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| Educar para el sufrimiento |
Educar para el sufrimiento
1. Sufrimiento y dolor 2. Remedio
del dolor humano 3. Amar al que sufre 4. Sentido
del sufrimiento 5. Un misterio 6. Las crisis de fe
7. El dolor cristiano 8. Eucaristía y sufrimiento 9. El
dolor y la esperanza
Acompañando al Romano Pontífice en la
meditación sobre Jesucristo mientras nos preparamos para el jubileo del
año 2000, acabamos considerando que, aparte de muchas otras facetas
que destacan con luz propia en la persona de Jesús
de Nazaret, es imprescindible reflexionar sobre el sufrimiento de Cristo.
Consideramos que su presencia permanente entre nosotros: con su Cuerpo
y con su Sangre, es fruto de su sacrificio y
por tanto de su sufrimiento. En el Calvario dio su
vida con dolor en redención por los hombres y este
mismo sacrificio se renueva sacramentalmente en nuestros altares de continuo
(Cfr. Concilio Vaticano II. Sacrosanctum Concilium, 47; CEC, 1323).
1.
Sufrimiento y dolor
Sin proponérnoslo relacionamos el sufrimiento con el
mal. Sin entrar por el momento en un análisis profundo,
podemos decir que sufrimos porque algo está mal, quizá porque
echamos de menos algún bien. De hecho el sufrimiento es
probar el mal. Es la impresión de mal en la
vida con sus consecuencias negativas. Pues, desde luego, el dolor,
por así decir, en sí mismo -sin ser probado- no
es ni siquiera posible.
El sufrimiento es lo que no
queremos, de lo que nadie puede querer para sí mismo,
porque de suyo es negativo para la vida pero que
por alguna razón padecemos: es aquello contra lo cual yo,
al menos de momento, nada puedo hacer. Algunas veces porque
no quiero evitarlo, otras, porque me vale la pena sufrirlo,
o, incluso, porque me interesa padecerlo. Se trata, por tanto,
del dolor humano, es decir, en el hombre maduro; que
es muy distinto del dolor, por ejemplo, animal. El animal
únicamente siente dolor, algo le molesta y nada más. No
se pregunta, lógicamente, por el sentido de su dolor. Por
eso son sólo las personas las que sufren.
Siendo siempre
desagradable el sufrimiento, repulsivo, es, sin embargo, variado: tristeza, congoja,
ansiedad, angustia, temor, desesperación, dolor físico, etc. En cualquiera de
los casos al sufrimiento siempre le acompaña una reacción de
huída. Cuando sufrimos nos sentimos mal aunque propiamente el mal
sólo afecte a cierto aspecto concreto de nuestro yo, ya
sea del cuerpo o del espíritu. Incluso si aceptamos el
dolor, por otra parte, deseamos que se pase; y hablamos
de desesperación cuando no vemos el fin a un dolor.
Que el sufrimiento es personal también lo notamos en que
de alguna forma se siente implicado todo el sujeto, cualquiera
que sea la causa dolorosa. De hecho, la persona puede
estar triste, angustiada o ansiosa o un dolor físico, pero
también decimos que una mala noticia, por ejemplo, nos ha
puesto de mal cuerpo. "En efecto, no se puede negar
que los sufrimientos morales tienen también una parte «física» o
somática, y que con frecuencia se reflejan en el estado
general del organismo" (Salvifici Doloris, 6).
¿Pero, por qué hay
sufrimiento? ¿No podría ser la vida sin dolor: sin enfermedad,
sin violencias, sin desgracias, sin temoresÉ? ¿Por qué hay dolor
-sufrimiento- en nuestra vida? Si la vida humana fuera sólo
el proceso cambiante de unos elementos -los hombres- que se
suceden en el tiempo, como ocurre con los animales y
las plantas, el sufrimiento humano sería equivalente a la caída
de las hojas en otoño, al agostarse de la hierba
por el calor, a la huída del ratón por el
acoso del gato o a la agonía de un pez
en el anzuelo; algo sin más relevancia que el mal
-si se puede hablar así- del momento, algo sin relevancia,
intrascendente. El sucederse de las generaciones y la suerte de
cada hombre podría compararse al correr incesante del agua por
un torrente, cuyas gotas discurren con calma o golpean violentamente
aquí y allá -gozan o sufren, podríamos pensar- mientras la
corriente fluye. Es una interpretación materialista que no concuerda con
la conciencia que solemos tener de la vida con sus
momentos mejores y peores.
La Biblia responde, no sólo al
por qué de esos momentos humanos y a su sentido;
responde también al por qué del hombre mismo y -como
decíamos- al origen y al fin de su dolor.
Dice
el libro del Génesis -lo recordamos con cierto detalle- que
el Señor Dios tomó al hombre y lo colocó en
el jardín de Edén para que lo trabajara y lo
guardara; y el Señor Dios impuso al hombre este mandamiento:
-De todos los árboles del jardín podrás comer; pero del
árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás,
porque el día que comas de él, morirás. (...) La
mujer se fijó en que el árbol era bueno para
comer, atractivo a la vista y que aquel árbol era
apetecible para alcanzar sabiduría; tomó de su fruto, comió, y
a su vez dio a su marido que también comió.
Entonces se les abrieron los ojos y conocieron que estaban
desnudos; entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron. Y
cuando oyeron la voz del Señor Dios que se paseaba
por el jardín a la hora de la brisa, el
hombre y su mujer se ocultaron de la presencia del
Señor Dios entre los árboles del jardín. El Señor Dios
llamó al hombre y le dijo: -¿Dónde estás? Este contestó:
-Oí tu voz en el jardín y tuve miedo porque
estaba desnudo; por eso me oculté. Dios le preguntó: -¿Quién
te ha indicado que estabas desnudo? ¿Acaso has comido del
árbol del que te prohibí comer? El hombre contestó: -La
mujer que me diste por compañera, ella me dio del
árbol, y comí. Entonces el Señor Dios dijo a la
mujer: -¿Qué es lo que has hecho? La mujer respondió:
-La serpiente me engañó y comí. (...) A la mujer
le dijo: -Multiplicaré los dolores de tus embarazos; con dolor
darás a luz tus hijos; hacia tu marido tu instinto
te empujará y él te dominará. Al hombre le dijo:
-Por haber escuchado la voz de tu mujer y haber
comido del árbol del que te prohibí comer: Maldita sea
la tierra por tu causa. Con fatiga comerás de ella
todos los días de tu vida. Te producirá espinas y
zarzas, y comerás las plantas del campo. Con el sudor
de tu frente comerás el pan, hasta que vuelvas a
la tierra, pues de ella fuiste sacado, porque polvo eres
y al polvo volverás (Gen 2, 15-17. 3, 6-13. 16-19).
Hemos recordado la escena del pecado original, tal y como
en narra la Sagrada Escritura, para comprobar que el primer
dolor en la vida del hombre, la primera contrariedad, lo
atosiga a continuación de la desobediencia: porque han pecado; porque
se han opuesto a su Creador; porque le han ofendido,
en definitiva. La concupiscencia, el miedo, el dolor físico, el
cansancio, y, por fin, la muerte, son consecuencia de la
ofensa. El sufrimiento tiene caracter de pena: el día que
comas de él, morirás (Gen 2, 17).
Aparte de esta
explicación bíblica del dolor, la realidad que experimentamos es que
el dolor es una cuestión de hecho. Si alguien no
sufre ni ha sufrido nunca, no debe preocuparse, sólo tiene
que esperar.
Un sabio y buen amigo me comentaba un
día, acudiendo a una apología, que «todos debemos comernos un
pollo en la vida: tú estás comiendo ahora la pechuga
y los muslos del pollo -me decía-, prepárate para cuando
te toquen las plumas y las patas». Se ve que,
por entonces, vivía muy cómodamente: sólo hay que esperar... Precisamente
por esto -porque el dolor es cosa de todos- es
tan importante estar preparados, también intelectualmente: sabiendo mucho de sufrimiento,
aunque de momento, casi sólo sea de teoría acerca del
sufrimiento. Así nos disponemos para el momento de la práctica.
En cualquier caso, prevenir el sufrimiento y saber acerca de
él, como el hecho de "estar sano", requiere mucho trabajo.
Hay personas que, por necesidad, obsesión o capricho, asumen esa
tarea como un trabajo consciente, y cifran sus afanes en
"estar en forma", en cultivar el cuerpo y la psique,
o alguna de sus cualidades: el bronceado, el músculo, la
silueta, el corazón, la ausencia de colesterol en las arterias,
de arrugas en la piel, etc. Es un tarea muchas
veces ciertamente trabajosa, y casi siempre una forma más de
sufrimiento. Un sufrimiento que se puede llevar muy bien, que
se comprende, y que parece razonable aunque cueste, porque se
suele apreciar pronto el fruto de ese trabajo. Por eso
se trata de un sufrimiento que casi no lo es,
pues la quintaesencia del sufrimiento es la falta de sentido
en el dolor humano: sufre de verdad el que no
sabe por qué. Esto sucede, por ejemplo, cuando el dolor
es muy intenso y prolongado o sin esperanza de mejora
y sin una visión trascendente de la propia existencia.
Parte
de la cultura actualmente dominante incluye pensar que el hombre
es capaz de casi todo o que lo será con
el tiempo. Con esta mentalidad el dolor humano es inadmisible,
si se considera como algo establecido e inseparable de nuestra
condición. Estamos en una cultura en la que el sufrir
tiene mala prensa, en la que dolor es hoy un
dis-valor. Algo de verdad hay en ello, porque a lo
que el hombre aspira es a la felicidad. Sólo que
la felicidad no es lo mismo que el placer. La
felicidad es amor y entrega. Con esa otra mentalidad, muy
difundida, que identifica felicidad y placer, se tiende a evitar
a toda costa lo molesto. Esa tendencia puede llegar a
organizar la vida. El hombre, entonces, se hace débil, cada
vez menos resistente al dolor. A alguien así el dolor
le puede, pues la experiencia demuestra que el sufrimiento es
imposible de erradicar.
"Combatir el dolor está justificado in casu,
pero no in genere, por la razón decisiva de que
los dolores concretos obedecen a causas contingentes y caen dentro
del radio de accion de los medios humanos. Pero la
raíz del dolor como tal es honda y está sustraida
a la acción humana" (L. Polo. El sentido cristiano del
dolor), ya que se relaciona con la comprensión de la
vida como don y como ocasión de amar. Por eso
"la extremada concentración en el puro evitar el sufrimiento, renunciando
a cualquier interpretación, es la eutanasia... La eutanasia es la
lógica consecuencia de una opinión particular sobre la vida. Cuando
ya no se puede detener el sufrimiento, se acaba con
la vida, pues una tal existencia no tiene sentido" (A.
Polaino, Más allá del sufrimiento). El que por nada del
mundo quiere sufrir, no puede vivir.
Con frecuencia, si se
habla de dolor es sólo para quejarse o para intentar
acabar con lo molesto a cualquier precio; se oculta el
fracaso que es no lograr el objetivo buscado (algo normal
de vez en cuando si no somos dioses) y se
fomenta la ilusión en un mundo sin problemas, en el
que viviríamos siempre triunfadores. La experiencia nos demuestra que todo
es inútil: no hay, en este mundo, quien acabe con
el sufrimiento y se logra el efecto contrario: "una actitud
que incapacita para soportar el padecer y aumenta con ello
el sufrimiento" (R. Spaemann. El Sentido del sufrimiento). Sufrir puede
ser bueno y, como veremos, fuente de gozo. Sólo si
se debe a un mal moral, al pecado, siempre es
un sufrimiento negativo; el pecado, entendido como tal, siempre entristece.
2. Remedio del dolor humano
Podemos plantearnos diversas formas de
remediar nuestro dolor. Quizá pensamos ante todo en la ayuda
y el consuelo que pueden ofrecer los demás, pero esto
es la segunda parte. El primer remedio para el sufrimiento
está en uno mismo, en el que sufre. "La enfermedad
-por ejemplo- me es dada como una tarea; me encuentro
con la responsabilidad de lo que voy a hacer con
ella" (V. Frankl, El hombre doliente). Cualquier circunstancia humana es
una oportunidad de bien y solemos admirar a los que
muestran la virtud, sobre todo si es en situaciones adversas.
Pero el dolor también es ocasión de desmoronamiento para los
débiles y los cómodos.
En todo caso, el dolor es
tal vez lo que más ayuda a reconocer nuestra condición
de criatura y la verdad de nuestra limitación: requisitos imprescindibles
para mejorar. Para ello basta sólo con intentarlo sinceramente, poniendo
el esfuerzo oportuno y no creerse todopoderoso. Esta actitud parece
decisiva para no llevarse chascos y no sufrir demasiado: las
posibilidades de no lograr nuestros propósitos son incalculables, porque no
somos dueños de todas las circunstancias que intervienen en un
resultado final. El fuerte se queda tranquilo intentándolo sinceramente y
dispuesto a soportar, en su caso, el dolor del fracaso.
Con mucha frecuencia tenemos grandes ideales pero son costosos, reclaman
cierta dosis de sufrimiento. Hay que tener, entonces, un motivo
verdaderamente ideal, una razón por la que me vale la
pena pasar por "eso que no me apetece": tener paciencia,
poner más empeño, renunciar a los propios derechosÉ Esta actitud
es lo que llamamos sacrificio. Mediante el sacrificio buscamos, sufriendo,
algo superior. Por eso es cierto lo que decía Nietzsche
-que a veces llevaba razón-: "cuando un hombre tiene un
por qué vivir, soporta cualquier cómo" (Citado en V. Frankl,
El hombre en busca de sentido). Es como decir que
le vale la pena sufrir; porque, aunque el sufrimiento siempre
cuesta, gracias a que soy capaz de sufrir, finalmente logro
más de lo que pierdo. Es lo de todos los
días: el sacrificio del estudiante por sus calificaciones, el del
atleta que se entrena para mejorar su marca, el del
enfermo que acepta el tratamiento por su salud, o el
cristiano que quiere mejorar su amor a Dios y se
propone para ello unos minutos diarios de oración.
La segunda
parte del remedio para el dolor es la ayuda al
que sufre. El sufrimiento se remedia con sufrimiento. Con un
dolor lleno de sentido que es amor, y por eso
parece que no duele; porque se atiende más al necesitado
que a uno mismo. Lo propio se estima como secundario.
Incluso es un dolor que se desea para que se
remedie el dolor de otro. El sufrimiento ajeno es la
ocasión por excelencia de amar: "el hombre debe sentirse llamado
personalmente a testimoniar el amor en el sufrimiento. Las instituciones
son muy importantes e indispensables; sin embargo ninguna institución puede
de suyo, sustitruir el corazón humano, la compasión humana, el
amor humano, la iniciativa humana, cuando se trata de salir
al encuentro del sufrimiento ajeno. Esto se refiere a los
sufrimientos físicos, pero vale todavía más si se trata de
los múltiples sufrimientos morales, y cuando la que sufre es
ante todo el alma" (SD, 29).
El Evangelio es la
noticia de que la salvación de los hombres es ya
una realidad por Jesucristo. El mal y el sufrimiento, consecuencia
del pecado, pueden ser abolidos por la vida que nos
trae el Señor. "En el programa mesiánico de Cristo, que
es a la vez el programa del reino de Dios,
el sufrimiento está presente en el mundo para provocar amor,
para hacer nacer obras de amor al prójimo, para transformar
toda la civilización humana en la «civilización del amor»" (SD,
30).
Esta visión es totalmente distinta -desde luego- a la
del hombre materialista. Este, lo único que puede hacer ante
el sufrimiento es poner sus medios -materiales- para prevenirlo y,
en su caso, eliminarlo. Nada significa con esta mentalidad la
actitud de haber encontrado su sentido.
Nada tiene que ver
tampoco con el optimismo evangélico la resignada actitud estoica, según
la cual conviene estar dispuesto a la adversidad para no
sufrir desengaños, ya que el sufrimiento vendrá en todo caso
y lo pasan peor los que contra él se rebelan.
Otros, de corte budista, piensan que todo está en anular
la esperanza de felicidad, o que la felicidad propiamente consistiría
en no tener deseos, para así acabar de raíz con
la posibilidad del desengaño y de buena parte de los
sufrimientos.
El hecho innegable es que hay sufrimiento y que
parece conveniente mitigarlo en uno mismo y en los demás,
siempre que hacerlo no vaya contra el propio hombre, contra
la dignidad de su vida. Pero aceptando al hombre como
hombre que sufre, que sufrirá necesariamente, es fácil reconocer que
lo que debe soportar puede ser ocasión de virtud y
de desarrollo personal, de ejemplo estimulante para los demás y,
a veces, es una ayuda directa para otros.
3. Amar
al que sufre
Nuestra condición de seres inteligentes y sociales,
y con capacidad de querer, nos impulsa casi espontaneamente a
ayudar a los necesitados. Se tratará de una ayuda humana,
que implica a las personas del que da y del
que recibe en cuanto tales. No puede tratarse de una
asistencia meramente técnica, como si fuéramos vehículos reparables, pues tampoco
el que ayuda se limita a aplicar mecánicamente unas "rutinas"
previstas. Entre personas el necesitado es una ocasión de amor.
Por esto no se tratará de agradar siempre, de hacer
lo que el otro pide, ni de suprimir a toda
costa el dolor, sino de ayudarle verdaderamente buscando su bien,
algunas veces incluso produciéndole más dolor: "quien bien te quiere,
te hará llorar", hay que decir, con el refrán, y
hacer no pocas veces. Y, en ocasiones, es necesario mantener
el sufrimiento -quizá sólo temporalmente- como lo más conveniente para
la persona.
Todo lo cual nos lleva a reconocer una
vez más la hondura del problema del sufrimiento, que reclama
ser resuelto en su misma raíz. Esto es, que ayudar
al que sufre no es sólo resolver lo que le
preocupa, que en ocasiones no tiene solución. Si es posible
convendrá suprimir el dolor o al menos mitigarlo, pero en
cualquier caso sólo resuelve el problema del sufrimiento quien enseña
a sufrir, quien ayuda a descubrir el sentido valioso que
tiene el dolor humano.
La eficacia técnica y el amor
por la persona se reclaman mutuamente para ayudar al que
sufre: "el buen médico ha sido siempre amigo del enfermo"
(P. Laín Entralgo, La relación médico-enfermo. Cfr. del mismo autor,
Antropología médica). El interés por la persona condiciona toda ulterior
relación. Concretamente, entre el enfermo y el médico, asegurado el
interés, "lo que se exige a este último en segundo
lugar es el acto médico, es decir, la lucha contra
la enfermedad: esta lucha tiene la forma de la acción
de ayuda científica y técnicamente entrenada" (R. Yepes. Los límites
del hombre: el dolor), sin que sea suficiente para una
correcta atención una presunta buena voluntad carente por otra parte
de la eficacia debida.
El que recibe ayuda es claro
que está en inferioridad de condiciones y, en este sentido,
muchas veces necesita ayudas a fondo perdido: a veces no
podrá ni agradecer. Ofrece, diríamos, la ocasión de amar de
verdad. Y no resulta difícil alabar al que se molesta
por el que sufre, como si descubriera en el dolor
ajeno un tesoro con el que enriquece de paso que
procura calmarlo. Así decubrimos en el Buen Samaritano a un
hombre de gran categoría, aunque perdiera en su acción su
tiempo y su dinero, olvidándose de sus cosas por pensar
en un desconocido que sufría.
Siendo el sufrimiento de otros
una oportunidad para amar, es asimismo una ocasión de ser
más grande en la vida. Se trata primero de compasión
(padecer con) y luego de acción. Esta acción supone entrega
de medios, de tiempo y hasta la entrega de uno
mismo: planes, ideales, familia, futuro, inteligencia, voluntad, talento...
Lo malo
de los demás, sea físico o moral, es para el
cristiano, ante todo, ocasión de ayudar, de restablecer en el
que sufre el orden querido por Dios amándole así.
4.
Sentido del sufrimiento
El dolor humano es una realidad innegable
y además plena de sentido. Pero si el ideal de
la vida presente se pone en una vida sin dolor,
entonces es imposible entender el sentido. A veces se piensa
que el sufrimiento debe por todos los medios evitarse y,
si por desgracia sobreviene, sirve, por así decir, únicamente para
suprimirlo. Es algo tan negativo para algunos que ni se
plantean que pueda tener algún sentido.
El valor que afirmamos
del sufrimiento lo afirmamos con Jesucristo que llamó bienaventurados a
cuantos lo padecían por pobreza, por hambre, por persecución... (Cfr.
Mt 5, 3-11). Más aún, siendo El mismo el Bienaventurado
por antonomasia, nos salva sufriendo y nos anima lo mismo,
a llevar su cruz (Cfr. Mt 16, 24), para seamos
asimismo partícipes de su resurrección.
El que está dispuesto a
padecer por vivir según Cristo tiene garantizado el consuelo sobreabundante
para su dolor como parte de la vida a la
que invita al hombre. Pero el que no está dispuesto
a sufrir ni a llorar, como Dios manda, se quedará
sin el consuelo divino. No ha de verse en la
aflicción una gran desgracia si somos cristianos. Serían innumerables los
argumentos revelados que nos animan a un optimismo inquebrantable, si
nos decidimos por Dios a lo que cuesta: a la
pobreza, al trabajo esforzado, al desprendimiento de los bienes materiales,
a la generosidad. Como es sabido, los santos han hecho
de la cruz, del dolor por Dios y los hombres,
el ideal de su vida.
El dolor es lo ordinario,
lo normal en una vida cristiana y como la antesala
de la felicidad o, mejor, parte ya de la propia
felicidad. Por eso es vital para el hijo de Dios
no tener miedo al sufrimiento y no caer en la
tentación de pensar se trata de evitarlo a toda costa.
Quizá esa actitud caracteriza como pocas al hombre pagano. Para
él no tiene sentido una vida de dolor. Pero la
obsesión por no sufrir acaba de hecho con la propia
vida. "La extremada concentración en el puro evitar el sufrimiento,
renunciando a cualquier interpretación, es la eutanasia. Que hoy no
se practique masivamente es algo que sólo debe agradecerse a
que Hitler la utilizó: sus huellas han producido terror en
todo este tiempo. La eutanasia es la lógica consecuencia de
una opinión particular sobre la vida. Cuando ya no se
puede detener el sufrimiento, se acaba con la vida, pues
una tal existencia ya no tiene sentido; sólo interesa hacer
de ella algo placentero. Cuando eso ya no sucede, lo
más lógico es suprimirla" (R. Spaemann. El sentido del sufrimiento).
Con la eutanasia estaríamos, desde luego, en las antípodas del
cristianismo. El miedo al dolor no es razón para casi
nada. Es actuar así porque si no es peor, moverse
por miedo. El miedo se convierte de esta forma en
el motor de la vida: el hombre convertido en una
bestia de arrastre que tira por miedo al palo. "Hay
personas que viven acogotadas por el dolor, llenas de presentimientos
desgraciados, que no se atreven a comprometerse o entusiasmarse con
algo por temor al lote de dolor que a toda
empresa o círculo humano corresponde. Otros, en cambio, necesitan defenderse
del sufrimiento olvidándolo, rodeándose de una atmósfera rosa de la
que estén ausentes la muerte y la miseria. Son los
que se ponen nerviosos cuando se habla de desgracias, de
la muerte inevitable, los que necesitan aturdirse con diversiones cuando
la guerra es una amenaza cercana" (L. Polo. El sentido
cristiano del dolor). Algunos necesitan forzar periódicamente la diversión, si
no -incapaces de ver atractivo en el trabajo, en la
amistad, en la generosidad..., en lo ordinario de cada día-
la vida les resulta insípida cuando no amarga, porque no
ven otro atractivo que la juerga.
Estar alegres es en
todo caso necesrio, una cuestión de justicia. La alegría es
virtud y como tal no falta en el buen cristiano.
Su vida cristiana, basta con que sea normal -como la
de tantos no famosos- para ser interesante. En esa vida
corriente apreciamos la providencia amorosa del Creador que nos ha
formado a su imagen y semejanza. Por eso los cristianos
nos reconocemos superiores a las demás criaturas del mundo, ante
todo, porque sentimos anhelo de Dios. He aquí el dolor
último e irremediable de todo hombre. Un dolor gozoso, que
sólo puede calmarse con la posesión de Dios, que es
más bien dejar que El nos posea para siempre: "Nos
hiciste Señor para ser tuyos, y nuestro corazón está inquieto
hasta que descansa en Ti" (San Agustín. Confesiones 1, 1).
Si desapareciera este anhelo seríamos animales que ni sienten ni
padecen, con ilusiones sólo inmediatas: a corto plazo aunque sean
a años vista, no con deseos de infinito que no
pueden calmarse con nada de este mundo. ¡Qué bueno es,
por tanto, ese dolor!, pues, como nos recuerda el Jua
Pablo II, "el sufrimiento es, en sí mismo, probar el
mal. Pero Cristo ha hecho de él la más sólida
base del bien definitivo, o sea del bien de la
salvación eterna" (SD, 26). Por esto, podemos afirmar seguros que
el sufrimiento iluminado por la fe es ocasión de alegría.
"De esta alegría habla el Apóstol en la carta a
los Colosenses: «Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros»
(Col 1, 24). Se convierte en fuente de alegría la
superación del sentido de inutilidad del sufrimiento, sensación que a
veces está arraigada muy profundamente en el sufrimiento humano. Este
no sólo consume al hombre dentro de sí mismo, sino
que parece convertirlo en una carga para los demás (...).
La fe en la participación en los sufrimientos de Cristo
lleva consigo la certeza interior de que el hombre que
sufre «completa lo que falta a los padecimientos de Cristo»;
que en la dimensión espíritual de la obra de la
redención sirve, como Cristo, para la salvación de sus hermanos
y hermanas. Por lo tanto, no sólo es útil a
los demás, sino que realiza incluso un servicio insustituible (...).
Por esto, la Iglesia ve en todos los hermanos y
hermanas de Cristo que sufren como un sujeto múltiple de
su fuerza sobrenatural. ¡Cuán a menudo los pastores de la
Iglesia recurren precisamente a ellos, y concretamente en ellos buscan
ayuda y apoyo! El Evangelio del sufrimiento se escribe contínuamente,
y contínuamente habla con las palabras de esta extraña paradoja"
(SD, 27). Es la afirmación, paradójica a nuestros oídos, una
y otra vez repetida por Nuestro Señor, según la cual
el rico de verdad es el que deja todo; sólo
tiene motivo de alegría el que ha llorado; para ser
fecundo es preciso, como el trigo, desaparecer hasta morir.
Si
podemos decir que el sufrimiento es ocasión de grandeza personal
es porque Cristo sufrió. Sería verdaderamente absurdo el dolor humano,
quedaría en simple fastidio del individuo -como en los irracionales-,
si Cristo, Dios y hombre perfecto, no hubiera padecido dolor.
Pero Nuestro Señor sufrió todos los dolores, sin perder su
perfección y así, siendo Dios, dignificó máximamente el dolor. Además
se hizo de su actitud ante el dolor criterio, poniendose
de ejemplo y animándonos a seguirle por el camino del
dolor. El sufrimiento, entonces, no sólo no es un absurdo
para el cristiano, sino que es por Cristo una condición
insustituible para la plenitud humana.
Cualquier dolor puede ser para
el hombre una Cruz divina y, por tanto, redentora -esa
Cruz que invita Cristo a tomar para seguirle-; aunque a
veces sea quizá, como lo fue la Pasión y Muerte
del Señor en la Cruz, una cruel injusticia. Hay que
saber sufrir, también cuando se sufre injustamente. Habrá que evitar
el dolor si se puede; pero no librándose simplemente de
él, sin fijarse en más; ni a costa de hacer
el mal: el remedio del dolor injusto no puede ser
sino el amor. Así el dolor es Cruz y la
ocasión de amar como Cristo. Se requiere para esto la
acción del Espíritu Santo; que, "activo en el hombre, transforma
al hombre. Pero, ¿en qué? En Cristo. Es El quien
forma a Cristo en nosotros, como lo formó en María"
(Ibid.).
El cristiano, transformado en Cristo, ama la Cruz, Voluntad
del Padre, y en ella la salvación del mundo. No
reniega, entonces, de su dolor, que contempla como realidad engrandecedora,
pues le identifica con Cristo por la acción del Espíritu.
El momento sublime del dolor es para el cristiano aquel
en el que, apoyado sólo en la fe, se siente
abandonado del mundo y solo con su dolor. Entonces, aunque
también se queja diciendo: ¿por qué me has abandonado? (Mt
27, 46), confía a la vez y exclama seguro: en
tus manos encomiendo mi espíritu (Lc 23, 46).
El dolor
aceptado es obediencia, un no-entender paradógicamente lleno de sentido, porque
se sabe que si Dios permite ese dolor es para
un bien. Diríamos que el dolor que se nos presenta
sin un sentido razonable, es el lugar por excelencia de
la obediencia. Aceptándolo reconocemos a Dios como Sabio y Poderoso;
y nosotros, aunque inteligentes, nos consideramos limitados. Tenemos ya pruebas
abundantes de su poder y sabiduría: de su divinidad; por
ejemplo, en los milagros. Pero "la actividad curativa de Jesús
no consistió en sanar a todos los hombres, sino puntualmente
a uno o a otro. Su actividad "que sana al
mundo" sólo se hace visible de vez en cuando, lo
suficientemente visible para que el creyente sepa en Quién cree
y por qué" (SD, 27). No es lo que Dios
pretende solucionar nuestros problemas, sino inundarnos con su Amor. Para
esto hemos de aceptarlo. Para esto quiere que lo aceptemos.
Si el objeto de nuestra vida es amar a Dios,
amarle cada vez más; viene a ser lo de menos
si logramos o no nuestros objetivos, mientras fomentemos el amor
de Dios intentándolo. No es tan decisivo si encontramos muchas
dificultades o si sentimos permanentemente la frustración y el dolor:
el cansancio, la contradicciónÉ, con tal de que -como Cristo-
avancemos nuestros pasos hasta el "Calvario" en la medida de
las fuerzas que nos queden. Si, así, caemos definitivamente en
el empeño, será que hemos llegado: Dios, que no espera
nuestros éxitos, sino nuestro amor, decide en la historia del
mundo el momento-meta de cada uno; y, en cierto, sentido
todos lo son, pues siempre podemos amarle y cualquiera puede
ser el último. No es para el cristiano ninguna circunstancia
de su vida sólo un mero trámite. Cada momento tiene
"peso específico"; todo lo humano tiene relevancia en Dios, pues
continuamente podemos manifestarle nuestro amor; por eso, como decía el
Beato Josemaría, "hay que dar a cada instante vibración de
eternidad".
5. Un misterio
"El sufrimiento humano suscita compasión, suscita
también respeto, y a su manera atemoriza. En efecto, en
él está contenida la grandeza de un misterio especifico" (SD,
4). Como misterio, debe ser permanentemente contemplado con perplejidad y
con respeto: ante el dolor humano nos encontramos frente a
una realidad con vocación sobrenatural, llamada a trascendernos.
Recordemos a
Job con su dolor inexplicable. "El es consciente de no
haber merecido tal castigo, más aún, expone el bien que
ha hecho a lo largo de su vida. Al final
Dios mismo reprocha a los amigos de Job por sus
acusaciones y reconoce que Job no es culpable. El suyo
es el sufrimiento de un inocente; debe ser aceptado como
un misterio que el hombre no puede comprender a fondo
con su inteligencia. (...) Si es verdad que el sufrimiento
tiene un sentido como castigo cuando está unido a la
culpa, no es verdad, por el contrario, que todo sufrimiento
sea consecuencia de la culpa y tenga carácter de castigo.
(...) Job no ha sido castigado, no había razón para
infligirle una pena, aunque haya sido sometido a una prueba
durísima" (SD, 11).
Job era un hombre ejemplar en el
amor de Dios con independencia de sus riquezas. Satán piensa
que su amor es interesado y provoca a Dios: "«extiende
tu mano y tócalo en lo suyo (veremos), si no
te maldice en tu rostro» (Job 1, 9-11). Si el
Señor consiente en probar a Job con el sufrimiento, lo
hace para demostrar su justicia. El sufrimiento tiene carácter de
prueba" (Ibid). El sufrimiento puede ser a veces una oportunidad,
no siempre un castigo. Para Job fue ocasión de mayor
virtud y gloria ante Dios.
De todos modos, el sufrimiento
supone para el hombre mucho más que una ocasión de
simple desarrollo personal, aunque no pocas veces también lo sea.
Es un misterio que se vislumbra, iluminados por la fe
y en la medida en que somos capaces a partir
de Cristo: "Por Cristo y en Cristo se ilumina el
enigma del dolor y de la muerte" (Con. Ecum. Vat.
II Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual,
Gaudium et Spes 22).
El dolor humano se entiende en
ciertas ocasiones pero en muchas otras no. Sin embargo, Jesucristo
"instruía, poniendo en el centro de su enseñanza las ocho
bienaventuranzas, que son dirigidas a los hombres probados por diversos
sufrimientos en su vida temporal" (SD, 16). A esos hombres
está destinada la Bienaventuranza, la definitiva felicidad.
6. Las crisis
de fe
Si no tenemos más referencia de la vida
que lo que estamos habituados a contemplar, sin conocer la
Revelación que nos anuncia a un Dios Señor del mundo
infinito en poder y bondad, el sufrimiento no nos plantea
especiales dificultades teóricas; en todo caso, será sólo un problema
de hecho cuando algo nos duele.
"La cuestión sobre el
sentido del sufrimiento es específicamente bíblica. Presupone la fe en
una ilimitada totalidad de sentido, la fe en que el
universo en su conjunto descansa dentro de un contexto de
sentido. Sólo desde ahí tiene sentido preguntar sobre el sentido
del sufrimiento. Tal pregunta se plantea ante todo allí donde
se cree en un Dios omnipotente y bueno, es decir,
allí donde, por tanto, es posible preguntar: «¿cómo se armoniza
ese hecho con la existencia de sufrimiento en el mundo?»"
(R. Spaemann. El sentido del sufrimiento).
En la práctica, la
existencia del sufrimiento, particularmente la de ciertos sufrimientos que se
consideran injustos, es motivo, no pocas veces, de la negación
de Dios: "¿por qué? Es una pregunta acerca de la
causa, la razón; una pregunta acerca de la finalidad (para
qué); en definitiva, acerca del sentido. (...) Esta es una
pregunta dificil, como lo es otra, muy afín, es decir,
la que se refiere al mal: ¿Por qué el mal?
¿Por que el mal en el mundo? Cuando ponemos la
pregunta de esta manera, hacemos siempre, al menos en cierta
medida, una pregunta también sobre el sufrimiento.
Ambas preguntas son
dificiles cuando las hace el hombre al hombre, los hombres
a los hombres, como también cuando el hombre las hace
a Dios. En efecto, el hombre no hace esta pregunta
al mundo, aunque muchas veces el sufrimiento provenga de él,
sino que la hace a Dios como Creador y Señor
del mundo.
Y es bien sabido que en la línea
de esta pregunta se llega no sólo a múltiples frustraciones
y conflictos en la relación del hombre con Dios, sino
que sucede incluso que se llega a la negación misma
de Dios. En efecto, si la existencia del mundo abre
casi la mirada del alma humana a la existencia de
Dios, a su sabiduria, poder y magnificencia, el mal y
el sufrimiento parecen ofuscar esta imagen, a veces de modo
radical, tanto más en el drama diario de tantos sufrimientos
sin culpa y de tantas culpas sin una adecuada pena.
Por ello, esta circunstancia -tal vez más aún que cualquier
otra- indica cuán importante es la pregunta sobre el sentido
del sufrimiento y con qué agudeza es preciso tratar tanto
la pregunta misma como las posibles respuestas a dar" (SD,
9).
Es una pregunta, tema clásico del pensamiento, de la
literaturaÉ Ocasión de crisis profundas, pues no siempre viene el
dolor cuando cabría esperarlo, ni sufre el que, por así
decir, se lo tiene merecido. "¿Por qué el dolor? -se
pregunta asimismo otro autor moderno- Es esta una pregunta que
tortura a muchos, hasta hacerles concluir que carece de respuesta,
pues, no sólo es imposible que exista un ser todopoderoso
e infinitamente bueno que consienta todas las desgracias que ocurren
en el mundo, sino que, en tales circunstancias, la vida
ni siquiera merece la pena ser vivida" (R. Yepes. Los
límites del hombre: el dolor).
Casi todos los libros véterotestamentarios
nos muestran el dolor humano como una justa pena por
el pecado. Era, por eso, según se aprecia en los
relatos evangélicos, la mentalidad dominante en el tiempo de Nuestro
Señor: ¿Quién pecó éste o sus padres, para que naciera
ciego? (Jn 9, 2), preguntaron los Apóstoles a la vista
de un sufrimiento humano. Pero el libro de Job había
arrojado ya una nueva luz sobre el problema del sufrimiento.
El dolor humano no era sólo la pena que hacía
justicia a cierta culpa. Job personaliza precisamente el sufrimiento del
justo, el sufrimiento "injusto" del inocente. Algo que sólo recibirá
su definitiva luz en Cristo; aunque, ciertamente, se trate de
una aclaración a la luz de la fe en Cristo
Redentor.
El Santo Padre, Juan Pablo II, es muy consciente
de la dificultad teórica del problema del sufrimiento, y afirma
que "a veces se requiere tiempo, hasta mucho tiempo, para
que esta respueta -por qué el sufrimiento- comience a ser
interiormente perceptible. En efecto, Cristo no responde directamente ni en
abstracto a esta pregunta humana sobre el sentido del sufrimiento.
El hombre percibe su respuesta salvífica a medida que él
mismo se convierte en participe de los sufrimientos de Cristo"
(SD, 26). En efecto, para entenderlo hay que vivirlo. Pero
no de cualquier modo, sino como Cristo; es decir, amando.
No se trata sólo de soportar lo que duele o
de estar dispuesto a aguantarÉ Se trata por el contrario
de "ver" la mano buena y suave de Dios en
lo que cuesta, sea lo que sea, pues nada escapa
a su poder. El que ama a la manera de
Cristo quiere positivamente el dolor que Dios permite en su
vida. Lo "ve" necesario para amarle aunque no lo comprenda.
Porque antes de cualquier otra consideración, parte del convencimiento de
que Dios es siempre Dios: Señor y Amor de los
hombres en todo momento, que en el de máximo sufrimiento
nos asiste, si le dejamos porque permanecemos unidos a El
por el amor. Lo que cuesta, por otra parte -lo
que duele y hace sufrir-, es tantas veces la entrega
de uno mismo a quienes son dignos de nuestro amor;
pues en ello está su bien, según aquello de que
nadie tiene amor más grande que el de dar uno
la vida por sus amigos (Jn 15, 13).
Por eso
a la pregunta por el sufrimiento, como dice el Papa,
Cristo responde ante todo con una llamada: "Es una vocación.
Cristo no explica abstractamente las razones del sufrimiento, sino que
ante todo dice: «Sigueme», «Ven», toma parte con tu sufrimiento
en esta obra de salvación del mundo, que se realiza
a través del sufrimiento. Por medio de mi cruz" (SD,
26).
El cristiano siente de mil formas -corrientes casi siempre-
ese reclamo interior que acogerá confiado en el Amor poderoso
del Señor, que lo iluminará y fortalecerá. No se entiende
qué es el dolor razonando sino creyendo, efecto del Don
de Ciencia, de Sabiduría y de Entendimiento: efecto de la
Gracia de Dios. Como dice el Papa, "a medida que
el hombre toma su cruz, uniéndose espíritualmente a la cruz
de Cristo, se revela ante él el sentido salvífico del
sufrimiento. El hombre no descubre este sentido a nivel humano,
sino a nivel del sufrimiento de Cristo. Pero al mismo
tiempo, de este nivel de Cristo, aquel sentido salvífico del
sufrimiento desciende al nivel humano y se hace en cierto
modo, su respuesta personal. Entonces el hombre encuentra en su
sufrimiento la paz interior e incluso la alegria espritual" (Ibid).
Parece importante -y no está de más insistir en ello-
reconocer en Dios, con un reconocimiento incuestionable, sus atributos de
Amor y Poder absolutos. También parece importante reconocer en nosotros
el don inefable de conocer a Dios, pero limitadamente. Así
no nos extrañará que, siendo Omnipotente, no nos conceda lo
que deseamos, a pesar de que nos ama como nadie
puede amarnos. Ofreciéndonos el dolor, Dios nos invita a acoger
la presencia amorosa de su Vida en la nuestra. ¡Qué
sensatas resultan, entonces, las palabras de Job, que sufre sin
culpa!: Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo
volveré allí. El Señor lo dio, el Señor lo quitó;
como al Señor le agradó, así se hizo: ¡sea bendito
el nombre del Señor! Si recibimos bienes de la mano
de Dios, ¿por qué no recibiremos males? (Iob 1, 21;
2, 10b). Males que el buen hijo de Dios tolera,
pues no es probado por encima de sus fuerzas, ni
se espera de él más de lo que puede. Males
que tal vez él no entiende pero sí Dios, infinitamente
sabio; y por lo tanto son un bien soportable para
él.
7. El dolor cristiano
El dolor y el sufrimiento
es repetidamente valorado de modo particular en el Nuevo Testamento
como manifestación de amor: Ahora me alegro de mis padecimientos
por vosotros, dice san Pablo a los Colosenses (Col 1,
24). El propio Cristo "reprende severamente a Pedro, cuando quiere
hacerle abandonar los pensamientos sobre el sufrimiento y sobre la
muerte de cruz" (SD, 16. Cfr. Mt 16, 23). Jesús
deseaba su sufrimiento, aunque le costaba hasta entrar en agonía
por la Pasión ya inminente.
Le costaba pero lo quiere,
y por eso advierte a Pedro: "«El cáliz que me
dio mi Padre, ¿no he de beberlo?» (Jn 18 11).
Esta respuesta -como otras que encontramos en diversos puntos del
Evangelio- muestra cuán profundamente Cristo estaba convencido de lo que
había expresado en la conversación con Nicodemo: «Porque tanto amó
Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo, para
que todo el que crea en El no perezca, sino
que tenga la vida eterna» (Jn 3, 16). Cristo se
encamina hacia su propio sufrimiento, consciente de su fuerza salvífica;
va obediente hacia el Padre, pero ante todo está unido
al Padre en el amor con el cual El ha
amado el mundo y al hombre en el mundo. Por
esto San Pablo escribirá de Cristo: «Me amó y se
entregó por mí» (Gál 2, 20)". (SD, 16).
La perspectiva
de sufrimiento: de fatiga agobiante, de trabajo que parece excesivo,
de dolor crónico, de incapacidad definitiva, de marginación, de abandono,
de incomprensión, de humillación continua, de permanente frutraciónÉ podría cegarnos
e inducirnos a menospreciar esos momentos y situaciones que vienen
a ser como la angustia en Getsemaní, cuando ruega Jesús
al Padre que le libre de aquel Cáliz: "las palabras
de la oración de Cristo en Getsemaní prueban la verdad
del amor mediante la verdad del sufrimiento. Las palabras de
Cristo confirman con toda sencillez esta verdad humana del sufrimiento
hasta lo más profundo: el sufrimiento es padecer el mal,
ante el que el hombre se estremece" (SD, 18). En
efecto, sólo por amor es posible aceptar tanto dolor. Y
es un dolor, cuya sola espectativa hace entrar en agonía
y sudar sangre (Cfr. Lc 22, 43-44).
Por eso lo
determinante de la conducta de Cristo no será el dolor
que padece o que se avecina, sino el deseo por
Amor de obediencia al Padre para redimirnos: Padre mío, si
es posible, pase de mi este cáliz; sin embargo, no
se haga como yo quiero, sino como quieres tú (Mt
26, 39) y a continuación: Padre mío, si esto no
puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad
(Mt 26, 42).
San Pablo enseña con su actitud que
el cristiano puede y debe imitar la disposición del Señor
ante el dolor: Ahora me alegro de mis padecimientos por
vosotros y suplo en mi carne lo que falta a
las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la
Iglesia (Col 1, 24). No es que disfrute san Pablo
padeciendo: no le divierte sufrir, como tampoco a Cristo; se
alegra en cambio verdaderamente de sus padecimientos porque contribuye con
ellos a la salvación de otros.
Cristo ya había exigido
a los suyos el sacrificio para alcanzar el Reino de
los Cielos: Si alguno quiere venir en pos de miÉ
tome cada día su cruz (Lc 9, 23). La fidelidad
a Cristo exige este sacrificio. Entrad por la puerta angosta,
porque amplia es la puerta y ancho el camino que
conduce a la perdición, y son muchos los que entran
por ella. ¡Qué angosta es la puerta y estrecho el
camino que conduce a la Vida, y qué pocos son
los que la encuentran! (Mt 7, 13-14).
El Reino de
los Cielos hay que ganarselo con esfuerzo. Pondrán sobre vosotros
las manos y os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y
metiéndoos en prisión, conduciéndoos ante los reyes y gobernadores por
amor de mi nombre. Será para vosotros ocasión de dar
testimonio. Haced propósito de no preocuparos de vuestra defensa, porque
yo os daré un lenguaje y una sabiduría a la
que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros adversarios. Seréis
entregados aún por los padres, por los hermanos, por los
parientes y por los amigos, y harán morir a muchos
de vosotros, y seréis aborrecidos de todos a causa de
mi nombre. Pero no se perderá ni un solo cabello
de vuestra cabeza. Con vuestra paciencia compraréis (la salvación) de
vuestras almas (Lc 21, 12-19).
El verdadero apostol es atacado
como Cristo -por las mismas razones-, pero triumfa como Él.
Si el mundo os aborrece, sabed que me aborreció a
mi primero que a vosotrosÉ, pero porque no sois del
mundo, sino que yo os escogí del mundo, por esto
el mundo os aborreceÉ No es el siervo mayor que
su señor. Si me persiguieron a mi, también a vosotros
os perseguiránÉ Pero todas estas cosas haránlas con vosotros por
causa de mi nombre, porque no conocen al que me
ha enviado (Jn 15, 18-21).
El problema es de ellos,
debemos sentirnos muy convencidos. Ellos lamentablemente no han conocido la
Majestad, el Poder y el Amor de Dios. Con culpa
o sin culpa padecen esa desgracia y no llevan razón
aunque sean muy fuertes. Esto os lo he dicho para
que tengáis paz en mí; en el mundo habéis de
tener tribulación; pero confiad: yo he vencido al mundo (Jn
16, 33); que se podría sintetizar diciendo: "quien rie ultimo,
rie mejor".
8. Eucaristía y sufrimiento
Y Cristo triunfa desde
la Cruz. La respuesta definitiva al sentido del dolor humano
es el Sacrificio del Calvario, momento del Amor por antonomasia
y momento también por antonomasia de dolor con sentido, que
se renueva cada día en nuestros altares. Como dice el
Santo Padre, "el Amor es también la fuente más plena
de la respuesta a la pregunta sobre el sentido del
sufrimiento. Esta pregunta ha sido dada por Dios al hombre
en la cruz de Jesucristo" (SD, 13).
No somos los
cristianos seres negativos, que aguantan, que sufren, que no gozan
de la vida ni son felices. Muy al contrario: somos
felices también con el dolor y la contrariedad; más aún,
el secreto de nuestra alegría está en la Cruz con
dolor y contrariedad: no tenemos miedo a lo que cuesta.
La fe nos lleva a afirmar que el sufrimiento con
sentido; es decir, en Cristo, es condición para la verdadera
alegría. Porque El nos llama a su Cruz para que,
con El, triunfemos en la Resurrección, logrando así la única
alegría feliz, la única que vale la pena, que no
se esfuma al ahondar en la verdad de la vida.
Cuando decimos que Cristo nos ha salvado, debemos entender que
nos ha librado de todo posible mal y por tanto
de todo dolor. Y no sólo esto, sino que nos
ha introducido en su vida que es eterna. Así lo
manifestó el Jesús a Nicodemo: tanto amó Dios al mundo,
que le dio su unigénito Hijo, para que todo el
que crea en Él no perezca, sino que tenga la
vida eterna (Jn 3, 16). La entrega del Hijo por
amor al mundo es la Eucaristía, renovación incruenta del mismo
sacrificio del Calvario con el que se consuma nuestra Salvación.
Y "Salvación significa liberación de mal, y por ello está
en estrecha relación con el problema del sufrimiento" (SD, 14);
pues, como veíamos, sufrir era padecer el mal.
Según las
palabras de Cristo a Nicodemo el hombre puede perecer, pero
no se refiere Jesús a la muerte temporal. "El hombre
«muere», cuando pierde «la vida eterna». Lo contrario de la
salvación no es, pues, solamente el sufrimiento temporal, cualquier sufrimiento,
sino el sufrimiento definitivo: la pérdida de la vida eterna,
el ser rechazados por Dios, la condenación. El Hijo unigénito
ha sido dado a la humanidad para proteger al hombre,
ante todo, de este mal definitivo y del sufrimiento definitivo"
(Ibid).
Los otros sufrimientos temporales -consecuencia asimismo del pecado- son
menores y pasajeros, y quedan aniquilados también en la vida
eterna en Dios que nos gana el Hijo con su
entrega: "En su sufrimiento los pecados son borrados precisamente porque
El únicamente, como Hijo unigénito, pudo cargarlos sobre sí, asumirlos
con aquél amor hacia el Padre que supera al mal
de todo pecado; en un cierto sentido aniquila este mal
en el ámbito espiritual de las relaciones entre Dios y
la humanidad, y llena este espacio con el bien" (SD,
17).
El Sacrificio Eucarístico es propiamente el único remedio definitivo
del dolor humano. Aunque no cesen por la Misa nuestras
molestias cotidianas; sin embargo, participando por ella muy singularmente en
el fruto de la Redención, vivimos nuestros dolores positivamente, de
un modo optimista que es compatible con el gozo de
la esperanza eterna y, sin dejar de ser doloroso, el
sufrimiento es feliz y lleno de sentido.
De la gracia
de Dios recibimos nuestra condición de hijos en el Hijo
y con ella la seguridad de ser amados por el
Padre, que no permitirá que seamos probados por encima de
nuestras fuerzas. Pierde así el cristiano el miedo a sufrir.
Está seguro de que con Dios nada será insufrible. Pero
no es sólo falta de miedo la alegría del cristiano
hijo de Dios, se sabe ante todo depositario de todo
el tesoro del Evangelio y lanzado por el propio Cristo
a extender su Reino, pues tiene el mundo por heredad
(Cfr. Ps 2, 8). Por el contrario, tienen asegurada la
desolación los que pretenden vivir alegres al margen de la
Eucaristía: son sarmientos separados de la Vid, cuya lozanía dura
un momento (Cfr. Jn 15, 6); cadáveres -sin vida en
sí mismos-, que no se alimentan del Cuerpo y la
Sangre del Señor (Cfr. Jn 6, 56).
"Según las palabras
dirigidas a Nicodemo, Dios da su Hijo al «mundo» para
librar al hombre del mal, que lleva en sí la
definitiva y absoluta perspectiva del sufrimiento" (SD, 14). El amor
de Dios al hombre incluye el sufrimiento de Cristo en
su sacrificio voluntario, en una entrega amorosa. El sufrimiento del
hombre es calmado con el Amor de Dios manifestado en
el sufrimiento de Cristo. Una entrega que, siendo verdadero anonadamiento
hasta la muerte, es al mismo tiempo identificación plena con
la voluntad del Padre y, por tanto, igual a El
en Gloria y Majestad. De aquí que no podía suponer
una pérdida para el Hijo la obediencia, antes al contrario,
su muerte es ocasión de definitiva inmortalidad (Cfr. Fil 2,
9-11).
Jesucristo en cuanto hombre es exaltado mediante la Resurrección,
que supera el dolor y la muerte, y se constituye
primogénito y modelo del cristiano, tanto en su vida y
en su muerte -en su dolor-, como en su Resurrección.
Particularmente es nuestro estímulo y modelo en la Eucaristía. En
el sagrario su amor no conoce límites: "más que en
el establo, y que en Nazaret y que en la
Cruz" (Beato Josemaría. Camino, 533). Para que logremos el consuelo
y la fortaleza que necesitamos.
9. El dolor y la
esperanza
Juan Pablo II declaró el año 1984, año de
la Redención. Y en este año publica su Carta Apostólica
Salvifici Doloris, acerca del sentido cristiano del sufrimiento humano -que
está tan presente en estas consideraciones-, "porque la redención se
ha realizado mediante la cruz de Cristo, o sea mediante
su sufrimiento" (SD, 3), dice el Papa.
Por la Redención
efectiva el hombre es bienaventurado: queda libre del mal y,
por tanto, del sufrimiento. "Y aunque la victoria sobre el
pecado y la muerte, conseguida por Cristo con su cruz
y resurrección no suprime los sufrimientos temporales de la vida
humana (...), sin embargo, esta victoria proyecta sobre cada sufrimiento
una luz nueva, que es la luz de la salvación"
(SD, 15). El sufrimiento, con todo lo costoso, molesto o
problemático de la vida, tiene a partir de la Redención
vocación de eternidad salvífica. El dolor humano se ha convertido
por Cristo en instrumento salvador; pues viviendo en Cristo por
la acción del Espíritu Santo, el cristiano participa de la
esperanza de la resurrección y hace participar a otros de
esa esperanza.
No es, entonces, el dolor -cualquiera que sea-
si es cristiano, algo ante todo negativo, deprimente para el
hombre. Sería solamente eso si fuéramos simples bestias o nos
comportáramos como tales. El dolor del hombre puede y debe
ser, como el de Cristo, una oración grata al Padre
que logra también los fines de la Cruz. "Todo hombre
tiene su participación en la redención. Cada uno está llamado
también a participar en ese sufrimiento mediante el cual se
ha llevado a cabo la redención. Está llamado a participar
en ese sufrimiento por medio del cual todo sufrimiento humano
ha sido también redimido. Llevando a efecto la redención mediante
el sufrimiento, Cristo ha elevado juntamente el sufrimiento humano a
nivel de redención. Consiguientemente, todo hombre, en su sufrimiento, puede
hacerse también participe del sufrimiento redentor de Cristo" (SD, 19).
El cristiano, hijo de Dios que sufre y reconoce la
riqueza que posee con su dolor, encuentra en su vida
un permanente motivo de consuelo y mucho más que eso.
El suyo es un sufrimiento elevado, de modo que lo
de menos para él es su dolor-molestia o dolor-desagrado. Tiene
por don de Cristo en ese dolor una verdadera Cruz
Redentora. Por la fe el cristiano lo reconoce así: como
Cristo nos lo ha entregado.
"En la segunda carta a
los Corintios escribe el Apóstol: «En todo apremiados, pero no
acosados; perplejos, pero no desconcertados, perseguidos, pero no abandonados; abatidos,
pero no aniquilados, llevando siempre en el cuerpo la muerte
de Cristo, para que la vida de Jesús se manifieste
en nuestro tiempo. Mientras vivimos estamos siempre entregados a la
muerte por amor de Jesús, para que la vida de
Jesús se manifieste también en nuestra carne mortal... sabiendo que
quien resucitó al Señor Jesús, también con Jesús nos resucitará...»
(2 Cor 4, 8-11 14).
"San Pablo habla de diversos
sufrimientos y en particular de los que se hacían participes
los primeros cristianos «a causa de Jesús». Tales sufrimientos permiten
a los destinatarios de la Carta participar en la obra
de la redención, llevada a cabo mediante los sufrimientos y
la muerte del Redentor. La elocuencia de la cruz y
de la muerte es completada, no obstante, por la elocuencia
de la resurrección."
"El hombre halla en la resurrección una
luz completamente nueva, que lo ayuda a abrirse camino a
través de la densa oscuridad de las humillaciones, de las
dudas, de la desesperación y de la persecución. De ahí
que el Apóstol escriba también en la misma carta a
los Corintios: «Porque así como abundan en nosotros los padecimientos
de Cristo, asi por Cristo abunda nuestra consolación» (2 Cor
1, 5)".
"En otros lugares se dirige a sus destinatarios
con palabras de ánimo: «El Señor enderece vuestros corazones en
la caridad de Dios y en la paciencia de Cristo»
(2 Tes 3, 5). Y en la carta a los
Romanos: «Os ruego, pues, hermanos, por la misericordia de Dios,
que ofrezcáis vuestros cuerpos como hostia viva, santa y grata
a Dios: este es vuestro culto racional» (Rom 12, 1)
(...)".
"Este descubrimiento dictó a San Pablo palabras particularmente fuertes
en la carta a los Gálatas: «Estoy crucificado con Cristo
y ya no vivo yo, es Cristo quien vive en
mi. Y aunque al presente vivo en carne, vivo en
la fe del Hijo de Dios, que me amó y
se entregó por mí» (Gál 2, 19-20). La fe permite
al autor de estas palabras conocer el amor que condujo
a Cristo a la cruz. Y si amó de este
modo, sufriendo y muriendo, entonces por su padecimiento y su
muerte vive en aquél al que amó así, vive en
el hombre: en Pablo".
"Y viviendo en él -a medida
que Pablo, consciente de ello mediante la fe, responde con
el amor a su amor- Cristo se une asimismo de
modo especial al hombre, a Pablo, mediante la cruz. Esta
unión ha sugerido a Pablo, en la misma carta a
los Gálatas, palabras no menos fuertes: «Cuanto a mi, jamás
me gloriaré a no ser en la cruz de nuestro
Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mi
y yo para el mundo» (Gal 6 14)" (SD, 20).
El optimismo en la tribulación es incomprensible, sorprendente para una
visión meramente terrena. Es efecto de la Gracia y trasciende
al propio atribulado. Ni siquiera él mismo comprende cómo es
capaz de padecer sin temor, ni de dónde le brota
la alegría mientras sufre. Fiado en la Gracia de Dios,
lo experimenta, le parece bien y proclama este misterio a
cuantos se extrañan de su paz en el sufrimiento. San
Pablo, diríamos que avasalla: con sumo gusto me gloriaré más
todavía en mis flaquezas, para que habite en mí la
fuerza de Cristo. Por lo cual me complazco en las
flaquezas, en los oprobios, en las necesidades, en las persecuciones
y angustias, por Cristo; pues cuando soy débil, entonces soy
fuerte (2 Cor 12, 9b-10).
Apoyado en la fe, el
cristiano se siente optimista porque sufre. No es entonces para
el hijo de Dios el dolor sólo algo que hay
que tolerar en razón de la justicia: pues lo merecemos
por nuestros pecados; ni algo razonable por nuestra deficinte condición
y la también deficiente condición de este mundo en que
vivimos; es mucho más, "a los ojos del Dios justo,
ante su juicio, cuantos participan en los sufrimientos de Cristo
se hacen dignos de este reino. Mediante sus sufrimientos, éstos
devuelven en un cierto sentido el infinito precio de la
pasión y de la muerte de Cristo, que fue el
precio de nuestra redención: con este precio el reino de
Dios ha sido nuevamente consolidado en la historia del hombre,
llegando a ser la perspectiva definitiva de su existencia terrena"
(SD, 21). El dolor de los hombres ha alcanzado por
Cristo la capacidad de ser relevante para Dios y cooperar
en la extensión de su Reino.
"San Pablo nos habla
con frecuencia aquella paradoja evangélica de la debilidad y de
la fuerza, experimentada de manera particular por el Apóstol mismo
y que, junto con él, prueban todos aquellos que participan
en los sufrimientos de Cristo. El describe en la segunda
carta a los Corintios: «Muy gustosamente, pues, continuaré gloriándome en
mis debilidades para que habite en mi la fuerza de
Cristo» (2 Cor 12, 9). En la segunda carta a
Timoteo leemos: «Por esta causa sufro, pero no me averguenzo,
porque sé a quien me he confiado» (2 Tim 1,
12). Y en la carta a los Filipenses dirá incluso:
«Todo lo puedo en aquél que me conforta» (Fil 4,
13)" (SD, 23).
La Omnipotencia de Dios es incuestionable y
por eso, con su Amor, no tenemos ninguna posibilidad de
fracasar con Dios. No tiene Dios ninguna necesidad de tener
éxito ni de demostrarnos su poder, ni está preocupado por
defenderse como si alguien pudiera lesionar su divinidad. Por lo
cual el cristiano se siente seguro, mientras viva en intimidad
con El, incluso en medio de la tribulación y cuando
parece que la debilidad y el sufrimiento son irremediables. Dios
en su eternidad siempre actua, su amor se difunde incesantemente
en quienes pueden y quieren acogerlo: en los hombres que
lo aman. Ellos viven despreocupados y seguros, nada inquietos por
su debilidad o por la fuerza de sus enemigos: No
tengáis miedo a los que matan el cuerpo, que el
alma no pueden matarla (Mt 10, 28), les dice.
Como
mucho, el cristiano puede morir; pero eso es sólo cuestión
de tiempo para todos; y, por otra parte, el fin
de sus dolores y el comienzo de la Vida que
más desea: un buen cristiano no puede ser miedoso. No,
desde luego, porque se crea "alguien", sino porque se cree
Cristo... San Pablo es el prototipo de la persona sin
miedo aunque haya abundante dolor en su vida: Porque el
mensaje de la cruz -dice- es necedad para los que
se pierden, pero para los que se salvan, para nosotros,
es fuerza de Dios (1 Cor 1, 18).
"En la
cruz, Cristo ha alcanzado y realizado con toda plenitud su
misión: cumpliendo la voluntad del padre, se realizó a la
vez a sí mismo. En la debilidad manifestó su poder
y en la humillación toda su grandeza mesiánica ¿No son
quizás una prueba de esta grandeza todas las palabras pronunciadas
durante la agonía en el Gólgota y, especialmente las referidas
a los autores de la crucifixión: «Padre, perdónales, pórque no
saben lo que hacen»? (Lc 23, 34) A quienes participan
de los sufrimientos de Cristo estas palabras se imponen con
la fuerza de un ejemplo supremo" (SD, 22). Es el
esplendor del Amor Omnipotente que ama a toda costa. Le
preocupa -por así decir- el perdón que necesitan aquellos hombres.
Así nos enseña a amar con sufrimiento.
San Pablo insistía
en el futuro de gloria que espera al cristiano que
vive la Cruz. A los Romanos les dice: SomosÉ coherederos
de Cristo, supuesto que padezcamos con El para ser con
El glorificados. Tengo por cierto que los padecimientos del tiempo
presente no son nada en comparación con la gloria que
ha de manifestarse en nosotros (Rom 8, 17-18); y en
la segunda carta a los Corintios leemos: Pues por la
momentánea y ligera tribulación nos prepara un peso eterno de
gloria incalculable, y no ponemos los ojos en las cosas
visibles, sino en las invisibles (2 Cor 4, 17-18).
La
misma idea es afirmada por san Pedro: Antes habéis de
alegraros en la medida en que participáis en los padecimientos
de Cristo, para que en la revelación de su gloria
exultéis de gozo (1 Pe 4, 13). Este sentido positivo
ante la tribulación -alegría, se afirma incluso, ante el sufrimiento-
no convierte en placer el dolor. Nunca el dolor dejará
de doler. Reclamará siempre cierta renuncia de quien lo sufra,
aunque lo viva según Dios y gane de este modo.
No es la acción de la gracia como un narcótico
que convierte el dolor en placer y los insultos en
alabanzas. Se trata, más bien, de una connaturalidad del cristiano
con Cristo que le lleva a participar en el Espíritu
Santo, por encima de todo dolor, de la inefable dicha
amorosa de la Trinidad.
Esta dicha es aún más plena
cuando el cristiano se sabe en cierta medida autor de
la misma Redención, siendo miembro de Cristo (cfr. 1 Cor
6, 15) -único verdadero Redentor- y llamado a suplir "«lo
que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo,
que es la Iglesia» (Col 1, 24): En el misterio
de la Iglesia como cuerpo suyo, Cristo en cierto sentido
ha abierto el propio sufrimiento redentor a todo sufrimiento del
hombre. En cuanto el hombre se convierte en participe de
los sufrimientos de Cristo -en cualquier lugar del mundo y
en cualquier tiempo de la historia-, en tanto a su
manera completa aquél sufrimiento, mediante el cual Cristo ha obrado
la redención del mundo" (SD, 24). Cualquier dolor humano tiene
vocación redentora, puede contribuir a la construcción de la realidad
más grandiosa que podemos soñar: la Redención del mundo.
Si
el sufrimiento humano puede ser sufrimiento de Cristo es porque
"El mismo está presente en quien sufre, porque su sufrimiento
salvífico se ha abierto de una vez para siempre a
todo sufrimiento humano. Y todos los que sufren han sido
llamados de una vez para siempre a ser participes «de
los sufrimientos de Cristo» (1 Pe 4, 13). Así como
todos son llamados a «completar» con el propio sufrimiento «lo
que falta a los padecimientos de Cristo» (Col 1, 24).
Cristo al mismo tiempo ha enseñado al hombre a hacer
bien con el sufrimiento y a hacer bien a quien
sufre. Bajo este doble aspecto ha manifestado cabalmente el sentido
del sufrimiento" (SD, 30).
He aquí la respuesta definitiva al
problema del dolor humano. Este es provechoso para el que
sufre y para los demás. El que sufre es, por
la Gracia, Cristo Redentor: participe en los sufrimientos de Cristo,
poniendo lo que falta a Sus padecimientos por la Iglesia.
No nos extraña, entonces, que asistir al que sufre sea
ayudar a Cristo, que sea el mismo Señor quien recibe
nuestro amor cuando amamos a los demás: a mí me
lo hicísteis (Mt 25, 40), responde Jesús cuando hemos tratado
a alguien bien, quizá ayudándole en su dolor. A mí
me lo hicísteis, responde también ante nuestros malos tratos o
nuestras omisiones. El dolor cristiano -el que sea- se convierte,
por la acción del Espíritu, en fuerza redentora que desarrolla
el que sufre en favor de la humanidad de paso
que se acerca al Cielo.
Y no deseo a terminar
sin recordar unas palabras del Beato Josemaría que me parecen
ahora a propósito: "Aunque hayáis entregado mucho -decía en una
ocasión-, no habéis cumplido totalmente el sacrificio: podéis aún levantar
más en alto la Cruz. Yo os puedo asegurar que
en estos años de sufrimiento gustoso, aunque el cuerpo se
fatigue, he llegado a la seguridad de que la Cruz
la lleva Jesucristo: y que nuestra participación en su dolor
nos llena de consuelo y de alegría" (Beato Josemaría. A
solas con Dios, 242 ). Es la experiencia de cuantos,
en Cristo, han perdido el miedo al dolor.
Comenzábamos con
el pecado -origen de nuestros dolores- en el Paraiso según
lo narra el primer libro de la Biblia, el Génesis;
pero, según se anuncia en el último, el Apocalipsis, esta
historia termina bién:
Vi un cielo nuevo y una tierra
nueva, pues el primer cielo y la primera tierra desaparecieron,
y el mar ya no existe. Vi también la ciudad
santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo del lado
de Dios, ataviada como una novia que se engalana para
su esposo. Y oí una fuerte voz procedente del trono
que decía: He aquí la morada de Dios con los
hombres: Habitará con ellos y ellos serán su pueblo, y
Dios, habitando realmente en medio de ellos, será su Dios.
Y enjugará toda lágrima de sus ojos; y no habrá
muerte, ni llanto, ni lamento, ni dolor, porque todo lo
anterior ya pasó (Apc 22, 1-4).
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