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| Capitulo 3. Las Virtudes Sobrenaturales y los Dones del Espíritu Santo |
Curso La perfección de la persona. Un curso
sobre las virtudes
Autor: Tomás Trigo Profesor de Teología Moral Facultad
de Teología Universidad de Navarra
Consultorio virtual
http://www.unav.es/tmoral/virtudesyvalores
Cap. 3 Las Virtudes Sobrenaturales y los Dones
del Espíritu Santo
Sumario
1. La vocación del cristiano 1.1. La unión con
Cristo por la gracia a) El bautismo b) La filiación divina c)
Gracia, virtudes y dones 1.2. Seguimiento e identificación con Cristo a)
Conformarse con Cristo b) Identificación con Cristo y Eucaristía 1.3. El don
del Espíritu Santo 1.4. Las virtudes sobrenaturales y los dones 2. Las
virtudes teologales 3. Los dones del Espíritu Santo 4. La relación
de las virtudes humanas y sobrenaturales a) El organismo cristiano de
las virtudes b) Unión, no yuxtaposición ni confusión, de las
virtudes humanas y sobrenaturales c) Las virtudes humanas y las sobrenaturales
se necesitan mutuamente d) Unidad de vida y santidad en
la vida ordinaria 5. La Iglesia, ámbito de la adquisición y
educación de las virtudes
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Las Virtudes Sobrenaturales y los Dones del Espíritu Santo.
El fin último al que todo
hombre está llamado es único: el fin sobrenatural, la participación
en la vida íntima de la Trinidad como hijos en
el Hijo. La vocación del
cristiano (y de todo hombre) es la identificación con Cristo
(1), en quien somos injertados en el Bautismo por la
gracia, con la que también recibimos las virtudes sobrenaturales y
los dones del Espíritu Santo (1.1.).
La vida nueva del cristiano, hijo de Dios, consiste
en seguir, imitar e identificarse con el Hijo por naturaleza,
es decir, en vivir de acuerdo con el don de
la filiación divina, fundamento ontológico de toda la vida cristiana
(1.2.).
Esta vida es posible
gracias al Don del Espíritu Santo, que habita en el
alma del cristiano (1.3.).
Después
de la reflexión general sobre la vocación cristiana y los
medios sobrenaturales para vivirla, estudiaremos las características de las virtudes
teologales (2) y los dones (3), lo que ayudará a
comprender mejor un tema siempre difícil: las relaciones entre las
virtudes humanas y sobrenaturales, que es un aspecto particular de
las relaciones entre naturaleza y gracia (4).
Por último, expondremos algunas reflexiones sobre la Iglesia
como ámbito de la recepción y educación en las virtudes
(5).
1. La vocación del cristiano
La
vocación del hombre está claramente señalada por San Pablo en
la Carta a los Efesios: Dios nos eligió en Cristo
«antes de la creación del mundo para que fuéramos santos
y sin mancha en su presencia, por el amor; nos
predestinó a ser sus hijos adoptivos por Jesucristo conforme al
beneplácito de su voluntad, para alabanza y gloria de su
gracia, con la cual nos hizo gratos en el Amado,
en quien, mediante su sangre, tenemos la redención, el perdón
de los pecados, según las riquezas de su gracia» (Ef
1, 4-7).
La doxología final
de las plegarias eucarísticas constituye la síntesis de la vocación
a la que todos los hombres están llamados: «Por Cristo,
con Él y en Él, a ti, Dios Padre omnipotente,
en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda
gloria…» Dar gloria al Padre, siendo hijos en el Hijo, mediante
el Espíritu Santo: he aquí en pocas palabras el verdadero
sentido de la vida del hombre. 1.1. La unión con
Cristo por la gracia
a) El bautismo
Dios ha revelado su voluntad de salvar a los
hombres en Cristo. Esta voluntad obra eficazmente en el Bautismo,
por el que «somos liberados del pecado y regenerados como
hijos de Dios, llegamos a ser miembros de Cristo y
somos incorporados a la Iglesia y hechos partícipes de su
misión»(1).
Por el Bautismo, el
creyente participa en la muerte de Cristo, es sepultado y
resucita con Él: «¿No sabéis que cuantos hemos sido bautizados
en Cristo Jesús hemos sido bautizados para unirnos a su
muerte? Pues fuimos sepultados juntamente con él mediante el bautismo
para unirnos a su muerte, para que, así como Cristo
fue resucitado de entre los muertos por la gloria del
Padre, así también nosotros caminemos en una vida nueva» (Rm
6, 3-4).
El hombre renacido en
el Bautismo es una nueva criatura (cf. 2Co 5, 17).
Se trata, en efecto, de un nuevo nacimiento (cf. Jn
3, 3) por el que la persona adquiere una nueva
vida -la vida sobrenatural-, la cual debe crecer y desarrollarse
hasta poder afirmar con San Pablo: «No soy yo el
que vive, es Cristo quien vive en mí» (Ga 2,
20).
b) La filiación divina
El Bautismo
no solo purifica de todos los pecados, sino que hace
del hombre un hijo adoptivo de Dios (cf. Ga 4,
5-7), «partícipe de la naturaleza divina» (2P 1, 4), miembro
de Cristo, coheredero con Él y templo del Espíritu Santo
(cf. 1Co 6,19).(2)
«Insertado en Cristo,
el cristiano se convierte en miembro de su Cuerpo, que
es la Iglesia (cf. 1Co 12, 13. 27). Bajo
el impulso del Espíritu, el Bautismo configura radicalmente al fiel
con Cristo en el misterio pascual de la muerte y
resurrección, lo “reviste de Cristo” (cf. Ga 3,27): “Felicitémonos y
demos gracias –dice san Agustín dirigiéndose a los bautizados-: hemos
llegado a ser no solamente cristianos sino el propio Cristo
(…). Admiraos y regocijaos: ¡hemos sido hechos Cristo!”(3)»(4)
El cristiano, el hombre injertado en Cristo, está
divinizado, es verdaderamente hijo de Dios por participación, hermano de
Cristo: pertenece en el sentido más auténtico a la familia
de Dios (domestici Dei: Ef 2,19); por la gracia es
introducido en la vida íntima de la Santísima Trinidad.
La filiación de Cristo y la
del cristiano son distintas: la de Cristo es eterna, inmutable
y plena; la del cristiano tiene un comienzo y es
perfectible, su modelo es Cristo, Primogénito además de Unigénito. Pero,
aunque se trate de una filiación distinta, el cristiano está
incorporado realmente a Cristo. No se trata de una adopción
meramente legal, sino de una verdadera participación en la naturaleza
divina. Por eso, se puede decir que el cristiano unido
a Cristo es “ipse Christus”, el mismo Cristo.
c) Gracia, virtudes
y dones
La vida nueva
en Cristo está llamada a crecer y fortalecerse, y a
dar fruto para la vida eterna: «Los fieles renacidos en
el Bautismo se fortalecen con el sacramento de la Confirmación
y, finalmente, son alimentados en la Eucaristía con el manjar
de la vida eterna, y, así por medio de estos
sacramentos de la iniciación cristiana, reciben cada vez con más
abundancia los tesoros de la vida divina y avanzan hacia
la perfección de la caridad»(5).
Para
poder vivir como hijo de Dios, el cristiano recibe, con
la gracia, las virtudes sobrenaturales y los dones. La gracia
de la justificación que la Santísima Trinidad otorga al bautizado,
lo capacita, mediante las virtudes teologales, para creer en Dios,
esperar en Él y amarlo; mediante los dones del Espíritu
Santo, le concede poder vivir y obrar bajo sus mociones
e inspiraciones; y mediante las virtudes morales, le permite crecer
en el bien. El bautizado es así un hombre nuevo,
dotado de un organismo sobrenatural gracias al cual puede vivir
una nueva vida: la vida divina, la vida de hijo
de Dios.(6)
1.2. Seguimiento e identificación con Cristo
¿Qué implica la unión del cristiano con Cristo,
la filiación divina? El nuevo ser comporta un nuevo obrar:
vivir como hijos de Dios, es decir, imitar a Cristo,
seguir a Cristo e identificarse con Él. No se trata
de un aspecto accidental de la vida del cristiano, sino
de su esencia. «Seguir a Cristo es el fundamento esencial
y original de la moral cristiana»(7).
Si el cristiano es, por la gracia, el mismo Cristo,
la vida del cristiano debe ser prolongación de la vida
terrena de Cristo; debe pensar, sentir y actuar como Cristo,
hasta que sea conforme con la imagen del Hijo (cf.
Rm 8, 29).
Cristo no solo
es el Salvador, sino también el modelo humano-divino de todo
hombre; es el maestro de la vida moral, de todas
las virtudes y de su culminación en el amor, manifestado
especialmente en su pasión y muerte en la Cruz; es
la Persona a la que el hombre tiene que seguir
y con la que debe identificarse para vivir la vida
de hijo de Dios, para la gloria del Padre, en
el Espíritu Santo.
Por tanto, solo
en la contemplación amorosa de la vida de Cristo se
descubre en plenitud el sentido de las diversas virtudes y
el valor moral de las acciones: solo Cristo «manifiesta plenamente
el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza
de su vocación»(8).
«Seguir a Cristo:
este es el secreto. Acompañarle tan de cerca, que vivamos
con Él, como aquellos primeros doce; tan de cerca, que
con Él nos identifiquemos. No tardaremos en afirmar, cuando no
hayamos puesto obstáculos a la gracia, que nos hemos revestido
de Nuestro Señor Jesucristo (cf. Rom XIII, 14). Se refleja
el Señor en nuestra conducta, como en un espejo. Si
el espejo es como debe ser, recogerá el semblante amabilísimo
de nuestro Salvador sin desfigurarlo, sin caricaturas: y los demás
tendrán la posibilidad de admirarlo, de seguirlo»(9).
La nueva vida y la conciencia de saberse hijo
de Dios, que es la verdad más radical e íntima
sobre la propia identidad, proporciona al cristiano un nuevo modo
de ser y de estar en el mundo, cualesquiera que
sean sus circunstancias, muy distinto al de quien solo se
supiese criatura de Dios. Configura toda su existencia, su visión
de la realidad y su conducta, el trabajo, el descanso
y las relaciones con los demás hombres, sus hermanos.
a) Conformarse
con Cristo
La imitación y seguimiento
de Cristo no consisten en «una imitación exterior, porque afecta
al hombre en su interioridad más profunda. Ser discípulo de
Jesús significa hacerse conforme a Él, que se hizo servidor
de todos hasta el don de sí mismo en la
cruz (cf. Flp 2,5-8). Mediante la fe, Cristo habita en
el corazón del creyente (cf. Ef 3,17), el discípulo se
asemeja a su Señor y se configura con Él; lo
cual es fruto de la gracia, de la presencia operante
del Espíritu Santo en nosotros»(10).
Al pensar en la imitación de Cristo es preciso evitar
un peligro no poco frecuente, especialmente en algunas épocas: considerar
a Jesús solo como un modelo humano; muy elevado, pero,
a fin de cuentas, humano. Jesús es Dios y, por
tanto, está por encima de todo modelo humano. Precisamente por
eso puede pedir al hombre, no que le imite como
se imita a un modelo externo, sino que se conforme
ontológica y moralmente con Él, que se una a Él,
que viva su misma vida divina y que participe de
su misión real, profética y sacerdotal. Y para que tal
identificación sea posible, le concede la gracia y las virtudes
sobrenaturales y dones que la acompañan.
Ser Cristo implica vivir la vida de Cristo: su misión
y su destino. Concretamente, la identificación con Cristo lleva a
corredimir con Él, a participar en su misión redentora: «No
es posible separar en Cristo su ser de Dios-Hombre y
su función de Redentor. El Verbo se hizo carne y
vino a la tierra ut omnes homines salvi fiant (cf.
I Tim II, 4), para salvar a todos los hombres.
Con nuestras miserias y limitaciones personales, somos otros Cristos, el
mismo Cristo, llamados también a servir a todos los hombres»(11).
b) Identificación con Cristo y Eucaristía
La inserción en Cristo alcanza su vértice, desde el punto
de vista sacramental, en la Eucaristía. «La participación sucesiva en
la Eucaristía, sacramento de la Nueva Alianza (cf. 1 Co
11, 23-29), es el culmen de la asimilación a Cristo,
fuente de “vida eterna” (cf. Jn 6, 51-58), principio y
fuerza del don total de sí mismo, del cual Jesús
–según el testimonio dado por Pablo- manda hacer memoria en
la celebración y en la vida…»(12).
En la celebración eucarística, Cristo renueva su sacrificio por todos
los hombres, y, como primogénito de toda criatura, hace de
la asamblea litúrgica, signo de la Iglesia, co-víctima con Él
al Padre. Participar en la celebración significa consentir ser introducidos,
por el Espíritu Santo, en la santa Oblación de Cristo,
es decir, participar sacramentalmente en su muerte y resurrección.
Pero la celebración no es una
realidad cerrada sobre sí misma, sino abierta a la vida.
Con la despedida del celebrante: «Glorificad a Dios con vuestras
vidas. Podéis ir en paz», comienza la misión. De la
lex orandi se pasa a la lex vivendi. Entonces, el
cristiano debe proseguir existencialmente lo que el Espíritu Santo ha
hecho de él sacramentalmente: una sola víctima con Cristo al
Padre. Se trata de ser «sacerdotes de nuestra propia existencia»(13).
Con esta expresión se alude a que todas las circunstancias
de la vida son ocasión para vivir la propia vocación
como don a Dios y a los demás, a imitación
de Cristo que «se entregó por nosotros como oblación y
ofrenda de suave olor ante Dios» (Ef 5, 2b).
La vida moral del cristiano debe ser,
por tanto, una prolongación del sacrificio de Cristo, viviendo en
todo momento el mandamiento del amor. Y puede serlo gracias,
precisamente, a la donación de Dios al hombre en el
mismo sacrificio. Se entiende así que la Santa Misa
sea «el centro y la raíz de la vida espiritual
del cristiano»(14). En consecuencia, se puede afirmar también que la
Eucaristía es el fundamento y la raíz de la moral
cristiana.(15)
1.3. El don del Espíritu Santo
La filiación divina es obra del Espíritu Santo. «Hijos de
Dios son, en efecto, como enseña el Apóstol, los que
son guiados por el Espíritu de Dios (cf. Rm 8,
14). La filiación divina nace en los hombres sobre la
base del misterio de la Encarnación, o sea, gracias a
Cristo, el eterno Hijo. Pero el nacimiento, o el nacer
de nuevo, tiene lugar cuando Dios Padre ha enviado a
nuestros corazones el Espíritu de su Hijo. Entonces, realmente recibimos
un Espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar ¡Abbá!,
¡Padre! Por tanto, aquella filiación divina, insertada en el alma
humana con la gracia santificante, es obra del Espíritu Santo»(16).
En la progresiva identificación del cristiano
con el modelo, que es Cristo, el Espíritu Santo -«el
Espíritu de Jesús» (Hch 16,7)- asume el papel de modelador
y maestro interior. El fin que pretende con sus mociones
e inspiraciones –a las que el hombre puede ser dócil
gracias también a sus dones y carismas- es ir formando
en el cristiano la imagen de Cristo. Por eso puede
afirmar San Ambrosio que el fin de todas las virtudes
es Cristo(17).
El modelo del cristiano
es Cristo; el modelador es el Espíritu Santo, que quiere
conformar a cada hombre con Cristo. Pero esta conformación será
operada por el Espíritu Santo, si el cristiano se deja
guiar por Él: «Porque los que son guiados por el
Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios» (Rm 8,
14). Por eso, «la tradición cristiana ha resumido la actitud
que debemos adoptar ante el Espíritu Santo en un solo
concepto: docilidad. Ser sensibles a lo que el Espíritu divino
promueve a nuestro alrededor y en nosotros mismos: a los
carismas que distribuye, a los movimientos e instituciones que suscita,
a los afectos y decisiones que hace nacer en nuestro
corazón»(18).
1.4. Las virtudes sobrenaturales y los dones.
Dios llama al ser humano a un fin
sobrenatural: a participar como hijo en la vida de conocimiento
y amor interpersonal entre el Padre, el Hijo y el
Espíritu Santo. Con la gracia, Dios infunde en la inteligencia
y en la voluntad, las virtudes sobrenaturales y los dones
(hábitos infusos), que otorgan al hombre la posibilidad de obrar
como hijo de Dios, en conformidad con el fin sobrenatural.
Lo mismo que las
virtudes naturales, las sobrenaturales no son “cosas” añadidas a la
inteligencia y a la voluntad, sino despliegue ordenado de esas
potencias. En el caso de las virtudes sobrenaturales y los
dones, ese despliegue es causado por la presencia de la
Trinidad en el alma, en virtud de la gracia creada.
«Cada virtud sobrenatural intensifica –con un actualización divinizante- la energía
del alma, capacitando a la persona a mejor conocer y
amar el bien divino y los diversos bienes creados, mediante
una participación gratuita y sobrenatural en el conocimiento y amor
intratrinitarios. De ahí, la íntima conexión que guardan entre sí
y con las virtudes adquiridas: son nuevo y más rico
poder de conocer y amar, generado por la acción divinizante
del Espíritu»(19).
Las virtudes infusas otorgan
a la inteligencia y a la voluntad una capacidad que
antes no poseían: obrar sobrenaturalmente; sin la fe, la esperanza
y la caridad, el hombre no podría creer, esperar y
amar como un hijo de Dios.
Pero, además de otorgar la capacidad, inclinan a la persona
a la realización de sus actos propios: creer, amar y
esperar. Esta inclinación, sin embargo, no significa plena facilidad para
obrar: hay que vencer las inclinaciones contrarias (el egoísmo, el
orgullo, la autosuficiencia, etc.), y para ello no basta con
la gracia; se necesita también la lucha personal por desarrollar
las virtudes humanas, en las que se asientan las sobrenaturales.
Son dones gratuitos, es decir, se
adquieren y crecen no por las fuerzas naturales, sino por
el don de la gracia y por los medios que
Dios ha dispuesto para su aumento: oración y recepción fructuosa
de los sacramentos. El hombre debe desearlos, pedirlos, no poner
obstáculos para recibirlos y, una vez recibidos, cooperar con sus
obras buenas y merecer así su aumento, siempre causado gratuitamente
por Dios.
No disminuyen directamente
por los propios actos, pero pueden disminuir indirectamente por los
pecados veniales, porque enfrían el fervor de la caridad. Las
virtudes sobrenaturales desaparecen con la gracia por el pecado mortal,
excepto la fe y la esperanza, que permanecen en estado
informe e imperfecto, a no ser que se peque directamente
contra ellas (por ejemplo, por infidelidad, desesperación, etc.). En el campo
de las virtudes sobrenaturales, la iniciativa y el crecimiento dependen,
sobre todo, de Dios. Los dones de Dios tienen la
primacía no solo ontológica, sino también histórica: «Nosotros amamos, porque
Él nos amó primero» (1Jn 4, 19).
Pero como los dones de Dios no anulan la
libertad humana, requieren la colaboración del hombre. De ahí
que la vida moral sea a la vez e inseparablemente
don y tarea: «Don, pues Dios no solo llama al
hombre, sino que lo eleva hasta Él con su gracia,
dándole, con las virtudes teologales, la capacidad de participar de
su conocimiento y su amor, y por tanto, de su
vida. Tarea, porque ese don se transforma en vida en
la medida en que es personal y libremente asumido»(20).
Una consecuencia de que el desarrollo de
las virtudes sobrenaturales sea fruto de la iniciativa divina, es
que, por su parte, la persona debe cultivar particularmente la
humildad y la docilidad, es decir, vaciar el corazón del
amor desordenado a sí mismo para que Dios pueda colmarlo
con su amor.
Las virtudes sobrenaturales
suelen dividirse en teologales y morales. La existencia de las
virtudes morales sobrenaturales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza infusas, es
doctrina común entre Padres y teólogos(21). Por una parte, en
muchos pasajes de la Escritura las virtudes morales se presentan
como dones que se piden a Dios y se reciben
de Él. Por otra, como el cristiano camina hacia su
fin sobrenatural a través de todas sus acciones, parece necesario
que las virtudes humanas sean elevadas al plano sobrenatural, a
fin de que pueda realizar con sentido divino todas las
tareas de su vida.
2. Las virtudes teologales
La existencia de las virtudes teologales solo nos es
conocida por la Revelación. En la Sagrada Escritura, además de
los textos en los que se habla de cada una
de ellas, hay otros que unen las tres en un
conjunto armónico: «Como hijos de la luz vivamos sobriamente, vestidos
de la cota de la fe y la caridad, y
el yelmo de la esperanza» (1 Ts 5, 8); «Ahora
permanecen estas tres virtudes: fe, esperanza y caridad; y de
las tres la más excelente es la caridad» (1 Co
13, 3).(22)
De acuerdo con estas enseñanzas
bíblicas, el Concilio de Trento enseña que «en la misma
justificación, juntamente con la remisión de los pecados, recibe el
hombre las siguientes cosas, que se le infunden por Jesucristo,
en quien es injertado: la fe, la esperanza y la
caridad»(23).
Las virtudes teológicas o teologales son
dones de Dios por los que el hombre se une
a Él en su vida íntima. Pero son verdaderas virtudes,
es decir, disposiciones permanentes del cristiano que le permiten vivir
como hijo de Dios, como otro Cristo, en todas las
circunstancias. No se puede entender, por tanto, la caridad como
el mismo Espíritu Santo que obra en el hombre, al
modo de Pedro Lombardo(24). Ni se puede decir –como afirma
Nygren- que el sujeto del amor cristiano no es el
hombre, sino el mismo Dios. El hombre no sería más
que «el canal, el conducto que transporta el amor de
Dios»(25). Por ser virtudes, el sujeto de las acciones de
creer, esperar y amar es la persona humana.
Ahora bien, las virtudes teologales no solo perfeccionan
las potencias, sino que elevan al hombre a un nuevo
nivel (sobrenatural) de conocimiento y amor, porque son una participación
del conocimiento y amor divinos. No solo llevan hacia Dios,
como las demás virtudes, sino que tienen por objeto a
Dios, a quien se adhieren: tocan a Dios, alcanzan a
Dios, es decir, elevan la capacidad humana de conocer y
amar hasta hacer participe al hombre del conocer y amar
divinos (26). Además, Dios es su origen y su fin,
porque, a través de la acción del Espíritu Santo, las
infunde en el alma, las activa internamente y hace que
las acciones humanas de creer, esperar y amar acaben en
el mismo Dios. Las virtudes teologales se pueden definir, por
tanto, como aquellas que tienen al mismo Dios por objeto,
origen y fin (27).
—Por la fe, «creemos en Dios
y en todo lo que Él nos ha revelado, que
la Santa Iglesia nos propone, porque Él es la verdad
misma» (28); por tanto, por la fe, se conoce la
intimidad de Dios.
—Por la esperanza «aspiramos al Reino de los
cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo
nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no
en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia
del Espíritu Santo» (29).
—Por la caridad, Dios nos ama
y nos da el amor con que podemos libremente amarle
a Él «sobre todas las cosas por Él mismo y
a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor de
Dios» (30).
Las virtudes teologales
son necesarias para saber que el destino del hombre es
la contemplación amorosa de Dios, cara a cara; y para
poder vivir como hijos de Dios y merecer la vida
eterna: por la fe, el hombre puede saber, asintiendo a
lo que Dios le ha revelado, que la vida con
la Santísima Trinidad es el fin al que está llamado;
la esperanza refuerza su voluntad para que confíe plenamente en
que, con la ayuda divina, puede alcanzar su destino; y
la caridad le confiere el amor efectivo por su fin
sobrenatural.
La luz natural del
entendimiento y la rectitud natural de la voluntad, que tiende
naturalmente al bien de la razón, no son suficientes para
alcanzar la bienaventuranza sobrenatural. La inteligencia necesita los principios sobrenaturales:
las verdades de fe que son aceptadas y creídas. Y
la voluntad debe ser dirigida hacia el mismo fin de
dos modos: en cuanto al «movimiento de intención que tiende
a ese fin como a algo que es posible conseguir»
(la esperanza); y en cuanto a una «cierta unión espiritual,
por la que la voluntad se transforma de algún modo
en aquel fin» (la caridad).(31)
Gracias
a las virtudes teologales –que «son la garantía de la
presencia y la acción del Espíritu Santo en las facultades
del ser humano»(32)-, la persona crece en intimidad con las
Persona divinas y se va identificando cada vez más con
el modo de pensar y amar de Cristo. Perfeccionadas por
los dones del Espíritu Santo, proporcionan la sabiduría o visión
sobrenatural, por la que el hombre, en cierto modo, ve
las cosas como las ve Dios, pues participa de la
mente de Cristo (cf. 1Co 2,16).
Si las virtudes humanas potencian la libertad, con las virtudes
teologales y los dones, la persona adquiere la «libertad gloriosa
de los hijos de Dios» (Rm 8,21). El dominio sobre
uno mismo ya no es solo el que se alcanza
por las propias fuerzas, sino también el que se adquiere
por participar del señorío de Dios, pues el Espíritu Santo
es el principio vital de todo el obrar.
Las virtudes teologales constituyen la esencia y el
fundamento de toda la moral cristiana. Las tres virtudes deben
estar presentes en todas las acciones del cristiano: la fe,
como luz que permite percibir el sentido divino de los
acontecimientos; la caridad, como principio que empuja a amar siempre
con el amor de Dios; y la esperanza, como seguridad
y optimismo fundados en la confianza en Dios(33).
A diferencia de las virtudes humanas, las
virtudes teologales no están regidas por la regla del término
medio entre dos extremos. Como la medida de la virtud
teologal es el mismo Dios, «nuestra fe se regula según
la verdad divina; nuestra caridad, según la bondad de Dios;
y nuestra esperanza, según la inmensidad de su omnipotencia y
misericordia. Es esta una medida que excede a toda facultad
humana, de manera que el hombre nunca puede amar a
Dios todo lo que debe ser amado, ni creer o
esperar en Él tanto como se debe; luego mucho menos
llegará al exceso en tales acciones»(34).
3. Los dones del Espíritu
Santo
«El hombre justo, que
ya vive la vida de la gracia y opera por
las correspondientes virtudes –como el alma por sus potencias- tiene
necesidad además de los siete dones del Espíritu Santo. Gracias
a ellos el alma se dispone y fortalece para seguir
más fácil y prontamente las inspiraciones divinas»(35).
Los dones del Espíritu Santo son hábitos sobrenaturales que
disponen a la inteligencia y a la voluntad para recibir
las inspiraciones e impulsos del Espíritu Santo. Permiten al hombre
realizar los actos de todas las virtudes no solo según
la deliberación de su razón, sino bajo la influencia directa,
inmediata y personal del Espíritu Santo, que es así el
impulsor, el guía y la medida de las acciones de
los hijos de Dios, a fin de que vivan como
otros Cristos en el mundo (36).
Para llegar a Dios, no basta con las virtudes. «Por
muy fuerte, puro y vibrante que sea nuestro amor, frente
al de Dios, el nuestro tiene una limitación que debe
ser superada. El que las virtudes conformadas por la caridad
encuentren su plenitud en el don reside en el hecho
de que el único amor capaz de Dios es el
amor divino, solo Dios tiene la bondad requerida para llegar
a Él mismo. Por buenos que seamos, nunca podemos serlo
suficientemente, y al fin alcanzamos la felicidad, fundamentalmente, no por
nuestra propia actividad, sino gracias al Espíritu» (37).
Los actos realizados bajo la influencia de
los dones son los más humanos, los más libres, los
más personales, y, a la vez, los más divinos, los
más meritorios. La iniciativa es de Dios; pero el cristiano,
por su parte, tiene que consentir libremente a la acción
divina. Del mismo modo que las virtudes morales, al “racionalizar”
los afectos sensibles, potencian la libertad, los dones del Espíritu
Santo divinizan y hacen más libres todas las facultades operativas
de la persona.
Para vivir como
hijo de Dios, el hombre necesita la guía continua del
Espíritu Santo y los dones lo disponen a seguir esa
guía. Son luces, inspiraciones e impulsos que lo capacitan para
obrar de modo connatural con Dios. Por medio de los
dones, Dios le comunica su modo de pensar, de amar
y de obrar, en la medida en que es posible
a una criatura.(38) Los dones son necesarios para que el
cristiano pueda “conformarse” a Cristo, vivir como “otro Cristo”, pensar
como Él, tener sus mismos sentimientos y realizar así su
misión en esta tierra, que es continuar la misión de
Cristo.
En la persona existe un
instinctus rationis que funda y contiene en unidad las inclinaciones
naturales al bien, a la verdad, a la vida en
sociedad, etc., que la inclina a sus operaciones propias, por
las que se dirige a la perfección. Este instinto se
desarrolla por las virtudes adquiridas, que, como hemos visto, proporcionan
al hombre una cierta connaturalidad con el bien. Santo Tomás,
siguiendo a algunos Padres, habla también de un instinctus Spiritus
Sancti o gratiae, un instinto espiritual divino: el conjunto de
las virtudes teologales y los dones, que dispone a la
persona a corresponder a la acción del Espíritu Santo.(39) Las
virtudes infusas y los dones proporcionan al hombre una más
perfecta instintividad o connaturalidad con lo divino para conocer y
obrar el bien: lo conforma con el pensamiento y la
voluntad de Cristo, y hace que le sea connatural pensar,
sentir y obrar como hijo de Dios.(40) Esta connaturalidad afectiva
halla su realización suprema en el don de sabiduría.
Los dones tienen una íntima relación con
la vocación personal. Todo hombre está llamado a ser otro
Cristo, a la santidad. Pero cada uno es distinto, y
cada uno ha de vivir su vocación a la santidad
-recorriendo el Camino, que es Cristo-, según el plan concreto
que Dios desea para él. El Espíritu Santo, por su
influencia a través de los dones, lleva a cada persona
a identificarse con Cristo según su vocación específica, y le
comunica la gracia y los carismas oportunos para realizarla. En
este diálogo entre Dios y el hombre, desempeñan un papel
muy importante los que ejercen la dirección espiritual, que deben
ser fieles instrumentos del Espíritu Santo.
La Sagrada Escritura habla de siete dones: «Descansará sobre él,
el Espíritu del Señor: Espíritu de sabiduría e inteligencia; Espíritu
de consejo y fortaleza; Espíritu de ciencia y piedad, y
le llenará el Espíritu de temor de Dios» (Is 11,
2-3). En la biblia hebrea, la enumeración consta de seis
espíritus; el número de siete proviene de la versión de
los Setenta, en la que se tradujo por dos vocablos
griegos diferentes -“piedad” y “temor de Dios”- la palabra hebrea
“yirah”, repetida dos veces. Los Padres de la Iglesia y
los teólogos medievales utilizaban los Setenta y la Vulgata, por
lo que se hizo tradicional el número siete y la
Iglesia lo ha homologado en su magisterio ordinario.(41) «Se puede
decir –afirma Juan Pablo II- que el desdoblamiento del temor
y de la piedad, cercano a la tradición bíblica sobre
las virtudes de los grandes personajes del Antiguo Testamento, en
la tradición teológica, litúrgica y catequética cristiana se convierte en
una relectura más plena de la profecía, aplicada al Mesías,
y en un enriquecimiento de su sentido literal».(42)
—El don de
entendimiento o inteligencia es una luz sobrenatural que hace al
hombre aprender los misterios y las verdades divinas bajo la
guía misma del Espíritu Santo.
—El don de ciencia lleva a
entender, juzgar y valorar las cosas creadas en cuanto obras
de Dios y en su relación al fin sobrenatural del
hombre.
—El don de sabiduría perfecciona la virtud de la caridad.
Hace al hombre dócil para juzgar con verdad sobre las
más diversas situaciones y realidades bajo el impulso del Espíritu
Santo. Hace que sea connatural al hombre querer todo y
solo lo que lleva a Dios: da la inclinación amorosa
a seguir las exigencias del amor divino.
—El don de consejo
hace dócil al hombre para apreciar en cada momento lo
que más agrada a Dios, tanto en la propia vida
como para aconsejar a otros.
—El don de fortaleza confiere la
firmeza en la fe y la constancia en la lucha
interior, para vencer los obstáculos que se oponen al amor
a Dios.
—El don de piedad da la conciencia gozosa y
sobrenatural de ser hijos de Dios y hermanos de todos
los hombres.
—El don de temor perfecciona la esperanza, e impulsa
a reverenciar la majestad de Dios y a temer, como
teme un hijo, apartarse de Él, no corresponder a su
amor.
Los dones del Espíritu
Santo están subordinados enteramente a las virtudes teologales, a su
servicio. Son las virtudes teologales las que unen inmediatamente a
Dios. Todo el organismo sobrenatural de las virtudes infusas y
los dones tiene, respecto a las virtudes teologales, el valor
de medio que ayuda al hombre a unirse mejor a
Dios. Los dones son solo auxiliares de las virtudes teologales,
porque proporcionan a las facultades humanas disposiciones nuevas (sobrenaturales o
infusas) para que la persona pueda creer, esperar y amar
con la máxima perfección (43).
4. La relación de las virtudes
humanas y sobrenaturales
a) El organismo cristiano de las virtudes «Las
virtudes no existen aisladas; forman siempre parte de un organismo
dinámico que las reúne y las ordena alrededor de una
virtud dominante, de un ideal de vida o de un
sentimiento principal que les confiere su valor y medida exactas.
Al pasar de un sistema moral a otro, una virtud
se integra en un organismo nuevo».(44)
El organismo de las virtudes del hombre cristiano, del hombre
nuevo renacido en el Bautismo, es radicalmente nuevo respecto al
concebido por la filosofía griega y romana y por el
pensamiento judío. San Pablo pone de relieve esta novedad, sobre
todo en la primera Carta a los Corintios y en
la Carta a los Romanos.
La virtud dominante y el nuevo fundamento del edificio moral,
sobre el cual se asientan las demás virtudes, es la
fe en Jesús, crucificado, muerto y resucitado. El nuevo ideal
de vida es la identificación con Cristo. En consecuencia, la
moral humana es radicalmente transformada en su inspiración, en sus
elementos, en su estructura y en su aplicación.(45)
El centro de la moral cristiana en una
persona: Jesús. En su individualidad histórica, Jesús, Dios y Hombre,
se convierte en la fuente de la santidad y de
la sabiduría nuevas ofrecidas a los hombres por Dios. Las
morales judía y griega y cualquier otra moral, dejan a
los hombres solos ante la ley, ante las virtudes y
sus exigencias. El cristiano, en cambio, posee un nuevo principio
de vida que actúa desde el interior: el Espíritu Santo,
que lo hace vivir en Cristo y lo modela a
imagen de Cristo.
El centro y
el fin de la vida del hombre cambian de lugar.
Para el cristiano unido a Cristo por la fe y
el amor, se encuentran en Cristo resucitado, hacia el que
camina lleno de esperanza, pero sin despreciar las realidades terrenas,
sino precisamente identificándose con Cristo en y a través de
ellas.
La consecuencia de la
fe es la caridad: una virtud que supera a todas
las virtudes humanas, pues tiene su fuente en Dios. El
amor de Dios se derrama en el corazón del cristiano
(cf. Rm 5, 5) y penetra todas las virtudes, las
purifica, las eleva y les confiere una dimensión divina. De
este modo, las virtudes conocidas por los griegos son transformadas
al ser introducidas en un organismo moral y espiritual diferente
cuya cabeza son las virtudes teologales, que aseguran la unión
directa con Dios.(46)
En la nueva
estructura del organismo moral, virtudes como la humildad y la
castidad adquieren un puesto particular. La humildad aparece «como el
umbral de la vida cristiana contra el cual choca necesariamente
toda moral que se quiera presentar como totalmente humana»(47). La
castidad, por su parte, se hace más honda, pues recibe
un nuevo fundamento: el que comete impureza peca no solo
contra su cuerpo, sino contra el Señor, pues somos miembros
suyos, y contra el Espíritu Santo, del cual nuestro cuerpo
se ha convertido en templo. El elogio y la recomendación
de la virginidad manifiestan también esta nueva dimensión y hondura
que la castidad recibe en el Evangelio.(48)
b) Unión, no
yuxtaposición ni confusión, de las virtudes humanas y sobrenaturales
En el sujeto moral cristiano, las virtudes
humanas y sobrenaturales están unidas y forman un organismo moral,
con un único fin: la identificación con Cristo y, en
consecuencia, la realización en el mundo de la participación en
la misión de Cristo. Las virtudes sobrenaturales y las humanas
se exigen mutuamente para la perfección de la persona.
Cuando se intenta profundizar en el
misterio de la unión de lo humano y lo sobrenatural
(creación-redención) en el hombre, es fácil derivar hacia la comprensión
de ambos órdenes como yuxtapuestos. No se trata de un
problema trivial: las consecuencias para la vida práctica del cristiano
son muy negativas, porque se reduce al hombre a un
ser unidimensional, prevaleciendo en unos casos la dimensión natural (naturalismo,
laicismo) y en otros la sobrenatural (espiritualismo, pietismo).
Para evitar este peligro, es necesario recordar que
Cristo es el fundamento a la vez de la antropología
y del obrar moral de todo hombre, pues todo hombre
ha sido elegido en Cristo «antes de la creación del
mundo» para ser santo y sin mancha en la presencia
de Dios, por el amor, y predestinado a ser hijo
adoptivo por Jesucristo (cf. Ef 1, 3-7).
De modo análogo a como en Cristo –perfecto
Dios y hombre perfecto- se unen sin confusión la naturaleza
humana y la divina, en el cristiano deben unirse las
virtudes humanas y las sobrenaturales. Para ser buen hijo de
Dios, el cristiano debe ser muy humano. Y para ser
humano, hombre perfecto, necesita la gracia, las virtudes sobrenaturales y
los dones del Espíritu Santo.
«Cierta
mentalidad laicista y otras maneras de pensar que podríamos llamar
pietistas, coinciden en no considerar al cristiano como hombre entero
y pleno. Para los primeros, las exigencias del Evangelio sofocarían
las cualidades humanas; para los otros, la naturaleza caída pondría
en peligro la pureza de la fe. El resultado es
el mismo: desconocer la hondura de la Encarnación de Cristo,
ignorar que el Verbo se hizo carne, hombre, y habitó
en medio de nosotros (Ioh I, 14)».(49)
«Si aceptamos nuestra responsabilidad de hijos suyos, Dios
nos quiere muy humanos. Que la cabeza toque el cielo,
pero que las plantas pisen bien seguras en la tierra.
El precio de vivir en cristiano no es dejar de
ser hombres o abdicar del esfuerzo por adquirir esas virtudes
que algunos tienen, aun sin conocer a Cristo. El precio
de cada cristiano es la Sangre redentora de Nuestro Señor,
que nos quiere -insisto- muy humanos y muy divinos, con
el empeño diario de imitarle a Él, que es perfectus
Deus, perfectus homo».(50)
c) Las virtudes humanas y las sobrenaturales
se necesitan mutuamente
En el
estado real del hombre –redimido, pero con una naturaleza herida
por el pecado original y los pecados personales-, las virtudes
humanas no pueden ser perfectas sin las sobrenaturales. Por eso
se puede afirmar que solo el cristiano es hombre en
el sentido pleno del término. «Solo la clase de conocimiento
que proporciona la fe, la clase de expectativas que proporciona
la esperanza, y la capacidad para la amistad con los
otros seres humanos y con Dios que es el resultado
de la caridad, pueden proveer a las otras virtudes de
lo que necesitan para convertirse en auténticas excelencias, que conformen
un modo de vida en el cual y a través
del cual puedan obtenerse lo bueno y lo mejor».(51)
Pero las virtudes sobrenaturales sin las humanas,
carecen de auténtica perfección, pues la gracia supone la naturaleza.
En este sentido, las virtudes humanas son fundamento de las
sobrenaturales. «Muchos son los cristianos –afirma San Josemaría Escrivá- que
siguen a Cristo, pasmados ante su divinidad, pero le olvidan
como Hombre..., y fracasan en el ejercicio de las virtudes
sobrenaturales –a pesar de todo el armatoste externo de piedad-,
porque no hacen nada por adquirir las virtudes humanas».(52)
Las virtudes humanas pueden ser camino
hacia las sobrenaturales: «En este mundo, muchos no tratan a
Dios; son criaturas que quizá no han tenido ocasión de
escuchar la palabra divina o que la han olvidado. Pero
sus disposiciones son humanamente sinceras, leales, compasivas, honradas. Y yo
me atrevo a afirmar que quien reúne esas condiciones está
a punto de ser generoso con Dios, porque las virtudes
humanas componen el fundamento de las sobrenaturales. Es verdad que
no basta esa capacidad personal: nadie se salva sin la
gracia de Cristo. Pero si el individuo conserva y cultiva
un principio de rectitud, Dios le allanará el camino; y
podrá ser santo porque ha sabido vivir como hombre de
bien».(53)
Las virtudes humanas disponen para
conocer y amar a Dios y a los demás. Las
sobrenaturales potencian ese conocimiento y ese amor más allá de
las fuerzas naturales de la inteligencia y la voluntad; asumen
las virtudes humanas, las purifican, las elevan al plano sobrenatural,
las animan con una nueva vida, y así todo el
obrar del hombre, al mismo tiempo que se hace plenamente
humano, se hace también “divino”.
d) Unidad de vida y santidad
en la vida ordinaria
La unión
de las virtudes sobrenaturales y humanas significa que toda la
vida del cristiano debe tener una profunda unidad: en todas
sus acciones busca el mismo fin, la gloria del Padre,
tratando de identificarse con Cristo, con la gracia del Espíritu
Santo; al mismo tiempo que vive las virtudes humanas, puede
y debe vivir las sobrenaturales. Todas las virtudes y dones
se aúnan, en último término, en la caridad, que se
convierte en forma y madre de toda la vida cristiana.
La íntima relación entre virtudes sobrenaturales
y humanas ilumina el valor de las realidades terrenas como
camino para la identificación del hombre con Cristo. El cristiano
no solo cree, espera y ama a Dios cuando realiza
actos explícitos de estas virtudes, cuando hace oración y recibe
los sacramentos. Puede vivir vida teologal en todo momento, a
través de todas las actividades humanas nobles; puede y debe
vivir vida de unión con Dios cuando lucha por realizar
con perfección los deberes familiares, profesionales y sociales. Al
mismo tiempo que construye la ciudad terrena, el cristiano construye
la Ciudad de Dios.(54)
«No
hay nada que pueda ser ajeno al afán de Cristo.
Hablando con profundidad teológica, es decir, si no nos limitamos
a una clasificación funcional; hablando con rigor, no se puede
decir que haya realidades -buenas, nobles, y aun indiferentes- que
sean exclusivamente profanas, una vez que el Verbo de Dios
ha fijado su morada entre los hijos de los hombres,
ha tenido hambre y sed, ha trabajado con sus manos,
ha conocido la amistad y la obediencia, ha experimentado el
dolor y la muerte. Porque en Cristo plugo al Padre
poner la plenitud de todo ser, y reconciliar por El
todas las cosas consigo, restableciendo la paz entre el cielo
y la tierra, por medio de la sangre que derramó
en la Cruz (Col I, 19-20)».(55)
Desde esta perspectiva, puede apreciarse con más claridad
la relevancia moral de las virtudes intelectuales. El cristiano no
se conforma con realizar bien un trabajo, dominar una técnica
o investigar una ciencia, sino que, a través de esas
actividades, busca amar a Dios y servir a los demás,
es decir, vive la caridad. Y por este motivo –el
amor- trata de realizar su trabajo no de cualquier manera,
sino con perfección humana y competencia profesional. Además, ese trabajo
así realizado es medio y ocasión para dar testimonio de
Cristo con el ejemplo y la palabra.
5. La Iglesia, ámbito
de la adquisición y educación de las virtudes
Al tratar de las virtudes humanas, se señalaba
que para su adquisición y educación se requiere: a) un
ámbito en el que se conciba la vida moral como
un progreso hacia la meta (telos) de la excelencia humana;
b) caracterizado por los vínculos de la verdad, el afecto
o amistad y la tradición; y c) por la existencia
de maestros de la virtud.
Al
considerar al sujeto moral cristiano, se ha dejado constancia de
que la Iglesia es precisamente el hogar en el que
ese sujeto nace a la vida de hijo de Dios
y progresa hacia la excelencia humana que es la identificación
con Cristo. La Iglesia es el ámbito en el que
se dan las condiciones adecuadas, el ambiente necesario, para la
adquisición y educación de las virtudes sobrenaturales y humanas: es
la casa del Padre en la que cada uno se
sabe hijo y, por tanto, libre; en la que cada
uno se siente querido por sí mismo y ve reconocidos
sus derechos y su dignidad; en la que cada uno
se sabe partícipe de un proyecto común.(56)
1. En la Iglesia,
el cristiano descubre el verdadero y pleno sentido de su
vida, la meta (telos) a la que está llamado, es
decir, la vocación a identificarse con Cristo en su
ser y en su misión. La gracia, junto con las
virtudes humanas y sobrenaturales, y todos los dones, que el
cristiano recibe en la Iglesia, están encaminados al cumplimiento de
esa vocación. Dentro de la vocación universal a la santidad,
el cristiano descubre también en la Iglesia su vocación específica,
la misión concreta a la que Dios lo ha destinado
y para cuya realización lo ha dotado de los talentos
y carismas necesarios.
2. En la Iglesia, todos los miembros están
unidos por los vínculos de la verdad, la caridad y
la tradición.
—El vínculo de la verdad. «De la Iglesia (el
cristiano) recibe la Palabra de Dios, que contiene las enseñanzas
de la “ley de Cristo”».(57) Los miembros de la Iglesia
comparten una verdad común, la Palabra de Dios, que contiene
enseñanzas de fe y moral.
—El vínculo de la caridad. «El
cristiano realiza su vocación en la Iglesia, en comunión con
todos los bautizados».(58) Esta comunión tiene su fundamento en la
comunión con Cristo, Cabeza del Cuerpo que es la Iglesia.
Todos están unidos a la misma Cabeza, todos son hijos
de un mismo Padre, todos están vivificados por el mismo
Espíritu, todos tienen la misma misión (participación en la misión
de la Iglesia, en la misión de Cristo).
En el Cuerpo de la Iglesia, hay una corriente vital
que va de Cristo a cada uno: es la gracia
con las virtudes sobrenaturales y los dones que Él da;
y hay otra corriente entre todos los miembros del Cuerpo,
los del cielo, los del purgatorio y los que todavía
caminan en esta tierra: «El menor de nuestros actos hecho
con caridad repercute en beneficio de todos, en esta solidaridad
entre todos los hombres, vivos o muertos, que se funda
en la comunión de los santos. Todo pecado daña a
esta comunión».(59) Además de esta dimensión “ontológica” de la comunión
de los santos, hay también una dimensión moral, que consiste
en la ayuda mutua que unos a otros se prestan,
con la palabra y el ejemplo, movidos por la caridad,
para vivir todas las virtudes a imitación de Cristo.
—El vínculo
de la tradición. Además de la transmisión del depósito de
la fe y la moral, en la Iglesia se transmiten
las virtudes de unos miembros a otros, virtudes que cada
uno debe aprender para ser fiel a la historia sobre
la que la Iglesia está asentada: la de la vida,
muerte y resurrección de Cristo. En esta transmisión tienen una
especial importancia, en primer lugar, la familia (iglesia doméstica) y,
en segundo lugar, las asociaciones, movimientos, comunidades, etc., que el
Espíritu Santo suscita a lo largo del tiempo, en armonía
con la dimensión institucional de la Iglesia.
3. «De la Iglesia,
(el cristiano) aprende el ejemplo de la santidad: reconoce en
la Bienaventurada Virgen María la figura y la fuente de
esa santidad; la discierne en el testimonio auténtico de los
que la viven; la descubre en la tradición espiritual y
en la larga historia de los santos que le han
precedido y que la liturgia celebra a lo largo del
santoral».(60)
El primer ejemplo y modelo
de virtudes que el cristiano encuentra en la Iglesia es
el mismo Cristo. No es un modelo que vivió hace
dos mil años, porque Cristo es siempre contemporáneo a cada
cristiano. «La contemporaneidad de Cristo respecto al hombre de cada
época se realiza en su cuerpo, que es la Iglesia».(61)
«Con su palabra y con sus
sacramentos, con la totalidad de su vivir, la Iglesia realiza
verdaderamente la contemporaneidad con Cristo con el hombre de todo
tiempo y, al realizar esa contemporaneidad, abre al hombre a
esa conciencia y esa vivencia de lo teologal desde la
que la vida y el comportamiento éticos reciben su plenitud
de sentido».(62)
Las virtudes solo se
pueden aprender y comprender en una relación de amistad. Entre
Cristo y cada cristiano hay una relación de amor, de
caridad que supera a cualquier amistad humana. Pero esa amistad,
por parte del cristiano, tiene que reforzarse por medio de
los sacramentos, las buenas obras y la oración.
Además, el cristiano aprende las virtudes de
la Virgen y de los santos. Espera también un particular
ejemplo por parte de los pastores. Y todos los cristianos,
por la amistad de caridad y conscientes de su munus
propheticum, deben ayudarse unos a otros, con su vida y
su palabra, a buscar la plenitud de la virtud que
les llevará a la identificación con Cristo. Por último, toda
la comunidad de la Iglesia y cada miembro en particular
deben testimoniar y enseñar a los demás, con sus virtudes,
el nuevo modo de vida que Cristo quiere instaurar en
el mundo.
Bibliografía
CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA, nn. 1812-1832. C. CAFFARRA,
Vida en Cristo, EUNSA, Pamplona 1988. H. FITTE, Dejarse amar por
Dios. La Fe, la Esperanza y la Caridad, Rialp, Madrid
2008. L. MELINA-P. ZANOR (a cura di), Quale dimora per l’agire?
Dimensioni ecclesiologiche della morale, Pontificia Università Lateranense, Mursia, Roma 2000. M.M.
PHILIPON, Los Dones del Espíritu Santo, Palabra, Madrid 41997. S. PINCKAERS,
El Evangelio y la moral, EIUNSA, Barcelona 1992. J. RATZINGER, Mirar
a Cristo. Ejercicios de fe, esperanza y amor, Edicep, Valencia
1990. P.J. WADELL, La primacía del amor. Una introducción a la
ética de Tomás de Aquino, Palabra, Madrid 2002.
Notas:
1. Catecismo de
la Iglesia Católica (CEC), n. 1213. 2. Cf. CEC, n. 1265. 3.
S. AGUSTÍN, In Iohannis Evangelium Tractatus, 21, 8. 4. JUAN PABLO
II, Encíclica Veritatis splendor (VS), n. 21. 5. PABLO VI, Const.
apost. Divinae consortium naturae: AAS 63 (1971) 657. 6. Cf. CEC,
n. 1266. 7. VS, n. 19. 8. CONCILIO VATICANO II, Const. Past.
Gaudium et sepes, n. 22. 9. S. JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Amigos de
Dios, Rialp, Madrid 2001, 28ª, n. 299. 10. VS, n. 21. 11.
S. JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Es Cristo que pasa, Rialp, Madrid, 2000,
38ª, n. 138. 12. VS, n. 21. 13. S. JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Es
Cristo que pasa, o.c., n. 96. 14. «La Santa Misa nos
sitúa de ese modo ante los misterios primordiales de la
fe,
porque es la donación misma de la Trinidad a la
Iglesia. Así se entiende
que la Misa sea el centro
y la raíz de la vida espiritual del cristiano. Es
el fin
de todos los sacramentos. En la Misa se encamina
hacia su plenitud la vida
de la gracia, que fue depositada
en nosotros por el Bautismo, y que crece,
fortalecida por la
Confirmación» (S. JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Es Cristo que
pasa, o.c., n. 87).
Cf. CEC, n. 2031: «La vida moral, como el conjunto
de la
vida cristiana, tiene su fuente y su cumbre en
el Sacrificio Eucarístico». 15. Cf. C. CAFFARRA, Vida en Cristo, EUNSA,
Pamplona 1988, 23. 16. JUAN PABLO II, Enc. Dominum et vivificantem,
(18-V-1986), n. 52. 17. S. AMBROSIO, In Ps. CXVIII, 48: «Finis
omnium virtutum, Christus». 18. S. JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Es Cristo que pasa,
o.c., n. 130. 19. R. GARCÍA DE HARO, La vida cristiana,
EUNSA, Pamplona 1992, 657. 20. J.L. ILLANES, Tratado de teología espiritual,
EUNSA, Pamplona 2007, 399- 400. 21.
Por ejemplo, S. Gregorio Magno (Moralia in Iob, 2, 49)
y Sto. Tomás de
Aquino (S.Th., I-II, q. 51, a. 4; q. 63,
a. 3). En cuanto al Magisterio, véase
CONC. DE VIENNE, Const. Fidei
catholicae: DS 904; Catecismo Romano, II, 2,
51. 22. Cf. también: 1Ts 1, 3;
Rm 5, 1-15; Col 1, 3-5; Hb 10, 22-24. 23. CONC.
DE TRENTO, sess. VI, c.7, DS 800/1530. 24. Cf. PEDRO LOMBARDO,
Libri Sententiarum I, d. 17, c. 1, 2, Grottaferratta, II,
Romae 1971, 141. 25.
A. NYGREN, Eros und Agape, II, 557 (citado por J.
PIEPER, Las virtudes
fundamentales, o.c., 487). 26. Cf. S.Th., II-II, q. 17, a. 6c.;
I-II, q. 62, a. 1. Como han puesto de relieve
algunos autores, «hay
que destacar la importancia de “tocar el fin último”
porque es un concepto
de medida moral absolutamente nuevo que permite
comprender la renovación que aportan las
virtudes teologales a los
dinamismos humanos» (L. MELINA-J. NORIEGA-J.J. PÉREZ-SOBA, Caminar a
la luz del Amor.
Los fundamentos de la moral cristiana, Palabra, Madrid
2007, 367). 27. Cf. S.Th., I-II, q.
62, a. 1. 28. CEC, n. 1418. 29. CEC, n. 1817. 30. CEC,
n. 1822. 31. S.Th., I-II, q. 62, a. 3. 32. CEC, n.
1813. 33. Cf. R. GARCÍA DE HARO, L’agire morale e le
virtù, o.c., 148-49. 34. S.Th., I-II, q. 64, a. 4. 35. LEÓN
XIII, Enc. Divinum illud munus, 9-V-1887, AAS 29 (1896/97) 646
y ss. 36. Cf. S.Th., q. 68, aa. 1-8. Un extenso
estudio sobre los dones, siguiendo a
Santo Tomás: M.M. PHILIPON, Los Dones del
Espíritu Santo, Palabra, Madrid
41997. 37. P.J. WADELL, La primacía del amor, o.c., 234-235. 38. Cf.
M.M. PHILIPON, Los Dones del Espíritu Santo, o.c., 125. 39. Cf.
S. PINCKAERS, El Evangelio y la moral, EIUNSA, Barcelona 1992,
215-216. 40. Cf. S.Th., I-II, q. 108, a. 1; cf. R.
GARCÍA DE HARO, La vida cristiana, o.c., 677-
679. 41. Cf. M.M. PHILIPON, Los Dones
del Espíritu Santo, o.c., 139. 42. JUAN PABLO II, Audiencia general,
3-IV-1991, 4. 43. Cf. M.M. PHILIPON, Los Dones del Espíritu Santo,
o.c., 154ss. 44. S. PINCKAERS, Las fuentes de la moral cristiana,
o.c., 170. En este apartado
seguimos de cerca el capítulo V de esta obra,
en el que el autor desarrolla
ampliamente el tema que nos ocupa. 45. Ibidem,
157. 46. La especificidad de la moral cristiana se manifiesta especialmente
–según Pinckaers- al
considerar este nuevo organismo de las virtudes humanas y
sobrenaturales en íntima relación
con Cristo (cf. ibídem, 171). 47. Ibidem, 173. 48. Cfr ibidem, 174-175.
49. S. JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Las virtudes humanas, en Amigos de
Dios, o.c., n.
74. 50. Ibidem, n. 75. 51. A. MACINTYRE, Tres versiones rivales de
la ética, Rialp, Madrid 1992, 181. 52. S. JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Surco,
Rialp, Madrid 2001, 19ª n. 652. 53. ID., Las virtudes humanas,
en Amigos de Dios, o.c., 74-75. 54. Cf. GS, capítulo
III. 55. S. JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Cristo presente en los cristianos, en
Es Cristo que
pasa, o.c., n. 112. Una magnífica exposición pastoral de este
tema es la homilía
del mismo autor, pronunciada en el campus de la Universidad
de Navarra el 8-X-1967,
Amar el mundo apasionadamente, incluida en
Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, Rialp, Madrid 2001,
20ª, nn. 113-123. 56. Sobre
este tema, se recogen interesantes estudios en L. MELINA-P. ZANOR
(a cura di), Quale
dimora per l’agire? Dimensioni ecclesiologiche della
morale, o.c. 57. CEC, n. 2030. 58. Ibidem. 59. CEC, n.
953. 60. CEC, n. 2030. 61. VS, n. 25. 62. J.L. ILLANES, La
Iglesia, contemporaneidad de Cristo con el hombre de todo
tiempo, en G. BORGONOVO
(a cura di), Gesù Cristo, Legge vivente e
personale della Santa Chiesa, Atti del
IX Colloquio Internazionale di Teologia
di Lugano, Facoltà di Teologia di Lugano, Piemme, Casale
Monferrato 1996, 209. |
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