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Autor: Noticias Globales. | Fuente: Noticias Globales. Material para maestros sobre educación sexual y prevención del VIH/sida
Mensaje de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata sobre el "Material de formación de formadores en educación sexual y prevención del VIH/SIDA" distribuido por los ministerios de Educación y de Salud de la Presidencia de la Nación.
Material para maestros sobre educación sexual y prevención del VIH/sida
DEFORMACIÓN DE FORMADORES
El Gobierno nacional difunde un manual de educación
sexual que descalifica la moral natural y avasalla la libertad
de enseñar y aprender.
Mons. Héctor Aguer, Arzobispo de la Plata
y presidente de la Comisión Episcopal de Educación, criticó las
orientaciones oficiales para impartir educación sexual. El prelado se refirió
expresamente a un manual -elaborado por los ministerios de Educación,
Ciencia y Tecnología y de Salud de la Nación- que
lleva por título Material de formación de Formadores en educación
sexual y prevención del VIH/sida.
El designio profundo del manual ‘desconstrucción’
de una concepción de la sexualidad de acuerdo al orden
natural y a la tradición cristiana”.
El material tiene una visión:
reduccionista (la sexualidad no contempla el bien integral de la
persona, en ningún momento se menciona al amor), constructivista (no
reconoce la existencia de una naturaleza de la persona y
de sus actos) y neomarxista (interpreta la sexualidad según la
dialéctica del poder).
Este enfoque intenta imponerse, además, de modo coercitivo,
atropellando la libertad de conciencia -de docentes, alumnos y padres-
y la libertad de enseñar y aprender -que debería respetarse
en escuelas privadas y estatales-.
Tras analizar el documento el Arzobispo
platense concluye: “Se avizora un peligroso avance totalitario (.) La
tan mentada neutralidad religiosa del Estado en el ámbito educativo,
el célebre laicismo escolar, no es compatible con la imposición
de una dogmática constructivista y atea que resulta una especie
de religión secular, ajena a la tradición nacional y a
los sentimientos cristianos de la mayoría de nuestro pueblo”.
A continuación
el análisis completo de Mons. Aguer:
ORIENTACIONES OFICIALES SOBRE EDUCACIÓN SEXUAL
Mensaje de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata
sobre el "Material de formación de formadores en educación sexual
y prevención del VIH/SIDA" distribuido por los ministerios de Educación
y de Salud de la Presidencia de la Nación.(27 de
julio de 2009)
Se está difundiendo actualmente un documento de
302 páginas titulado Material de formación de formadores en educación
sexual y prevención del VIH/SIDA. Se trata de un emprendimiento
oficial, que procede de los ministerios de Educación y de
Salud de la Presidencia de la Nación; una realización regional
del Proyecto de Armonización de Políticas Públicas para la promoción
de Derechos, Salud, Educación Sexual y Prevención del VIH/SIDA en
el Ámbito Escolar, con el auspicio de ONUSIDA y otros
organismos internacionales. Lleva también otro nombre: Proyecto Conjunto País. El
texto es una recopilación de escritos dispares, pero unificados por
una opción claramente ideológica, que no refleja la variedad de
posiciones que pueden adoptarse en una materia tan esencial y
que ha sido objeto de discusiones en distintos ámbitos, sobre
todo en la comisión creada oportunamente por el Ministerio de
Educación de la Nación para definir los lineamientos curriculares de
Educación Sexual. Por su tenor parece otra imposición totalitaria del
Estado, sobretodo teniendo en cuenta la delicadeza del asunto, ya
que en ninguna de sus propuestas toma en cuenta la
libertad de conciencia, tanto de los alumnos como de sus
padres, garantizada por la Constitución y la misma Ley de
Educación Nacional.
La ideología de género se expresa en este
documento con el máximo rigor. Se presenta esa perspectiva como
el instrumento para modificar significados y prácticas que, según tal
visión reduccionista, son construcciones obstaculizadoras (se refiere a valores católicos,
a la Iglesia) que impiden el acceso efectivo a los
derechos que se enuncian, referidos al ejercicio de la sexualidad.
El propósito de modificar conductas tiene una meta privilegiada de
carácter sanitario, prevenir la infección del virus de inmunodeficiencia humana
y de otras enfermedades de transmisión sexual.
Pero también
es fuerte el acento sociológico-político, ya que en varias de
las contribuciones recopiladas se enfoca la sexualidad desde la dialéctica
del poder. La promoción del uso del preservativo es sólo
el aspecto más superficial de esta propuesta (una obsesión de
las políticas oficiales, engañosas, además); el designio profundo es la
“desconstrucción” de una concepción de la sexualidad de acuerdo al
orden natural y a la tradición cristiana.
Desde el comienzo de
esta publicación desigual y farragosa la sexualidad es presentada como
una construcción histórica y sociocultural. Es lo propio de la
ideología de género, según la cual lo masculino y lo
femenino, el ser varón y el ser mujer, no surge
de una diferencia biológica y mucho menos se identifica con
ella, sino que procede de la evolución de la cultura
y es, por lo tanto, cambiante. Una persona sería varón
o mujer porque es tributaria de una determinada tradición cultural
que le ha impuesto estereotipos, porque desde la primera infancia
han modelado a esa persona para que se comporte como
varón o como mujer. La perspectiva de género establece una
escisión en la realidad viviente de la persona humana: por
un lado lo biológico, físico y corpóreo; por otro, la
libertad, la creatividad que caracteriza a un ser personal y
sus manifestaciones en la conducta y en la cultura. Siguiendo
las huellas de Descartes se desprecia lo biológico, que suele
identificarse, sin más, con lo natural, ya que en esta
concepción antropológica no se reconoce la existencia de una naturaleza
de la persona y de sus actos. El hombre sería
pura libertad creativa, fuente de incesante autoconstrucción y, en consecuencia,
capaz de hacer con su bíos lo que quiera, incluso
hasta de transformarlo según sus fantasías y sus trastornos de
personalidad. Una recta antropología reconoce la compleja armonía de una
unidad viviente, en la que se verifica una continuidad entre
lo biológico, lo psicológico y lo espiritual. Aquella escisión es
la base para afirmar, en la perspectiva de género, la
elección de la orientación sexual. La brecha estipulada entre sexo
y género explica también que, en la presentación de la
sexualidad que se ofrece en el documento que comentamos, jamás
se hable del amor. El sexo, al parecer, no tiene
nada que ver con el amor; la rica problemática filosófica,
e histórico-cultural sobre las relaciones entre eros y agápe, entre
el deseo y el don, no tiene cabida en esa
visión reduccionista de la sexualidad.
Llama la atención el uso que
se hace en el texto de la noción de sexualidad
integral. Parece designarse con ese nombre los diversos usos y
discursos a los que se subordinan los cuerpos, en los
cuales se inscriben los géneros, es decir, las diversas identidades
sexuales: femenino, masculino, “trans”, etc. De hecho, en el contexto,
la nota de integral equivale a un plural: se llama
sexualidad integral a las sexualidades; la apertura a la diversidad
subraya el desprecio del bíos y la escisión antes señalada.
Bajo el amparo del género caben los diversos comportamientos sexuales:
así se otorga carta de ciudadanía a la homosexualidad y
sus variantes. Es éste otro propósito recurrente en el documento.
Uno
de los “materiales” incluidos en la recopilación es un artículo
de la profesora Graciela Morgade, funcionaria del área educativa del
Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. La autora afirma
que el significado que se otorga a la sexualidad y
las dimensiones que se incluyen en esas definiciones, son producto
de relaciones sociales de poder. Y también lo son las
normas que regulan “qué” hacer con nuestra sexualidad, “como” vivirla.
Siguiendo a Jeffrey Weeks nos presenta como herederos de una
tradición absolutista judeo-cristiana, articulada desde el siglo XVIII con la
familia tradicional burguesa del capitalismo moderno.
Esta mascarada sirve para
descalificar toda moral sexual. No falta tampoco la mención a
Michel Foucault, en quien se inspira Morgade para afirmar que
la sexualidad es una cuestión política, hasta tal punto que,
cuanto más se la niega o reprime socialmente, más se
la alude, más se la nombra. Pero también que, y
en particular en la escuela, no basta con nombrarla para
habilitar discursos liberadores.
Me detengo todavía en esta autora para señalar
un párrafo inquietante de su artículo, en la página 33
de la colección. Se refiere al enfoque de educación sexual
propio de los servicios educativos de gestión privada, que según
ella sigue un modelo moralizante. He aquí el pasaje: Esta
perspectiva es contradictoria con la vocación universalizante de la escuela
pública y es más apropiado para los servicios educativos de
gestión privada que sostienen un ideario explícito que las familias
conocen y eligen. Sin embargo, aun con la libertad de
construcción del proyecto pedagógico institucional de la que gozan los
establecimientos y la libertad de elección por parte de las
familias, existen leyes nacionales e internacionales con respecto a los
derechos de niños/as y jóvenes a recibir información que también
limitan y brindan un marco común de ciudadanía que ningún
proyecto educativo debería omitir. Es evidente que estos enfoques aportan
contenidos que constituyen el corpus de la educación para la
sexualidad en la escuela. Sin embargo, suelen parcializar la cuestión,
tienden a silenciar las realidades de niños/as, jóvenes y adultos/as,
y por acción u omisión, terminan reforzando las relaciones de
poder hegemónicas. Deslizo dos rápidas observaciones. Es admirable la inversión
de las calificaciones, ya que se atribuye universalidad a la
visión torcida, reduccionista, de la sexualidad, propia de la ideología
de género, que el Estado impone arbitrariamente en la escuela
“pública” (debería decir: de gestión estatal), atropellando la libertad de
conciencia de los alumnos y de sus padres, y en
cambio se señala como parcializante el enfoque que integra un
“ideario explícito” en las escuelas públicas de gestión privada,
que en el caso de las católicas presenta integralmente la
realidad humana de la sexualidad, incluyendo todas sus dimensiones y
también, por supuesto, el amor, la libertad y la responsabilidad
moral. En segundo lugar, no me parece pecar de suspicaz
al reconocer una velada amenazada a la libertad de enseñar
y aprender la verdad, cuando se menciona la posible aplicación
de leyes nacionales e internacionales que declaran y tutelan derechos
de niños y jóvenes. Digámoslo claramente: leyes inicuas, presuntos derechos.
El Estado, para ejercer su inclinación totalitaria, posee una herramienta
democrática: un marco común de ciudadanía.
La inspiración neomarxista, que recuerda
en cierta medida al feminismo libertario de Shulamith Firestone, se
advierte en varios de los elementos que componen la recopilación
de materiales. En ellos se subraya la interpretación de la
sexualidad según la dialéctica del poder. Además, se insiste en
que el uso, disfrute y cuidado del cuerpo (a eso
se reduce la realidad plenaria, bella y sagrada de la
sexualidad humana) están fuertemente condicionados por la situación socioeconómica y
educativa, las costumbres y valores del grupo social de pertenencia
y las relaciones hegemónicas de género. Sin negar el posible
influjo de algunos de esos factores, es inaceptable el reduccionismo
antropológico: ninguna referencia a la realidad propiamente humana, personal, de
la sexualidad, que incluye la dimensión ética y espiritual. En
todo caso, el valor moral y la espiritualidad quedan subordinadas
a las relaciones de poder que se verifican en la
construcción social de la sexualidad.
El planteo constructivista se propone como
medio eficaz para superar estereotipos, los que se fijan cuando
se educa al varón como varón y a la mujer
como mujer. En el fondo, el constructivismo detesta la distinción
y la complementariedad de los dos sexos y con el
propósito de liberar a la mujer la masculiniza y destruye
su femineidad. Cito: no existe una “esencia” femenina o masculina,
formas de ser o comportamientos inmutablemente propios y distintos de
varones y mujeres, sino que a partir de las diferencias
de sexo biológico, se construyen producciones culturales y políticas sobre
lo masculino y lo femenino. La revelación bíblica, iluminando y
confirmando el orden natural de la creación, nos enseña, en
cambio, que la imagen divina en la criatura humana se
verifica en la forma irreductiblemente doble, y a la vez
complementaria, del varón y la mujer, en la unidad de
los dos.
La perspectiva de género se propone modificar los roles
sexuales (y no se tata simplemente de admitir que la
mujer trabaje fuera de casa y que el varón cuide
al bebé), sino alterar la constitución de la familia y
de la sociedad, con consecuencias impensables para el futuro de
la humanidad. Con el propósito de criticar un discurso que
intentaría circunscribir la participación de las mujeres a cuestiones reproductivas,
se menoscaba, por no decir que se desconoce la vocación
maternal que es propia de la condición femenina, de su
genio, y que constituye su gracia peculiar; desprecia asimismo su
lugar irreemplazable en la familia, en la familia sin más,
según el orden natural, y no en cierto tipo de
familia, como se dice con cierto dejo despectivo en el
texto. La potencialidad destructiva del orden familiar, de la que
está cargado este documento oficial, se manifiesta, por ejemplo, en
el siguiente enunciado: la perspectiva de género requiere de un
proceso comunicativo que la sostenga y la haga llegar al
corazón de la discriminación: la familia. El “empoderamiento” de la
mujer, como superación de las relaciones hegemónicas de poder, implica
introducir la potencia destructiva de la dialéctica en el seno
de la familia. Es el planteo habitual del feminismo extremo.
El
“enfoque de derechos”, como se lo llama, proclama para los
niños y adolescentes el derecho al sexo como un derecho
humano, y concretamente: a decidir tener o no tener relaciones
sexuales, libres de todo tipo de coerción y violencia y
a no sufrir ninguna consecuencia no deseada de esas relaciones.
Derecho, también, a recibir educación sexual temprana y adecuada para
evitar esas consecuencias y a alcanzar el más alto nivel
de salud sexual y reproductiva. Ni amor, ni responsabilidad, ni
matrimonio, ni familia como proyecto de vida. Se confiesa explícitamente
que la educación sexual excluye la formación en las virtudes,
el aprecio y respeto de los valores esenciales que constituyen
a la persona en su auténtica perfección. Así se dice,
en un texto debido a Eleonor Faur: la educación en
sexualidad es, en definitiva, un tipo de formación que busca
transmitir herramientas de cuidado antes que modelar comportamientos. En suma,
por educación sexual se entiende la reivindicación del derecho a
fornicar lo más temprano posible, y sin olvidar el condón.
Se afirma expresamente que la Escuela debe orientar sobre el
uso exclusivo del preservativo como único medio de protección eficaz
en la relación sexual, frente al VIH, tanto para los
varones como para las mujeres. ¿No sería más eficaz e
indudablemente segura la abstinencia de relaciones sexuales prematuras e irresponsables?
La
orientación de este programa “educativo” a partir de la afirmación
de los derechos de los niños y adolescentes conduce a
excluir la autoridad de los padres y los derechos y
deberes que brotan de la patria potestad, tutelados por la
Constitución Nacional, las leyes y las diversas Convenciones Internacionales suscritas
por la República Argentina. Una verdadera subversión del orden jurídico.
Se avizora un peligroso avance totalitario sobre la libertad de
conciencia (no se menciona para nada en el texto la
posible objeción) y sobre la libertad de enseñar y aprender,
no sólo la de los docentes y alumnos de las
escuelas de gestión privada, que pueden verse obligados a aceptar
contenidos incompatibles con los respectivos idearios institucionales, sino también la
de los que enseñan y aprenden en las escuelas estatales,
a los que no se les puede imponer sin injusticia
manifiesta una concepción del hombre contraria a sus convicciones. La
tan mentada neutralidad religiosa del Estado en el ámbito educativo,
el célebre laicismo escolar, no es compatible con la imposición
de una dogmática constructivista y atea que resulta una especie
de religión secular, ajena a la tradición nacional y a
los sentimientos cristianos de la mayoría de nuestro pueblo.
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