La cantidad de $170,000 que Catholic.net necesita alcanzar dividida entre los 250,000 usuarios diarios del portal corresponde a un importe de menos de ¡0.70 dólares por cada uno!
En la práctica es imposible recibir 0.70 dólares de cada uno de los 130,000 usuarios, ¡pero quizá sí es posible recibir 50 dólares de 3,400 de ustedes! ¿Podría usted formar parte de ese "grupo de los 3,400" de cuya generosidad depende la sobrevivencia y el desarrollo de Catholic.net? ¡Por favor, piénselo! ¡Envíe su donativo hoy mismo!
Autor: Martin Patrick Hughes, Ph. D. | Fuente: Catholic.net El católico fiel en una universidad moderna
Muchas universidades y escuelas universitarias de hoy, representan una amenaza grave para nuestra fe católica.
El católico fiel en una universidad moderna
«¿Qué es verdad?» (Juan 18:38). Esa es una pregunta interesante.
La humanidad ha luchado con ella desde la caída de
Adán y Eva. Una vez que perdimos aquellos dones que
teníamos antes de la caída, la humanidad ha tenido que
buscar (y luchar por) la verdad. Pilato, inconscientemente, fue directamente
al quid de la cuestión cuando planteó su famosa pregunta
a Cristo. Los Evangelios no registran respuesta alguna por parte
del Hijo de Dios mientras estuvo delante de Pilato. Pero
¿qué debía contestársele? La Verdad ahí estaba, justo enfrente del
juez romano, pero éste no la vio.
El centurión de
los Evangelios la había visto. Los apóstoles la habían visto.
La mujer samaritana la había visto. La mujer que fue
prendida en adulterio; la innumerable cantidad de inválidos, leprosos y
ciegos que Cristo había curado; las tres personas que Él
levantó de entre los muertos: todos habían visto la Verdad.
La fe es un don que cada hombre debe optar
por aceptar o rechazar. Pilato, desafortunadamente, eligió mal.
Pero, desde otro
punto de vista, la verdad siempre ha sido un concepto
difícil para el hombre caído. Se cree que antes de
la caída, Adán estaba dotado de grandes facultades, las cuales
no podemos imaginarnos ni remotamente. Él nunca tuvo que luchar
con el cálculo, con las leyes fundamentales de la física
o con el teorema de Pitágoras. Se cree que él
tenía un conocimiento detallado de todos los procesos de la
naturaleza. Su conocimiento de la ciencia, de la mecánica del
mundo material: todo era perfecto sin necesidad de estudiar. Entendía
todo, desde la estructura del átomo hasta las leyes que
gobiernan el cosmos. Como dicen, él lo tenía todo.
Pero tras
la caída, el hombre no fue intelectualmente más que una
sombra pálida de su antiguo ser. El hombre fue en
un tiempo el depósito de todo conocimiento y sabiduría; ahora
debe sufrir y trabajar duro para comprender cualquier cosa. Y
ni siquiera es necesario aludir a las interminables generaciones que
se han esforzado mucho con la química orgánica.
Cuando yo
tenía dos o tres años, me tomó semanas aprender cómo
amarrar mis zapatos sin que el conejito se quedara atorado
bajo el condenado arbusto. Ahora ya tienen velcro. ¿Acaso no
es típico de nuestra naturaleza humana buscar siempre un atajo?
Pero
no existen atajos cuando se trata de la educación. En
un mundo cada vez más sofisticado, existe una creciente necesidad
por la educación y el aprendizaje. Dicho de otro modo,
en un mundo que se oscurece cada vez más intelectualmente
por la oscura noche del error, existe una creciente necesidad
por la llama iluminadora de la verdadera educación. Cristo nos
ha dado este imperativo: «Que brille así vuestra luz delante
de los hombres, para que vean vuestras obras buenas y
glorifiquen a vuestro Padre, el de los cielos» (Mt. 5:16).
Cristo nos ha pedido que seamos el modelo, que divulguemos
el Evangelio de su verdad a todo el mundo. En
la sociedad moderna, una de las mejores aseguranzas que tenemos
de poder llevar a cabo ese mandato es consiguiendo una
buena educación. Esta no es una empresa fácil. Todos los
jóvenes católicos de hoy deben encarar un dilema difícil: necesitamos
obtener una buena educación a fin de guiar a otros,
por palabra y ejemplo, a la Verdad. Pero los mismos
medios para obtener esa educación, a saber, las universidades y
escuelas universitarias de hoy, representan una amenaza grave para nuestra
fe católica. No es tarea fácil preservar los preciosos valores
y creencias tradicionales que hemos recibido cuando estamos metidos de
lleno en un ambiente que los ataca constantemente. Pero os
aseguro, puede hacerse. Más aún, debe hacerse.
Quedarse sentado en casa
y tomar un rol pasivo en el mundo actual simplemente
no es una opción. Incluso para sobrevivir en tiempos modernos,
si lo vemos desde un punto de vista material, requiere
de una educación sana. Es muy difícil cuidar del alma
propia cuando la necesidad apremiante es poner comida en la
mesa familiar. Como dijo santo Tomás de Aquino, conviene tener
una cantidad suficiente de bienes materiales, a fin de tener
el tiempo y la capacidad para atender los menesteres de
nuestras almas.
Quizá lo más importante, como trataré más adelante
y con más detalle, sea lo absolutamente esencial de una
educación sana para combatir las fuerzas del error en un
nivel intelectual. Sin duda que ir a la universidad representa
de suyo una amenaza a la salud del alma propia.
Mas, esto no significa que debamos responder como el avestruz,
enterrando nuestras cabezas en la arena y huyendo de los
retos. Al contrario, debemos prepararnos para el reto de mantener
viva la fe en un ambiente hostil. Los apóstoles y
los primeros cristianos no retrocedieron ante la idolatría de Grecia
y el libertinaje de Roma. Primero se formaron y luego
enfrentaron el reto de divulgar el Evangelio a todas las
naciones.
Cualquiera que intente hacerlo de otro modo, huyendo de los
retos modernos; cualquiera que busque una huida pasiva, no entiende
verdaderamente el llamado del Evangelio. A ellos se refería Cristo
cuando habló del siervo que fue y enterró su talento.
¿De qué sirven los talentos escondidos y que nunca se
usan? ¿De qué sirve un don que no es compartido
para el beneficio de los demás? ¿De qué sirve la
luz de la fe si se la esconde bajo el
manto del respeto humano? El obtener una educación no es
simplemente un medio imprescindible en la preparación para el reto
de difundir la fe en el mundo moderno, sino que
en sí es una oportunidad para difundir la luz de
esa fe. Estos fueron los pensamientos que tuve cuando opté
por ir a la universidad.
Una universidad pública
Mi primera decisión fue
escoger una escuela. Fui a una universidad estatal en la
zona donde vivía mi familia. Aunque había una universidad «católica»
muy respetada más cerca de casa, me decidí por una
escuela pública para evitar el modernismo y la herejía que
hoy se enseñan en el sistema educativo superior católico. El
obispo Fulton J. Sheen una vez aconsejó a un grupo
de estudiantes católicos preparatorianos que les convendría ir a una
escuela estatal donde tendrían la oportunidad de luchar por su
fe, que ir a una universidad católica moderna donde lo
único que obtendrían sería la versión diluida y modernista de
la fe ya mascada para sus mentes desprevenidas. Eso fue
hace 25 o 35 años; sin duda que hoy es
peor.
Después de haberme matriculado, comenzó a apoderarse de mí
un agradecimiento más profundo por mi educación católica, y por
la enseñanza secundaria que recibí de los católicos tradicionales. Siempre
estaré agradecido a mis padres por los tremendos sacrificios que
hicieron para darle a mis hermanos y hermanas y a
mí esa educación. Ha resultado ser una sólida base para
mi fe. Una vez que entré a la universidad me
di cuenta de cuán importante es la educación, y de
cuánto debemos depender de ella. Quizá sirva aquí discutir algunas
de las cosas que encontré en la universidad para demostrar
qué tan importante es una buena educación católica.
En mi primer
trimestre de universidad, me aconsejaron que comenzara a tomar los
requisitos universitarios generales. Estos son una serie de cursos, en
una amplia variedad de materias, que constituyen el núcleo de
una típica educación en humanidades. La lista de cursos (y
utilizo esa palabra holgadamente) de la cual se podía escoger
era de suyo una denuncia de la educación superior en
Norteamérica. Como señaló George Roche, presidente de Hillsdale College (Michigan),
parece ser que los clásicos de la civilización occidental han
sido echados por la ventana y sustituidos por personas del
tipo de Jesse Jackson y los otros «iluminados» liberales de
los últimos 30 años. Todas las obras de los «hombres
blancos muertos» , desde Aristóteles hasta Aquino y Jefferson, todos
los avances culturales de la sociedad occidental de los últimos
3000 años, todas las cosas que han engrandecido nuestra civilización,
todo ha sido trágicamente reemplazado por los principios modernos de
la doctrina liberal. Hoy, todas las decisiones en la educación
superior, desde a quién contratar y despedir hasta qué cursos
enseñar, cómo enseñar y qué cosas pueden enseñarse, todas estas
decisiones descansan sobre los dictados de lo que Irving Kristol
llama la «impura trinidad» de raza, sexo y clase. Así,
además de materias como «Una introducción a la macroeconomía» y
«literatura norteamericana», mi lista de cursos disponibles contenía tales clásicos
como «Estudios femeninos», «Historia chicana» y otros testimonios similares del
triunfante ascenso de la humanidad de aquella «Edad Oscura». Las
discusiones informales que tuve con compañeros de clase revelaron que
los «Estudios femeninos» eran simplemente un frente para el feminismo
radical y para vapulear a los hombres; mientras que los
«Estudios chicanos» meramente suministraban una tribuna improvisada a los individuos
malamente educados de linaje hispano para despotricar contra los supuestos
abusos del imperialismo norteamericano. Preguntadle a cualquier estudiante de casi
todas las universidades: el mensaje del frente es que el
pluralismo está sano y salvo en las universidades. Pero ya
divago.
Para mis primeras dos clases de requisito, escogí el curso
de economía y «Una introducción a la ética». ¿Ética? ¿En
una universidad moderna? ¿Qué estaba pensando? Como ya había tomado
un excelente curso de ética en mi clase de filosofía
en preparatoria (y fue el futuro obispo Mark Pivarunas quien
la enseñó), me sentí lo suficientemente capacitado para tantear el
terreno. Al final, y para sorpresa de nadie, las nociones
que el profesor tenía de la ética contrastaban nítidamente con
lo que me habían enseñado en nuestro curso de preparatoria
sobre la filosofía escolástica de santo Tomás de Aquino. El
programa de nuestro curso universitario incluía una perspectiva general de
la filosofía de cinco escritores diferentes del periodo de la
Ilustración. Pensaríais que con cinco intentos, uno de ellos podría
presentar algo razonable. Pero estaríais en lo equivocado. Terminamos con
cinco puntos de vista diferentes, y todos puramente humanísticos; no
obstante, estaban en total contradicción respecto a qué cosa es
la «moralidad» y en qué se basa. Ninguno acertó. Ellos
simplemente habían demostrado cuánto puede desviarse un hombre cuando no
sigue la luz de la gracia, la inspiración del Espíritu
Santo y la guía de la santa madre Iglesia. «La
luz vino al mundo y los hombres amaron más las
tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Todo
el que hace el mal, odia la luz y no
viene a la luz para que no sean vituperadas sus
obras» (Juan 3:1-20).
Pero en cierto sentido, este curso puso en
evidencia de una manera clara y convincente lo absurdo y
lo falaz de estas teorías humanistas. De alguna forma u
otra, todos ellos estaban de acuerdo en un punto en
particular: el concepto de la autoridad moral tiene su fundamento
dentro del propio hombre. No hubo alusión a una fuente
externa de la moral, no hubo referencia a Dios: claro,
estos filósofos eran «ilustrados». En su lugar, cada uno de
ellos dijo con palabras diferentes que la humanidad es la
fuente de la autoridad moral. Así, desmienten colectivamente lo que
cada uno enseña individualmente.
Después de todo, aquí tenemos cinco
filósofos distintos, que mantienen el origen humano de la moral;
pero que al explicar de qué se trata dicha moral
terminan dándonos cinco versiones distintas de ella. Todos discreparon en
cuanto a lo que es la moral cotidiana. Pero, si
todos son humanos, y la humanidad es la fuente de
la autoridad moral, ¿cómo puede haber desacuerdos en cuanto a
lo que es la moral? Esto de por sí refuta
la suposición básica sobre la que descansan sus argumentos, a
saber, que el criterio para la verdadera moral se halla
en la humanidad, dentro de la sociedad humana colectiva.
Este análisis
es una aplicación típica de la filosofía escolástica. En un
argumento, si las suposiciones son correctas, y la lógica (la
línea de argumentación) también lo es, la conclusión producida será
correcta. Sin embargo, si el supuesto o la lógica son
incorrectos, las conclusiones serán incorrectas. Esto es lo que aprendí
del obispo Pivarunas cuando estudiaba preparatoria. Pero ninguno de mis
compañeros de clase tuvo el privilegio de tomar ese mismo
curso de filosofía católica. Algunos de ellos sintieron que lo
que se nos enseñaba en «Una introducción a la ética»
estaba mal, mas ninguno de ellos podía decir por qué
estaba mal. Al final del curso, cuando se había terminado
el último examen, una chica joven le dijo al profesor:
«¿Y qué se supone que debemos llevar a casa de
este curso? Todos estos filósofos discreparon acerca de lo que
es la moral. Es decir, ¿cuál es la diferencia entre
lo bueno y lo malo?». El profesor contestó: «Bueno, tomemos
el aborto como ejemplo». Luego le preguntó a uno de
los estudiantes: «¿Qué pensáis sobre el aborto?». La respuesta fue:
«Es decisión de la mujer». Luego le preguntó a otro
alumno: «Está bien, siempre y cuando sea en las primeras
etapas del embarazo.» Luego le preguntó a otro: «Es inmoral.
Siempre es malo.» Otro estudiante contestó: «Está bien si se
trata de casos de violación o incesto». El profesor obtuvo
una respuesta diferente por cada alumno que le contestó. Luego
se volvió a la señorita que había preguntado sobre la
diferencia entre lo bueno y lo malo: «¡Bien, ahí está!
¡ahí lo tenéis!». «Pero ¿qué queréis decir con eso?», preguntó
ella. El profesor llevó las manos a su cara y
presionó sus dedos contra su mentón. Todos comprendimos que esta
era la señal de que iba a hacer una declaración
final y definitiva. Tras una pausa dramática para impresionar, se
volvió hacia la estudiante y dijo: «Si para ti es
bueno, es bueno para ti. Más si para ti es
malo, entonces es malo para ti. Así de sencillo».
Ese fue
el resultado de las diez semanas de investigación intensiva para
descubrir la base de la moral. ¡Todo se redujo a
eso! ¿Qué tan simple puede ser? Yo me hubiera quedado
atónito sino lo hubiera previsto. Pero podía sentir, literalmente, la
frustración de todos los demás estudiantes del salón. Eran jóvenes
de 18 o 19 años que ya no estaban conformes
con la regla de «porque yo digo» de siempre. Ellos
tomaron esta clase porque eran sinceros, realmente buscaban una filosofía
de lo bueno y lo malo sobre la cual podrían
basar sus vidas. Dios sabe que hasta ese momento no
la habían encontrado paseando en los centros comerciales, o escuchando
rock pesado. Me tomé un momento para mirar alrededor del
salón tras la revelación de nuestro profesor. Estudié los rostros
de aquellos estudiantes: eran rostros que revelaban confusión, frustración y
una creciente apatía.
Después de haber hablado con ellos supe
que habían ido a esa clase y que habían invertido
tanto esfuerzo para tener un mejor entendimiento del verdadero significado
de la vida. Y cuando sus sinceros esfuerzos fueron finalmente
recompensados con el mantra del hippy radical («¡Si se siente
bien, hazlo!»), supieron que les habían dado gato por liebre.
Tuve muchas otras experiencias igualmente instructivas en la universidad. Conocí
a muchas feministas, a muchos liberales, pluralistas, ecologistas radicales y
seguidores de casi todos los matices de error con los
cuales hoy se disfraza la falsedad. Un ecologista que conocí
abogaba todo, desde dinamitar presas hasta poner «químicos esterilizadores» en
el sistema de agua potable municipal. Tuve maestros que utilizaban
el salón de clases para defender «el derecho de la
mujer para elegir». Vi cómo se invirtió el proceso científico
en la clase de biología, pero solo en lo tocante
a la evolución. Ya no se usan los nuevos indicios
experimentales para ajustar la hipótesis que está bajo investigación, es
decir, si esa hipótesis tiene algo que ver con la
«evolución», aunque sea poco. En su lugar, los resultados experimentales
se distorsionan de cualquier manera posible para apoyar la evolución.
Sin duda, al mismo tiempo que se le alude como
la «teoría» de la evolución, se le ha concedido la
categoría de «ley» y se le coloca en el mismo
nivel que con la gravedad de Sir Isaac Newton. Hay
muchas otras cosas que me encontré en la universidad, desde
los que defienden la homosexualidad hasta a los comunistas encubiertos,
pero estoy seguro de que he dicho lo que quería
decir. Cualquiera que se aventure a la esfera de la
educación superior debe prepararse para lo que le espera.
Una universidad
católica
Después de graduarme de la escuela universitaria, comencé mis estudios
de posgrado en la Universidad de Notre Dame. Así tuve
la oportunidad de comparar tanto la educación superior pública como
la católica. En el curso de posgrado, los estudiantes por
lo general solo toman clases en su disciplina, por lo
que afortunadamente no llegué a escuchar las herejías de la
Iglesia moderna. Sin embargo, he visto y oído lo suficiente
para contaros algo de lo que un joven o una
joven puede esperar en una universidad católica moderna.
Tengo muchos amigos
que estudian en Notre Dame, en Saint Mary’s College y
en Holy Cross College. (Saint Mary’s es la escuela para
mujeres contigua a Notre Dame, y Holy Cross es para
estudiantes de tercer año que, al igual que Notre Dame,
es asimismo dirigida por la Congregation of the Holy Cross.
Ambas facultades se encuentran cruzando la calle de la universidad,
a muy corta distancia, y tienen fuertes afiliaciones con ella.)
He tenido muchas discusiones con ellos acerca de lo que
se enseña en los cursos de teología, filosofía y sociología.
Un compañero me habló de los debates que sostiene a
diario con otros estudiantes y con su maestro, en los
cuales ha tenido que defender la posición de la Iglesia
respecto al aborto y el concepto del bien y el
mal absolutos. Una chica que estudia teología como especialidad en
St. Mary’s me contó de un incidente ocurrido en 1993,
en el que una feminista renombrada fue invitada por la
facultad de teología para que diera una conferencia a sus
escolares. De las muchas declaraciones heréticas que hizo durante la
discusión de mesa, la afirmación de que Nuestra Señora no
fue una virgen es con mucho la más blasfema. Solo
dos estudiantes protestaron. Nadie más hizo lo mismo. El solo
pensamiento de que tan blasfema imprecación pudiera hacerse en una
escuela que lleva el nombre de Nuestra Santa Madre es
suficiente para causar náuseas.
Con solo hablar con varios estudiantes
de estas facultades me he enterado de que muchos no
creen en el infierno, y su concepto de la vida
y la muerte recuerda, sospechosamente, a las creencias del misticismo
oriental. El revisionismo histórico, aun en lo que se refiere
a los acontecimientos históricos de la Iglesia más básicos, prolifera
en Notre Dame y otras escuelas universitarias católicas. Una señorita
con quien conversaba se sorprendió al saber que yo aún
creía que ninguno de los apóstoles fue mujer. (¡Tal concepto
era decididamente medieval!) Muchos estudiantes y maestros se han pasado
los últimos años exigiendo que la administración universitaria reconozca a
los grupos de gays y de lesbianas en el campus.
(Dicho sea en su favor, la universidad se ha rehusado
repetidas veces.) Prácticamente ningún estudiante cree en el dogma de
«fuera de la Iglesia no hay salvación». ¿Y por qué
lo han de creer? Se les está enseñando algo distinto
en sus clases de teología. El concepto de la infalibilidad
papal también ha sido destrozado miserablemente antes de ser presentado
a la clase. El resultado de todos estos errores es
que un escolar ahora define su propio catolicismo, y puede
aceptar o rechazar las enseñas eclesiásticas como estime conveniente.
Esta situación
en la Universidad de Notre Dame puede remontarse a su
expresidente, el Reverendo Padre Theodore Hesburgh. Su libro autobiográfico, God,
Country, Notre Dame [Dios, patria, Notre Dame], es verdaderamente fascinante
en muchos aspectos, y debería ser leído por todo estudiante
católico tradicional que se ha matriculado en una moderna universidad
católica. Un lector con criterio hallará, por debajo del texto
superficial, una narración de primera mano de la lucha entre
los liberales y conservadores en la iglesia por el control
de la educación católica. (Los liberales ganaron.) En el libro,
esta lucha ideológica se encuentra perfectamente personificada por los choques
entre el Padre Hesburgh y el Cardenal Ottaviani, defensor incondicional
de la ortodoxia. Una de las mayores victorias del campo
liberal ocurrió en la «Conferencia Land O’ Lakes», celebrada en
Wisconsin (1967). Fue organizada poco después del Concilio Vaticano II,
y encarnó muy bien su espíritu revolucionario. Orquestada por el
Padre Hesburgh, la conferencia fue una tentativa directa para librar
a las universidades católicas en Norteamérica del control eclesiástico. Los
liberales formularon la acusación de que la única manera de
mantener la integridad académica e intelectual era cuando la mente
estuviera libre de las restricciones de cualquier autoridad externa. Ellos
acuñaron la frase «laicos o clericales», quizá en un intento
por enredar las cosas, mas sus esfuerzos fueron una tentativa
directa para ganar la independencia de la Iglesia. Esta afirmación
de la libertad académica no es sino una sumisión al
movimiento del librepensamiento renacentista.
Existen tantos elementos contradictorios en este tipo
de pensamiento que es necesario delinearlos. Sobre todo, ¿cómo pueden
estas universidades sostener una independencia de la influencia eclesiástica, y
aún así seguir llamándose católicas? En segundo lugar, eso de
independencia intelectual de toda autoridad es, en sí, una sumisión
a otra autoridad, a la escuela del liberalismo librepensador. (Casi
de igual manera, los que afirman que no hay moral
crean una recién definida «moral del momento» propia y relativa,
como ya se discutió arriba.)
Cuando estas universidades echaron por
la borda las ideas de la Iglesia tradicional, crearon un
vacío que, así como el día sigue a la noche,
pronto se llenó con otras ideas y otro modo de
pensar. ¿Y cómo no iba a ser así?
Pero ¿cuáles
son las ideas que han tomado su lugar? Nuestra breve
mirada hacia las escuelas universitarias y universidades católicas nos ha
proporcionado una respuesta aleccionadora. Los dirigentes de la educación católica
superior en Norteamérica han capitulado a los gritos estridentes que
proclaman las modas pasajeras del día. La cantidad ha sofocado
la voz de la razón, y los argumentos que al
presente están de moda han reemplazado a las firmes y
probadas enseñanzas de los siglos.
Hoy está en boga tener una
«mente abierta», mientras que la adhesión al principio de la
moralidad absoluta, la fidelidad a la totalidad de las enseñanzas
eclesiásticas y una entrega inflexible a la verdad han sido
rechazadas junto con la misa latina.
¿Cuánta apertura de mente hay
en eso? Los liberales que hoy tienen el poder en
las universidades católicas, o los internos que dirigen el manicomio,
por así decir, están prontos a seguir el ejemplo de
sus cohortes en las escuelas estatales acatólicas. Por cierto, tienen
un concepto interesante de la «apertura de mente». Como dijo
George Roche: «En algunos campus, la diversidad va desde el
maoísmo hasta el estalinismo». Mientras que las ideas de los
famosos «hombres blancos muertos» son criticadas constantemente, está prohibido ofender
a las feministas, a los comunistas a los búhos reales
o a cualquier otro grupo protegido. Así, mientras ellos expresan
estridententemente su autonomía de toda influencia eclesiástica, al mismo tiempo
se encadenan servilmente a la implacable tiranía de lo socialmente
adecuado.
Ellos condenan a todo el que no abandona el
estandarte de la enseñanza católica tradicional; con todo, exhiben una
sorprendente presteza al ser los primeros en subirse al tren
cuando se trata de abrazar a quienes profesan una «moral
alternativa». Su inclusividad se extiende a todos, menos a los
que tienen puntos de vista tradicionales o conservadores.
De este modo,
en tanto muchos oradores y escritores han sido criticados, vilipendiados
y condenados como «intolerantes», los liberales de todos y cada
uno de los matices del pensamiento acatólico son invitados al
campus con la aseguranza de liberalidad y tolerancia. Mientras yo
estuve en Notre Dame, hemos tenido oradores en el campus
del tipo de:
• Greg Louganis, el medallista de oro olímpico de
los EE. UU. Pero no fue invitado por razón de
sus logros atléticos. En años recientes ha reconocido públicamente que
él es homosexual, y fue invitado a Notre Dame como
defensor de los gays.
• El obispo P. Francis Murphy, obispo
auxiliar de la arquidiócesis de Baltimore. Él pidió a gritos
la ordenación sacerdotal de las mujeres.
Afortunadamente, también hemos tenido
oradores conservadores, tales como William F. Buckley (hijo), gracias a
ciertos grupos de estudiantes conservadores. Pero tales oradores siempre se
las arreglan para atraer a los manifestantes, lo cuales son
de tal apertura de mente que sólo escucharán a quienes
no discrepen de sus puntos de vista.
Charles E. Rice, profesor
de Derecho en la Universidad de Notre Dame, ha puesto
de manifiesto, con gran perspicacia, las contradicciones de los liberales
que al momento se encuentran afianzados en la dirección de
la universidad. En un artículo publicado hace dos años en
el periódico estudiantil The Observer, habla él de cómo la
universidad ha citado la Conferencia Land O’Lakes para rehusarse a
seguir ciertas enseñanzas de la Iglesia con respecto a las
universidades católicas. Pero esta exigencia farisaica de independencia dio paso
a una actitud servil cuando la interferencia vino del bando
liberal. Ese año, un paquete de información del Departamento de
salud de Indiana, una agencia estatal (de la cual la
universidad asegura ser independiente), llegó al Centro de salud universitario.
Fue el folleto liberal más reciente acerca de los peligros
del SIDA, de cómo puede transmitirse, etc. La circular decía
que las compañías deberían concientizar a sus empleados acerca de
estos peligros, especialmente el peligro del sexo desprotegido. Debe fomentarse
el uso del condón, es decir, la misma cantaleta de
siempre. Aunque parezca mentira, la universidad (yo añadiría, la universidad
católica autoproclamada libre de toda influencia) no selló el paquete
con «influencia excesiva, regrésese al remitente, véase Land O’ Lakes».
En vez de eso, se hizo un esfuerzo por cumplir
con las proposiciones de la agencia estatal. Qué interesante es
saber cómo funciona la mente liberal. Arden de indignación frente
a cualquier intento por parte de la Iglesia de influenciar
a la universidad católica, pero todos se apresuran a acatar
la disciplina cuando la influencia viene del Estado liberal. Su
escrupulosidad en seguir los dictados de los omnipotentes oráculos del
sistema liberal parecen humillar incluso a Edipo. Como ya se
ha dicho muchas veces antes, son un pozo negro de
contradicciones.
Para mí, personalmente, es muy desalentador ver una universidad católica
que he conocido y amado toda mi vida ser arrastrada
hacia el modernismo por herejes. Mi familia ha compartido desde
mucho tiempo la rica y santa tradición de Notre Dame,
mucho antes de que ella estableciera una reputación de semillero
de liberalismo. Esta reputación no es de la Notre Dame
que yo amo, la Notre Dame de la cual me
enorgullezco; eso no es lo que la Cúpula Dorada representa
en mi mente.
Deseo que los católicos de hoy pudieran
conocer la Notre Dame del Padre Sorin, y los otros
sacerdotes y hermanos franceses que le ayudaron establecer la universidad
en 1842. Deseo que todo el mundo pudiera conocer al
Padre Corby, el capellán de la Geurra Civil y presidente
de la universidad, y la larga línea de fieles y
devotos sacerdotes irlandeses que le siguieron como presidentes durante los
primeros 100 años de la universidad. Cómo deseo hoy que
Notre Dame aún abrazara aquello con lo que se la
solía identificar cuando mi padre y sus hermanos caminaron bajo
la sombra de la Señora de la Cúpula, hace más
de 50 años. Así como los católicos tradicionales extrañan la
Iglesia de los siglos, yo extraño la universidad que mantuvo
la línea contra la marea de liberalismo en Norteamérica por
más de un siglo. Cuando reflexiono sobre los paralelos entre
nuestra Iglesia y mi universidad, me acuerdo de las antiguas
palabras de san Atanasio, palabras que son igualmente poderosas y
adecuadas hoy que lo fueron hace 1600 años: ¿Quién ha
perdido y quién ha ganado en esta batalla: el que
ocupa los edificios o el que guarda la fe?
Recomendaciones
He hecho
un esfuerzo por compartir con el lector algunas de mis
experiencias en la educación superior, tanto en una universidad católica
como en la estatal. Espero que con eso os haya
convencido de los peligros inherentes en la persecución de una
educación superior. De ningún modo quiero yo disuadir a nadie
de conseguir una educación; al contrario, alentaría a los jóvenes
a que vayan a la universidad, con tal de que
sepan el esfuerzo requerido para proteger su fe católica. Es
un gran reto para los jóvenes preservar hoy este don
de la fe en las universidades. Hay tentaciones en todos
lados.
Por un lado se encuentra la soporífica presencia de
tergiversaciones, mentiras e intolerancias contra los católicos conservadores; y por
otro, quizá lo peor de todo, los numerosos ataques, tanto
sutiles como explícitos, contra el corazón de sus creencias. Mantener
la fe en su totalidad requiere un compromiso dedicado de
todos los días:
1. Este compromiso debe comenzar antes de que
el estudiante salga por la puerta. Además, es vital una
vida de oración. Para esa vida de oración son elementos
indispensables la frecuentación de los sacramentos, el rezo del rosario,
la fidelidad a las oraciones nocturnas y matutinas y estar
consciente de la presencia de Dios durante el día.
2.
El estudiante también debe prepararse mentalmente para los ataques intelectuales
que llegan rápida y furiosamente una vez que él o
ella entra a clase. Con estas cosas se topa uno
en casi todas las materias. Van desde los peligros fácilmente
identificables (como las filosofías falsas en la clase de filosofía,
los ataques contra la Biblia en la geología, la evolución
atea en biología), hasta problemas más sutiles que se encuentra
uno en historia, arte, gobierno y muchas otras disciplinas.
Estos
ataques sutiles son más insidiosos porque casi destruyen silenciosamente la
base, el fundamento, de nuestras creencias católicas. Esto hace que
sea más difícil defenderse de ellas. ¿Cuántos estudiantes han perdido
su fe sin siquiera saberlo? Puede que comience con una
afirmación falsa en un libro de historia. O, más sutil
aún, quizá la tergiversación de un hecho histórico: tanto más
peligroso porque es una verdad a medias, así como una
mentira a medias. O puede que sea simplemente un comentario
de editorial acerca de algún suceso en la historia.
Un
estudiante que no esté preparado, y esté falto de sentido
crítico, descubrirá que estas mismas ideas entran en su mente
de manera desapercibida, y luego en su manera de pensar.
Al final, comienzan a influenciar todo lo que cree, de
manera que toda su perspectiva de la vida cambia. ¿Cuántos
padres se han quedado pensando qué fue lo que sucedió
cuando su hijo o hija anunció que él o ella
ya no creen en Dios? ¡Cuántas veces todo comenzó con
una pequeña y aparentemente insignificante idea!
3. Amigos y compañeros. A
los jóvenes católicos siempre se les ha recalcado la importancia
de las buenas compañías. San Martín de Torres, cuando era
niño, fue convertido a la fe por el buen ejemplo
de sus amiguitos cristianos. En la otra orilla del espectro,
existen innumerables ejemplos de gente que ha perdido su fe
debido a la influencia de las malas compañías. Hoy, en
las universidades, se nos aísla como católicos tradicionales.
Extendidos por
todo el país y alrededor del mundo, a menudo no
podemos confiar en los buenos amigos que tuvimos en nuestra
parroquia allá en casa. Ese aislamiento en ocasiones puede ser
abrumador. Pero ahora estamos en el umbral de la Edad
de Información. En las universidades, especialmente, tenemos los medios de
fácil acceso para minimizar ese aislamiento: ¡Internet!
Hace veinte siglos,
san Pedro estableció el papado en Roma, en el corazón
mismo del imperio romano. Con ello, fue capaz de explotar
la ubicación central de la ciudad en medio del mundo
conocido. También podía aprovecharse de las famosas calles romanas y
de algunos de los mejores transportes que proporcionaba la época.
Los papas, obispos y sacerdotes de la Iglesia primitiva utilizaron
los medios de comunicación que el mundo proporcionaba e hicieron
buen uso de ellos. Nosotros deberíamos hacer lo mismo. Tener
amigos católicos tradicionales por medio del correo electrónico o por
correspondencia normal es una oportunidad para fortalecer la propia fe
cuando está bajo ataque continuo. Existe fuerza en los números.
Casi todos los estudiantes universitarios tienen acceso al correo electrónico.
¿Por qué no aprovecharse de él?
4. Elección de materias. El
pluralismo abunda en las instituciones de educación superior. La trascendental
influencia de «raza, clase y sexo» como determinantes en todas
las decisiones administrativas ya ha sido discutida. Junto con lo
socialmente adecuado (eufemismo creado para camuflar los excesos de la
Policía del Pensamiento liberal), el pluralismo ha generado una plaga
que se filtra en casi toda disciplina que se pueda
imaginar. La sociología, la filosofía, las ciencias políticas y la
historia son, quizá, las más afectadas por este virus mortal.
Ahora todas las culturas, las religiones, las estructuras sociales y
sistemas de gobierno se ponen en plano de igualdad y
se presentan como si fueran prácticamente iguales en su valor
intrínseco para el hombre. Esto es tontería, por supuesto. Como
señaló A. Henry III en su excelente obra In Defense
of Elitism [En defensa del elitismo]: «Es mucho mayor logro
poner al hombre en la luna que atravesarse un hueso
por la nariz».
Debemos defender y afirmar tenazmente y sin disculparse
la superioridad de la cultura occidental y los valores y
creencias tradicionales que encarna dicha cultura. ¿Por qué es tan
importante esto? Porque los ataques contra la cultura occidental son
ataques indirectos contra la Iglesia. Todos los grandes avances de
la cultura occidental son producto directo de la influencia de
la Iglesia católica.
Cuando Europa del norte fue invadida por
los bárbaros, fue la Irlanda católica la que diseminó la
influencia civilizadora de la fe de regreso al continente europeo.
Cuando Cristobal Colón descubrió el Nuevo Mundo, fueron los ideales
del catolicismo los que elevaron a las culturas nativas paganas
del sacrificio humano y el culto de la naturaleza. Fue
un deseo de divulgar estas ideas e ideales de la
fe católica en regiones desconocidas lo que indujo a Colón
a aventurarse a navegar el Atlántico en tres barcas de
madera. Salvo los de mente pluralista o los revisionistas socialmente
adecuados de nuestra época, no podemos poner en duda la
entrega de Colón a la fe. Todo lo bueno en
nuestro patrimonio cultural viene, de alguna forma, de la Iglesia,
desde la erradicación de la esclavitud hasta los avances en
la medicina.
El conocimiento fue preservado en los monasterios de
Europa cuando la ignorancia contagió al resto del mundo. A
menudo se ha dicho que el origen divino de la
Iglesia católica puede demostrarse simplemente por este hecho: ninguna otra
institución en la historia del mundo ha tenido tan profunda,
civilizadora y enriquecedora influencia sobre la humanidad como la Iglesia.
Así
que, regresando a la cuestión de la elección de cursos,
es fácil ver cuáles cursos tendrán un valor compensador, y
cuáles serán la misma propaganda liberal y revisionista de siempre.
En las palabras de nuestro patrón George Roche: «... tened
cuidado con la crítica de esto o la reevaluación de
aquello o la revisión de cualquier cosa [...] Lo más
probable es que sea un ataque contra el Occidente». El
sentido común es una guía fidedigna en la elección de
los cursos.
5. Educaos vos mismo. Que no os satisfaga lo
que se ofrece como «educación» en el mundo moderno. Desde
un punto de vista académico, la mayoría de las cosas
que se enseñan en las universidades modernas es pura farsa.
(En este caso hablo no de los libros de texto
de física, ingeniería y química, sino de «la filosofía, el
patrimonio, la cultura y los valores» de la educación humanística.)
Los estudiantes tradicionales de gran dedicación necesitan educarse a sí
mismos en estas áreas. Es nuestra generación, nosotros los jóvenes,
la que tiene la obligación de pasar la antorcha de
la fe a las generaciones futuras. No debemos esconder nuestra
luz bajo el manto de la nada; no debemos enterrar
nuestros talentos. Es esencial que dejemos que nuestra luz brille
ante los hombres.
Debemos entender cuán crítica es nuestra educación,
especialmente como católicos. Somos la primera generación de salir de
lo que muchos creen es la «gran apostasía» predicha por
san Pablo en su Epístola a los Tesalonicenses. Este es
un momento decisivo en la historia. Si el cuerpo de
fieles, que ha sido alimentado esmeradamente en los últimos veinte
siglos, ha de sobrevivir en el futuro, nosotros somos los
encargados de ello, y debemos estar consciente de esa responsabilidad.
Debemos tomar conciencia de cuán esencial es.
¿Y qué exactamente
es lo que debemos transmitir? Obviamente la fe. Pero ¿qué
constituye la fe? O, mejor dicho, ¿en qué forma se
transmite la fe a los demás? Se transmite a través
de ideas, a través del conocimiento. Después de todo, ¿qué
es la fe sino un marco del conocimiento? ¿Qué es
el conocimiento sino una acumulación de ideas, o, mejor aún,
las ideas correctas? La fe se transmite mediante el conocimiento,
y, por lo tanto, debemos ser cultos. La fe se
defiende y protege por medio de ideas e ideales; por
consiguiente, debemos adquirir esas ideas y esos ideales (repito, los
correctos). Esto es el quid: para que la fe sobreviva
y se transmita a los que vendrán después de nosotros,
debemos educarnos. Y no hablo de «Estudios femeninos».
Repito, el quid
es: «¿Cuáles ideas adoptaremos y transmitiremos? ¿Las de Aquino o
las de Rousseau? ¿Las de Tomás Moro o las de
Thomas Dewey? ¿Las de Abraham Lincoln o las de Bill
Clinton?». Quizá, y al igual que muchas de las infames
encuestas de hoy, mi pregunta contenga un indicio de la
respuesta deseada. Debemos transmitir las ideas correctas; por consiguiente, debemos
adquirir las ideas correctas.
Para hacer esto, debemos aprovecharnos de
aquellos libros que contienen las ideas y verdades que esperamos
transmitir. Para los jóvenes que se enfrentan a todo tipo
de falsedades (desde el luteranismo, el marxismo y el neonazismo
hasta el misticismo oriental y el ecologismo radical) en las
universidades modernas, es imprescindible tener una biblioteca personal. Por otra
parte, debemos educarnos en una gran variedad de materias. No
es aconsejable entrar en la batalla de las ideas si
no se tienen las armas. Quizá un buen comienzo sería
unirse a una organización como el Club de Libros Conservador
de Norteamérica, donde se ponen a disposición muchos libros excelentes
y educacionales cada mes. Otra cosa sería discutir estos buenos
libros con vuestros amigos católicos conservadores. Compartir algunos libros y
desarrollar una lista de lectura son buenos métodos para divulgar
el conocimiento. Es muy difícil reunir tal lista de lectura
porque muchos títulos excelentes y meritorios sin duda quedarán fuera,
y todo porque simplemente no se pueden leer todos. Habiendo
establecido ya una excusa para mí mismo, he aquí una
lista parcial: The Closing of the American Mind de Allen Bloom; Inside
American Education de Thomas Sowell; One by One de George Roche; God
and Man at Yale de William F. Buckley, (hijo); Man and
Woman de Dietrich Von Hildebrand; A Nation of Victim s de
Charles J. Sykes; The Content of our Character de Shelby Steele; The
Disuniting of America de Arthur M. Schlesinger, (hijo); Legislating Immoralit y
de George Grant y Mark A. Horne; The Conservative Manifesto. de
William Hennessy
6. Construid un punto de vista católico, alimentad una
forma de pensar católico. ¡Esto es absolutamente esencial! Esta necesidad
se pone de manifiesto si consideramos las flagrantes contradicciones inherentes
en el pensamiento liberal que dirige muchas de las universidades
católicas modernas. ¿Por qué han caído tan bajo los dirigentes
de estas universidades, tanto el profesorado como los administradores, en
las tenebrosas y turbias racionalizaciones que justifican estas contradicciones? ¿Por
qué satisfacen los caprichos de la Policía del pensamiento de
lo socialmente adecuado? ¿Por qué prevalecen las ideas liberales sobre
nuestras ideas católicas? Precisamente porque estas ideas católicas, como lo
es con todas la ideas, no pueden existir congruentemente en
una forma abstracta. Deben interpretarse dentro del contexto de un
punto de vista católico. Una vez que ese punto de
vista —el marco de referencia— se diluye, las ideas que
descansaban en él comienzan a debilitarse.
Todas las ideas deben de
existir dentro de algún marco de referencia. En nuestro modo
de pensar católico, la referencia es Dios. Tomen, por ejemplo,
la idea del bien y el mal absolutos. La moral
no existe simplemente por sí misma, sin algún punto de
referencia. Debe tener un fundamento sobre el cual descansar, algo
que le de autoridad. En nuestra vida cotidiana, ¿qué es
lo que guía nuestras decisiones en lo referente a lo
bueno y lo malo? Para el hippy, esto se reduce
a lo que se siente bien para él en el
momento. Para nosotros como católicos, es el Decálogo.
Y, entonces, ¿cuál
es la diferencia entre un radical de los sesenta y
un católico tradicional? La diferencia fundamental son estos dos marcos
discrepantes de ideas. El hippy, que se guía a sí
mismo, afirma que no hay referencia externa. Él realiza sus
decisiones morales (si es que pueden llamarse así) basándose en
su marco interno, independiente, egocéntrico y soberbio de ideas. El
marco de referencia externo del católico tradicional, el Decálogo, se
incorpora a su marco de ideas. Pero ¿porqué son los
Diez mandamientos un punto fiable de referencia? ¿Qué es lo
que les da su autoridad vinculante? Obviamente, su autoridad viene
de su autor, Dios. Dios es el punto central de
referencia para todas nuestras creencias. Él es el autor de
nuestro marco de ideas. Él es el criterio externo y
absoluto que no puede y no cambia por su naturaleza
misma.
Muchos estudiantes críticos de la ilustración piensan que la Iglesia
no quiere que nadie ejercite su libertad de pensamiento, que
la Iglesia restringe la creatividad de la mente de la
persona. Tal tontería, como información errónea, puede de plano desecharse
fácilmente si se observa que la Iglesia ha sido el
centro del saber por 2000 años. El hecho es que
nuestra santa madre la Iglesia, guiada por el Espíritu Santo,
el Espíritu de Sabiduría, entiende perfectamente la naturaleza humana, la
naturaleza caída del hombre. Ella comprende que el hombre, en
su estado caído, caerá en la falsedad con su solo
razonamiento a menos que sea guiado por la gracia. Esto
yo lo he visto.
Es por eso que hay tantas
ideas erróneas allá afuera en el mundo. «Todo el que
hace el mal, odia la luz...». ¿Cómo es guiada la
propia mente para determinar lo que es verdadero y lo
que es falso? No podemos depender de nuestra naturaleza, puesto
que está caída, sino que debemos confiar en algo que
está fuera de nosotros. Debemos confiar en la Iglesia. ¿Y
de dónde viene su autoridad? De Dios, el Creador. Repito,
de cualquier forma que lo miréis, nuestro marco de ideas
debe basarse en Dios. Nuestra referencia principal siempre regresa al
Creador.
Cualquiera que tenga el don de la razón puede pensar.
De ahí que tengamos tantas ideas y filosofías que saturan
nuestra sociedad. Pero en la esfera de las ideas, ¿cuáles
prevalecerán? ¿Cuáles adoptaremos? Nuestro marco de referencia católico nos dice
que hay ideas buenas y malas, que existe el bien
y el mal. No es suficiente con razonar y pensar
nada más, independientemente de la verdad. Debemos razonar lógicamente y
pensar correctamente. No debemos basarnos en los puntos subjetivos de
nuestro propio intelecto imperfecto. Debemos confiar en la mente objetiva
de la santa madre Iglesia. Como dice un viejo proverbio
sueco: La libertad para pensar es grande; pero el valor
para pensar bien es mayor.
Conclusión
En tanto crecía, fui bendecido en
tener dos padres devotos y dedicados que se aseguraron de
que mis hermanos y yo tuviéramos una educación rigurosamente católica.
Ellos realizaron tremendos sacrificios para que pudiéramos asistir a la
misa latina y para asegurar que todos recibiéramos una educación
católica tradicional. Mis padres entendieron a fondo la siguiente máxima:
«la familia que ora unida, permanece unida», y nos guiaron
en el rosario familiar todos los días.
Quizá el elemento
más importante que se requiere para que un joven o
una joven mantengan la fe tradicional cuando vaya a la
universidad es una buena familia católica. Si siendo niños no
adquieren esas creencias y hábitos básicos que todos debiéramos tener
como católicos, no tendrán un fundamento firme del cual echar
manos una vez que estén por su propia cuenta. El
saludable y amoroso ambiente de un hogar católico tradicional es
irremplazable. Los que esperan mantener la fe por su cuenta
en medio de los males de nuestros días, tienen las
probabilidades en su contra.
Esto deberían verlo los fieles jóvenes
católicos de hoy y aceptarlo como un reto. Es nuestro
deber no solo preservar la fe, sino transmitirla. La necesidad
de padres jóvenes, virtuosos, calificados y fervientes es mayor hoy
que nunca. Punto. El que diga otra cosa simplemente ignora
las increíbles fuerzas puestas en orden de batalla contras las
familias —todas las familias— en estos tiempos.
Desde el feminismo
hasta la homosexualidad, desde programas sociales que benefician a las
madres solteras hasta los programas de entretenimiento antifamiliares y antiprogenitores
que tienen como objetivo a los niños: todo ello es
una arremetida calculada contra la familia sin paralelo en la
historia humana. Este es nuestro reto. Este es el deber
al cual Dios quiere que responda cada uno de nosotros.
Los jóvenes católicos tradicionales de todas partes deben reconocer este
hecho y cargar la responsabilidad de formar familias católicas sólidas
para el futuro.
Los que esperan criar buenos católicos en el
mundo moderno están aceptando un reto como nunca antes. Lejos
de desanimarnos (después de todo, eso es lo que quiere
el diablo), debemos echar mano de nuestra propia formación como
adolescentes y de nuestra educación católica.
Necesitamos prestar atención a
los consejos y ejemplos de nuestros padres, de los que
nos precedieron, para llegar a tener el valor de aceptar
la tarea que nos espera. Necesitamos recurrir a los papas,
a los líderes morales de la Iglesia para una guía
clara y confiable en esta empresa. Los escritos de los
papas de los últimos 150 años, desde Pío IX hasta
Pío XII, son pertinentes de manera particular, ya que ellos
vivieron más cerca de nuestra época, y estuvieron conscientes de
los males presentes, podría decirse que hasta proféticamente. También debemos
recurrir a los santos, a los líderes espirituales de la
santa madre Iglesia. Ellos pueden ser una tremenda fuente de
inspiración e intercesión, si bien son olvidados con mucha frecuencia.
Una vez que empezamos a ver quién está detrás de
nosotros, quién está con nosotros, comienzan a gustarme las probabilidades.
Pueden tener a todas las feministas furiosas, pueden tener a
Rousseau y a Marx, pueden tener todo el misticismo oriental,
el liberalismo, el humanismo y todas las modas efímeras del
día.
Nosotros nos quedaremos con el legado de veinte siglos
de catolicismo. Nosotros confiaremos en la intercesión de los santos
del cielo y de las pobres almas en el purgatorio.
Nosotros nos pararemos sobre la Roca, y los 261 vicarios
de Cristo que le han sucedido. Después de todo, tenemos
la garantía del mismo Cristo: «...sobre esta piedra edificaré mi
Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella»
(Mt. 16:18). Con santa Teresa de Ávila debemos decir un
valor sereno pero confiado: «Yo y Dios hacemos mayoría». ¿Qué
joven católico de hoy, tras reflexionar sobre el auxilio divino
que tenemos a nuestra disposición, no se llenará de valor
para aceptar los retos que nos esperan? La pasividad ya no
es una opción; debemos ser activos. El reto está ahí,
y es mucho lo que está en juego para ser
espectadores al margen. Cristo nos dice: «Todo el que no
está conmigo está contra mí» (Lc. 11:23). ¿De parte de
quién estaréis vosotros?
________________________________________ En el original Dead white men, ’término acuñado
por el movimiento feminista para designar despectivamente a los hombres
blancos, particularmente europeos ya muertos, y que forma parte de
su política de crear un nuevo enfoque femenino universal supuestamente
superior’. (N. del T.) ________________________________________
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
Sólo nos mantenemos gracias a los donativos que, voluntariamente, nos hacen algunos de nuestros visitantes.
Necesitamos de tu ayuda para continuar anunciando el mensaje de Cristo a través de la Red.
Ayúdanos, Dios te lo recompensará. DA CLICK AQUÍ PARA DONAR
Consultores
de la comunidad Preguntas acerca del perfil y la formación de educadores católicos, de los criterios de enseñanza que deben regir en una escuela católica y de los modelos pedagógicos a seguir para una mejor asimilación de la doctrina cristiana
Ver todos los consultores