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Autor: Pedro Luis Llera Vázquez | Fuente: Catholic.net España o la indigencia moral
Ya no somos capaces de distinguir el bien del mal. Se ridiculiza la virtud y se fomentan los vicios como la cosa más normal del mundo...
España o la indigencia moral
España está alcanzando unas cotas de indigencia moral difícilmente igualables.
No es la crisis económica lo más preocupante en nuestra
patria, con ser extremadamente grave que más de cuatro millones
de compatriotas se encuentren sin trabajo. No. Lo peor del
caso es que vivimos en una sociedad enferma poco menos
que en estado terminal y la mayoría de la gente
parece no enterarse. Los síntomas son francamente preocupantes:
En España ya
no somos capaces de distinguir el bien del mal. Se
ridiculiza la virtud y se fomentan los vicios como la
cosa más normal del mundo. Se fomenta, por poner un
caso, la promiscuidad sexual y se hace burla de la
fidelidad; se desprecia a la familia y se mofan de
que pueda existir un amor para toda la vida.
Se invita a los adolescentes a que mantengan relaciones sexuales
prematuras y luego se extrañan de que aumenten los embarazos
no deseados. En las escuelas corrompen a nuestros hijos con
la ideología de género y se les hace ver que
todo vale, que todo está bien, que todo es igual.
Se les da toda la información sobre anticoncepción, pero se
les hurta la formación sobre el valor del amor del
matrimonio para toda la vida. Se les dice que el
sexo nada tiene que ver con el amor o con
la familia. Se les roba la verdad: que el sexo
es un regalo maravilloso de Dios cuando se da en
un matrimonio que decide compartir su vida y educar a
sus hijos; que se puede amar hasta el final; que
nada hay más maravilloso que tener un hijo.
Los hijos siempre
han sido una bendición. Ahora ya no. Los hijos son
un estorbo. Se repudia la vida y se exalta el
asesinato y la crueldad. Se considera al crimen abominable del
aborto como un derecho de la mujer y se pisotea
el derecho a la vida de los no nacidos. Estamos
empeñados en degradar la dignidad del ser humano a toda
costa; en convertir a las personas en animales que sólo
atienden a los impulsos de sus instintos, incapaces de pensar
y de tomar decisiones con racionalidad y libertad. En un
mundo absurdo, la vida es un sinsentido en el que
no queda sino disfrutar del goce hedonista para anestesiar el
dolor y el sufrimiento del vacío, del hastío, de la
nada que amenaza con ahogarnos. Nada tiene sentido: disfrutemos como
los cerdos de Epicuro en su pocilga hasta que nos
ahoguemos en nuestra propia inmundicia.
Aquí todo es mentira. En España,
la mentira es lo normal. Todos mienten. El engaño, la
corrupción y la estafa son el pan nuestro de cada
día. Todo el mundo es así. Ya no hay lugar
para la honradez, para la honestidad, para la autenticidad. Antes,
la palabra dada tenía un valor. Hoy en día, ni
siquiera un contrato firmado y rubricado ante notario es de
fiar. Cuatro niñatos sinvergüenzas son capaces de poner en jaque
a toda la policía y la judicatura de este país
después de confesar que han matado a una pobre chica.
Y se ve normal que mientan y no pasa nada.
Porque lo normal en España es mentir. El nepotismo y
el amiguismo prosperan por doquier: hay que colocar a los
amigos y a la familia antes que nada. Todo es
mentira, una gran mentira que acabará por destruirnos a todos.
El presidente miente, la oposición miente, los alcaldes roban, los
concejales se dejan sobornar, los presidentes autonómicos promueven la división
– cuando no el odio – entre los españoles…
Y ya
para colmo de males, en la final de la Copa,
miles de desalmados silban ante la presencia del rey y
desprecian el himno nacional. La bandera de España no aparece
por ninguna parte en la toma de posesión del nuevo
presidente del gobierno vasco. En los ayuntamientos de buena parte
de España, se proscribe nuestra bandera. Y no pasa nada.
Pues que conste que yo me siento insultado por el
ultraje a nuestro himno y a nuestro rey. Luego se
quejarán de que los españoles despreciemos a los nacionalistas catalanes
o vascos. Y digo a los nacionalistas; no a
los vascos o a los catalanes. Yo soy asturiano y
amo mi himno y mi bandera. Pero amo igualmente a
la bandera de España que un día juré defender y
al himno que nos representa a todos los españoles. Yo
no desprecio la bandera vasca ni la catalana ni se
me ocurriría silbar sus himnos, por respeto y por educación.
Como tampoco aceptaría que insultaran a la Cruz de la
Victoria o al “Asturias, patria querida”. Pero ahora resulta que
tengo que tragar que, en un acto público, miles de
personas me insulten y me desprecien en los símbolos que
me representan.
¿Por qué tenemos que soportar que tales ofensas
queden impunes? ¿De qué van esta banda de sinvergüenzas y
maleducados? ¿Qué se han creído? ¿Piensan acaso que son mejores
que un asturiano, que un andaluz o un extremeño? Yo
no me acuerdo de todos sus muertos por pura educación
y para que nadie pueda decir que promuevo el odio.
Son ellos quienes lo fomentan y no debemos caer
en sus provocaciones; pero tampoco debemos permanecer impasibles y hacer
como que no pasa nada. Yo no estoy dispuesto a
aceptar que meen por encima de mí y que tenga
que decir que llueve.
En España vivimos en la más absoluta
indigencia moral. Somos un país tercermundista desde el punto de
vista ético. No me extraña que quieran reprobar al Papa.
El Santo Padre representa la más alta instancia intelectual y
moral del mundo y eso aquí no se soporta. El
ambiente enrarecido nos asfixia y la gangrena ha necrosado buena
parte del tejido social y amenaza con destruir España y
llevarnos a todos por delante. Pero no podemos quedarnos a
verlas venir. Hay que cortar por lo sano. Urge una
rebelión cívica de las gentes de bien que aún quedan
en España.
Ya está bien. Es necesario reformar la educación
y devolver sus competencias al gobierno de la nación para
que haya un sistema educativo único para todos los españoles;
un sistema educativo que enseñe valores cívicos, que garantice que
cualquier español pueda estudiar en su lengua materna allí donde
viva sin imposiciones de ninguna clase (quien quiere en español,
en español; quien quiera en otra de las lenguas oficiales,
pues adelante); que enseñe a los niños a sentirse orgullosos
de su país, de su historia y de sus símbolos.
Necesitamos urgentemente arrebatar las escuelas de las garras de los
nacionalistas, que inoculan el odio a España a los niños;
y de los laicistas radicales, que intentan adoctrinar obligatoriamente a
nuestros hijos en sus repugnantes ideologías supuestamente progresistas. Es preciso
garantizar la independencia de los jueces para evitar que los
tribunales se conviertan en campos de batalla de los partidos
políticos. Es imprescindible reformar el estado de las autonomías para
garantizar la unidad de España y defender los intereses generales
de la nación por encima de los egoísmos particulares
de cada región. Tampoco puede esperar la reforma de la
ley electoral para que el parlamento realmente represente a la
mayoría de los españoles y ponga en el sitio que
les corresponde a las minorías nacionalistas. Resulta urgente e inaplazable,
en definitiva, una profunda regeneración moral, política y económica de
España, antes de que sea demasiado tarde.
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