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| Tema # 7 Perdonar y Disculpar |
Autor: comunidad de Educadores Católicos Fuente: Mons. Francisco Ugarte Corcuera, “Del
Resentimiento al Perdón. Una Puerta para la Felicidad”. 12ª reimpresión,
2008. Disponible en las estas librerías católicas:
https://www.beityala.com/ http://www.rialp.com
Tercera
parte: El perdón Tema 1 Disculpar y
perdonar
Si camino por la calle y de pronto tropiezo, pierdo
el equilibrio e involuntariamente arrojo al suelo a una
persona, lo que procede es pedir una disculpa. Si la
víctima de mi accidente se da cuenta que mi acción
ha sido, en efecto, involuntaria, me disculpará, es decir, reconocerá
que no fui culpable. En cambio si ese mismo transeúnte,
al llegar a su casa, insulta a su esposa, no
basta que luego solicite ser disculpado, deberá pedir perdón, porque
ha sido culpable de la ofensa cometida.
Se disculpa al
inocente y se perdona al culpable. Disculpar es un acto
de justicia, porque la persona que ha ofendido merece que
se le reconozca que no es culpable, tiene derecho a
la disculpa, mientras que el perdón trasciende la estricta justicia,
porque el culpable, no merece el perdón; si se le
perdona es por un acto de amor, de misericordia.
No cabe
duda que resulta más fácil disculpar que perdonar. Cuando me
doy cuenta que alguien no tiene la culpa, no encuentro
en mí ninguna resistencia para disculparlo, porque lo natural es
reconocer su inculpabilidad. En cambio cuando, cuando descubro que el
ofensor es culpable de su acción, de ordinario, surge naturalmente
una acción, inspirada por el sentido de justicia, que exige
que esa persona cargue con las consecuencias de su acción,
que pague el daño cometido. El perdón implica ir en
contra de esa primera reacción espontánea, hay que superarlo con
la misericordia. Lo que, en cambio, no tiene sentido, porque
se trataría de un esfuerzo estéril, es perdonar lo que
merece una simple disculpa.
En la vida ordinaria es frecuente que
muchas acciones aparentemente ofensivas se interpreten como agresiones culpables, cuando
en realidad no lo son, porque carecen de intencionalidad. Por
ejemplo en las omisiones involuntarias. Una buena dosis de reflexión,
unida a la actitud de ponerse en el lugar del
otro, permite comprender con objetividad tales acciones u omisiones, y
descubrir que en múltiples casos sólo basta disculpar, porque la
persona sólo actuó por error, por ignorancia o por simple
distracción. Otras veces ocurrirá que descubrimos circunstancias atenuantes que pueden reducir
el grado de culpabilidad, como el padre de familia que
llega a casa cansado, después de un día problemático en
el trabajo, y reacciona con mal humor ante la música
que están oyendo sus hijos; o la esposa no recibe
al marido con todo el afecto que él esperaría,
porque está con los nervios de punta, después que ha
atendido múltiples asuntos domésticos. También puede suceder que existen
circunstancias permanentes, que si se comprenden simplifican considerablemente el
problema del perdón, por ejemplo los padres que reconocen las
etapas que viven sus hijos y no se sorprenden
por reacciones ofensivas, y no pierden el tiempo lamentándose
por la ofensa del hijo y sí emplean el
tiempo en formarlo.
No se trata de cerrar los ojos
a la realidad, hay que distinguir con la mayor
precisión lo que es disculpable y lo que si necesita
ser perdonado. Debemos esforzarnos por mirar realista y objetivamente a
los demás, que no consiste en juzgarlos y mirarlos como
enemigos potenciales, sino en mirarlos con amor.
Misericordia y perdón
En el
antiguo testamento prevalecía la ley del Talión, inspirada en la
estricta justicia. “ojo por ojo, diente por diente”. Jesucristo viene
a perfeccionar la antigua ley e introduce una modificación fundamental
que consiste en vincular la justicia a la misericordia, más
aún en subordinar la justicia al amor, lo cual resulta
tremendamente revolucionario. A partir de Jesucristo, las ofensas recibidas deberán
perdonarse, porque el perdón forma parte esencial del amor. “El
perdón es una feseta del amor”.
La misericordia que Jesús practica
y exige a los suyos, choca, no solo, con el
sentir de su época, sino con el de todos los
tiempos: “han oído ustedes que se dijo: ama a tu
prójimo y odia a tu enemigo. Yo, en cambio, les
digo: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los
que los odian y rueguen por los que los persiguen
y calumnian” (Mt 5, 43-44). “Al que te golpee
en una mejilla, preséntale la otra; al que te
quite el manto, déjalo llevarse también la túnica” (Lc 6,
28-29). Estas exigencias del amor superan la natural capacidad humana,
por eso Jesús invita a los suyos a una meta
que no tiene límites, porque sólo desde ahí podrán lo
que se les está pidiendo: “Sean misericordiosos, como su padre
es misericordioso” (Lc 6, 36). Para este ideal tenemos que
contar con la ayuda de Dios.
Qué es perdonar
A Diferencia
del resentimiento producido por ciertas ofensas, el perdón no es
un sentimiento. Perdonar no equivale a dejar de sentir Hay
quienes consideran que están incapacitados para perdonar ciertos agravios porque
no pueden dejar de sentir sus efectos, no pueden dejar
de experimentar la herida, ni el odio, ni el afán
de venganza. La incapacidad para dejar de sentir
el resentimiento, en el nivel emocional, puede ser, efectivamente insuperable,
al menos a corto plazo. Sin embargo si se comprende
que el perdón se sitúa en un nivel distinto al
del resentimiento, esto es, en el nivel de la voluntad,
se descubrirá el camino que apunta a la solución.
El empleado
que ha sido despedido injustamente de la empresa, el conyugue
que ha sufrido la infidelidad de su pareja, o los
padres que han padecido el secuestro de un hijo, pueden
decidir perdonar, a pesar del sentimiento adverso que necesariamente están
experimentando, porque el perdón es un acto volitivo, es decir,
de la voluntad y no un acto emocional. Entender esta
diferencia entre, entre sentir una emoción y tomar una decisión,
es ya un paso importante para clarificar un problema. Muchas
veces en la vida tenemos que actuar en sentido
inverso a la dirección que marcan nuestros sentimientos, y de
hecho lo hacemos porque nuestra voluntad se sobrepone a nuestras
emociones. Por ejemplo cuando sentimos desanimo por algún fracaso que
hemos tenido en la realización de alguna tarea, y en
lugar de abandonarla, nos sobreponemos y seguimos adelante hasta concluir;
cuando alguien nos ha molestado y sentimos el impulso de
agredirlo, pero decidimos controlarnos y ser pacientes; cuando experimentamos la
inclinación hacia la pereza y, sin embargo, optamos por trabajar.
En todos estos casos se manifiesta la capacidad de la
voluntad para dominar los sentimientos. Lo mismo ocurre cuando perdonamos,
a pesar de que emocionalmente nos encontremos inclinados a no
hacerlo.
El perdón es un acto de voluntad porque consiste en
una decisión. ¿Cuál es el contenido de esta decisión? ¿Qué
es lo que decido cuando perdono? Al perdonar opto por
cancelar la deuda moral que el otro ha contraído conmigo
al ofenderme, y por lo tanto, lo libero en cuanto
deudor. No se trata, evidentemente, de suprimir la ofensa cometida,
de eliminarla y hacer como que nunca haya existido, porque
carecemos de ese poder. Sólo Dios puede borrar la acción
ofensiva y hacer que el ofensor vuelva la situación en
que se encontraba antes de cometerla. Pero nosotros cuando perdonamos
realmente, desearíamos que el otro quedara completamente eximido de la
mala acción que cometió. Por eso, “perdonar implica pedir a
Dios que perdone, pues sólo así la ofensa es aniquilada”.
Un palpable ejemplo de este tipo de perdón es el
de Dios que siempre está dispuesto a cancelar toda deuda,
a olvidar y a renovar. Nos serviremos de la siguiente
meditación del padre Juan Ferrán, para sacar las conclusiones
de este tema.
Encontramos este relato en Lc 7, 36-50.
Es un
relato maravilloso en todo su desarrollo. Comienza la historia con
la invitación de un fariseo a comer en su casa.
En la misma ciudad había una mujer pecadora pública. Al
saber que Jesús estaba allí, cogió un frasco de alabastro
de perfume, entró en la casa, se puso a los
pies de Jesús a llorar, mojando sus pies con sus
lágrimas y secándoselos con sus cabellos, ungió los pies de
Cristo con el perfume y los besó. El fariseo, entretanto,
ponía en duda a Cristo. Pero Jesús, que leía su
pensamiento, le propuso una parábola sobre un acreedor que tenía
dos deudores y a ambos perdonó. Se aprovechó de aquella
parábola para salir en defensa de aquella mujer comparando su
actitud con la de él: la de ella llena de
amor y arrepentimiento; la de él llena de soberbia y
vanidad. Tras ello, hace una afirmación que parece la absolución
tras una excelente confesión: “Le quedan perdonados sus muchos pecados,
porque ha mostrado mucho amor”, dice dirigiéndose al fariseo, llamado
Simón. Y a la mujer: “Tus pecados quedan perdonados. Tu
fe te ha salvado. Vete en paz”. Los comensales volvieron
a juzgar a Jesús: “Quién es éste que hasta perdona
los pecados?”.
Siempre que se mete uno a fondo en la
propia vida y comprueba lo lejos de Dios que se
encuentra y ve cómo el pecado grave o menos grave
nos domina, se puede sentir la tentación del desaliento y
de la desesperación. Del desaliento en cuanto a sentirse uno
incapaz de superar las propias limitaciones. De desesperación en cuanto
a pensar que no se es digno del perdón misericordioso
de Dios. En estos momentos de los ejercicios, tras haber
reflexionado sobre el pecado, podemos sentirnos desalentados o desesperados. Por
ello, es muy importante sin frivolidad y sin infantilismos, -porque
a veces se toma a Dios así-, echarnos en brazos
de la misericordia divina.
Dios siempre está dispuesto a perdonar, a
olvidar, a renovar. Ahí tenemos la parábola del hijo pródigo
en la que un padre espera con ansia la vuelta
de su hijo que se ha ido voluntariamente de su
casa. Dios siempre nos espera; siempre aguarda nuestro retorno; nada
es demasiado grande para su misericordia. Nunca debemos permitir que
la desconfianza en Dios tome prisionero nuestro corazón, pues entonces
habríamos matado en nosotros toda esperanza de conversión y de
salvación. La misericordia del Señor es eterna. En el libro
del Profeta Oseas leemos frases que nos descubren esa ternura
de Dios hacia nosotros: “Cuando Israel era niño, yo le
amé... Cuanto más los llamaba, más se alejaban de mí...
Con cuerdas humanas los atraía, con lazos de amor, y
era para ellos como los que alzan a un niño
contra su mejilla...” (11, 1-4).
Frecuentemente una de las acciones
más específicas del demonio es desalentarnos y desesperarnos. “Ya no
tienes remedio. Ya es demasiado lo que has hecho”. Y
muchos de nosotros nos dejamos llevar por esos sentimientos que
nos quitan no sólo la paz, sino la fuerza para
luchar por ser mejores. Dios, en cambio, siempre nos espera,
porque nos ama, porque no se resigna a perder lo
que su Amor ha creado. “Yo te desposaré conmigo para
siempre; te desposaré conmigo en justicia y en derecho, en
amor y en compasión” (Os 2,21). Qué nunca el temor
al perdón de Dios nos aparte de volver a El
una y otra vez! Hasta el último día de nuestra
vida nos estará esperando.
La misericordia de Dios, sin embargo, no
se puede tomar a broma. Ella nace en el conocimiento
que Dios tiene de nuestra fragilidad, de nuestra pequeñez, de
nuestra condición humana, y, sobre todo, del amor que nos
profesa, pues “El quiere que todos se salven y lleguen
al conocimiento de la verdad”. La misericordia divina no puede,
en cambio, ser el tópico al que recurrimos frecuentemente para
justificar sin más una conducta poco acorde con nuestra realidad
de cristianos y de seres humanos, o para permitirnos atentar
contra la paciencia divina por medio de nuestra presunción.
A
espaldas de la pecadora sólo hay una realidad: el pecado.
En su horizonte sólo una promesa: la tristeza, la desesperación,
el vacío. Pero en su presente se hace realidad Cristo,
el rostro humano de Dios. Ella nos va enseñar cómo
actúa Dios cuando el ser humano se le presta.
La mujer
reconoce ante todo que es una pecadora. Esas lágrimas que
derrama son realmente sinceras y demuestran todo el dolor que
aquella mujer experimentaba tras una vida de pecado, alejada de
Dios, vacía. Hay lágrimas físicas y también morales. Todas valen
para reconocer que nos duele ofender a Dios, vivir alejados
de Él. A ella no le importaba el comentario de
los demás. Quería resarcir su vida, y había encontrado en
aquel hombre la posibilidad de la vuelta a un Dios
de amor, de perdón, de misericordia. Por eso está ahí,
haciendo lo más difícil: reconocerse infeliz y necesitada de perdón.
Cristo,
que lee el pensamiento, como lo demostró al hablar con
Simón el fariseo, toca en el corazón de aquella mujer
todo el dolor de sus pecados por un lado, y
todo el amor que quiere salir de ella, por otro.
Todo está así preparado para el re-encuentro con Dios. Se
pone decididamente de su parte. Reconoce que ella ha pecado
mucho (debía quinientos denarios). Pero también afirma que el amor
es mucho mayor el mismo pecado. “Le quedan perdonados sus
muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor”. Se realiza así
aquella promesa divina: “Dónde abundó el pecado, sobreabundó la misericordia”.
El corazón de aquella mujer queda trasformado por el amor
de Dios. Es una criatura nueva, salvada, limpia, pura.
La misericordia
divina le impone un camino: “Vete en paz”. Es algo
así como: “Abandona ese camino de desesperación, de tristeza, de
sufrimiento”. Coge ese otro derrotero de la alegría, de la
ilusión, de la paz que sólo encontrarás en la casa
de tu Padre Dios. No sabemos nada de esta pecadora
anónima. No sabemos si siguió a Cristo dentro del grupo
de las mujeres o qué fue de ella. Pero estamos
seguros de que a partir de aquel día su vida
cambio definitivamente. También a ella la salvó aquella misericordia que
salvó a la adúltera, a Pedro, a Zaqueo, y a
tantos más.
En nuestra vida de cristianos, y muy especialmente en
la vida de la mujer, tan sensible a la falta
de amor, tan proclive al desaliento, tan inclinada a sufrir
la ingratitud de los demás, es muy fácil comprender lo
que le dolemos a Dios cuando nos apartamos de su
amor y de su bondad. Por ello, abrámonos a la
Misericordia divina para reforzar nuestra decisión de nunca pecar, de
nunca abandonar la casa del Padre, de nunca intentar probar
ese camino de tristeza y de dolor que es el
pecado.
La constatación de nuestras miserias, a veces reiteradas, nunca deben
convertirse en desconfianza hacia Dios. Más aún, nuestras miserias deben
convencernos de que la victoria sobre las mismas no es
obra fundamentalmente nuestra sino de la gracia divina. Sólo no
podemos. Es a Dios a quien debemos pedirle que nos
salve, que nos cure, que nos redima. Si Dios no
hace crecer la planta es inútil todo esfuerzo humano. Somos
hijos del pecado desde nuestra juventud. Sólo Dios pude salvarnos.
Junto
a esta esperanza de salvación de parte de Dios, la
Misericordia divina exige nuestro esfuerzo para no ser fáciles en
este alejarnos con frecuencia de la casa del Padre. Hay
que luchar incansablemente para vivir siempre ahí, para estar siempre
con Él, para defender por todos los medios la amistad
con Dios. El pecado habitual o el vivir habitualmente en
pecado no puede ser algo normal en nosotros, y menos
el pensar que al fin y al cabo como Dios
es tan bueno... Estaremos siempre en condiciones o en posibilidades
de invocar el perdón y la misericordia divina?
No olvidemos que
como la pecadora siempre tenemos la gran baza y ayuda
de la confesión. Ella hizo una confesión pública de sus
pecados, manifestó su profundo arrepentimiento, demostró su propósito de enmienda.
Al final Cristo la absolvió. La confesión es fundamental para
el perdón de los pecados. Más aún, es necesaria la
confesión frecuente, humilde, confiada. Como otras muchas cosas, sólo a
Dios se le ha podido ocurrir este sacramento de la
misericordia y del perdón. No acercarse a la confesión con
frecuencia es una temeridad. Tenemos demasiado fácil el regreso a
Dios.
Cuestionario práctico
El cuestionario práctico nos ayuda
y llena de luz porque confronta nuestra vida con las
exigencias objetivas de la vocación cristiana, haciéndonos conocer las desviaciones
o avances positivos, así como la raíz más profunda de
sus causas. Nos ayuda también a suscitar dentro de nosotros
una actitud de contrición, al propósito de superación cuando vemos
lo negativo y de gratitud con Dios cuando reconocemos con
sencillez nuestro progreso. Además el católico, el cristiano es un
soldado de Jesucristo que con frecuencia debe limpiar, afilar y
ajustar la armadura según lo recomienda San Pablo: “Por lo
demás, fortaleceos en el Señor y en la fuerza de
su poder, revestíos de la armadura de Dios para que
podáis resistir contra las asechanzas del diablo…y tras haber vencido
todo, os mantengáis firmes” (Ef.6. 10-13)
El examen de conciencia realizado
con seriedad y continuidad, es un gran medio para alcanzar
el conocimiento personal, la madurez, la coherencia de vida y
el progreso por el camino del bien. Nos hace sensibles
al pecado y nos ayuda a superar las tentaciones, pruebas
y contrariedades.
A continuación te ofrecemos un cuestionario que te ayudará
a examinar tu propia vida, tus principios, tus criterios conforme
al criterio del evangelio.
(Las respuestas NO se publican en los
foros, es de uso personal)
¿Soy caritativo en mis pensamientos hacia
los demás? ¿Se disculpar los fallos y errores? ¿o me
he formado ya la costumbre de mirar todo con ojos
justicieros e interpretar su forma de actuar?
¿He desechado ya
de mi vida todo rencor? ¿Toda envidia? ¿Celos? ¿Deseo de
venganza? ¿Habita en mí el perdón y la misericordia?
¿Oro por
los demás especialmente aquellos que me han hecho del mal?
¿Cuándo perdono verdaderamente cancelo la deuda que la otra persona
ha contraído hacia mi independientemente si me pide o no
este perdón?
Participación en el foro
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tus conclusiones
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