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Autor: P. Eduardo María Volpacchio | Fuente: www.algunasrespuestas.blogspot.com ¿Obligar a los hijos a ir a Misa?
Sobre la responsabilidad de los padres en la práctica religiosa de los hijos.
¿Obligar a los hijos a ir a Misa?
En una familia cristiana, es natural que
haya -tiene que haber- unas prácticas de piedad, propias de
la familia en cuanto tal. Es decir, que van más
allá de la piedad personal de cada uno de sus
miembros. Es lo que “rezamos en cuanto familia”, no sólo
reunidos, sino en unidad. “La familia que reza unida, permanece
unida”, sentenció con gran sabiduría el Papa Pablo VI.
Dentro de
la vida religiosa en común de la familia, ocupa un
lugar privilegiado la Misa dominical. Sería por esto muy conveniente
que los miembros de una familia asistan a Misa juntos.
No siempre se podrá, pero habría que tender a eso.
Pienso que muchos de nosotros, entre los recuerdos de nuestra
infancia, tenemos grabado con especial cariño, el plan que los
domingos hacíamos en familia: no sólo la Misa -dónde íbamos,
el sacerdote que celebraba...- sino el plan completo, desde la
compra de alguna comida un poco especial, hasta el almuerzo
con abuelos y primos...). Al menos mientras es posible. Esto
obviamente depende de las familias, circunstancias particulares, etc. Pero es
a lo que se debe tender, máxime cuando los hijos
son chicos. El domingo es un día para la familia.
Importancia del
domingo en la vida cristiana
Para comenzar habría que tomar conciencia
de la centralidad de la Misa dominical en la vida
cristiana. Es casi definitorio de católico: se lo podría definir
como “aquel que va a Misa”. ¿No es esta afirmación
demasiado simplista? No, porque en la Misa Cristo se entrega
al Padre y a nosotros por la salvación del mundo;
de este modo se actualiza la salvación; nos unimos a
Dios; divinizamos nuestra vida; en Cristo no unimos a nuestros
hermanos; nos alimentamos con el Pan que da la vida
eterna... Es el resumen, la fuente y la cima de
toda la vida cristiana.
Es imposible ser cristiano sin la Eucaristía.
Jesús fue terminante: “quien come mi carne y bebe mi
sangre tiene vida eterna” (Jn 6,54), hay en él una
vida divina que le identifica con Cristo y le garantiza
la vida del cielo; quien no participa de la Eucaristía
no tiene acceso a Cristo ni a la vida divina.
Por
eso, en la cuestión de la asistencia a Misa es
mucho lo que está un juego: perdida la Eucaristía, perdida
la identidad católica, perdida la unión con Dios. Es una
pendiente cuesta abajo: piedad cada vez más floja tendiendo a
desaparecer. Y en un mundo secularizado y materialista, la Misa
dominical preserva al cristiano del riesgo y proceso de secularización.
Riesgo total de perder la vida eterna: "si no coméis
la carne del Hijo del hombre y no bebéis su
sangre no tendréis vida en vosotros" (Jn 6,53).
Es también uno
de los deberes más básicos porque garantiza el permanente retorno
a Dios. Este es un aspecto negativo, pero no de
menos importancia. Una persona que va a Misa los domingos
podrá portarse mal en algún momento, pero nunca se va
a alejar de Dios demasiado y, sobre todo, siempre va
a “tener a mano” la vuelta y el remedio de
sus posibles torpezas.
Por esto -y por muchas otras razones- la
Iglesia ya en el siglo IV se vio obligada a
imponer el precepto de asistir a Misa los domingos para
garantizar a los cristianos el “mínimo” de vida eucarística que
necesitan para vivir sobrenaturalmente. Un precepto que obliga gravemente, es
decir que su incumplimiento representa una desobediencia grave; o dicho
con otras palabras es un pecado mortal.
Una aclaración necesaria. El
tercer mandamiento obliga a santificar el domingo, y como toda
ley divina no tiene excepción. La Iglesia lo ha concretado
con una ley eclesiástica que manda asistir a Misa los
domingos y fiestas. Las leyes eclesiásticas no obligan a quien
tiene una grave incomodidad –es decir, a quien no puede
cumplirlas–; de manera que a quien está enfermo, imposibilitado de
viajar, etc., el precepto no lo obliga; aunque sí debe
santificar el día del Señor de otro modo.
Responsabilidad de los
padres en la vida cristiana de sus hijos
Los padres son
los primeros y más importantes educadores de sus hijos. Como
es evidente, de toda su formación: desde la espiritual a
la intelectual, de la deportiva a los buenos modales. Dios
les ha encomendado que cultiven en sus hijos el amor
a Dios: que les enseñen a amarlo con todo corazón.
Y les pedirá especial cuenta de esta tarea, por la
que los premiará con también especial generosidad. Dentro de los diferentes
aspectos de esta formación, resulta de vital importancia la eucarística:
que los hijos conozcan, amen y valoren a Jesucristo realmente
presente en la Eucaristía, que incorporen a su vida la
piedad eucarística y, como línea de mínimo, la Misa del
domingo.
Cuando una persona es soltera, es responsable delante de Dios
sólo de sus actos; y de los de los demás,
sólo en algunos casos muy particulares (pecados de escándalo, cooperación
al mal). Pero cuando se casa, la cosa cambia, ya
que son dos en uno... Si bien cada uno es
responsable de la propia vida espiritual, también tiene cierta responsabilidad
sobre el otro. De que uno vaya o no a
Misa, depende en muchos casos el otro cónyuge. Además está
el tema del ejemplo: si el otro no es constante
en la práctica religiosa necesita en primer lugar el buen
ejemplo. Más todavía, cuando llegan los hijos. La práctica religiosa
de los hijos –no sólo cuando son chicos sino durante
toda su vida– depende en un altísimo grado de la
de sus padres. De manera, que si los padres no
van, su falta delante de Dios es bastante más grave
que en el caso de los solteros. Y están privando
a sus hijos de la tan necesaria experiencia de la
práctica religiosa: necesitan ayuda para cultivar hábitos espirituales, sin los
cuales les será difícil desarrollar su vida espiritual.
La Misa de
los hijos
Si un hijo falta a Misa por dejadez de
los padres... es un pecado del que ellos mismos son
responsables delante de Dios. Es el caso de los padres
que no asisten a Misa, imposibilitando así la asistencia de
sus hijos. De los que no los dejan ir solos
y no los llevan. También el de los que no
se ocupan de que vayan cuando sus hijos van a
dormir a casa de amigos que no practican la fe;
o que los mandan a campamentos, giras escolares o deportivas,
etc., cuyos planes no incluyen la Misa dominical (por supuesto
que tienen el deber de velar para que la incluyan);
etc.
Del mismo modo, no tendría sentido que una familia cristiana
planee sus vacaciones en un lugar donde sabe que no
podrá asistir a Misa los domingos que se encuentre allí.
Es cierto que la imposibilidad física de asistir a Misa
excusa del precepto...; pero ponerse voluntaria e innecesariamente en dicha
imposibilidad, al menos, muestra bastante poco amor e interés por
la Eucaristía y el precepto dominical.
Los padres deben estar al
tanto de la Misa de sus hijos para poder ayudarlos
a vivirla con intensidad. Saber si van, cómo la viven,
si se quedan afuera charlando con amigos, si comulgan, etc. Sería
una omisión importante desentenderse, no estar al tanto, no saber;
y una ingenuidad bastante irresponsable dar por supuesto que tienen
la piedad de San Francisco de Asís aunque no los
vean nunca rezar. Y nunca se podría aprobar que no cumpla
con el precepto: “sos grande, hacé lo que quieras”. Es
verdad que es grande, que es libre, pero yo no
puedo aprobarlo. “Sabés que obrás mal y que lo hacés
contra mi voluntad”, tendría que ser en todo caso la
respuesta.
¿Obligar a los hijos a ir a Misa?
Muchos padres se
preguntan si hacer de la asistencia a Misa una cuestión
de obediencia. Y no pocos lo resuelve bastante mal.
Normalmente no
hay problemas y si uno ha formado bien a sus
hijos no tiene porqué haberlos. Pero, si se plantea el
problema porque un hijo no quiere ir a Misa un
domingo por estar enojado, tener pereza, un plan más tentador,
quejarse de que se aburre, estar cansado, decir que no
lo siente... ¿qué hacer?
Hablar de obligar a los hijos a
ir a Misa, hoy día suena bastante mal: casi como
un atentado a su autonomía y a la libertad de
conciencia. Incluso hay quienes piensan que obrar así sería moralmente
malo, que los padres no deberían hacerlo. Pero si uno
lo piensa un poco, fácilmente se ve que no es
así.
El punto de partida es considerar que faltar a Misa
un domingo sin un motivo grave es un pecado mortal.
Punto. Así de claro y terminante. No es un opcional,
no es algo recomendado, sino preceptuado por el Magisterio de
la Iglesia como concreción del Tercer Mandamiento de la Ley
de Dios.
Ante este dato, hemos de considerar en general cuál
debe ser la actitud de los padres frente al pecado
mortal de un hijo: ya sea robo de objetos de
cierta importancia, posesión de material pornográfico, borrachera, blasfemia, etc. El ámbito
y la razón de ser de la autoridad de los
padres –y la consiguiente obligación moral de los hijos de
obedecerlos– se extiende a aquellas cosas que hacen al bien
de los hijos o de la familia (cfr. Catecismo de
la Iglesia Católica, n. 2217: recomiendo vivamente leerlo). El primer
objetivo de esa autoridad es que los hijos cumplan la
ley de Dios. De ahí que los padres deban preceptuar a
sus hijos el cumplimiento de la ley de Dios y
prohibirles su rompimiento. Máxime en cuestiones graves. Y hacer lo
que esté a su alcance para evitarles las ocasiones próximas
de pecado.
Y esto lo hacen no sólo en cuestiones que
son pecado mortal, sino en otras mucho más comunes y
menos espirituales. ¿Qué padre consulta a su hijo antes de
enviarlo al jardín de infantes? ¿Qué padre consentiría en que
sus hijos de modo habitual no vayan al colegio, no
tomen remedios cuando están enfermos, no duerman, etc., etc., etc.?
Y así podríamos poner muchísimos ejemplos (desde comer lo que
no les gusta hasta hacer las tareas del colegio). En
las cosas básicas y necesarias, la formación exige el cumplimiento
de deberes, y es normal que se impongan (deber se
dice de algo que es obligación, y por tanto exigible).
Entonces uno descubre que es bastante lógico que padres con
fe, manden sus hijos a Misa (y mejor, como dijimos
antes, que vayan con ellos), ya que ante este pecado
deben tomar la actitud de un hombre o una mujer
de fe que ama a Dios y a sus hijos,
y lo que menos quiere es que éstos pequen gravemente.
Además
no es un atentado a la libertad de conciencia, ya
que en los casos que nos ocupan, no se trata
de preceptuar a un musulmán o a un ateo que
vaya a Misa en contra de los dictámenes de sus
conciencia, sino a un católico, con fe, en el período
de su formación, y que fue confiado por Dios al
cuidado de uno.
Es bueno aclarar que no es cuestión de
obligación sino de amor. Hay que ayudar a los hijos
a amar la Misa; y el primer paso es yendo:
nunca conseguirá amar la Misa quien no va. Con el
ejemplo y con la enseñanza: si no saben qué es
la Misa nunca llegarán a amarla. Pero, de hecho, existe un
deber, cuyo cumplimiento es grave. El amor presupone el cumplimiento
de los deberes: por ahí comienza. La línea de mínima
del amor es la justicia (dar a cada uno lo
que le corresponde). Quien no cumple sus deberes difícilmente llegará
a amar. Ese amor, es posible que alguna vez, esté débil
y necesite para vivirse la ayuda de la justicia (el
cumplimiento del deber ayuda a hacer las cosas que necesitamos):
siendo una cuestión de amor, también lo es de obediencia
a Dios y a su Iglesia.
Es relativamente frecuente que algunos
chicos sufran pequeñas crisis: falta de ganas de ir a
Misa por aburrirse, no entender, dejadez, otros planes, mal humor,
rebeldías, dudas... Si a la primera duda o dificultad abandonan
a Dios... habrá que trabajar bastante el tema de la
fidelidad, ya que es claro que están muy lejos de
considerarlo importante. Entonces, ¿hay que obligarlos? Y... en principio sí. Es
lógico evitar un pecado mortal a un hijo en nombre
de la obediencia: obvio. Si la Iglesia que es Madre
y Maestra lo impone como precepto... me parece que enseña
el camino. Evidentemente a los veinticinco años las cosas son un
poco distintas: porque no hará caso. Pero a los quince,
no.
Algunos falsos argumentos que a veces se invocan para no
imponer la Misa como un deber: “No lo puedo obligar, si
va por obligación es como si no fuera”: no es
cierto: basta considerar el ejemplo de la comida: alimenta aunque
uno coma sin ganas. El enfermo tiene que comer: lo
necesita. Si va, aunque sea sin ganas, cumple el precepto,
obedece a Dios. El mero cumplimiento sin amor es imperfecto,
pero no es malo: es algo bueno, pero imperfecto. No
comete un pecado mortal, ¿te parece poco importante?
“Yo educo en
la libertad”: es cierto, pero la libertad es para el
bien: no le facilitaría el arma con la que va
a robar un banco. La exigencia es parte de la
formación: espontaneidad no se identifica con libertad: su libertad necesita
ayuda para funcionar bien. No siempre se sienten ganas: y
esto vale para todo. Si se aplicara este criterio a
ir al colegio... Ir a Misa es bastante más importante
que ir al colegio... Los padres tienen el deber ayudar,
sobretodo cuando más los necesitan: en ese caso su autoridad
es como las muletas.
Me dio tristeza el caso de una
adolescente que faltaba a Misa con cierta frecuencia. Le pregunté
qué le decían sus padres -en principio, buenos cristianos-. Que
“nada, que respetan mi libertad, dicen que no me van
a obligar a ir”. Bastaba un empujoncito chiquito para que
superara la pereza (único obstáculo que tenía). Sus padres, no
exigiéndole, le hacían daño; de alguna manera, al consentir que
no fuera, lo aprobaban; y sobretodo, dejaban que el hábito
de no ir a Misa se asentar en su persona.
Por
tanto la respuesta es que sí, que hay que hacerlos
ir: y mejor, ir con ellos.
Si un hijo va a
Misa porque se lo imponen sus padres, el respeto a
sus padres habrá servido para que cumpla la ley de
Dios (por algo se empieza).
Como exigirlo
Los preceptos y obligaciones se
pueden imponer con mucha firmeza y al mismo tiempo con
simpatía, sin gritos, con una sonrisa, sin humillar, facilitando el
cumplimiento. Cuanto más le cueste a un hijo asistir a
Misa, con más cariño habrá que exigirlo. Hay un libro
sobre la educación de los hijos cuyo título lo dice
todo: “firmeza y ternura”. Ambas a la vez, porque no
sólo son compatibles, sino que se exigen mutuamente. Ni blandenguería (ceder
sin dar importancia al tema) ni exigencia descarnada, teniendo en
cuenta que el tema es muy serio.
Para que los hijos
entiendan la importancia de la Misa es bueno que se
den cuenta de que no se les pide un capricho.
Hay diferentes niveles de importancia: debemos distinguir los deberes esenciales,
de cosas importantes, de cosas convenientes, de los gustos de
los padres y distinguir a la hora de exigir. Es
distinto exigir que respeten a la madre (que no la
insulten, por ejemplo), que cumplir un encargo, que no dejar
la toalla en el suelo del baño. Ir a Misa
no es un opcional: algo bueno que se invita a
hacer a quien quiera hacerlo (como rezar el Rosario). Pertenece
al género de los deberes graves del cristiano. Los padres
mientras sus hijos son menores tienen la responsabilidad de sus
hijos (hasta pueden responder penalmente si cometen un delito...). Es
distinto que ir a ver un partido de fútbol de
un hermano, visitar a la abuela, comer o no comer
tal cosa, el horario de regreso a casa, etc. Está
a otro nivel. Debe quedar claro que en nuestra familia
los deberes para con Dios son lo más importante: que
se le da más importancia a ir a Misa que
al colegio.
Como en toda exigencia habrá que saber explicarla. Depende
de las edades. En principio los hijos sabrán qué es
la Misa como parte de los conocimientos doctrinales que les
habremos sabido comunicar. En general, bastan argumentos muy simples: en
esta familia adoramos a Dios, le agradecemos sus dones, le
pedimos perdón, necesitamos su gracia. Es parte de nuestra vida.
Queremos irnos todos al cielo. La Misa dominical es parte
de la vida de familia. Un compromiso de todos nosotros
con Dios como familia.
Cuanto menos se practique la fe en
el ambiente en que se mueven los hijos, más atención
y empeño habrá que poner para que la frialdad circundante
no los enfríe a ellos. Hay que tener en cuenta que
en nuestro país el índice de práctica religiosa es muy
bajo (7 %). Esto significa que los hijos muchas veces
se verán rodeados de compañeros, amigos, conocidos que se dicen
cristianos y no van a Misa (¡el 93%!). Esto no
los ayuda mucho. Habrá que ayudarlos a tomar conciencia de
lo que es un cristiano de verdad, de la seriedad
de los deberes para con Dios, de la importancia de
la autenticidad que exige el amor a Dios, de la
importancia de la ejemplaridad, de la necesidad de cristianizar la
sociedad, etc. También se les podrá explicar lo que es el
pecado y sus consecuencias personales y sociales. La manifestación de
amor a Dios que es la Eucaristía y el desprecio
que significa no ir (“sólo te pide una hora por
semana”). Una verdadera infidelidad... ya que no se trata de
una mera ausencia, es una ausencia que ofende: preferir una
película, siesta, deberes... antes que a Dios...
Si bien es bueno
que entiendan, para hacerse obedecer no hace falta esperar a
que los hijos compartan las razones del mandato. Si no
lo entienden o aceptan, ya tendrán ocasión de plantearlo de
un modo distinto con sus hijos el día de mañana...
pero ahora tienen que obedecer a sus padres.
Hemos expuesto el
criterio moral general. Su aplicación corresponde a la prudencia que
será quien juzgue de que manera concretarlo según las circunstancias,
porque no se trata de hacer ir a Misa a
alguien apuntándole con un pistola, arrastrándolos por el piso, etc.
No hay reglas fijas: hay hijos e hijos, padres y
padres, familias y familias. Circunstancias, edades. En principio hasta los 18
años pensamos que habría que hacerlos ir aunque por ellos
mismos preferirían no hacerlo. La manera de ponerlo en práctica no
es distinto del resto de los deberes morales (cómo conseguir
que los hijos no roben, respeten a los demás, etc.).
Dependerá de cómo los padres sepan hacerse querer y gocen
de una sana autoridad ante sus hijos. Si no tienen
autoridad para mandar otras cosas, también la tendrán difícil en
este ámbito. Evidentemente no se trata de llevarlos ejerciendo violencia física.
Son libres y pueden no obedecer. Será con todo el
dolor de los padres, un pecado del hijo. Y habrá
que ver como imponer el deber: como en otros los
campos, con el sistema de premios y castigos. Contra la
tendencia actual a dejar pasar cualquier cosa y que nunca
pase nada (lo que crea una sensación de impunidad que
envalentona el ánimo del transgresor y lo estimula a transgredir
aún más), habrá que tomar medidas.
Lo que nunca pueden hacer
los padres es consentir con el pecado, mostrándose indiferentes, como
si en esta familia el no ir a Misa el
domingo fuera una opción más. Si un hijo no asiste a
Misa los domingos es un problema serio. Habrá que rezar
más y ocuparse. No basta quitarse responsabilidades de encima, diciendo
“yo ya le dije”, como si con algún consejo uno
cumpliera su deber de formar. Obviamente habrá que comenzar desde
chicos la formación y ser firmes desde el principio: cuesta
mucho recuperar el terreno perdido.
Algunos consejos prácticos
El precepto obliga desde
el uso de razón, es decir, que desde los siete
años los chicos tienen que ir a Misa el domingo. De
todos modos es muy bueno que vayan desde siempre. Que
desde chiquitos aprendan a comportarse en Misa, a valorar y
respetar lo sagrado: en Misa no se juega, no se
habla, no se corre... En el caso de los bebitos
o chicos muy chicos que molesten mucho y no dejen
a sus padres ni al resto de los feligreses vivir
la Misa, sería bueno gestionar en la Parroquia un servicio
de guardería durante la Misa.
Rodear la Misa de un clima
de simpatía y de alegría, contribuirá a que los hijos
amen la Misa. Que vean a sus padres ir con
alegría. Participar del ambiente festivo del domingo. Saludar con afecto
al celebrante, etc.
La famosa “pilcha dominguera”: que la fe y
el amor a la Eucaristía se «vean» en nuestro empeño
por vestirnos bien, que nos ponemos elegantes para el Señor.
También en esto se muestra la importancia que damos a
la Misa.
El mejor sistema para fortalecer la propia fe es
contagiarla. De manera que la mejor manera de cultivar el
amor a la Eucaristía es hacer apostolado. Me impresionó una
chica de diez años que me contó que estaba tratando
de convencer a su vecina para que fuera a Misa.
Pensando que se trataría de una chica de su edad,
le pregunté cuántos años tenía su vecina. Me quedé helado
cuando me respondió: “50”. ¡La mocosa hacía apostolado con una
señora que podía ser su abuela!
En los momentos de exceso
de trabajo, exámenes, etc. habrá que estar más atentos. Cuanto
menos tiempo tenemos, más necesitamos a Dios, y El mirará
con mucho cariño el sacrificio.
Tener cuidado con los hijos rebeldes
para que no usen la inasistencia a Misa como arma
para “castigar” a sus padres cuando están enojados con ellos.
Como buscan “pegar” dónde duele es fácil que descubran que
ahí duele mucho.
Cuidado de no provocar mentiras. Si un hijo
se siente acorralado, puesto entre la espada y la pared,
podría ser que mintiera para zafar de esa situación. Más
vale una vigilancia discreta, que interrogatorios estresantes.
Evitar discusiones. Tener en
cuenta que cuando alguien no quiere hacer algo, los motivos
que arguye son lo menos importante: argumenta con lo primero
que se le ocurre, lo que escucha por ahí, etc.;
son la excusa con la que intenta justificar lo que
realmente le interesa. De manera que no vale la pena
entrar a discutir los argumentos concretos, intentándole demostrar uno por
uno. Mejor no empantanarse en discusiones secundarias. Ganarlas por elevación:
“ahora mejor vamos a Misa y después charlamos el tema
tranquilos”. Pueden llegar a decir que no tienen fe, que
ir a Misa no sirve para nada, o cualquier cosa.
Paciencia. Saber que no lo piensan.
Y para terminar El amor personal
a la Eucaristía y la unidad familiar son el mejor
caldo de cultivo para la valoración de la Eucaristía.
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