Autor: Thomas Williams | Fuente: Catholic.net El Valor de la Libertad y los Valores
La libertad es mucho más que un eslogan pegadizo que se trae a cuento para justificar nuestras acciones: es un don que requiere ser administrado cuidadosamente
El Valor de la Libertad y los Valores
Pocos valores tienen un atractivo tan universal como la
libertad. Esta palabra ha sido tan traída y llevada como
el birdie en un juego de bádminton. El ideal de
la libertad parece que jamás estará fuera de moda. Es
difícil encontrar una campaña revolucionaria o una constitución nacional que
no proponga la libertad como uno de sus máximos logros.
Hoy día, con la caída del comunismo, la expansión de
la democracia, el fácil acceso a la información y el
progreso tecnológico el género humano está desarrollando un agudo sentido
de la libertad. La cultura occidental rinde homenaje a la
libertad en todos los sectores de la civilización. Existen estatuas
y naves espaciales que llevan su nombre, monedas acuñadas en
su honor, champús y dentífricos que prometen más libertad a
quien los compra.
La palabra libertad casi tiene un talismán
adherido. Hay ciertas palabras que poseen una especie de carga
positiva o negativa, como los iones. Términos como «opción», «creatividad»,
«nuevo», «original» y «libertad» llevan una carga positiva: de antemano
estamos predispuestos favorablemente a ellos, aunque no sepamos a qué
se refieren. Otras palabras nos provocan aversión, y desde fuera
tiñen negativamente nuestra actitud ante alguna frase. Si hemos de
ser objetivos, debemos superar el impacto emocional para considerar el
verdadero valor que puede haber detrás de una expresión.
Las diversas
caras de la libertad
Este mismo principio se aplica al concepto
de libertad. Es un término análogo, que tiene muchas aplicaciones.
En algunos casos, la libertad se refiere simplemente a la
ausencia de elementos perniciosos, como en el caso de los
alimentos dietéticos que son libres de azúcar. Aquí la libertad
no tiene un valor propio. Aunque conserva su atractivo, su
valor depende directamente de la repulsividad que produce el elemento
ausente. Que el café no tenga cafeína es un atributo
positivo siempre y cuando se considere la cafeína un ingrediente
nocivo. ¿Iríamos, en cambio, a un parque de atracciones libre
de diversión? ¿Intentaríamos nadar en una piscina libre de agua?
Cuando el Papa Juan Pablo II habla de la libertad
como raíz de la dignidad humana, se está refiriendo a
una realidad que va mucho más allá de la mera
libertad de movimiento o de la ausencia de constricción externa.
La libertad específicamente humana es un ingrediente esencial de la
naturaleza del hombre que lo distingue radicalmente del resto de
la creación. Los seres humanos son esencialmente libres aunque estén
en un calabozo o haciendo trabajos forzados en un campo
de concentración; un animal no es verdaderamente libre, aunque esté
surcando plácidamente el aire o rumiando a sus anchas en
las llanuras del Serengeti. La naturaleza, en cuanto tal, no
es libre, pues obedece a una serie de leyes fijas.
El agua correrá siempre hacia abajo. El fuego no puede
encenderse en el vacío. La combinación de sodio y cloro
producirá sal, pero jamás nos dará pimienta.
La libertad humana
no se identifica con la libertad de pensamiento o con
la libertad física, sino con la libertad de la voluntad
-o libre voluntad- por la que gobernamos nuestras propias acciones.
Un acto humano es un acto libre.
Estrictamente hablando, los
«actos del hombre» difieren de los «actos humanos». Acto humano
significa un acto realizado con conocimiento y libertad, es decir,
un acto específicamente humano. Algunas veces nuestras acciones son deliberadas
y plenamente conscientes; otras veces actuamos inadvertidamente o incluso hacemos
cosas de forma involuntaria. Cuando la cajera de la farmacia
te devuelve accidentalmente el doble del cambio que te debía
dar, no ha realizado una acto humano, porque no fue
intencional. Pero si, al llegar a tu coche, te das
cuenta del error y regresas para devolver lo que en
realidad no es tuyo, tu acto es humano porque lleva
impreso el sello de tu conciencia y libertad.
La libertad
humana incluye la libertad moral. En virtud de ella existen
el bien y el mal, la virtud y el vicio.
Un gesto de bondad para con tu hermano pequeño tiene
valor y mérito porque es un acto libre. La libertad
no es como un examen de matemáticas, donde se trata
de «escoger» la respuesta correcta -una computadora lo haría tal
vez igual o mejor que tú-. Tampoco se identifica con
una pura espontaneidad para escoger entre diversas posibilidades sin valor
moral, como hace un gorrión cuando «escoge» en qué árbol
y en qué rama construir su nido. La libertad humana
encuentra su máxima expresión cuando tiene que elegir entre varias
cosas buenas y, especialmente, entre el bien y el mal.
Tres niveles de libertad
Dado que la palabra libertad tiene
varios significados, es necesario distinguir y aclarar cuáles son las
diversas dimensiones de la libertad.
Libertad de constricción
La libertad se aplica
en este caso al hecho de estar libre de impedimentos
o de interferencias externas para hacer algo. Es la acepción
de libertad que más se emplea. Es la autonomía, en
contraposición con el control externo. Un adolescente ansía que sus
padres le dejen un amplio espacio de libertad. Las industrias
tratan de librarse de las restricciones del gobierno. El preso
de la cárcel sueña en el día en que por
fin podrá saborear una vez más la libertad. La libertad,
aunque es un bien en sí misma, puede ser mal
empleada. Cuando una persona pretende liberarse de toda responsabilidad y
compromiso, comete un grave error, pues está tratando de evitar
un ingrediente necesario para su realización como ser humano.
Otro
peligro de este aspecto de la libertad es la posibilidad
de ser manipulados: pensando que somos nosotros los que decidimos,
en realidad es otro el que decide en lugar nuestro.
Podríamos preguntar si la gente de hoy goza de mayor
libertad que la del pasado. Es cierto que hoy tiene
más capacidad para moverse; cuenta con modernos medios de comunicación
instantánea y de procesamiento de información. Posee, además, un dominio
más amplio sobre el medio ambiente y es capaz de
ejecutar tareas que las personas de unas décadas atrás ni
siquiera hubieran imaginado.
Sin embargo, en su vida personal, mucha
gente se encuentra hoy confundida, insegura, incapaz de pensar por
sí misma y de escapar del ruido, del bombardeo de
imágenes y de sutiles mensajes generados por la sociedad y,
especialmente, por los mass-media. Sus principios se ven atacados y
encuentran poco apoyo cuando tratan de vivir coherentemente como seres
humanos. En consecuencia, muchas de sus acciones, opciones y preferencias
son determinadas por la moda, la opinión pública y las
tendencias políticas. Esta manipulación se lleva a cabo con frecuencia
impactando directamente nuestras emociones y evadiendo el proceso ordinario de
una elección racional.Para asegurar nuestra libertad, debemos defender nuestra independencia
de estas presiones externas.
Libertad de elección
Tú eres el autor
de tus acciones. Cuando vas al supermercado o hablas con
tu vecino o visitas a un amigo en el hospital,
estás ejercitando tu libertad en una serie de actos conscientes.
Ahora mismo tú y yo estamos escribiendo nuestra propia historia.
Esta dimensión de la libertad es la posibilidad, que se
opone a la necesidad. La necesidad es aquello que no
podría ser de otro modo. Los actos humanos jamás están
sujetos a la necesidad, porque cada acto verdaderamente humano es
libre. Las personas son libres. Las cosas son necesarias. Bajo
esta luz, la libertad consiste en el dominio que ejerce
una persona sobre sus acciones.
Nuestra libertad abarca también la
realización de un proyecto vital. Cada uno elige libremente lo
que quiere ser en la vida. Una persona honesta es
honesta por elección, no por obligación. Nos estamos refiriendo aquí
a la auto-determinación, que es contraria al determinismo. Hoy día,
como en el pasado, algunos sostienen que el ser humano
se encuentra inexorablemente determinado por factores externos a su voluntad.
Los que profesan el determinismo biológico señalan que nuestras decisiones
están inscritas anticipadamente en nuestro código genético. Otros hablan de
condicionamientos culturales y sociales, que determinan nuestra forma de pensar
y de escoger.
Hay que reconocer que estas posiciones tienen
una pequeña dosis de verdad. Hay factores biológicos y sociales
que influyen hasta cierto punto en nosotros. Pero esto no
quiere decir que supriman nuestra libertad; aunque haya influencias externas,
nuestras decisiones son nuestras. Resulta más cómodo culpar a otro
de nuestras caídas, pero en el fondo sabemos que la
responsabilidad es nuestra. Por esta misma razón, nuestras buenas acciones
merecen recompensa, pues las realizamos libremente, aunque tengamos posibilidad de
obrar diversamente.
La libertad es algo más que un deseo.
Es la capacidad para realizar ese deseo. Podrías querer, tal
vez, no morir jamás, o tener dos metros de estatura,
pero no podrás optar por esto porque no tienes el
poder para realizarlo. Sólo podemos escoger aquellas cosas cuya realización
está dentro de nuestras posibilidades.
Libertad para actuar
La verdadera liberación consiste
en algo más que quitar los escombros de nuestra pista
vital o romper las cadenas que nos mantienen cautivos. Si
descombramos la pista es para iniciar el despegue. Si desencadenamos
a alguien es para que pueda vivir su vida y
realizar sus sueños. Lo que pretendemos al librarnos de las
constricciones es gozar de la libertad para actuar. La libertad
invita a la actividad, a la consecución de una meta.
Si tengo libre el viernes por la noche... implica que
tengo libertad para hacer algo -se sobreentiende que queremos hacer
algo-.
La libertad exige compromiso, realización. Si tengo un par
de horas libres el viernes por la noche pero no
hago nada, me parezco a esas gallinas acurrucadas en el
gallinero, esperando algo que empollar. Queriendo aprovechar el tiempo, más
bien pensaría: Por fin tengo un par de horas libres,
así es que puedo... seguir armando aquel modelo de aeroplano,
terminar de leer «El Quijote de la Mancha», escribir a
la tía Sara. El dinamismo de la libertad se concreta
en una decisión y en una actividad, las cuales se
contraponen a la indecisión y a la pasividad. La libertad
es libertad sólo cuando se aprovecha para hacer algo, cuando
se ejercita.
En este nivel, lo contrario de la libertad
es la pasividad y la falta de compromiso. En nuestros
días se ha difundido el miedo al compromiso. Muchos deciden
«no decidir», porque tienen miedo de optar equivocadamente. Esas personas
se aprisionan voluntariamente en la cárcel de su propia inseguridad
y temor al futuro. Por querer dejar abiertas todas las
opciones, ellas mismas cierran las puertas de su plena realización
como personas. Pretenden comer el pastel y conservarlo a toda
costa, sin sacrificar ninguna de estas dos opciones. Podría formularse
en estos términos el silogismo que respalda la moderna postura
del no-compromiso:
1. Lo más importante es ser libre. 2.
Si ejercito mi libertad (y me comprometo), limito mis opciones
y disminuye mi libertad. 3. Por tanto, no me comprometeré.
La libertad humana no consiste en la ausencia de compromisos,
sino en la capacidad para comprometerse y perseverar en ese
compromiso. Nos realizamos cuando nos comprometemos libremente como personas y
vivimos coherentemente los compromisos que hemos asumido. ¿Acaso una mujer
ha perdido su libertad porque ahora tiene cuatro hijos? ¿Acaso
ha encontrado un hombre la llave de la libertad perpetua
porque a los 43 años sigue sin graduarse del bachillerato
y sin buscar trabajo? Obviamente no. Como veremos, el hecho
de desconectarnos de los demás, de evitar las ataduras del
amor, de las amistades y de la responsabilidad, no es
el camino para lograr nuestra realización personal. Es precisamente en
la donación de nosotros mismos donde se realiza y completa
nuestro potencial como seres humanos.
El valor de la libertad
A menudo
se entiende hoy la libertad en términos de total autonomía.
Se la ve como la base única e indiscutible de
nuestras opciones personales y como autoafirmación a cualquier precio. Algunos,
como Jean Paul Sartre, creen que nuestra libertad crea los
valores, y que la libertad misma es el valor supremo.
Esta teoría tiene dos contradicciones implícitas. En primer lugar, Sartre
dice que la libertad en un valor absoluto, mientras sostiene
que todos los valores son relativos. En segundo lugar, considera
que el individuo es el creador de todos los valores
y, al mismo tiempo, que la libertad debe ser el
valor más alto para todos. Si alguno no está de
acuerdo con esto, obviamente está equivocado. Como siempre, el relativismo
degenera infaliblemente y se convierte en dogmatismo.
Cabe una distinción
más. No es lo mismo ser libre que usar correctamente
la libertad. Apreciamos, con razón, la libertad en sí misma
y reconocemos que es bueno ser libres. La libertad nos
ennoblece como seres humanos y nos permite participar en cierto
modo de la libertad de Dios. Sin embargo, podemos también
abusar de la libertad. Si existen leyes, policías y prisiones
es porque existe la posibilidad real de que usemos mal
nuestra libertad. En cierto momento, estas instituciones se colocan delante
de uno y le dicen: «Lo siento, amigo, has ido
demasiado lejos. Te has pasado de los límites».
Resulta extraño
ver cómo muchos traen a cuento el mismo concepto como
fuente e inspiración de actividades muy dispares. Los pecadores pecan
en nombre de la libertad, mientras que los santos ejercitan
su santidad precisamente bajo esta misma bandera. Charles Manson fue
capaz de asesinar un buen número de personas inocentes porque
era libre. Y por esta misma razón, Juana de Arco
dio su vida en lugar de renunciar a la misión
que Dios le había encomendado. De hecho, no puede haber
pecado, ni crimen, ni violencia si no hay libertad, como
tampoco puede haber santidad, ni virtud, ni bondad, ni amor.
Sin embargo, la libertad no es, en realidad, la inspiración
de horribles crímenes, ni tampoco de heroicos gestos de virtud.
Sólo es la condición necesaria que permite que estos actos
se realicen. Cuando se ve la libertad como un absoluto,
desligada de todo principio, puede llevar a los más graves
abusos. Como dijo Juan Pablo II en un discurso en
Polonia en enero de 1993: «La libertad entendida como algo
arbitrario, separada de la verdad y de la bondad, la
libertad separada de los mandamientos de Dios, se vuelve una
amenaza para el hombre, y conduce a la esclavitud; se
vuelve contra el individuo y contra la sociedad».
La libertad
necesita de los valores. Ella sola me ofrece únicamente la
posibilidad de actuar, mientras que los valores me dan la
razón o el motivo para actuar. Si soy totalmente libre,
pero carezco de valores, ¿qué haré? Mi libertad no me
lo dirá. Simplemente me responderá: «Puedes hacer cualquier cosa». Mis
valores son los que me moverán, los que me dirán:
«Haz esto. Esto es bueno; es correcto; es importante». Los
valores son los que atraen mi voluntad; la libertad permite
que mi voluntad se mueva hacia esos valores. Mi voluntad
desea y, porque es libre, es capaz de ir en
busca de sus deseos.
También es útil distinguir entre libertad
y derechos. La libertad no es una especie de calcomanía
cósmica que certifica que todas mis acciones son buenas y
lícitas en la medida en que son libres. La libertad
no es lo mismo que el derecho de hacer algo,
aunque los dos se confunden con frecuencia. «¡Puedo hacer lo
que me plazca! ¡Este es un país libre y soberano!».
El hecho de que sea libre para hacer algo (sin
constricción) no me da derecho para hacerlo. Soy libre para
matar a una persona -tal vez nadie me lo podrá
impedir físicamente-, pero no tengo derecho de matar.
La libertad,
en sí misma no justifica nada. Si Antonio dice a
su hermano: «Francisco, no debes cometer adulterio. Debes ser fiel
a tu esposa»; y Francisco le contesta: «¡Puedo hacer lo
que yo quiera! ¡Para eso soy libre!», esta respuesta está
fuera de lugar, y tiene muy poco que ver con
el consejo de su hermano. Nadie está poniendo en duda
la capacidad de Francisco para hacer esto o aquello. Todos
somos capaces de obrar como bestias, pero no debemos actuar
como bestias, ni tenemos derecho de hacerlo.
¿Compañeros irreconciliables?
Libertad
y responsabilidad
La libertad lleva consigo algunos corolarios un tanto olvidados.
Para empezar, consideremos el dúo formado por la libertad y
la responsabilidad. Para la mente actual, parecen contradictorios; y, sin
embargo, están íntimamente unidos. No son dos realidades separadas, sino
dos aspectos de la mismísima realidad. Como una madre y
su bebé, no se encuentran nunca separados. Nadie puede decir:
«Me gustaría ser madre, ¡pero sin niños!». Es una imposibilidad
lógica. Algo parecido ocurre aquí: no puede haber libertad sin
responsabilidad -ni responsabilidad sin libertad. Viktor Frankl remarcó una vez
que la excelente obra iniciada con la Estatua de la
Libertad en Nueva York debía ser completada con la Estatua
de la Responsabilidad en Los Ángeles.
Una acción libre equivale
a una acción responsable. El mérito o la culpa, fruto
de nuestras acciones, recae directamente sobre nuestros hombros. De modo
semejante, no hay responsabilidad allí donde no hay libertad. No
se nos ocurre castigar un árbol porque no se quitó
del camino cuando nos fuimos a estrellar contra él. Reconocemos
que el árbol no tiene ninguna responsabilidad, porque no es
libre. La responsabilidad presupone el poder para hacer algo. Sólo
podré ser responsable de una acción cuando ésta sea verdaderamente
mía.
Ser responsable significa «responder», «rendir cuenta» de nuestras acciones
a alguien con quien estamos comprometidos, al menos implícitamente (Dios,
otras personas, nuestra propia conciencia). Responsabilidad significa también asumir las
consecuencias de nuestras acciones. A veces nos gustaría poder separar
los dos elementos: disfrutar los beneficios de la libertad sin
tener que cargar con las consecuencias de la responsabilidad. Esta
es una de las razones por las que mucha gente
se rebela contra la autoridad, por las que los adolescentes
se quieren independizar de sus padres, por las que algunos
psicólogos inventan métodos para tratar de acallar la persistente voz
de la conciencia. Sin embargo, el divorcio entre la libertad
y la responsabilidad destruye la libertad misma. La libertad sin
responsabilidad no es libertad sino licencia. El que es libre
es verdaderamente dueño de sus acciones; y el que es
dueño de sus acciones es verdaderamente responsable.
Libertad y límite
A pesar
de nuestra grandeza por llevar el sello de la imagen
y semejanza de Dios, somos limitados. Desentrañamos progresivamente los secretos
de la naturaleza y aprendemos cómo sacar provecho de las
fuerzas del cosmos, y, sin embargo, ¡cuánto queda aún fuera
de nuestro control! La libertad humana no es infinita o
absoluta. Tenemos que trabajar juntamente con nuestra naturaleza. Esta limitación
fundamental de la existencia humana se manifiesta en cuatro dimensiones:
-Limitaciones lógicas: Hay ciertas cosas que no podemos hacer simplemente
porque no se pueden hacer. Esto no se debe a
la flaqueza del hombre, sino a la realidad misma de
las cosas. No puedes construir, diseñar, ni siquiera concebir, un
círculo cuadrado; es una imposibilidad lógica. Tampoco puedes componer un
soneto clásico en cinco líneas. Estas limitaciones se dan, pues,
en toda situación que es intrínsecamente contradictoria.
-Limitaciones físicas: Podemos
hacer muchas cosas, pero siempre dentro de las posibilidades de
nuestra naturaleza. Ella no consiente que tú y yo salgamos
volando por la ventana sin necesidad de instrumento alguno, ni
tampoco que alcancemos una edad de 529 años, o que
aumentemos nuestra estatura unos 10 centímetros después de los 20
años. Las leyes físicas y biológicas no dependen de nuestra
voluntad, y nos señalan con claridad un límite real.
-Limitaciones
intelectuales: Ninguna persona humana es omnisciente. Por cada segmento de
información que logramos asimilar, hay una cantidad infinita de datos
que se nos escapan. Como dijo un filósofo: «Cuanto más
sé, más me doy cuenta de lo poco que sé».
Nuestro conocimiento de las cosas jamás es completo.
-Limitaciones morales:
En sentido propio, esta limitación se refiere a nuestra incapacidad
para escoger siempre el bien, si no es con la
ayuda de una gracia sobrenatural. En un sentido secundario, quiere
decir que estamos sujetos a la ley moral, y no
por encima de ella. Somos libres para optar por el
bien o por el mal, pero no podemos dictaminar según
nuestro capricho que algo sea bueno o malo. Somos libres
para robar, pero no podemos convertir el robo en un
acto de virtud por pura fuerza de voluntad. Seguirá siendo
un acto malo, sea que lo reconozcamos o no. El
bien y el mal no son invención del hombre. La
moralidad corresponde al bien y al mal objetivos. De nosotros
depende solamente el adherirnos a uno o a otro.
La
presencia de restricciones es una condición indispensable para el ejercicio
de la libertad. Soy libre para jugar béisbol en la
medida en que existen unos límites que constriñen mi libertad,
es decir, unas reglas que debo seguir. Si pudiera poner
un número variable de jugadores en el campo, por ejemplo,
34, en lugar de nueve, se arruinaría el juego; ya
no sería libre para jugar béisbol. Sería, además, ridículo ir
cambiando las reglas a lo largo del partido.
La libertad
sin restricciones es como un cuerpo sin esqueleto o como
una compañía que no acaba de decidir si su objetivo
es hacer dinero o perderlo. Todo carece de sentido cuando
no hay una estructura, unos objetivos claros o una dirección.
La libertad necesita unos límites, como todo río necesita sus
riberas, o todo rifle su cañón.
Libertad y autocontrol
La libertad no
consiste en seguir ciegamente nuestros impulsos, sino en el autodominio.
Podríamos pensar que somos libres cuando en realidad seríamos esclavos
de las cosas: de nuestros apetitos, de nuestras pasiones, de
la opinión pública, de las modas, del qué dirán. San
Pedro, cuando escribía a los primeros cristianos, acusó la contradicción
de algunos que proclamaban ser libres porque se abandonaban a
los deseos carnales: «Ellos pueden prometer libertad, pero no son
más que esclavos de la corrupción; porque si alguno se
deja dominar por algo, se hace esclavo de ello» (2
Pe. 2, 19). La esclavitud de la carne es sólo
un tipo de servilismo; la esclavitud de la voluntad es
todavía peor.
Ser libre es como estar en buena forma.
Cualquier persona tiene libertad para escalar el monte Everest, pero
muchos son incapaces de hacerlo porque están fuera de forma.
No hay ninguna restricción externa en este caso, pero hay
una interna. Como hemos dicho, la libertad es algo más
que el simple deseo; es la fuerza para realizar lo
que deseamos. Si quiero dejar de fumar, pero no puedo
porque me falta fuerza de voluntad, no soy libre. Mi
voluntad está fuera de forma.
La libertad humana es libertad
de toda la persona, no de alguna de sus partes.
Para que un esposo posea la libertad de ser fiel,
debe poder controlar sus pasiones. Sin este autocontrol no hay
libertad. Imagínate el caso de un piloto de Fórmula 1.
Es libre de manejar sólo si tiene un dominio completo
sobre su vehículo. Debe ser capaz de frenar, de acelerar,
de girar en un momento dado. Todas estas maniobras exigen
un estricto control sobre el volante, el acelerador, la caja
de velocidades, el freno, etc., y son necesarias para conducir
con libertad un Fórmula 1.
Si voy a esquiar, afilo
las orillas de mis esquís. Ya no serán libres de
ir hacia adelante y hacia atrás, pero yo lo seré
para girar y para detenerme. Controlar y dirigir las partes
en una dirección es necesario para que el todo sea
libre.
No somos libres porque no hay quien nos detenga
sino porque, con la gracia de Dios, somos capaces de
alcanzar nuestro verdadero fin y destino como hijos de Dios.
Si la libertad consistiese en dar rienda suelta a nuestras
pasiones más bajas y a nuestros instintos, los animales serían
más libres que los hombres. Ellos no se sienten inhibidos
por la razón o por la conciencia. Su ley es
el instinto y los reflejos.
La verdadera libertad es la
capacidad para dirigir nuestros sentimientos, pasiones, tendencias, emociones, deseos y
temores bajo el gobierno de nuestra razón y voluntad. Así
entendida, la libertad requiere que cada uno sea de verdad
señor de sí mismo, decidido a luchar y vencer las
diferentes formas de egoísmo e individualismo que amenazan su madurez
como persona. Las personas verdaderamente libres son abiertas, generosas en
su dedicación y servicio a los demás.
La verdad os hará
libres
Jesucristo, cuando era procesado por blasfemia y oposición a que
se pagase el tributo al César, fue obligado a comparecer
ante el procurador romano, Poncio Pilato. Pilato preguntó a Jesús
acerca de sus enseñanzas y Jesús le replicó: «Yo he
venido para dar testimonio de la verdad. Todo el que
es de la verdad oye mi voz». Y el procurador,
que bien podría ser el vocero de nuestro mundo moderno,
se burló y replicando: «¿La verdad? ¿Qué es la verdad?».
Muchas personas no tienen hoy, desafortunadamente, ningún interés por la
verdad, aunque la traen a flor de labios. Para la
mayoría, lo importante es la simpatía que uno siente hacia
una determinada idea, y el modo como a uno le
afecta, y no tanto si corresponde o no con la
verdad objetiva. Esto es muy cómodo, desde luego. ¡Tú cree
lo que quieras creer; yo creeré lo que yo quiera,
y todos estaremos juntos y felices! Esto es pluralismo, ¿no
es así? Esto es «respeto mutuo». Cada uno tiene sus
propias ideas -sobre religión y política; acerca del aborto y
del matrimonio-, y basta.
Tomemos un ejemplo. A Juan le
encantan las zanahorias. Para Martha, en cambio, las zanahorias no
son nada del otro mundo; pero le fascina el tomate.
Ahora bien, ¿por qué Martha habrá de consumir sus energías
predicando las glorias y los beneficios del tomate si Juan
está feliz con sus zanahorias? En pocas palabras, ¿qué derecho
tiene uno de imponer su manera de pensar a otro?
Cuando se trata de preferencias culinarias, este razonamiento es correcto.
No tengo por qué imponer mis puntos de vista, simplemente
porque son mis puntos de vista, mis preferencias, mis gustos.
Pero la verdad no es como las verduras. La verdad
es algo más que mi modo de ver las cosas;
la verdad es la realidad de las cosas en sí
mismas. Y esto vale no sólo para lo que es
posible demostrar con pruebas matemáticas, sino para todo lo que
es. La verdad se impone por sí misma y exige
ser escuchada.
En cierto sentido se podría decir que el
conocimiento nos hace menos libres. Una vez que descubro que
la luna es un pequeño astro en el que no
hay vida, ya no tengo libertad para considerarla un disco
de plata, o una tajada circular de queso Roquefort. Mientras
más sé, menos libre soy de pensar lo que quiera.
Si te cuesta aceptar esto, intenta creer que 2+2 es
igual a 256. Por mucho que te fuercen, tu mente
no podrá convencerse de que 2+2 es igual a otra
cosa que no sea 4. Esto se debe a que
nuestra inteligencia no es una facultad libre. Busca siempre la
verdad.
Normalmente este tipo de conocimiento no nos causa gran
problema, porque no repercute en nuestro estilo de vida. Pero
si una determinada verdad va a cambiar mi vida en
la práctica, encontraré seguramente más dificultad para aceptarla, por miedo
a que me corte las alas. Esta es la razón
por la que se discute tan poco entre los cristianos
el misterio de la Santísima Trinidad, mientras que las enseñanzas
de la Iglesia sobre el aborto y los anticonceptivos es
un perpetuo campo de batalla. Y esto no porque el
misterio de la Santísima Trinidad sea más fácil de entender
que la ética sexual; al contrario, es más difícil. Simplemente,
cuando nuestra forma de vivir se ve amenazada, la búsqueda
desinteresada de la verdad requiere una elevada dosis de honestidad
personal.
El notable escritor italiano Alessandro Manzoni escribió en una
ocasión que si el aceptar algunas verdades matemáticas tuviese consecuencias
más prácticas en nuestra vida, veríamos muchos debates sobre la
validez del teorema de Pitágoras. Por eso Cristo dijo: «Todo
el que es de la verdad, escucha mi voz».
Y
sin embargo, en un sentido más real y de mayor
importancia, el conocimiento -es decir, la verdad- nos libera. Cuando
conozco me libero de la duda, de la ignorancia y
del error, y adquiero una mayor capacidad para tomar mejores
decisiones. Para ser verdaderamente libres hemos de cultivar la adhesión
incondicional a la verdad.
Libertad y cristianismo
A menudo se acusa al
cristianismo de recortar nuestra libertad. Cristo, por el contrario, dijo
que Él era la Verdad, y que la Verdad nos
haría libres. La oposición se puede cifrar en estos términos:
El cristianismo, ¿defiende u oprime la libertad humana?
Quien quiera
actuar éticamente ha de poder percibir la frontera entre lo
bueno y lo malo. Es una primera condición para ser
libres. En segundo lugar, no sólo debemos ser capaces de
distinguir lo que es correcto, sino que debemos contar con
la fuerza necesaria para realizarlo. El cristianismo nos promete precisamente
estos dos elementos: (1) la luz para distinguir lo bueno
de lo malo y (2) la gracia de Dios, que
es la fuerza para realizar el bien.
El cristianismo nos
revela a Dios en la persona de Jesucristo. Cristo nos
enseñó y nos mostró con su ejemplo la diferencia entre
lo que es correcto y lo que es incorrecto, entre
el bien y el mal, entre lo que agrada a
Dios y lo que le desagrada. La Iglesia tiene por
tarea dar continuidad a la misión de Cristo desde el
momento en que Él le mandó: «Id, pues, y enseñad
a todas las naciones...».
Tal vez muchas personas insistirán hoy
que la Iglesia coarta nuestra libertad al enseñarnos a discernir
entre el bien y el mal. En realidad es justamente
al contrario. Cuando nos enseña a discernir entre el bien
y el mal, la Iglesia está esclareciendo nuestras alternativas de
manera que podamos tomar una decisión mejor informada. ¿Cómo podría
escoger lo que ni siquiera conozco? La Iglesia, que es
maestra, nos ilumina y nos permite decidir con claridad entre
el bien el mal. La ignorancia moral nos confunde y
dificulta nuestra decisión; por lo mismo, limita nuestra libertad.
Jesús
declaró que Él es la luz del mundo. La luz
nos permite ver, conocer la verdad de nuestro derredor, caminar
con confianza y saber a dónde vamos. La oscuridad no
es libertad. Quienes acusan al cristianismo de limitar nuestra libertad
prefieren la oscuridad; prefieren la esclavitud de la ignorancia a
la libertad de la verdad.
Un cristiano es verdadera y
genuinamente libre, especialmente por tres razones, dos de las cuales
ya hemos visto: por el conocimiento de la voluntad de
Dios, por la fuerza de la gracia de Dios, y
por el regalo inmerecido de la salvación. Por eso san
Pablo identifica el cristianismo con la libertad. En Cristo encontramos
la realización completa de la humanidad, el paradigma y el
modelo de lo que significa ser plenamente hombre. En Él
experimentamos la verdad de nuestra existencia y de nuestro destino
y, sobre todo, recibimos la fuerza para vivir de acuerdo
con esa verdad.
El mayor triunfo
La libertad es la raíz de
nuestra dignidad como seres humanos. Esto quiere decir que nuestra
dignidad empieza con nuestra libertad, pero no termina allí. La
raíz no es todo el árbol, ni tampoco la libertad
es la última meta de nuestra existencia humana. La libertad
nos ofrece la posibilidad de obtener el mayor triunfo como
creaturas hechas a imagen de Dios: el amor, el «derramamiento»
de todo mi ser hacia alguien. El amor es imposible
sin libertad. De hecho, muchos seres humanos -esencialmente libres-, no
son capaces todavía de amar, porque el amor requiere un
nivel más elevado de libertad: la capacidad de olvidarse de
uno mismo, de anteponer al otro. Muchos no están preparados
para esto. Los mayores heroísmos exigen el mayor grado de
libertad. La libertad humana, en su sentido más pleno y
más profundo, nos impulsa a la donación responsable de nosotros
mismos en favor de los demás. Éste es el modo
más genuino de usar la libertad y su expresión más
profunda. La donación sincera de sí mismo es la senda
privilegiada que conduce a la auténtica realización personal.
El amor
es la cúspide de la libertad. «Ama, y haz lo
que quieras», es la sorprendente máxima de san Agustín. El
amor asume todo lo que es bueno. El amor busca
el bien del otro pero termina por brindar el mayor
bien posible al que lo ejercita. En realidad esto no
debería ser ninguna sorpresa, pues ya san Juan nos recordaba
que «Dios es amor, y el que vive en el
amor, vive en Dios» (1 Jn. 4, 16).
Cultivando mi
libertad personal
A lo largo de este capítulo se han ofrecido
algunas ideas y recomendaciones para ayudarnos a vivir en la
verdadera libertad. Resumamos todo esto en cuatro principios básicos:
1.
Las personas libres son dueñas de sí mismas. Los que
se dejan dominar por cualquier cosa, se hacen esclavos de
ella. La libertad no consiste en permitir que nuestros impulsos
nos arrastren, sino en el auto-dominio. Y esto, desde luego,
significa auto-disciplina. Es cierto que esta recomendación no suele ser
muy grata o bien recibida, pero si somos sinceros con
nosotros mismos, hemos de reconocer su valor. Cualquier atleta aprecia
el valor y la necesidad del sacrificio. Si queremos de
verdad ser libres, hemos de aceptar el sacrificio con coraje
y confianza.
2. Las personas libres son leales a la
verdad. La verdad es liberación de la ignorancia y de
la duda. Para vivir como personas auténticas, debemos buscar, venerar,
vivir de acuerdo con la verdad: del sentido de la
vida, de la finalidad de las cosas que nos rodean,
de la verdad de nuestro ser.
3. Las personas libres
ejercitan su libertad. Crecemos en libertad cuando la ejercitamos consciente,
decidida y deliberadamente. La rutina, si se cuela e nuestra
vida, nos asemeja a un vagón de ferrocarril sobre la
vía férrea: empujado por detrás, tirado por delante, metido en
una trayectoria fija por dos rieles metálicos. Es mejor determinar
por nosotros mismos a dónde vamos, por qué vamos, y
cómo llegaremos hasta allí. Sólo así podremos poner todo lo
que somos en nuestras decisiones y vivir con coherencia nuestros
compromisos.
4. Las personas libres piensan por sí mismas. No
nos dejemos gobernar por la opinión pública, por lo que
están haciendo los demás, por las ideas y las modas
que hoy son y mañana desaparecen. Adhirámonos, en cambio, a
lo que sabemos que es correcto, sin tener miedo de
llamar a las cosas por su nombre, aunque corramos el
riesgo de perder popularidad o de parecer retrógrados.
Como hemos
visto, la libertad es mucho más que un eslogan pegadizo
que se trae a cuento para justificar nuestras acciones. Es
un don que requiere ser administrado cuidadosamente, si hemos de
usarlo bien. En "Los valores en acción" examinaremos el modo
práctico de usar nuestra libertad al tomar decisiones. Allí es
donde nuestros valores tienen un impacto en el curso de
nuestra vida.
Este artículo es un extracto del capítulo del
mismo nombre. Puedes leerlo completo en el libro"Construyendo sobre roca
firme"
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Bueno si es verdad Dios aprueba la Libertad pero con respeto y valores lo que Dios no aprueba es el Libertinaje que es hacer daño a otros con la excusa de que eso es libertad cuando no lo es..
me gusto mucho este articulo sobre la libertad,
porque habla de lo que verdaderamente es la libertad
y como la debemos aprender a vivir realmente.
¡FELICITACIONES!
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porque habla de lo que verdaderamente es la libertad
y como la debemos aprender a vivir realmente.
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