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Autor: Pablo Cabellos Llorente. Doctor en Derecho Canónico y Ciencias de la Educación | Fuente: Conoze Llenar la vida de sentido
Hay algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes.
Llenar la vida de sentido
Es obvio que todos nos movemos por un fin. También
es evidente que el motor de nuestros actos puede ser
muy variado: nos puede impeler el placer, el interés, el
dinero, el conocimiento, el poder, el servicio y tantas otras
cosas de muy diversa índole. Incluso podemos encontrar personas con
finalidades muy diluidas en la moda, la rutina, la superficialidad,
etc.; es decir, apenas se plantean las razones por las
que actúan de una manera determinada al trabajar, cuando descansan,
en el modo de vestir, de divertirse... Seguro que a
bastantes hombres y mujeres se les podría hacer pensar con
estas palabras de Camino : "No caigas en esa enfermedad
del carácter que tiene por síntomas la falta de fijeza
para todo, la ligereza en el obrar y en el
decir, el atolondramiento...: la frivolidad, en una palabra. Y la
frivolidad -no lo olvides- que te hace tener esos planes
de cada día tan vacíos ( tan llenos de vacío
), si no reaccionas a tiempo -no mañana: ¡ahora!-, hará
de tu vida un pelele muerto e inútil".
Se pueden tener
días llenos de vacío aun estando completamente ocupados. Se puede
ser superficial incluso siendo un investigador, porque la falta de
reflexión seria impide la sabiduría.
Y no me refiero aquí a
la necesidad de alcanzar cotas altas en el ejercicio científico,
técnico o filosófico. Quizá esta sabiduría de la que trato
sea más la que expresan unos versos de sor Juana
Inés de la Cruz: "No es saber, saber hacer /
discursos sutiles vanos; / que el saber consiste sólo /
en elegir lo más sano".
Elegir lo más sano es buscar
aquello que da sentido a la vida, aun en las
tareas más normales y vulgares. Es sabio quien es capaz
de juzgar bien sobre lo que hace u omite en
orden a poseer una vida lograda. Y esta lo será
tanto más si su trayectoria se realiza de modo que
consiga su destino final. "El sentido de la vida -afirma
Ricardo Yepes- no se identifica con la felicidad, pero es
condición de ella, pues cuando falta, cuando los proyectos se
han roto, o no han llegado a existir nunca, comienza
la penosa tarea de encontrar un motivo para afrontar la
dura tarea de vivir.´´
Casi con rutina, afirmamos que la vida
no es fácil. Y es cierto. Pero la vida sin
sentido, vacía, acaba siendo más difícil. "La pregunta por el
sentido de la vida y del mundo -es, de nuevo,
Yepes- surge cuando se ha perdido el sentido de orientación
y de uso de la propia libertad, cuando no se
tiene una idea clara de adónde conducen las tareas que
la vida a todos nos impone, y sobre todo cuando
disminuye el nivel medio de felicidad de una sociedad.´´ Ha
fallado la sabiduría y puede llegarse incluso a una desorientación
casi colectiva. He aquí un motivo más de que todo
afecta a todos: las leyes, las costumbres, las modas, etc.,
no sólo atañen a los que más directamente las usan.
Acaban influyendo en todos, como influye el tabaco en los
fumadores pasivos.
Para responder de manera convincente a la pregunta por
el sentido de la vida, es necesario prestar atención a
dos cosas: tener una tarea que nos ilusione y enfrentarse
con las verdades grandes, comprometidas. Julián Marías afirma que la
frase " ¿qué me importa de verdad? es el camino
para la pregunta por el sentido de la vida". Dicho
más concretamente: se es verdaderamente sabio cuando se tiene capacidad
-según Yepes- para responder a estas tres preguntas: ¿Por qué
estoy aquí? ¿Por qué existo? ¿Qué debo hacer? No enfrentarse
con estos interrogantes seguramente llevará a los días tan llenos
de vacío , aunque aparentemente sean intensos. Cabría pensar en
los interrogantes clásicos: ¿quién soy?, ¿de dónde vengo?, ¿adónde voy?
Precisamente
el cristianismo, por tener respuesta a estas cuestiones -a pesar
de las durezas de nuestra existencia; más aún: con ellas-,
tiene capacidad para dar sentido a cada uno de nuestros
pensamientos y actos, ordenándolos a un fin superior: Dios y
la vida eterna. Si falla el sentido de la vida,
muy bien se puede caer en la superficialidad que conduce
al absurdo; en la desesperación, que es el grado extremo
del nihilismo práctico; en el fatalismo del que no es
dueño de su destino; en el cinismo que convierte en
burlón o inauténtico; en el pesimismo; o por el contrario,
puede conducir a una afirmación de euforia vacía que acaba
en el alcohol, en la droga o en cualquier placer
pasajero que sólo deja amargura.
El cristiano sabe, con san Josemaría,
que "Dios nos espera cada día", que "hay un algo
santo, divino, escondido en las situaciones más comunes", que cada
uno ha de descubrir para tener una vida plena de
sentido. Esa plenitud es Cristo, en quien, como afirma san
Pablo, "están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y
de la ciencia".
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