conciencia para que sea capaz de abrirse
a los valores objetivos asimilándolos como propios, percibiendo el bien
y el mal como algo por hacerse o evitarse.
· Fortalecer el
influjo de la conciencia sobre la voluntad, llevando a la
persona a hacer el bien y evitar el mal.
· Formar la
conciencia para emitir juicios rectos sobre la bondad o maldad
de los actos y ponerlos en práctica.
Cómo formar una
recta conciencia.
Para ayudar a nuestros niños y jóvenes a adquirir
una recta conciencia podemos:
· Animarles y ayudarles a estudiar la doctrina
católica, los Evangelios, los documentos y orientaciones de la Iglesia
de una manera constante.
· Ayudarles y animarles a reflexionar antes de
actuar, pensando siempre en lo que están haciendo, en porqué
lo están haciendo, en las consecuencias que ello puede tener
para ellos o para los demás, en la manera como
se sentirán después de hacerlo. Ayudarlos a no guiarse
por instintos sino por convicciones, independientemente de lo que los
otros digan o hagan, o lo que esté de “moda”.
· Ayudarles
a tener bien claros los principios que deben cumplir.
· Animarles y
guiarles para llevar una profunda vida de oración y de
sacramentos, especialmente la confesión. Ellos iluminan la inteligencia y fortalecen
la voluntad conformándolas con el plan de Dios.
· Enseñarles a hacer
un buen examen de conciencia y un balance de sus
actos todas las noches. · Animarlos a pedir ayuda y consejo, acudiendo
con frecuencia a un sacerdote o a un laico bien
formado.
· Promover en ellos la virtud de la sinceridad, para que
sean capaces de llamar a las cosas por su nombre,
ante ellos mismos, ante Dios y ante quien dirija su
alma. Los problemas en el campo de la conciencia es
cuando se empiezan a encontrar justificaciones fáciles para no hacer
el bien o, lo que es peor, para hacer el
mal.
· Animarlos a obrar siempre de cara a Dios con
el único deseo de agradarle, sin utilizar otros criterios de
aceptación social para justificarse. Un acto sólo será bueno si
agrada a Dios.
· Animarles a pedir ayuda al Espíritu Santo, ya
que la relación con él será la mejor luz para
la conciencia. La oración les hará ver todo desde Dios
y desde el punto de vista de su amor que
pide siempre lo mejor, la perfección, para sus creaturas.
· Ayudarles a
mantenerse y a no desanimarse ante los fallos; aprendiendo siempre
que ante las caídas lo mejor es comenzar de nuevo,
y ayudarles a entender que lo peor que se puede
hacer es pactar con los fracasos y las desviaciones del
comportamiento aceptándolos como irremediables e inevitables. Ayudarle a reparar con
amor el mal que se haya podido hacer y comenzar
a construir de nuevo.
· Ayudarles a formar hábitos de buen comportamiento:
programar el tiempo, saber qué queremos y qué vamos a
hacer en cada momento, exigirse el fiel cumplimiento del deber,
no permitirse ningún fallo conscientemente aceptado, etc. Ayudarles a cumplir
su responsabilidad al detalle, no sólo por encima.
· Ayudarles a amar
el bien por encima del mal y a no envidiar
a quienes se rebajan a un nivel inferior, aunque esto
pueda atraerles.
· Hacerles ver en todo momento lo bueno que adquieren
al vivir el bien, aunque implique trabajo y renuncia.
· Brindarle un
ideal valioso, recordándolos que el ideal más valioso y grande
es Jesucristo, tanto en lo espiritual como en lo humano.
Después
de las ayudas prácticas, es importante también conocer el proceso
de un acto moral para saber dirigir bien la formación
de la conciencia. Se puede hablar de tres operaciones o
fases en la formación de la conciencia.
La primera, que precede
a la acción, es percibir el bien como algo que
debe hacerse y el mal como algo que debe ser
evitado. Éste es el momento de ver: “Esto es bien
hay que hacerlo” o “no, esto no está bien, debo
evitarlo”.
La segunda fase es la fuerza que lleva a la
acción, impele a hacer el bien y evitar el mal.
Se expresa cuando decimos: “Hago el bien” o “no, esto
no lo hago”.
Por ultimo la operación subsiguiente a la acción
, el emitir juicios sobre la bondad o maldad de
lo hecho. En esta etapa nos decimos: “He obrado bien”
o “he hecho algo malo”.
En el primer paso lo importante
es abrir la conciencia a la ley como norma objetiva.
Es decir, educar una conciencia recta que sabe dónde va
y qué es la verdad. Esto lleva al segundo paso
que requiere trabajo para que la conciencia sea guía de
la voluntad. Se trata de habituarse a la “coherencia”, entendida
como la constancia en actuar como pude la conciencia. No
basta percibir que algo es bueno o malo, hay que
saber dirigir la voluntad a hacer lo bueno y evitar
lo que no se debe hacer. Percibir que es bueno
ser paciente y amable con los demás es bueno, pero
es insuficiente; esta percepción debe llevarme a acoger a los
demás con bondad y delicadeza aun cuando me sienta cansado
o de mal humor.
Esto requiere un trabajo de formación especialmente
en el campo de la voluntad y de los estados
de ánimo. Los estados de ánimo tienen que ser educados
para lograr en la persona una ecuanimidad que le lleve
a realizar lo que le pide la conciencia en cualquier
circunstancia. Además, la voluntad tiene que ser formada para que
sea eficaz, es decir, para que logre lo que pretende.
Por
ultimo, y todavía más importante, viene el juicio ulterior sobre
lo hecho. Aquí es donde se juega de modo definitivo
la formación o deformación de la conciencia. El que ha
obrado mal y toma las medidas necesarias [ara reparar su
falta y para pedir perdón ha dado un paso firme
en le formación de su conciencia, mientras que el que
la acalla, no prestándole atención, puede llegar a dañarla hasta
que un día quizá sea incapaz de reaccionar ante el
bien y el mal.
En conclusión, podemos decir que la brújula
más segura en todo este campo moral es la adhesión
fiel a la voluntad de Dios, compendio supremos de la
ley natural y la ley revelada.
La coherencia ante ella
es el camino de la madurez y de la felicidad
que brota de una conciencia que vive en paz con
Dios y consigo misma.
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