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| La Bondad en la Conducta |
-La Importancia de la Interioridad -La Libertad: Condición de Bondad
-Importancia de Las Obras -El Fin no Justifica Los Medios -Mirar
la Realidad
En nuestro artículo anterior comprobábamos que la bondad está
en las cosas; que no es una invención de la
mente o fruto del arbitrio de la voluntad. Sobre lo
que es bueno o malo no caben opiniones, a no
ser por ignorancia de la realidad. Precisamente concluíamos que existe
un criterio objetivo: es bueno lo que acerca a Dios;
es malo lo contrario. Porque Dios es nuestro último fin,
es decir, donde, en último extremo, se encuentra de modo
infinito todo el bien que nuestro corazón desea. De modo
que en la medida en que podemos saber qué es
lo que acerca a Dios, podemos también, por lo mismo,
saber qué es lo bueno.
Ahora bien, una cosa es la
bondad de las cosas, y otra la bondad de los
actos humanos que inciden sobre las cosas o permanecen en
el interior de nosotros mismos. Esta última es la que
nos ha de ocupar en este artículo. Es del mayor
interés, porque con nuestras acciones nos labramos la perfección o
la ruina personal. La cuestión es: ¿cuándo son buenos los
actos humanos? ¿qué condiciones se requieren para poder calificar de
moralmente buenos a nuestros actos? ¿de qué depende su bondad?
¿cuándo nos acercan o separan del último fin, que es
Dios?
Lo primero que hemos de tener en cuenta al examinar
nuestra conducta con vistas a su calificación moral es lo
que hemos hecho, es decir, el "objeto" de nuestro acto:
¿Es bueno ese objeto?, pues ya vimos que el bien
es algo objetivo, como "la propia ley divina, eterna, objetiva
y universal, por la que Dios gobierna el mundo universo
y la comunidad humana" (1). Por eso se dice que
"el objeto es la primera fuente de moralidad". ¿Está conforme
lo que he hecho con la objetiva ley divina, ya
sea la natural o la evangélica?.
Esta es la primera pregunta
necesaria. Pero no sólo el objeto -lo que hacemos- es
fuente de moralidad. No basta la consideración del objeto para
saber si un acto humano es moralmente bueno o malo.
Es más -enseña Juan Pablo II-"la moral -lo que es
moral- es cosa esencialmente íntima, interior", reside en la conciencia
y en la voluntad, que es donde, con sus actitudes
y elecciones se expresa el "hombre interior" (2).
Importancia De La
Interioridad
El Papa advierte que "lo moral" de nuestras obras
tiene, como es obvio, una dimensión exterior, digamos visible, apreciable
desde fuera (pasear, comprar, comer, trabajar), que está en relación
con las normas objetivas de la conducta humana (no robar,
no atentar contra la vida propia o ajena, etc.); sin
embargo, este hecho --la existencia de esta dimensión exterior-- en
nada modifica el hecho precedente, a saber, que la moral
es un asunto de conciencia y que sus exigencias incumben
a la interioridad del hombre.
"Cristo enseñaba moral. El Evangelio y
los demás textos del Nuevo Testamento lo demuestran sin lugar
a dudas". Sabemos que el Decálogo, o sea, los Diez
Mandamientos de la ley moral natural -indicados expresamente por Dios
a Moisés-, fue confirmado por el Evangelio (3). Y recuerda
Juan Pablo II que, al enseñar la moral, Cristo tenía
en cuenta estas dos dimensiones: la exterior, o sea, visible,
social e, incluso, "pública" y la interior. Pero, conforme a
la naturaleza misma de la moral, de "lo que es
moral", el Señor concedia importancia primordial a la dimensión interior,
a la rectitud de la conciencia humana y de la
voluntad, es decir, a lo que en términos bíblicos se
llama "corazón" (4). En diversos momentos y de diferentes maneras,
Jesucristo enseñó que: "lo que sale de la boca procede
del corazón y eso hace impuro al hombre. Porque del
corazón provienen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las
fornicaciones, los robos, los falsos testimonios, las blasfemias. Esto es
lo que contamina al hombre" (5): el mal que reside
en el corazón, es decir, en la conciencia y en
la voluntad.
Jesucristo, por tanto, indica lo que está mal, las
obras que son malas --y en consecuencia contaminan al hombre,
lo dañan--, y que son externas, visibles. Pero indica también
donde se encuentra la causa, la raíz de esas obras
que, en definitiva, son una manifestación de lo que hay
en el interior. Si se extirpara la mala raíz no
habría malos frutos. Gráficamente lo expresaba el Papa en su
mensaje de paz de 1984: "es el hombre quien mata
y no su espada y sus misiles"; "la guerra nace
del corazón del hombre".
Es lógico pues que se afirme que
de las dos dimensiones de la moralidad de los actos
humanos, la que posee importancia primordial sea la interior: la
dimensión "hacia adentro" del hombre. Además, "existen normas --dice Juan
Pablo II-- que atañen de un modo directo a actos
exclusivamente interiores. Vemos ya en el Decálogo dos mandamientos que
empiezan por estas palabras: "No desearás..." y "No codiciarás..." y
que, por consiguiente no se refieren a ningún acto exterior,
sino sólo a una actitud interior, relativa, en el primer
caso, a "la mujer de tu prójimo"; y, en el
segundo, a "los bienes ajenos". Cristo lo subraya con más
fuerza todavía. Sus palabras pronunciadas en el monte de las
Bienaventuranzas, cuando llama "adúltero de corazón" al que mira a
una mujer deseándola, fueron para mí --dice el Papa-- punto
de partida de largas reflexiones sobre el carácter específico de
la moral evangélica en esta materia" (6).
Importancia pues de la
dimensión interior de "lo moral"; importancia de la interioridad, de
las intenciones, de las actitudes. "Pero --continúa Juan Pablo II--
no es eso todo. Sabemos que el Sermón de la
montaña habla también de las buenas obras, como la oración,
la limosna, el ayuno, que el Padre ve en lo
oculto" (7).
Que la dimensión interior del acto humano tenga primordial
importancia no quiere decir que la exterior —"lo que se
hace"— no afecte a la persona y no tenga relevancia
moral. La tiene, y mucha. "La ética católica no es
sólo un conjunto de normas, mandamientos y reglas de conducta"
(8). No es sólo eso, pero es también eso. Cristo
tenía en cuenta las dos dimensiones del acto humano; dos
dimensiones de un acto que es uno, aunque complejo. Por
tanto, una simple "moral de intenciones" o "de actitudes" que
no valorase el objeto, las obras en las que se
plasman las actitudes e intenciones, seria una moral mutilada y,
por tanto, falsa, así como un folio rasgado por cualquiera
de sus lados ya no es un folio. El folio
tiene dos dimensiones, largo y ancho; si lo rompo por
cualquiera de las dos deja de ser lo que era.
Un plato o manjar exquisito, con ingredientes de primera calidad,
pero aderezado con unos gramitos de arsénico, todo él resulta
mortal de necesidad, aunque se haya elaborado con la "buena
intención" de alimentar al cliente.
Cualquier cosa mala, por muy buena
que sea la intención con que se haga, no deja
de causar el mal; y el acto humano que la
realiza--compuesto de lo subjetivo y lo objetivo--resulta enteramente malo y
daña siempre a la persona.
En efecto, el Papa, a la
vez que que subyara el valor de la dimensión interior
de los actos humanos, aclara que "no es suficiente tener
la intención de obrar rectamente para que nuestra acción sea
objetivamente recta, es decir, conforme a la ley moral. Se
puede obrar con la intención de realizarse uno a sí
mismo y hacer crecer a los demás en humanidad; pero
la intención no es suficiente para que en realidad nuestra
persona o la del otro se reconozca en su obrar"
(9). Hace falta, además, que lo que se quiere sea
de verdad bueno.
La Libertad: Condicion De Bondad Moral
Juan Pablo
II sigue ahondando en la cuestión: "¿En qué consiste la
bondad de la conducta humana? Si prestamos atención a nuestra
experiencia cotidiana, vemos que, entre las diversas actividades en que
se expresa nuestra persona, algunas se verifican en nosotros, pero
no son plenamente nuestras; mientras que otras no sólo se
verifican en nosotros, sino que son plenamente nuestras. Son aquellas
actividades que nacen de nuestra libertad: actos de los que
cada uno de nosotros es autor en sentido propio y
verdadero. Son, en una palabra, los actos libres (...) La
bondad es una cualidad de nuestra actuación libre. Es decir,
de esa actuación cuyo principio y causa es la persona;
de lo cual, por tanto, es responsable" (10).
No significa esto
que el acto humano sea moralmente bueno por el hecho
de ser libre, sino que la libertad es una de
las condiciones varias de la bondad moral. Una condición también
importante, porque "mediante su actuación libre, la persona humana se
expresa a sí misma y al mismo tiempo se realiza
a sí misma" (11); es decir, va realizando en sí
misma un incremento de bondad, si la conducta es moralmente
buena; si fuera mala, el sentido de la libertad se
vería frustrado.
Importancia De Las Obras
"La fe de la Iglesia
fundada sobre la revelación divina, nos enseña que cada uno
de nosotros será juzgado según sus obras" (12). Son muchos,
por cierto, los momentos de la Sagrada Escritura en que
se afirma que Dios retribuirá a cada uno según sus
obras, por ejemplo: Mt 5, 16; Apoc 2, 23; 22,
12; cfr. Rom 2, 6; Eccli 16, 15; 2 Tim
4; Sant 1, 21-25. "Nótese: es nuestra persona la que
será juzgada de acuerdo con sus obras. Por ello se
comprende que en nuestras obras es la persona que se
expresa, se realiza y --por así decirlo-- se plasma. Cada
uno es responsable no sólo de sus acciones libres, sino
que, mediante tales acciones se hace responsable de sf mismo"
(13).
No parece que se pueda iluminar mejor la relevancia moral
de lo objetivo, de las obras, de los actos externos.
Seremos juzgados por nuestras obras, porque ellas son "criaturas" de
nuestra libertad en las que nos hemos expresado y forman
parte de nosotros mismos.
"Es necesario--insiste el Romano Pontífice-- subrayar esta
relación fundamental entre el acto realizado y la persona que
lo realiza". Nuestras obras expresan siempre lo que somos o,
al menos, algo de lo que somos; y con ellas
no sólo "hacemos cosas", "nos hacemos" también a nosotros mismos:
sabios o ignorantes, justos o injustos, prudentes o imprudentes, lujuriosos
o castos.
Pues bien, "a la luz de esta profunda relación
entre la persona y su actuación libre podemos comprender en
qué consiste la bondad de nuestros actos, es decir, cuáles
son esas obras buenas que Dios de antemano preparó para
que en ellas anduviésemos" (...). Cuando el acto realizado libremente
es conforme al ser de la persona, es bueno".
"La persona
está dotada de una verdad propia, de un orden intrínseco
propio, de una constitución propia. Cuando sus obras concuerdan con
ese orden, con la constitución propia de persona humana creada
por Dios, son obras buenas, que Dios preparó de antemano
para que en ellas anduviésemos. La bondad de nuestra actuación
dimana de una armonía profunda entre la persona y sus
actos, mientras, por el contrario, el mal moral denota una
ruptura, una profunda división entre la persona que actúa y
sus acciones. El orden inscrito en su ser, ese orden
en que consiste su propio bien, no es ya respetado
en y por sus acciones. La persona no está ya
en su verdad. El mal moral es precisamente el mal
de la persona como tal" (14). Esa ruptura, esa profunda
división en el interior del hombre se produce siempre que
se obra mal, aunque sea con "buena intención", pensando que
se obra bien, porque es un hecho que entonces la
persona no está obrando conforme a la verdad de su
ser. Quiérase o no, "la persona humana realiza la verdad
de su ser en la acción recta, mientras que, cuando
actúa no rectamente, causa su propio mal, destruyendo el orden
de su propia ser. La verdadera y más profunda alienación
del hombre consiste en la acción moralmente mala: en ella
la persona no pierde lo que tiene, sino lo que
es, se pierde a sf misma" (15).
Cuando es moralmente mala,
la acción exterioriza o manifiesta el ser personal de modo
monstruoso. Cabe decir de tal acción lo que dice Santo
Tomás del error de la mente: es "un parto monstruoso".
Se ha engendrado un monstruo, un ser deforme, que deforma
y carcome el propio ser, por la íntima conexión entre
la persona y su obra.
Pecado "Formal" Y Pecado "Material"
Y
es de advertir que esto puede suceder sin culpa, cuando
--sin culpa-- se ignora que realmente lo que se hace
es moralmente malo. En este caso no hay pecado formal
(como se dice en Teología), y Dios no castigará la
mala acción. Pero no ha dejado de producirse un pecado
material, es decir, una obra objetivamente mala, y que por
tanto daña realmente a la persona. Es preciso no olvidar
que, lejos de lo que pensaba Lutero, lo que prohibe
Dios no es malo porque Dios lo prohiba, sino que
Dios lo prohibe porque es malo: daña al hombre, si
no en el cuerpo, al menos en el alma, que
es lo que más importa.
De hecho, cuando se obra mal,
aunque sea por ignorancia, la voluntad se adhiere al mal,
y de este modo no puede hacerse buena, ni incrementar
su bondad y su habilidad para el bien. Es más,
con tal adhesión, si se continúa largo tiempo, existe el
grave riesgo de que, al descubrir el error y salir
de la ignorancia, la afición al mal se haya hecho
tan grande que ya no se quiera abandonarlo; lo cual
llevaría consigo la aparición del pecadoformal, responsable ya, y culpable.
Es
muy importante tener en cuenta esa realidad, también en el
tratamiento de enfermedades psíquicas y situaciones extremas o de crisis
que inclinan más fuertemente a ciertos pecados. En un discurso
a médicos psiquiatras, enseñaba el Papa Pio XII: "Una última
observación a propósito de la orientación trascendente del psiquismo hacia
Dios: el respeto a Dios y a su santidad debe
refliejarse siempre en los actos conscientes del hombre. Cuando estos
actos se apartan del modelo divino, aun sin culpa subjetiva
del interesado, van, sin embargo, contra su último fin. He
aquí por qué aquello que se llama pecado material es
una cosa que no debe existir y constituye por lo
mismo, en el orden moral, una realidad que no es
indiferente".
"Una conclusión se deriva para la psicoterapia: ante el pecado
material, no puede permanecer neutral. Puede tolerar lo que de
momento es inevitable. Pero debe saber que Dios no puede
justificar esta acción. Todavía menos la psicoterapia puede dar al
enfermo el consejo de cometer tranquilamente un pecado material, porque
lo hará sin falta subjetiva; y ese consejo sería igualmente
equivocado, aunque tal acción pudiera parecer necesaria para el reposo
psíquico del enfermo y, por consiguiente, para la finalidad de
la curación. Nunca se puede aconsejar una acción consciente que
sería una deformación, y no una imagen, de la perfección
divina" (16) que el hombre es.
El Fin No Justifica Los
Medios
Por supuesto, es peor hacer el mal con mala
intención que con "buena intención". Pero hacerlo con "buena intención"
también es malo, aunque sea para conseguir un bien todo
lo grande que se quiera. El fin no justifica los
medios. El buen fin hace bueno un medio indiferente y
puede aumentar la calidad moral de una buena acción, como
cuando se hace un acto de simple justicia pero por
amor a Dios. Lo que no puede hacer nunca un
buen fin es convertir en bueno un medio que de
suyo sea malo. Cuando se quiere el mal, aunque sea
como medio para el bien, la voluntad, con su adhesión,
ya se ha contaminado, ya se ha hecho mala, y
también su acto en su entera realidad.
Por otra parte, es
un craso error pensar que de un mal puede seguirse
algún bien para la persona en su integridad. Podrá seguirse
tal vez un bien físico, material, económico, pero nunca un
bien moral que es lo que realmente perfecciona a la
persona.
Sólo Dios puede hacer que de las consecuencias del mal
--no del mal en sí mismo-- se sigan auténticos bienes
para los que le aman. Pero Dios no puede querer
el más mínimo mal moral; por tanto, el hombre tampoco
puede quererlo jamás.
Así por ejemplo, cuando se provoca el aborto,
aunque sea con la "buena intención" de procurar el bienestar
material, psíquico, o social de la madre, de hecho se
produce el peor mal para ella: se niega, o se
pretende negar, con inhumana violencia, lo que ella realmente es
en lo más profundo: madre, dadora de vida; al tiempo
que se asesina a una persona inocente, su hijo.
Lo mismo
cabe decir de los que ciegan artificiosamente las fuentes de
la vida; los que pretenden disolver el matrimonio; los que
justifican -"por amor", dicen--las llamadas relaciones prematrimoniales, u homosexuales; los
que no dan importancia a la masturbación; los que con
apariencia de justicia niegan los derechos humanos, etc.
Suele decirse que
"el infierno está empedrado de buenas intenciones". Y es muy
posible que sea cierto. La sabiduría popular comprende que no
basta querer hacer el bien, sino que es menester hacerlo;
y para ello es indispensable la voluntad realmente buena, sincera,
de conocer el bien, de aprender a discernir el bien
del mal. De lo contrario, sería una vil hipocresía hablar
de "buena voluntad"o de "buena intención".
Mirar La Realidad
Por importante
y fundamental que sea --como ya hemos visto-- la intención,
"quienquiera conocer y hacer el bien debe dirigir su mirada
al mundo objetivo del ser. No al propio "sentimiento", no
a la "conciencia", no a los "valores", no a los
"ideales" y "modelos" arbitrariamente propuestos. Debe prescindir de su propio
acto y mirar a la realidad"; porque "ser bueno quiere
decir estar de acuerdo con el ser objetivo; es bueno
lo que corresponde "a la cosa"; el bien es la
adecuación a la realidad objetiva" (17). *Todas las leyes y
normas morales se pueden reducir a una --decía Goethe--: la
verdad". "Todas las leyes y normas morales se pueden reducir
-dice Joseph Pieper-- a la reaiidad" (18); "el hombre que
quiere realizar el bien mira, no al propio acto, sino
a la verdad de las cosas reales" (19). Precisamente la
realidad es el fundamento de lo ético. Lo que debe-ser
está inscrito en el ser, en la verdad de las
cosas. Es bueno quien obra la verdad: "el que obra
según la verdad viene a la luz, para que sus
obras se pongan de manifiesto, porque han sido hechas según
Dios" (20).
En las obras se plasma la persona; la persona
se revela en sus obras. El mismo Jesucristo decía: "las
mismas obras que yo hago, dan testimonio acerca de mí,
de que el Padre me ha enviado" (21); "si no
hago las obras de mi Padre, no me creáis; pero
si las hago, creed en las obras, aunque no me
creáis a mí, para que conozcáis y sepáis que el
Padre está en mí y yo en el Padre" (22).
¿Y
cuál es la verdad más profunda que debe expresar nuestras
obras? Que la persona no es dueña absoluta de sí
misma. Ha sido creada por Dios. Su ser es un
don: lo que ella es y el hecho mismo de
su ser son un don de Dios. "Somos hechura suya",
nos enseña el Apóstol, "creados en Cristo Jesús" " (23).
Somos criaturas de Dios, somos de Dios, y Dios ha
querido además que seamos sus hijos. Somos hombres que, por
gracia, son hijos de Dios. No somos hijos del mono.
Por tanto, para que sea buena nuestra conducta ha de
conformarse con esta realidad: nuestra filiación divina. Todas nuestras obras
han de revelar nuestro ser-hijos-de-Dios; han de manifestar que al
menos luchamos por ser buenos hijos, según el mandato amoroso
y sapientísimo: "Sed perfectos como mi Padre celestial es perfecto".
Preguntas o comentarios al Autor
Antonio Orozco |
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