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Autor: Robert Spaemann ¿Hay que Seguir Siempre la Conciencia?
¿Qué es exactamente eso que llamamos conciencia? ¿Qué hace la conciencia? ¿Tiene siempre razón? ¿Debemos seguirla siempre? ¿Hay que respetar siempre la conciencia de los demás?
¿Hay que Seguir Siempre la Conciencia?
Con frecuencia hablamos de los distintos puntos de vista que
entran en juego a la hora de llamar a una
acción buena o mala, verdadera o falsa, lograda o fallada.
Nos preguntamos por lo que en realidad deseamos, intentando comprender
el bien como la realización de ese deseo. Hablamos de
valores, de consecuencia de los actos y de justicia. No
obstante, parece como si existiese una sencilla respuesta que haría
inútiles todas las demás consideraciones; esa respuesta sería: la conciencia
dice a cada uno lo que debe hacer.
La respuesta es
correcta y, a la vez, conduce a error en su
misma simplicidad. ¿Qué es exactamente eso que llamamos conciencia? ¿Qué
hace la conciencia? ¿Tiene siempre razón? ¿Debemos seguirla siempre? ¿Hay
que respetar siempre la conciencia de los demás?
Es claro que
el significado de la palabra “conciencia” no resulta evidente de
antemano. Se utiliza en contextos muy variados; hablamos así de
personas concienzudas que se caracterizan por el exacto cumplimiento de
sus deberes diarios; pero hablamos también de conciencia cuando uno
se evade de esos deberes y se resiste a ellos.
Denominamos conciencia a algo sagrado existente en todo hombre y
que debe respetarse incondicionalmente; algo que es defendido también por
la constitución, aunque condenemos a fuertes penas a los que
actúan en conciencia. Unos tienen la conciencia por la voz
de Dios en el hombre, otros como producto de la
educación, como interiorización de las normas dominantes, originariamente exteriores. ¿Qué
ocurre con la conciencia?
Hablar de conciencia es hablar de la
dignidad del hombre, hablar de que no es un caso
particular de algo general, ni el ejemplar de un género,
sino que cada individuo como tal es ya una totalidad,
es ya “lo universal”.
La ley natural según la cual una
piedra cae de arriba abajo es, por así decirlo, exterior
a la piedra misma, que no sabe nada de esa
ley. Quienes la observamos consideramos su caída como ejemplo de
una ley general. Tampoco el pájaro que hace un nido
tiene la intención de realizar algo para la conservación de
la especie, ni de tomar medidas para el bien de
sus futuras crías. Un impulso interior, un instinto, le lleva
a hacer algo cuyo sentido se le oculta. Esto se
manifiesta en el hecho de que también cuando están encerrados,
cuando los pájaros no esperan tener crías, comienzan a hacer
su nido.
Los hombres, por el contrario, pueden saber la razón
de lo que hacen. Actúan expresamente y en libertad con
respecto al sentido de su acción. Si tengo ganas de
hacer algo cuyas consecuencias dañan a un tercero, entonces puedo
plantearme esas consecuencias y preguntarme si es justo obrar así
y si puedo responder de ese acto. Podemos ser independientes
de nuestros momentáneos y objetivos intereses y tener presente la
jerarquía objetiva de valores relevantes para nuestros actos. Y no
sólo teóricamente y de manera que esa idea siga siendo
totalmente exterior a nosotros, sin cambiar en absoluto nuestras motivaciones,
de modo que digamos: “Ciertamente es injusto actuar así, pero
para mí es preferible”. En realidad, no es verdad en
absoluto que lo que en el fondo y de verdad
deseamos esté en una fundamental contradicción con lo que objetivamente
es bueno y correcto. Lo que ocurre más bien es
que, en la conciencia, lo universal, la jerarquía objetiva de
los bienes y la exigencia de tenerlos en cuenta vale
como nuestra propia voluntad. La conciencia es una exigencia de
nosotros a nosotros mismos. Al causar un daño, al herir
u ofender a otro, me daño inmediatamente a mí mismo.
Tengo, como se dice, una mala conciencia.
La conciencia es la
presencia de un criterio absoluto en un ser finito; el
anclaje de ese criterio en su estructura emocional. Por estar
presente en el hombre, gracias a ella y no por
otra cosa, lo absoluto, lo general, lo objetivo, hablamos de
dignidad humana. Ahora bien, si resulta que, por la conciencia,
el hombre se convierte en algo universal, en un todo
de sentido, entonces resulta que también es válido decir que
no hay bien ni sentido ni justificación para el hombre,
si lo objetivamente bueno y recto no se le muestra
como tal en la conciencia.
La conciencia debe ser descrita como
un movimiento espiritual doble. El primero lleva al hombre por
encima de sí, permitiéndole relativizar sus intereses y deseos, y
permitiéndole preguntarse por lo bueno y recto en sí mismo.
Y para estar seguro de que no se engaña, debe
producirse un intercambio, un diálogo con los demás sobre lo
bueno y lo justo, en una comunión de costumbres. Y
deben conocerse razones y contra-razones. No puede pasar por objetivo
y universal quien afirma: no me interesan las costumbres y
razones, yo mismo sé lo que es bueno y recto.
Lo que aquél llama conciencia no se diferencia mucho del
capricho particular y de la propia idiosincrasia.
No hay conciencia sin
disposición a formarla e informarla. Un médico que no está
al tanto de los avances de la medicina, actuará sin
conciencia. Y lo mismo quien cierra ojos y oídos a
las observaciones de otros que le hacen fijarse en aspectos
de su proceder, que quizá él no ha notado. Sin
tal disposición, sólo en casos límite se podrá hablar de
conciencia. Pero también el segundo movimiento pertenece a la conciencia;
por él, vuelve de nuevo el individuo a sí mismo.
Si, como decía, el individuo es potencialmente lo universal, incluso
un todo de sentido, entonces no puede abdicar en otros
su responsabilidad, ni en las costumbres del tiempo, ni en
el anonimato de un discurso de un intercambio de razones
y de contra-razones. Naturalmente que puede sumarse a la opinión
dominante, cosa que incluso es razonable en la mayoría de
las ocasiones. Pero es totalmente falso reconocerle conciencia sólo a
quien se aparta de la mayoría. No obstante, es cierto
que, al fin y al cabo, es el individuo quien
goza de responsabilidad; puede obedecer a una autoridad, y aún
ser esto lo correcto y lo razonable; pero es él
a la postre quien debe responder de su obediencia. Puede
tomar parte en un diálogo y sopesar los pros y
los contras, pero razones y contra-razones no tienen fin, mientras
que la vida humana, por el contrario, es finita. Es
necesario actuar antes de que se produzca un acuerdo mundial
sobre lo recto y lo falso. Es, pues, el individuo
el que debe decidir cuándo acaba el interminable sopesar y
finalizar el discurso, y cuando procede, con convicción, actuar.
La convicción
con la que termina nuestro discurso la denominamos conciencia, conciencia
que no siempre posee la certeza de hacer objetivamente lo
mejor. El político, el médico, el padre o la madre,
no siempre saben con seguridad si lo que aconsejan o
hacen es lo mejor, atendiendo al conjunto de sus consecuencias.
Lo que sí pueden saber es que ésa es la
mejor solución posible en ese momento y de acuerdo con
sus conocimientos; esto basta para una conciencia cierta, pues ya
vimos que lo que justifica una acción no está de
ninguna manera, ni puede estar, en el conjunto de sus
consecuencias.
En la conciencia parece que nos sustraemos por completo a
una dirección externa; pero, ¿lo hacemos realmente? Se plantea aquí
una importante objeción. ¿Cómo ha entrado en nosotros el compás
que nos guía?, ¿quién lo ha programado?, ¿no es en
realidad esa dirección interna tan sólo un control remoto que
procede de atrás, del pasado? Ese timón fue programado por
nuestros padres. Poseemos, interiorizadas, las normas que se nos inculcaron
en la niñez y que tuvimos que obedecer. Y las
órdenes que nos dieron se han trocado en órdenes que
nos damos a nosotros mismos.
En relación con lo que estamos
diciendo, Sigmund Freud ha acuñado el concepto de “super ego”,
que, junto al así llamado “ello” y al “yo”, forman
la estructura de nuestra personalidad. El “super ego” es, por
así decir, la imagen del padre interiorizada; el padre en
nosotros... En Freud este pensamiento no tenía todavía el carácter
de denuncia que en la crítica social neomarxista tiene el
discurso sobra la interiorización de las normas de dominio. Freud,
como psicoanalista, observó que el yo se forma sólo bajo
la dirección del “super yo”, y se libera en el
“ello” de su prisión en la esfera de los instintos.
Cierto que para llegar a un “yo” verdadero ha de
liberarse también del poder del “super yo”.
Por lo que respecta,
no obstante, a las descripciones de Freud es falso equiparar
sin más lo que llamamos conciencia con el “super yo”
y tenerla por un puro producto de la educación. Esto
no puede ser exacto, porque los hombres siempre se vuelven
contra las normas dominantes en una sociedad, contra las normas
en medio de las cuales han crecido, incluso aun cuando
el padre sea un representante de esas normas. A menudo
puede ocurrir que detrás no esté más que el impulso
de emancipación del “yo”, el sencillo reflejo de querer ser
de otra forma. Pero este reflejo no es la conciencia,
como tampoco lo es el reflejo de acomodación.
Sin embargo, en
la historia de quienes obraron o se negaron a hacerlo
en conciencia, se puede ver que eran hombres que de
ningún modo estaban inclinados de antemano a la oposición, a
la disidencia; sino hombres que hubieran preferido con mucho cumplir
sus deberes diarios sin levantar la cabeza. “Un fiel servidor
de mi rey, pero primero de Dios”, era la máxima
de Tomás Moro, Lord canciller de Inglaterra, que hizo todo
lo posible para no oponerse al rey y evitar así
un conflicto; hasta que descubrió algo que no se podía
conciliar en absoluto con su conciencia. No le guiaba ni
la necesidad de acomodación ni la de rechazo, si no
el pacífico convencimiento de que hay cosas que no se
pueden hacer. Y esta convicción estaba tan identificada con su
yo que el “no me es lícito” se convirtió en
un “no puedo”.
Si la conciencia no es sin más un
producto de la educación ni se identifica con el “super
yo”, ¿es quizá entonces algo innato?, ¿una especie de instinto
social innato? Tampoco es éste el caso, puesto que un
instinto se sigue instintivamente; pero el yo-no-puedo-actuar-de-otro-modo de quienes obran
por instinto se diferencia como el día de la noche
del yo-no-puedo-actuar-de-otro-modo del que obra en conciencia. Aquél se siente
arrastrado, privado de libertad. Bien que querría actuar de otro
modo, pero no puede. Está en discordia consigo mismo. El
“aquí estoy yo, no puedo obrar de otro modo” del
que actúa en conciencia es, por el contrario, expresión de
libertad. Dice tanto como: “no quiero otra cosa”. No puedo
querer otra cosa y tampoco quiero poder otra cosa. Ese
hombre es libre. Como afirmaban los griegos, ese hombre es
amigo de sí mismo.
Entonces, ¿de dónde viene la conciencia?; pero
lo mismo podríamos preguntar, ¿de dónde viene el lenguaje?, ¿por
qué hablamos? Decimos naturalmente que porque lo hemos aprendido de
nuestros padres. Quien no ha oído nunca hablar sigue mudo,
y si uno no se comunica de ninguna manera, entonces
no llega ni siquiera a pensar. No obstante, nadie afirmará
que el lenguaje es una heterodeterminación interiorizada.
Y ¿qué sería una
heterodeterminación? Seguramente no se puede decir que el hombre sea,
por sí mismo, una esencia que habla o que piensa.
La verdad es la siguiente: el hombre es un ser
que necesita de la ayuda de otros para llegar a
ser lo que propiamente es. Esto vale también para la
conciencia. En todo hombre hay como un germen de conciencia,
un órgano del bien y del mal. Quien conoce a
los niños sabe que esto se aprecia fácilmente en ellos.
Tienen un agudo sentido para la justicia, y se rebelan
cuando la ven lesionada. Tienen sentido para el tono auténtico
y para el falso, para la bondad y la sinceridad;
pero ese órgano se atrofia si no ven los valores
encarnados en una persona con autoridad. Entregados demasiado pronto al
derecho del más fuerte, pierden el sentido de la pureza,
de la delicadeza y de la sinceridad. Para ello, la
palabra es ante todo un medio de transparencia y de
verdad. Pero cuando, por miedo a las amenazas, aprenden que
hay que mentir para librarse de ellas, o experimentan que
sus padres no les dicen la verdad y emplean la
mentira en la vida diaria como normal instrumento de progreso,
desaparece el brillo de sus conciencias y se deforman: la
conciencia pierde finura. La conciencia delicada y sensible es característica
de un hombre interiormente libre y sincero, cosa que nada
tiene que ver con el escrupuloso que, en lugar de
contemplar lo bueno y lo recto, se observa siempre a
sí mismo y observa con angustia cada uno de sus
propios pasos. He aquí una especie de enfermedad.
Ahora bien, hay
personas que tienen por enfermedad la mala conciencia. Consideran tarea
del psicólogo quitar a una persona esa mala conciencia, el
así llamado “sentido de culpabilidad”. Pero en realidad, lo que
es una enfermedad es no poder tener una mala conciencia
o sentimiento de culpabilidad, cuando se tiene realmente una culpa.
Lo mismo que es una enfermedad y un peligro para
la vida el no poder sentir dolor. Para el que
está sano, la mala conciencia es señal de una culpa,
de un comportamiento que se opone al propio ser y
a la realidad.
La revisión de esa actitud la denominamos arrepentimiento.
Como ha demostrado el filósofo Max Scheler, no consiste en
un hurgar sin sentido en el pasado, cuando lo más
adecuado sería simplemente tratar de hacerlo mejor en el futuro.
Y no se puede hacer algo mejor si persiste el
mismo planteamiento que llevó a actuar mal en anteriores ocasiones.
El pasado no se puede reprimir: hay que mirarlo conscientemente,
es decir, hay que variar conscientemente una mala actitud. Y
como no se trata de algo puramente racional, sino que
interviene también la constitución emocional, el cambio de actitud significa
una especie de dolor por haber actuado injustamente. El psicólogo
Mitscherlich habla del papel de la tristeza. En el fondo
esperamos ese arrepentimiento. No confiaríamos en un hombre que, tras
atormentar a un niño lisiándolo psíquicamente, explicara luego riéndose que
basta con una víctima, y que a los demás los
tratará bien. Si el dolor por el pasado no le
conmueve y cambia su mala conciencia, eso significa que seguirá
siendo el que era.
¿Lleva siempre razón la conciencia? Es lo
que preguntábamos al comienzo. ¿Hay que seguir siempre la conciencia?
La conciencia no siempre tiene razón. Lo mismo que nuestros
cinco sentidos no siempre nos guían correctamente, o lo mismo
que nuestra razón no nos preserva de todos los errores.
La conciencia es en el hombre el órgano del bien
y del mal; pero no es un oráculo. Nos marca
la dirección, nos permite superar las perspectivas de nuestro egoísmo
y mirar lo universal, lo que es recto en sí
mismo. Pero para poder verlo necesita de la reflexión de
un conocimiento real, un conocimiento, si se puede decir, que
sea también moral. Lo cual significa: necesita una idea recta
de la jerarquía de valores que no esté deformada por
la ideología.
Se da la conciencia errónea. Hay gente que, actuando
en conciencia, causa claramente a otros una grave injusticia. ¿También
éstos deben seguir su conciencia? Naturalmente que deben. La dignidad
del hombre descansa, como vimos, en que es una totalidad
de sentido; lo bueno y correcto objetivamente, para que sea
bueno, debe ser considerado también por él como bueno, ya
que para el hombre no existe nada que sea tan
sólo “objetivamente bueno”. Si no lo reconoce como bueno, entonces
justamente no es bueno para él. Debe seguir su conciencia;
lo cual tan sólo quiere decir que debe hacer lo
que tiene por objetivamente bueno, cosa que en el fondo
es algo trivial: realmente bueno es sólo lo que tanto
objetiva como subjetivamente es bueno. ¿No hay entonces ningún criterio
que nos permita distinguir una conciencia verdadera de una errónea?;
pero, ¿cómo podría haberlo? Si lo hubiera, nadie se equivocaría.
Una prueba segura de que uno sigue su conciencia y
no su capricho es la disposición a controlar, a confrontar
el propio juicio sopesándolo con el de los demás. Pero
tampoco es éste un criterio seguro; se da también el
caso de que, al contrario de los hombres que le
rodean y que están convencidos intelectualmente o teóricamente, puede uno
tener no obstante la segura sensación de que esa gente
no tiene razón. No como si creyese que los demás
tienen mejores razones. Piensa solamente que no es quién para
hacer valer las mejores razones. Piensa que el hecho de
que los más inteligentes estén en el lado falso se
basa en lo contingente de esa situación. Este cerrarse a
las razones puede ser, en tal situación, un acto de
conciencia.
¿También hay que respetar siempre la conciencia de los demás?
Eso depende de lo que entendamos por respetar. En ningún
caso se puede decir que uno debe poder hacer lo
que le permita su conciencia, ya que entonces también el
hombre sin conciencia podría hacerlo todo. Y tampoco quiere decir
que uno deba poder hacer lo que le manda su
conciencia. Cierto que ante sí mismo tiene el deber de
seguir su conciencia; pero si con ella lesiona los derechos
de otros, es decir, los deberes para con los demás,
entonces éstos, lo mismo que el Estado, tienen el derecho
de impedírselo. Pertenece a los derechos del hombre el que
no dependan del juicio de conciencia de otro hombre. Así,
por ejemplo, se puede discutir sobre si los no nacidos
son dignos de defensa, aun cuando la Constitución de nuestro
país responda afirmativamente. Pero es demencial el slogan de que
ésta es una cuestión que cada uno debe resolver en
su conciencia. Pues, o los no nacidos no tienen derecho
a la vida -y entonces la conciencia no necesita tomarse
ninguna molestia-, o existe ese derecho, y entonces no puede
ponerse a disposición de la conciencia de otro hombre. La
obediencia a las leyes de un estado de derecho, que
la mayoría de los ciudadanos tiene por justo, no puede
limitarse en todo caso a la de aquellas personas cuya
conciencia no les prohíbe, por ejemplo, pagar los impuestos. Quien
no los paga, y a costa de otros se aprovecha
de los caminos y canales, será encarcelado o multado justamente.
Y si se trata de alguien que actúa en conciencia,
aceptará la pena.
Sólo en el caso del servicio de guerra,
tiene el legislador que encontrar la regulación que asegure que
nadie pueda ser obligado al servicio de armas en contra
del dictado de su conciencia. En el fondo, lo que
hace el legislador es algo trivial, ya que si la
conciencia le prohíbe a uno luchar, no luchará. Por lo
demás, tampoco aquí se da un criterio para decidir, en
última instancia y desde fuera, si se trata de un
juicio de conciencia o no. Ni siquiera los interrogatorios de
un tribunal son adecuados para facilitar una decisión. Tales interrogatorios,
a fin de cuentas, favorecen sólo al orador que está
dispuesto a mentir con habilidad.
No hay más que un indicio
para comprobar la autenticidad de la decisión de conciencia, y
es la disposición del emplazado a atenerse a una desagradable
alternativa. La conciencia no es herida si se le impide
a uno hacer lo que ella manda, ya que ese
obstáculo no cae bajo su responsabilidad. Por eso se puede
encerrar a un hombre que quiere mejorar el mundo por
medio del crimen. Otra cosa es cuando a uno se
le obliga a actuar en contra de su conciencia. Se
trata de una lesión de la dignidad del hombre. Pero,
¿es eso de verdad posible? Ni siquiera la amenaza de
muerte obliga a uno a actuar contra su conciencia, como
documenta la historia de los mártires de cualquier tiempo.
Existe no
obstante un modo de forzar la actuación contra conciencia: la
tortura, que convierte a un hombre en instrumento sin voluntad
de otro. De ahí que la tortura pertenezca a los
pocos modos de obrar que, siempre y en toda circunstancia,
son malos; toca directamente el santuario de la conciencia, del
que ya el precristiano Séneca escribió: "Habita en nosotros un
espíritu santo como espectador y guardián de nuestras buenas y
malas acciones".
-------------------------------------------------------------------------------- Robert Spaemann es profesor emérito de la Universidad de
Munich. Además, ha sido profesor visitante en las Universidades de
Río de Janeiro, Salzburgo, París (La Sorbona), Berlín, Hamburgo, Zurich
o Moscú. También se le ha galardonado con diversas distinciones:
doctor honoris causa por las Universidades de Friburgo (Suiza), Santiago
de Chile, Universidad Católica de América y Universidad de Navarra.
Ha recibido también la Medalla Tomás Moro (1982) y la
Cruz del Mérito de Alemania (1ª clase, 1987). Asimismo, es
"Officier de I"Ordre des Palmes Academiques" (1988), miembro fundador de
la Academia Europea de las Ciencias y de las Artes
y miembro de la Academia Pontificia Pro Vita en Roma.
Su
obra está principalmente dedicada al ámbito de la filosofía práctica.
Destacan sus escritos Crítica de las utopías políticas (1977, 1980),
Ética: Cuestiones fundamentales (1987), Lo natural y lo racional: Ensayos
de antropología (1987, 1989), Felicidad y benevolencia (1991) y Personas:
Acerca de la distinción entre algo y alguien (1996, 2000).
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