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Autor: Thomas Williams | Fuente: másalto El papel de la conciencia
Discernir el bien y el mal, tarea no tan fácil en un mundo con tantas revolturas...
El papel de la conciencia
A pesar de nuestra familiaridad con ella, sigue siendo una
noción confusa que nos cuesta indicar con el dedo. ¿En
qué pensamos cuando escuchamos la palabra conciencia?
Quiza la imaginación
se adelanta y pone frente a nuestros ojos dos figuritas,
prendidas de cada uno de nuestros hombros; una toda vestida
de satín blanco, con alas doradas y una aureola resplandeciente;
la otra armada con tridente, cuernos, vestida de rojo y
con una malévola expresión en el rostro. O, tal vez,
viene a la memoria la imagen de Pepe Grillito, el
amigo de Pinocho, exhortando a la traviesa marioneta a dejarse
guiar por su conciencia. En cierta ocasión pregunté a una
clase de niños de educación básica, qué es la conciencia.
Uno me contestó: es una campanita que empieza a tocar
cuando hacemos algo que no debemos. Estos ejemplos nos dicen
algo, pero no nos dan una imagen completa. El bien
y el mal
El experimentar la obligación moral es parte
de la esencia de nuestra identidad como personas humanas libres
y responsables. En su libro El problema del dolor, C.S.
Lewis lo expresa estupendamente: Todos los seres humanos que la
historia conozca han admitido algún tipo de moralidad; es decir,
han experimentado ante determinadas acciones esa sensación que puede expresarse
con las palabras debo y no debo. Estas experiencias... no
se pueden deducir lógicamente del entorno ni de la experiencia
física del hombre que las vive. Se podrán barajar todo
lo que se quiera frases como yo quiero, me veo
forzado, convendría estar bien asesorado, y no me atrevo, pero
jamás se extraerán de ellas ni una pizca de un
debo y un no debo. Los intentos por reducir la
experiencia moral a cualquier otra cosa nunca dejan de presuponer
precisamente lo que intentan probar.
Es importante reconocer la existencia
del bien y del mal objetivos para apreciar el valor
de la conciencia. La conciencia dirige nuestras acciones hacia el
bien, hacia algo que existe realmente y nos atrae. Nuestra
alma posee una tendencia espontánea que le urge, con la
fuerza de un mandato, a hacer el bien y evitar
el mal. Esta inclinación interior tan irresistible no nos la
enseñó nadie, ni la asimilamos de nuestra cultura, ni es
una decisión que tomamos por cuenta nuestra. Es una característica
común de todos los seres humanos.
El bien no se
identifica simplemente con lo que me atrae o que me
resulta agradable o útil. Algo es bueno cuando es lo
que debería ser, y algo es ‘bueno para mí’ cuando
me ayuda a ser lo que debo ser. La bondad
es la perfección de la naturaleza y la plenitud de
la existencia. Una ‘buena comida’ es una comida que cumple
lo que debe cumplir: deleitar el paladar y alimentar. Una
comida a base de pastelillos y batido de fresa no
es una buena comida, aunque pueda agradar a algunos paladares,
porque le falta una cualidad esencial: la de alimentar. Un
partido de fútbol es bueno cuando reúne todos los elementos
que debe reunir: competitividad, destreza atlética, jugadas limpias y emoción.
Y ¿qué podemos decir de una persona buena? Sin importar
la abundancia (o escasez) de otras cualidades o talentos, la
bondad moral es siempre el peso que se pone en
la balanza cuando se trata de calificar a una persona
como buena o mala. Por ejemplo, ¿cuál podría ser la
calificación de Adolfo Hitler en valores humanos? Tal vez sería
algo así: Valentía 9.5 Astucia 9.8 Inteligencia 9.9 Fuerza de
voluntad 10 Valor moral 0
Valor como persona 0
A
pesar de sus elevadas notas en algunos sectores, su calificación
como persona refleja su vida moral. El valor moral se
sobrepone a los demás valores. La conciencia es la voz
de la verdad, y hace cuanto de ella depende para
preservarnos de vivir en la mentira. Cuando actuamos bien ratificamos
la verdad de nuestro ser. Por otro lado, cuando obramos
mal, negamos esta verdad. El remordimiento de conciencia funciona a
modo de alarma que se activa cuando algún acto cometido
no ha sido coherente con la verdad de nuestro ser.
El verdadero tú
La conciencia no es una especie de
policía que está sentado esperando la ocasión para acusarnos cuando
violamos la ley moral. No es una ley fría, arbitraria
y externa, sino una ley razonable, escrita en nuestros corazones.
De hecho, es nuestra propia razón, pero en su papel
de juzgar el valor de nuestras acciones. Santo Tomás de
Aquino la define así: el juicio práctico de nuestra razón
que decide sobre la bondad o maldad de nuestros actos
humanos.
Tú eres tu propia conciencia. Tu verdadero yo, tu
yo profundo, espiritual y trascendente, él es tu conciencia. Todos
experimentamos en nuestro interior tendencias opuestas: nuestro espíritu quiere volar
alto, mientras que nuestras pasiones e instintos quieren arrastrarnos hacia
abajo. La imagen que tenemos de la conciencia depende de
la imagen que tenemos de nosotros mismos. Si reconocemos en
nosotros dos tendencias opuestas, no nos queda más remedio que
tomar partido. Tenemos que decidir cuál de las dos será
nuestro verdadero yo.
Si me identifico con mis pasiones y
tendencias instintivas, entonces me parecerá que la conciencia y la
razón son una camisa de fuerza de la que debo
liberarme. Éste es el punto de vista freudiano, perpetuado por
el psicoanálisis clásico y en los movimientos que glorifican lo
primitivo y lo instintivo. La teoría de la educación de
Jean Jacques Rousseau se basa también en esta visión del
hombre. Para Rousseau, cuanto más primario e instintivo, tanto mejor.
Deshagámonos de la razón y dejemos que brotes los sentimientos
más silvestres. Bajo esta perspectiva, la conciencia se convierte en
un tabú, en superego, una personificación de normas sociales que
hemos de vencer.
Si, por otro lado, me identifico con
mi espíritu, que anhela la verdad y el bien, entonces
encauzaré y aprovecharé la fuerza de mis pasiones en lugar
de someterme servilmente a su tiranía. Ningún caballo se siente
cómodo con un freno en el hocico, como tampoco nuestra
carne se sienta a gusto cuando la sujetamos a nuestra
voluntad. Todo depende, por tanto, de que decidamos ser caballo
o jinete. Enfoque moral
En la actualidad se glorifica, a
menudo, la conciencia como si fuera una guía de conducta
infalible, único e indiscutible punto de referencia para el bien
y el mal. Es un asunto personal entre mi conciencia
y yo; Usted siga su conciencia y yo seguiré la
mía; Si su conciencia está de acuerdo, entonces está bien.
Este subjetivismo moral sostiene que todo depende del punto de
vista de cada uno, y que no hay una moral
absoluta. Lo que está bien para una persona no tiene
nada que ver con lo que está bien o mal
para otra. Apoyándonos en este subjetivismo, podemos sentir la inclinación
a justificar moralmente todo lo que nos plazca, siempre y
cuando se acomode a nuestra conciencia subjetiva. En esta moral
de cafetería, cada uno escoge las doctrinas, dogmas, normas y
enseñanzas que le gustan o que coinciden con su estilo
de vida.
Ninguno de nosotros tiene la última palabra sobre
el valor moral. El bien y el mal no son
fabricación humana. Asesinar voluntaria e injustamente a alguien es siempre
moralmente malo; no cabe más que sujetarse a la norma,
y no querer sujetar la norma a mi propia opinión.
Si somos honestos, hemos de reconocer que en el fondo
de nuestra conciencia existe una ley que no ha sido
escrita por nosotros, y a la cual nos sentimos obligados
a obedecer. Podemos obrar el bien o el mal, pero
no podemos decidir por nosotros mismos que algo sea bueno
o malo. Podemos decidir que el cianuro sea saludable pero
si lo ingerimos compramos un boleto de sólo ida al
cementerio. Algunas cosas son como son a pesar de nuestras
opiniones o deseos.
Al mismo tiempo, el bien y el
mal no son arbitrarios, sino razonables. No son los antojos
de un legislador caprichoso. Lo moralmente bueno es tal en
virtud de que es bueno para nosotros. En efecto, cuanto
más examinamos la vondad, más atractiva y prometedora la encontramos
en todos sentidos.
La conciencia es la brújula que mantiene
al barco en ruta. Si es veraz, todo lo que
tiene que hacer el timonel es seguir la dirección que
marca. Pero ésta puede fallar y así, el piloto equivocarse.
De esta manera el piloto estaría subjetivamente en lo correcto,
pero objetivamente equivocado. Para que la conciencia emita juicios certeros,
es indispensable que se encuentre sana; de otro modo percibirá
la realidad deformada y pronunciará sentencias equivocadas.
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