Las virtudes capacitan a la persona para realizar acciones perfectas y alcanzar su plenitud humana, y la disponen a recibir, con la gracia, la plenitud sobrenatural, la santidad.
Evitar el mal no es una pura negación. «Entraña un movimiento de la voluntad que repudia el mal» que lleva a poner los medios necesarios para evitarlo, en la medida de lo posible.
En la vida del cristiano que se sabe corredentor con Cristo, la templanza refleja el rostro de Cristo ante los demás, de modo que todos se pueden sentir atraídos por Él.
Si estamos unidos a Dios por la fe, la esperanza y la caridad, y si practicamos las virtudes humanas, extenderemos por todo el mundo la Verdad de Cristo, la única que salva, la única que nos hace libres y felices.
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