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| La Pedagogía Integral y el Formador |
La Pedagogía Integral
Se puede afirmar que "en
el centro de esta pedagógica está la persona humana".
Es obvio que la visión sobre el hombre determina las
líneas pedagógicas y sus criterios de formación humana y
cristiana de todo educador Católico. Por tanto, al analizar el
sistema pedagógico Integral, es necesario ver, en primer lugar, aunque
muy brevemente, la idea del hombre que se propone.
En
este siglo han proliferado muchos humanismos de tipo horizontal. Sin
embargo, no han llegado a dar una respuesta plena y
satisfactoria a la pregunta sobre el hombre. "La pregunta, ¿quién
es una persona auténtica?, se transforma de inmediato en esta
otra: ¿qué es el hombre? No faltan las respuestas: la
mayoría quedan muy cortas; no hacen honor al hombre, lo
degradan a la condición de animal. Otras lo deprimen en
una atmósfera de nihilismo existencialista. Esto sugiere que todo intento
del hombre de autodefinirse a sí mismo, con las fuerzas
de la sola razón y su ciencia, no produce resultado.
Hay en el hombre un misterio que se siente, pero
del que la razón no alcanza a dar razón. Se
hace necesaria una iluminación de arriba: la luz de la
revelación y de la fe; sólo bajo su luz se
descubrirá la identidad plena del hombre. Hay personas no creyentes
que ostentan un elevado grado de moralidad y de coherencia,
pero debido a la ausencia de fe, ulteriores dimensiones ínsitas
de su dinamismo espiritual se han quedado frustradas o falseadas".
Es evidente que no basta una buena base antropológica para
formar al hombre, sino que se necesita un criterio de
fe y una perspectiva cristiana y católica, dado que se
trata de formar a hombres creados por Dios y transformados
-en virtud de la gracia- en hijos suyos. Las acciones
y decisiones, la prudencia y la habilidad en el formador,
deben brotar de la constante referencia al plano sobrenatural. No
hay que olvidar la apelación de la Constitución pastoral Gaudium
et Spes, en el número 22: "sólo en el misterio
del Verbo encarnado se esclarece el misterio del hombre". Únicamente
el formador que sabe acercarse al educando con una visión
sobrenatural es capaz de formarlo como hombre verdadero e íntegro.
Se
puede, por tanto, describir la visión antropológica de la pedagogía
Integral, del siguiente modo: Imbuido del espíritu evangélico, el Educador
católico tiene acerca del hombre y del mundo una mirada
llena de amor, de profundo respeto, de admiración y de
esperanza. Es consciente de los grandes valores que el hombre
lleva en sí, de las aspiraciones que lo mueven, de
su real capacidad para el bien y para el progreso
moral, pero tiene también presente el espectáculo doloroso de las
múltiples miserias materiales y morales que lo afligen, que entorpecen
y detienen su marcha hacia el bien y le hacen
olvidar su vocación divina. En La comunidad de Educadores Católicos,
por tanto, se busca ante todo que ese hombre realice
su vocación divina. Es ésta, sin duda, una visión del
hombre muy elevada; pero no por ello deja de ser
la visión más real y auténtica. Todo hombre, como señalan
los Santos Padres, está llamado a la divinización en Cristo;
y esto, mediante el desarrollo en su vida de la
gracia, de las virtudes humanas y sobrenaturales y de los
dones del Espíritu Santo. Quienes están llamados a ser formadores
y educadores deben, por tanto, rendir cuentas del logro de
esa vocación divina a la que cada hombre ha sido
llamado.
Definición de Educación y papel del Educador
Una definición de
educación: "Una relación interpersonal, que parte de una persona -el
educador, formador, maestro, director o consultor- y se dirige a
otra persona -el educando, el alumno, el consultante o el
cliente-, por medio de unos elementos enteramente personales, como es
la presentación de unos móviles dirigidos a su inteligencia, a
su voluntad y a su libre albedrío y responsabilidad. No
es un camino de coacción y avasallamiento, sino de autoconvicción
y promoción de la persona. Lograr que las personas descubran
que han de abrazar una serie de valores y rechazar
otros contravalores, no porque los propone y, menos aún, los
impone el director, maestro o consultor, sino porque objetivamente los
descubre y acepta como un bien para su condición de
persona humana. Es un sistema fundado en una filosofía de
valores y en una filosofía personalista".
De este texto se pueden
destacar fundamentalmente tres elementos:
a) En primer lugar, el elemento
personal. La educación es algo humano que requiere la participación
de los hombres y de todo el hombre, es decir,
se requiere empeñar todas las fuerzas espirituales y humanas tanto
de parte del educando como del educador. El muchacho percibe
de inmediato si se están entregando enteramente a él, a
su formación, buscando sólo su bien. Por su lado, el
educador debe calibrar el grado de interés con que se
reciben los elementos formativos que él quiere transmitir. Y no
hay que olvidar que un buen formador no tiene medidas
universales que aplica indiscriminadamente a todos. El buen formador conoce
a cada uno en profundidad y actúa con cada uno
de la forma más conveniente.
b) En segundo lugar, la presencia
de resortes educativos en el educador. No toda relación humana
es educativa. Se requiere una intencionalidad objetiva, es decir, una
actitud educativa polarizante, que abarque lo más posible toda la
actividad espiritual, intelectual y volitiva, y las acciones concretas de
cara a las personas que se le han sido encomendadas.
El educador busca en todo momento influir, enriquecer, dirigir, llevar
a plenitud la personalidad del educando mediante la presentación concreta
de unos contenidos, con la actuación de unas virtudes y
actitudes y la asimilación de unos principios pedagógicos.
Algunos han pretendido
identificar esta mediación del educador en la vida del educando
como una manipulación. Pero pretender vivir en una "burbuja de
cristal" donde nadie pueda recibir influencias de otros es una
utopía. Hay muchos factores que influyen, y deben sanamente influir:
personas, alimentación, clima, lugar de nacimiento, época histórica, etc. Es
más, el hombre es un ser social y no alcanza
su pleno desarrollo si no es en contacto con otros
hombres. Esto que se da a nivel humano, se aplica,
con mayor razón, en el plano sobrenatural de la fe,
en el que se encuentran realidades como la de la
paternidad espiritual, el magisterio, el cuerpo místico, etc.
c) En tercer
lugar, la autoconvicción, el querer ser educado. Aquí entra en
juego la variable libertad que hace que no siempre se
logren los resultados deseados, por mucho que haya sido el
esfuerzo del formador. Es necesario que el educando empeñe toda
su persona para conseguir el fin; de lo contrario, la
formación recibida puede reducirse a una ligera capa de barniz.
El formador debe tener la pericia y el interés necesarios
para despertar en el educando el deseo sincero de formarse:
ofreciéndole grandes modelos e ideales, haciéndole ver las urgentes necesidades
del mundo y la gran misión sobrenatural que tiene entre
manos, lanzándole el reto ambicioso de forjarse una gran personalidad
líder para servir mejor a Dios y al prójimo y
construir así una sociedad más justa y solidaria; esto es
lo que el educador debe presentar para despertar el "apetito"
de la formación.
Importancia del papel del educador
Los que somos responsables
de la enseñanza y formación de la niñez y de
la juventud, debemos tener presente la importancia y trascendencia de
nuestra misión, ya que colaboramos a fraguar futuro de las
familias, de la sociedad civil y de la Iglesia. Hay
que sentirnos estrechos colaboradores de los padres de familia, a
quienes compete primariamente la educación de sus hijos. Desempeñemos nuestra
labor con responsabilidad, madurez y diligencia. Mantengámonos permanentemente informados sobre
las materias que enseñan y sobre los métodos pedagógicos más
probados. Sean conscientes del influjo que ejercen en sus alumnos
y de la fuerza que tienen su testimonio y su
consejo, y busquen como meta de su labor educativa, con
la transmisión de sus conocimientos, la madurez humana y social
de los alumnos, la formación recta de su conciencia moral,
el amor a la verdad y la promoción de auténticos
valores humanos y cristianos.
Del anterior reflexión se pueden extraer tres
elementos claves.
a) Primeramente, la importancia y el valor de
la tarea educativa. Se trata, ni más ni menos, de
formar la conciencia y el corazón de las personas; construyendo,
ejemplo tras ejemplo, consejo a consejo, con cada motivación y
cada corrección, con oraciones y sacrificios, el futuro y la
eternidad de los educandos. Esto es algo muy serio que
hay que meditar constantemente. Además, el adolescente, es como un
arbolito tierno, rebosante de savia joven. Si se torció y
no hubo quien lo enderezase, quedó torcido para siempre. "Formar
es algo más que un concepto o una teoría, es
un encauzar la persona hacia su plenitud y madurez, que
equivale a orientarla hacia el fin último de su vida,
su ideal, la voluntad de Dios. Formar es colaborar en
la construcción del hombre nuevo en cada ser humano".
b) En
segundo lugar, se pide a los educadores una actualización permanente.
El buen educador no se contenta con lo ya adquirido
sino que trata de profundizar más, de estar al día.
Es necesario observar constantemente a los que van por delante
de uno y que más frutos recaban; hay que saber
preguntar, dejarse aconsejar; y hay que leer también buenos libros.
Un buen formador busca capacitarse constantemente con el fin de
ofrecer un adecuado servicio en su misión, y sabe aprender
a partir de su propia experiencia. La falta de preparación
no se suple con nada.
c) En tercer lugar, hay que
tener en cuenta los diversos objetivos de la actividad educativa:
transmisión de conocimientos, madurez humana y social, formación de la
conciencia moral, amor a la verdad y promoción de los
valores humanos y cristianos. Algunos se ciñen solamente al más
obvio, la transmisión de unos conocimientos, escudándose en el cargo
inmediato que han recibido. Pero la acción del profesor, del
prefecto, de todo educador, puede y debe llegar mucho más
lejos. No hay que olvidar que cada palabra o gesto
y todas las actitudes del educador, deben ser plenamente formativas.
Del mismo modo, cada palabra, cada gesto y actitud del
educando requieren ser formados según el estilo que se quiere
construir y que debe permear toda su personalidad.
Actitudes Básicas
del buen Educador
Una vez vistos algunos elementos generales de
la educación y del papel del educador, se señalan en
este apartado, sin pretender ser exhaustivos, algunos de los rasgos
fundamentales que deben caracterizar la personalidad del buen formador.
Coherencia en
la propia vida
La primera ley pedagógica es el ejemplo
del educador. Se ha indicado anteriormente cómo los muchachos perciben
la autenticidad de vida de sus formadores. Es inútil querer
engañarles, al menos por largo tiempo. Es decisivo "el influjo
que un formador deja, para bien o para mal, en
la cera blanda del corazón de un adolescente". Ya es
sabido que "nadie da lo que no tiene" y que
"de la abundancia del corazón habla la boca". Esto debe
ser un reclamo constante para la sana autocrítica y para
saber corregir con humildad, las continuas y pequeñas incoherencias en
la vivencia de la propia vocación y en el desempeño
de la misión. Asimismo, esto exigirá una convicción plena en
la vivencia de los principios propios: conocerlos, aceptarlos y vivirlos
incondicionalmente, integrándolos de modo armónico en la propia personalidad. En definitiva,
se es formador cuando se conquista el ascendiente moral, que
sólo se logra cuando la madurez humana empapa y orienta
todos los actos. Esta madurez implica la coherencia entre lo
que se es y lo que se profesa, y tiene
su expresión externa más convincente, también de cara a los
propios educandos, en la fidelidad y responsabilidad en el cumplimiento
de los compromisos y deberes contraídos con Dios, con la
Iglesia, con el Movimiento y con los hombres.
Fe en
la misión y realismo efectivo
El formador de adolescentes debe tener
una gran certeza en el éxito, por su confianza ilimitada
en la acción de Dios. Condición indispensable para que el
ideal se pueda lograr es tener plena seguridad de que
se va a lograr. En esta lucha sin tregua contra
toda clase de obstáculos es necesario armarse de un gran
espíritu de fe y de una confianza inmensa. Hay que
luchar siempre con gran fuerza y energía.
El buen formador
es consciente de estar construyendo sobre la acción de la
gracia. Con esta conciencia busca contagiar su amor al ideal
alimentándose de una profunda vida de oración y de sacrificio
que garantice la fecundidad divina en su acción.
Por otro lado
es necesaria, además, una buena dosis de realismo. Una acción
es eficaz, a nivel humano, cuando hay una mente realista
que observa, analiza y organiza. Esta visión queda sumamente enriquecida
con una visión de fe; sin embargo, una cosa no
anula a la otra. El formador líder puede errar en
la dirección de su acción si le falta una correcta
adaptación a la realidad. Por esto mismo el formador no
se pregunta qué habría que hacer sino qué hay que
hacer, y siempre actúa, después de haber tomado el tiempo
necesario para reflexionar, aplicando con prudencia los principios pedagógicos generales
a las situaciones concretas.
Se debe fomentar una capacidad para resolver
problemas. Las condiciones ideales para el trabajo con adolescentes nunca
se van a dar. Los problemas y dificultades serán parte
constitutiva del trabajo cotidiano. Es necesario desarrollar una actitud resolutiva.
Es inútil estar quejándose de las dificultades, de la falta
de medios y de apoyo... El formador tiene que despertar
su capacidad de iniciativa, sin esperar a que se lo
den todo hecho.
Por otro lado, el formador debe trabajar con
sentido de competencia y de conquista de metas y con
mentalidad de resultados. Sería una grave omisión dejarse llevar de
la improvisación o del trabajo con metas raquíticas. Además, los
resultados objetivos han de ayudarle a ser realista, sanamente inconformista,
o a saber rectificar el camino cuando sea necesario. Es
verdad que con los adolescentes no siempre los resultados se
ven de modo inmediato, pero sí se puede evaluar de
forma muy precisa todos los medios, los recursos metodológicos, la
eficacia y el tiempo real que se está empleando para
el bien de las almas encomendadas.
Paciencia y constancia
El formador modela
hombres. Sabe que está trabajando con material de barro. Su
trabajo de formación trata no con cosas o leyes fijas,
sino con personas libres, cargadas de virtudes y defectos, pasionales
y sentimentales, y que por ello hay que exigir sin
asfixiar y luchar sin desmayar.
Hay que tener muy presente siempre
que estás trabajando con personas, con seres humanos débiles y
cambiantes, con voluntades ricas y, a veces flojas, con libertades
y sensibilidades particulares. Hay que tener paciencia, hay que saber
esperar la hora de Dios sobre ellas, hay que animar
siempre, manteniendo la esperanza del triunfo. Formar a un ser
humano es muy difícil; el ser humano no es una
piedra dócil que se deja golpear por el artista. El
ser humano es libre, y se duele ante los golpes
y se rebela, gime y rechaza la mano que le
ayuda. Por eso, para ser un buen formador, hay que
ser un hombre lleno de Dios
La constancia debe aplicarse a
los grandes apartados de la formación, pero también a los
pequeños detalles. "Una de las tácticas pedagógicas del buen formador
es la perseverancia e insistencia en los detalles -suaviter in
forma, fortiter in re-, hasta lograr que vayan calando los
principios y buenos hábitos en cada uno. "El ser humano
a base de recordar y repetir asimila, practica y vive
lo que se le enseña".
Bondad y exigencia
"Un buen educador entiende
que debe guardar el equilibrio entre la intransigencia desmedida y
la excesiva suavidad". "Toda pedagogía auténtica se funda en el
amor y la bondad rectamente concebida". Un corazón noble muestra
siempre actitudes bondadosas y comprensivas. Para orientar a un alma
se necesita saber llegar a su corazón y esto sólo
se logra con la aceptación de la otra persona.
"Procurará
exigir hasta el máximo, sin condescendencias, blandenguerías, bonachonerías, pero al
mismo tiempo con suavidad, afabilidad, caridad sobrenatural".
Sólo el hombre prudente
es capaz de discernir la dosis que se requiere aplicar
en cada momento: "El formador humilde sabe ser prudente, sabe
emplear aquellos medios que mejor le ayuden a realizar la
obra de educar a su alumno. En ocasiones será exigir
sin contemplaciones, como el médico cuando ha de zanjar un
tumor maligno con el bisturí. Otras veces, será esperar, aceptar
la andanada o el chaparrón provocado por las pasiones desencadenadas
del alumno".
Personalidad de líder y sentido de autoridad
El formador es
líder y jefe porque sabe guiar sin dominar. El formador
es auténtico líder cuando convence con la veracidad de sus
principios, la altura y belleza de sus ideales y con
la fuerza del testimonio de la donación de sí mismo.
Un líder debe lograr admiración y estima por su estilo
de vida, suscitando así en los que le rodean el
deseo de seguirlo e imitarlo. Resulta indispensable, por consiguiente, que
el auténtico liderazgo sea entendido como persuasión a través del
propio ejemplo.
El formador inspira respeto en todo momento como fruto
de su conciencia de estar desarrollando una gran responsabilidad. Este
sentido de autoridad que debe poseer le llevará a hablar
y actuar como líder, logrando el fruto de la dócil
sumisión de sus formandos. El "respeto a la autoridad" no
es una exigencia de la vanidad o el orgullo del
formador, sino una necesidad pedagógica que se alcanza cuando el
mismo formador sabe transmitir el sentido de autoridad en un
clima de verdadera humildad y sencillez, y cuando él mismo
es el primero en respetar al educando.
Calma, reflexión y dominio
de sí. Un buen formador nunca se deja agobiar por
las circunstancias que le rodean. La serenidad inquebrantable es un
medio eficaz para poder infundir valor a los demás en
los momentos de mayor lucha y turbación. Estas virtudes definen
la altura del liderazgo que ejerce el formador en sus
formandos. Hay que aprender a controlar el nerviosismo si se
quiere hacerse respetar por los muchachos.
Por ello, habrá ocasiones en
que, quizá, la "retirada" será la aptitud más sensata: mejor
no intervenir antes que hacerlo con pasión o con sumo
nerviosismo. En otros momentos, habrá que afrontar la situación con
firmeza, pero siempre bajo el dominio personal. El formador se
encontrará en situaciones difíciles donde deberá tomar una serie de
decisiones; en esos momentos deberá ser muy sincero consigo mismo
para evidenciar los verdaderos motivos que le llevan a una
determinada postura o indicación por el bien del muchacho.
Universalidad
Un
buen formador buscará siempre crear un clima de universalidad y
armonía que refleje una igualdad de trato en medio de
las constantes reacciones de simpatía y antipatía que las almas
pueden suscitar por su modo de ser o por comportamiento."No
quiera imponerles su criterio. Nunca los desprecie o tenga por
menos, ámelos a todos con exquisita delicadeza y universalidad, evitando
toda muestra de preferencia".
Es lógico que habrá más cercanía con
algunos, y se espera que éstos sean los que mejor
responden a la invitación educativa y los que más pueden
contribuir al bien de todos los demás.
Principios Pedagógicos Fundamentales
Formación
integral
El hombre es un ser maravilloso, rico de elementos diversos
y de matices, que requieren una atención y un adiestramiento
adecuados. Es necesaria una formación integral de nuestros alumnos, como
condición esencial para que cada uno alcance su madurez humana
y cristiana. Esta formación integral abarca la dimensión espiritual, intelectual,
apostólica y humana. Se pretende formar a todo el hombre:
inteligencia, voluntad, carácter, sentimientos, capacidades físicas y psicológicas, conciencia moral
y religiosa; y hacerlo de una manera armónica. Si en
el hombre falla alguna dimensión o aspecto, o si se
da excesivo énfasis a alguno de ellos en detrimento de
otros, no se habrá logrado formar a un hombre íntegro.
Por ello, una función prioritaria de la formación es la
de lograr lo más posible el equilibrio en todas las
dimensiones del hombre, ajustando las fuertes diferencias que por naturaleza
pueden darse en las diversas facetas de la personalidad.
Educación a
cada uno
Hay que dar atención no masiva ni superficial. Dios
no ha hecho a las personas en serie industrial, sino
que cada una es obra de artesanía singular divina. El
mismo ambiente cultural en que nos movemos hace más urgente
reavivar en el corazón humano el deseo de establecer relaciones
interpersonales profundas y maduras, duraderas y responsables. No se trata de
que el formando simplemente sienta que una persona está sobre
ella para darle una serie de indicaciones y de contenidos
formativos. Es clave la relación que se instaure entre formador
y formando como camino de motivación y exigencia. El formando
debe ver en su formador un modelo y un guía
a seguir, de otra forma estaremos ofreciendo una formación y
una disciplina sin alma.
Es necesario conocer a cada educando de
forma omnicomprensiva: sus gustos, preferencias, cualidades, inquietudes, sus simpatías y
antipatías, etc., y ofrecer a cada uno la ayuda que
necesita y la exigencia proporcional a sus talentos y capacidades
personales. Se debe conocer con la mayor perfección posible la
personalidad del formando para ayudarlo, vigilarlo, motivarlo y encauzarlo debidamente.
Y nunca hay que pensar que se ha hecho lo
suficiente por él y que se puede, en consecuencia, dejarlo
sin tanta atención. Esta atención se hace absolutamente imprescindible al llegar
al período tan crítico de la pubertad, cuando se desarrollan
los problemas de la personalidad con sus reflejos de rebeldía,
frialdad en la vida espiritual y apatía en sus estudios.
Lógicamente, al joven de doce, trece o catorce años no
se le puede exigir la madurez de una persona de
veinte o de treinta; lo cual no quita que el
formador exija, con las debidas motivaciones, las expectativas propias de
la edad y de la etapa de formación de cada
uno.
Autoconvicción del formando y capacidad de dirección del formador
El principio
de autoconvicción es uno de los más importantes de la
pedagogía integral y quizás una de sus aportaciones más específicas.
No basta que el ambiente, los educadores, las herramientas de
trabajo se encuentren en óptimas condiciones. Si el educando no
desea formarse, no pone lo mejor de su parte, sencillamente
no se formará. Llegará a tener una formación endeble y
superficial que no calará hasta el interior.
A simple vista
podría pensarse que la autoconvicción consiste en dejar solo al
educando para que alcance las metas que él crea
conveniente. Es evidente que no se trata de esto.
Por
más que muchos psicólogos y pensadores promuevan la liberación y
la desinhibición de la persona en el abandono más completo
a sus pasiones, caprichos y ocurrencias, marginar al niño en
el momento más crucial de su vida cuando se abre
precisamente con mayor inquietud e ilusión a su propio futuro,
equivaldría a un verdadero crimen moral. En la siguiente parte
de este documento se afrontará el modo como el adolescente,
más o menos inconscientemente, espera ser dirigido en medio de
sus incertidumbres y necesidades; manifestando así el deseo innato de
todo hombre de ser orientado, como una exigencia constitutiva de
la naturaleza humana, siempre en tensión hacia su fin. Poco
a poco, la persona irá adquiriendo seguridad, conocimiento de lo
que tiene entre manos para poder caminar por la vida
basada en sus propias convicciones, libremente aceptadas.
Conocerse, aceptarse, superarse
La pregunta
por la propia identidad es necesaria y lógica, ya que
la realización personal y el cumplimiento del propio destino en
el mundo tienen una importancia capital en la vida humana,
y puesto que a la resolución de esa pregunta están
ligadas la felicidad, la plenitud personal y el mismo sentido
de la vida. El primer paso para poder hacer algo
en la vida es conocerse bien a sí mismo, saber
lo que se quiere con precisión y claridad y cuál
es la meta a que se quiere llegar, así como
los medios justos y concretos que se deben emplear para
alcanzar esa meta.
El formador debe hacer entender este principio al
muchacho y debe proporcionarle todos los elementos, también prácticos, para
que lo pueda realizar en su vida cotidiana; de lo
contrario, se encontrará con sorpresas desagradables, y a veces irremediables,
en la formación del educando. No es difícil interesar a
un adolescente en el tema de su propia personalidad. Lo
difícil es lograr que se conozca objetivamente, que se acepte
tal como Dios le quiere y que se supere a
partir de su situación real.
Del conocimiento, que viene principalmente del
autoexamen positivo y de una dirección espiritual asidua, se debe
pasar a la aceptación, al saber apreciar y agradecer a
Dios las propias cualidades y reconocer maduramente y sin complejos
las propias limitaciones, sin envidiar las de otros, que muchas
veces no son sino totalmente secundarias o simples apariencias. Es
muy importante infundir esta actitud, pues, de no lograrse, será
el inicio de muchos traumas y, no pocas veces, del
alejamiento de Dios, a quien se verá como un ser
injusto "porque no da a todos lo mismo". La superación vendrá
como exigencia de tener que enfrentar fallos, deficiencias, caídas. No
basta decir "yo soy así". Como afirma Douglas Hyde: "líder
es todo aquél que quiere serlo, a condición de que
reconozca sus propios errores". En definitiva, al muchacho le debe
quedar claro que tiene que emprender una lucha continua por
superarse cada día, que la personalidad no se le da
elaborada, que la debe construir con el propio esfuerzo. Tiene
que estar convencido de que el camino de la propia
superación nunca termina: el día que se dice "hasta aquí",
se empieza a retroceder.
Motivación
Motivar es el arte que todo
buen educador debe dominar. Cuando se quiere lograr algo de
un muchacho, es necesario tener en cuenta que, antes de
exigirle resultados, hay que motivarle y hacer que esa motivación
sea efectivamente interiorizada.
Quienes actúan por temor nunca llegan a
realizarse porque el hombre llega a su plenitud sólo en
el amor. No se deben crear, ni es pedagógicamente acertado,
personalidades que se muevan por extraños mecanismos de autodefensa. La
pedagogía, Integral es eminentemente positiva y constructiva: educar la conciencia
y la libertad para que se adhieran a la verdad
y al bien movidos por la fuerza del amor. En concreto,
la motivación de la salvación de las almas es muy
fuerte y puede ser un arma constante si se sabe
presentar bien, pues la salvación de los propios familiares, compañeros
y amigos, de los pecadores, etc., es una necesidad constante
y real. Por supuesto, el amor a Cristo, el ayudar
a su Iglesia, el evitar que sufra en sus miembros,
el ayudar al Papa, son fuentes esenciales de motivación. De
igual forma la motivación de ser un gran líder y
de prepararse para hacer grandes cosas por Dios y por
el mundo.
hay que hacer profundizar estos valores de la existencia
del cristiano a través de la palabra, del ejemplo y
del compromiso personal. Y, una vez logrado el liderazgo espiritual
y humano, nos enseña a manejar dos registros en la
vertiente psicológica: uno, el reconocimiento por lo objetivamente alcanzado, que
se manifiesta de palabra y, sobre todo, con hechos y
gestos; como por ejemplo, la confianza que se deposita en
una persona al encomendarle una tarea u oficio de cierta
envergadura; esto es un reconocimiento por lo realizado y, al
mismo tiempo, un nuevo reto para alcanzar nuevas cotas. Otro,
el estímulo para lograr nuevas metas, para "no dormirse en
los laureles", si es el caso, o sacudir el sopor
o la pereza que impide el despegue. Este estímulo se
manifiesta también de diversas maneras: expresando insatisfacción por los resultados
obtenidos hasta ese momento, abriendo los ojos a nuevos horizontes,
comentando los logros alcanzados por otras personas, etc.
Actitud preventiva
El sistema
preventivo tiene, entre otras funciones, la misión de preservar a
los educandos de todas las circunstancias que los pueden llevar
al mal y educarles para que puedan reaccionar correctamente. Asimismo,
este sistema ayuda a preparar a los muchachos para que
sepan afrontar el mal o las circunstancias negativas inevitables. Hay
que tener cuidado, sin embargo, de no sobreprotegerles para no
hacerles incapaces de superar las dificultades con las que, ciertamente,
tendrán que enfrentarse en su vida.
Un buen formador siempre
estará vigilando, anticipándose y anticipando acontecimientos. Para el adolescente la
vida es novedad, para el formador es una escuela para
observar y enseñar. La constancia en la vigilancia es una
manifestación clara del amor auténtico y del deseo de colaborar
en la formación de las almas. De aquí brota un
trato entre formador y formando análogo al del padre con
el hijo, imagen del amor que Dios tiene por cada
una de las almas que le confía.
La atención personalizada es
uno de los mejores aliados del método preventivo. Cuánto ayuda
a los adolescentes en su desarrollo el contar con un
guía que les ayude a evitar el enfrentamiento con situaciones
que no conllevan en sí ningún bien. El formador debe
estar siempre alerta, siempre en vela. Una mirada penetrante y
prudente hace que los ríos más impetuosos no se desborden
de su cauce, gracias a una acción previsora y eficaz
Clima
de confianza
Este clima se hace más necesario ante las incertidumbres
e inseguridades de los adolescentes. Deben sentirse "a gusto" con
sus formadores, con la seguridad de que serán aceptados y
comprendidos siempre que les confíen algo. A fin de cuentas,
el educando sabe que lo que se le dirá es
para su bien y eso ayudará también a romper temores
e inseguridades. Deben tener una certeza absoluta de la total
discreción del director. La ruptura de este clima de confianza,
sea por incomprensiones sea por indiscreciones, supone, en la mayoría
de los casos, una ruptura definitiva de la labor educativa.
Para crear este clima de confianza es imprescindible trabajar por
alcanzar unos resortes psicológicos básicos: serenidad emocional ante lo que
el formador observa o le es relatado; aprender a escuchar
sin interrumpir y sin distraerse; mostrar un verdadero interés con
los gestos y las palabras; saber cuidar el ambiente externo
y estar atento a las posibles interrupciones en el diálogo
personal, etc. El adolescente conecta con quien sabe mirar acogedoramente,
con quien no reprocha ni condena, con quien impulsa decididamente
a hacer crecer al educando en su camino de maduración,
asumiendo todas las consecuencias que esto implica. El educador preocupado
por ayudar a los jóvenes y descubrir sus valores debe
sobresalir en el arte de escuchar y de responder.
Disciplina
"La
indisciplina es el principio de la ruina de toda sociedad
humana y de toda persona". Es una realidad que se
puede constatar fácilmente a nivel social: grupos humanos que se
hallan en la cumbre del florecimiento, se empiezan a desmoronar
y caen en el abismo del abandono, precisamente cuando se
introduce en ellos el desorden y la indisciplina.
Se debe
partir de la convicción de que la disciplina interna es
la que permite la formación integral y armónica. La disciplina
externa es reflejo de la interna y, a su vez,
consolidación de ésta en una especie de círculo virtuoso que
se genera entre ambas. Esto permite además la disciplina en
los grupos humanos, condición para la formación grupal y para
la creación de buenos ambientes formativos. Ciertamente, muchos adolescentes al principio
no son todavía capaces de proceder en base al espíritu
de convicción, por lo que la disciplina externa será ayuda
imprescindible para generar la disciplina interna. También hay que tener
en cuenta que el grado y el modo de la
exigencia disciplinar, a veces, está en relación directa con las
características de los jóvenes con los que se trabaja habitualmente.
Por este motivo, en algunos momentos se empleará una disciplina
de apariencia severa, viril y recia; como una exigencia del
interés íntimo y personal que se ha puesto en cada
uno de los muchachos.
No se trata de imponer a la
fuerza, ni de ponerse "en plan policía". Una disciplina así
sería rechazada y no conseguiría sus frutos. Hay que hacer
ver al joven la razón de ser de la disciplina
y el por qué de cada norma (en especial, de
aquellas cuyo cumplimiento les es más costoso); de lo contrario
la rechazarán, al verla como algo caprichoso, molesto y sin
razón de ser.
Unas palabras sobre la cuestión de los
castigos. En primer lugar hay que decir que los castigos
físicos quedan totalmente prohibidos. En segundo lugar, hay que analizar
con qué actitud se impone el castigo. El adolescente, por
su edad e índole, posee un agudo sentido de la
justicia y está dotado de especial sensibilidad. Por ello, si
él percibe que el castigo proviene de una actitud pasional
del formador, adoptará una actitud negativa de rencor, de encerramiento,
de orgullo herido; si percibe que el castigo se debe
a una falta de liderazgo en el formador, perderá valor
para él la autoridad y se le abrirá la puerta
a una indisciplina mayor. Por el contrario, si la sanción
es justa y está respaldada por una buena dosis de
motivación por parte del formador, reaccionará, aunque no siempre inmediatamente,
con nobleza y con fe, y procurará rectificarse.
Muchas veces los
formadores se vuelven impacientes porque no pueden controlar la disciplina
en las reuniones, en las actividades recreativas, en el dormitorio,
etc., y recurren a los castigos o a las reprensiones,
creando una situación peor y del todo antipedagógica. La solución
no está en la "magia negra" de las caras largas,
de los enojos, de los castigos, las amenazas o las
llamadas de atención y las humillaciones públicas, ya que lo
único que hacen es provocar una mayor desobediencia e indisciplina,
favoreciendo la intriga, la sumisión forzada y la rebeldía interior.
La solución en estos casos es, frecuentemente, muy sencilla y
de elemental sentido común: tener desde el inicio buen ascendiente
y dominio de la situación, preparar mejor las reuniones para
que sean interesantes, programar mejor las actividades para lograr la
animación y la recreación disciplinada. El castigo debería ser para
un formador el último y extremo recurso. Además de que el
castigo debe ser justo, es decir, proporcional a la falta
cometida, y puesto únicamente con un fin realmente pedagógico, el
educador debe vigilar para no poner sanciones que luego él
mismo no podrá exigir. Asimismo, debe discernir el momento y
la circunstancia más oportuna para poner la sanción, aunque no
conviene distanciarla mucho del momento en que se cometió la
falta, de modo que no pierda su eficacia pedagógica ni
se vea como un acto de resentimiento guardado.
Formación
de liderazgo
Vale la pena invertir tiempo y energías en la
formación del liderazgo de los educandos con más posibilidades, ya
que de ellos se recibirán réditos mayores por el influjo
positivo que ejercen sobre todo el grupo. El educador debe aprender
a conocer la psicología del líder para saber trabajar con
él: saber cómo se ve el líder en relación con
los demás; cómo entiende el papel de las relaciones humanas
y sociales; cómo no puede no expresar sus dotes directivas,
organizativas y creativas; cómo necesita una atención personalizada, esmerada y
continua. El líder estará a la expectativa de recibir del
formador todo lo que él está buscando; si no se
lo saben ofrecer, pronto se alejará.
Trabajo en equipo
Ha
de procurarse, en la medida de lo posible, que los
equipos sean homogéneos y que en sus miembros exista una
afinidad de amistad, educación, grupo social y edad, para que
se desarrollen con mayor eficacia y espontaneidad. Cuando un grupo humano
está posesionado de una mística que lo une en el
mismo ideal, los esfuerzos de todos confluyen en la persecución
de un mismo fin; cada uno, aun trabajando en su
propio campo, pone lo mejor de sí mismo en la
construcción de la obra común, se suman los esfuerzos de
todos y los resultados se multiplican, sin desperdiciar energías.
Asimismo, este
principio implica el trabajo en equipo entre los mismos formadores,
ya que la formación de la niñez, de la adolescencia
y de la juventud es algo complejo. Cuánto ayuda en
la conquista de los objetivos formativos el contar con un
equipo de formadores en el que todos se puedan apoyar
y estimular. La vigilancia de varios formadores, el constante intercambio
de opiniones, la ayuda desinteresada en los momentos requeridos hacen
que la labor educativa sea siempre progresiva y en constante
enriquecimiento.
Esta labor exige, por parte de los formadores, la delimitación
clara y el respeto a la función que cada uno
tiene en relación con el educando. Existe siempre el peligro
de confundir al muchacho cuando, desde diversas partes, le llegan
consignas contradictorias. Asimismo, hay que cuidar que este trabajo en
equipo no redunde en detrimento de la reserva y de
la discreción, a la que antes hemos aludido, dentro de
la cual el adolescente se abre, normalmente, a un formador
más que a otros. No hay nada peor para un
adolescente que el percibir que sus problemas "corren de boca
en boca". Además, por elemental sentido de prudencia y de
respeto al derecho a la reserva en relación a la
propia intimidad, un formador no se puede permitir violar lo
que una persona le confía.
Está de por medio, también, la
necesaria colaboración de todas las instancias educativas: la familia, la
escuela, los grupos juveniles, etc. Sin la unión de estas
instancias no será posible la formación: fácilmente se podrá destruir
por una parte lo que se ha estado construyendo por
otra.
Al centro de todo formación está Cristo
Es evidente que el
verdadero arquetipo de la antropología cristiana es Cristo. Este principio
tiene sus repercusiones pedagógicas. Por ejemplo, no se trata de
ver ni proponer a los educandos las virtudes en general,
sino encarnadas en la persona de Cristo. "Nunca queráis una
virtud por sí misma, sino en cuanto que está encarnada
en nuestro Señor". Es por ello que todos los objetivos
de la Pedagogía Integral, como se verá en el siguiente
documento, están construidos sobre la base de Cristo, en su
dimensión de liderazgo, como guía firme, como amigo fiel, y
como apóstol que invita a ser apóstol. Si se entiende
y aplica puntualmente este principio de la metodología, se habrá
dado un paso clave hacia la verdadera eficacia educativa; la
eficacia de quien entiende que el hombre busca un ejemplo
concreto en quien reflejarse y a quien imitar. Sólo se
forma integralmente quien asimila y asume en sí la personalidad
de Cristo, verdadero hombre-Dios. Y hay que recordar que la
verdadera eficacia sobrenatural parte de la gracia; sin ésta, nada
se logra.
contenidos educativos: Desarrollo de las dimensiones de la persona
Hasta
el presente se ha intentado dar una definición de lo
que es la educación, de su importancia y del papel
del formador. Posteriormente se han analizado las actitudes fundamentales que
no pueden faltar en el formador; y, finalmente, se han
señalado los principios pedagógicos básicos que deben aplicarse en el
trabajo con los adolescentes. A continuación se hablará de los
contenidos que no pueden faltar en la formación integral de
los educandos.
Ante la dificultad de lograr el ideal, el formador
debe redoblar su esfuerzo y vigilancia para proponer con elegancia
y firmeza a los adolescentes un ideal de vida que
valga la pena. Padres de familia, profesores, adultos... todos debemos
sentir el reto de formar al futuro de la sociedad,
a la juventud, siempre de cara a los grandes y
perennes ideales. Educación en el amor de Dios, por el
único ideal que perdura por siempre y unifica la vida
del hombre creyente: Dios nuestro Señor, nuestro Padre y nuestro
Creador.
Enseñar contenidos doctrinales y enseñar a usar la inteligencia. Educar
las potencias humanas y las virtudes morales y sociales. Formar
la dimensión espiritual-religiosa y apostólica del hombre.
Formación intelectual
Contenidos
educativos
En primer lugar, la formación intelectual que dará a los
muchachos las bases y herramientas para crecer como hombres maduros.
Se debe lograr que los educandos gusten y amen la
verdad, con mucha más razón cuando se trata de ofrecerles
las herramientas básicas para conocer y defender su fe o
para realizar su futura profesión con altura
Hábitos y estructura mental.
Además de la enseñanza de los contenidos necesarios, están las
herramientas inmediatas para poder asimilarlos debidamente. La inteligencia tiene una
forma de actuar: es necesario acoplarse a esta forma. Estos
los buenos hábitos mentales (reflexión, capacidad de juicio, capacidad de
síntesis y análisis). En este sentido, a los educadores les
corresponde un papel fundamental. Ellos, además de transmitir unos conocimientos,
tienen que formar esos hábitos intelectuales en sus educandos. Hay
dos formas de perfeccionar los hábitos. En primer lugar, mediante
la repetición de actos apropiados (cada vez con mayor perfección);
y en segundo lugar, realizando actos cada vez más complejos.
Esta metodología debe estar presente de modo especial en el
trabajo con los niños y adolescentes concursos de memorización y
redacción, actividades dinámicas como debates, mesas redondas, etc; de manera
especial las buenas lecturas...
La imaginación y las facultades estéticas. Para
orientar todas las potencias se hace imprescindible ayudar a los
muchachos a ordenar su mundo imaginativo, de modo que puedan
ponerlo al servicio de la razón y, sobre todo, de
la fe. Sin duda que una imaginación bien aprovechada será
una herramienta excepcional para fomentar una rica vida interior y
una relación cercana con el Espíritu Santo que imprime interiormente
la imagen de Cristo. De igual modo, se constata que
en muchos frentes se busca desfigurar el mundo creado para
así alejarlo del Creador y, así, se exalta lo que
va contra la belleza, contra la proporción, contra el esplendor
del ser y de la verdad, presentándolo falsamente como lo
bueno, lo bello y lo verdadero. Es urgente, por ello,
presentar a los niños y adolescentes todas las dimensiones positivas
del mundo, enseñarles y hacerles gustar la belleza de lo
creado, llevarles al goce de la contemplación estética, camino seguro
para el descubrimiento de Dios como valor realmente atrayente, como
valor absoluto de belleza, único capaz de colmar el ansia
de belleza y de gozo que esconde el hombre en
su totalidad de alma y cuerpo.
Aplicación. Definitivamente, la presentación de los
contenidos intelectuales necesarios para tener una visión adecuada de Dios,
del mundo y del hombre, debe hacerse de forma sumamente
dinámica y atractiva, siempre con la intencionalidad de la aplicación
inmediata en la labor apostólica y espiritual que los muchachos
deben realizar. Es imprescindible que los que trabajan con adolescentes
estudien bien los objetivos formativos para cada etapa evolutiva y
la sugerencia de aplicación concreta, que se ofrece en el
siguiente documento de este manual. En definitiva, los contenidos propuestos
deben ser presentados a los muchachos en su totalidad, mediante
las diversas actividades de la vida normal en un salón
de clases.
Formación humana
Educar la sensibilidad y los sentimientos. En la
formación de la sensibilidad se procura "la integración de sus
fuerzas afectivas y emotivas bajo el yugo suave de la
fe, de la razón, de la voluntad y del amor
sobrenatural. Se pueden definir los sentimientos como "reacciones de la
psique al verse afectada por personas, cosas, acontecimientos, etc. Si
son muy intensos y breves, los llamamos emociones".
Hay diversas
clases de sentimientos: están los corporales -hambre, sed, cansancio-; los
de índole psíquica, como la tristeza que oprime, la alegría
que exalta, la gratitud que conmueve, el amor que enternece;
y, finalmente, los sentimientos espirituales que corresponden a una simpatía
afectiva o empatía con el bien y la virtud, suscitados
en el alma por la presencia o ausencia del bien
moral (gratitud, amistad, caridad, pureza, piedad). Dentro de esta variedad
de sentimientos es importante que se dé una justa jerarquía
y que sean compatibles con la propia condición.
Es fácil caer
en el peligro de dar a los sentimientos una papel
central. El sentimentalismo es el enemigo número uno de toda
formación sólida y constante. En lugar de regir la razón
y la voluntad, gobierna el sentimiento, lo variable. Por eso,
apoyar una formación sobre "lo que siento", es exponerse a
un fracaso cierto y a repetir la insensatez de aquel
señor que edificó su casa sobre la arena movediza: vinieron
los vientos, la lluvia, y todo se perdió.
Pero no hay
que irse tampoco al otro extremo, es decir, al desprecio
de los sentimientos. Cuando estos son gobernados por la voluntad
y el entendimiento, se convierten en potencias enriquecedoras de la
personalidad, necesarios para obtener el fin. Un hombre sin sentimiento
es un ser incompleto. No cultivar los sentimientos significa, además,
no cultivar la sensibilidad humana, moral y religiosa. Asimismo, es
de vital importancia que el educando aprenda a distinguir entre
sentimientos y actos de la voluntad, entre sentir y consentir.
La persona recibe continuamente impresiones negativas, sea interna que externamente,
por ello debe discernir cuándo está participando activamente al consentimiento
de esas impresiones y cuándo su voluntad las rechaza, a
pesar de que puedan dejar una huella fuerte en la
sensibilidad. Esto, bien explicado, evitará muchos problemas a las personas.
Educar
para la madurez. En todo hay que ver el fin,
y el fin de la educación humana es el logro
de la madurez. ¿A quién se puede considerar maduro? Se
puede considerar madura a la persona que ha adquirido la
capacidad habitual de obrar libremente, es decir, de hacer opciones
conscientes y responsables, sin nunca después arrepentirse de ellas y,
menos aún, pasarse la vida replanteándose sus decisiones, por no
haber adquirido una seguridad y una certeza válida sobre ellas.
Se puede considerar madura a la persona cuyas fuerzas emotivas
están bajo el dominio de la razón, que no vive
de sentimentalismo, de impulsos, de tendencias, sino que se rige
por principios y convicciones, aunque a veces las emociones o
los sentimientos vayan en dirección contraria.
"El hombre maduro es también
aquél que está siempre en actitud de donación, de apertura,
de servicio, de entrega a los demás, mientras rechaza todo
tipo de egoísmo, de encerramiento, de particularismo, de individualismo". Es
en esto precisamente en lo que el formador debe tener
puesta su mirada. Es lógico que no siempre le tocará
ver frutos acabados pues, por definición, el adolescente es el
que está en camino hacia esa madurez.
Educar la voluntad. El
hombre "es más hombre o lo es de verdad, por
el dominio de sus facultades superiores sobre sus instintos, en
cuanto haya logrado formar esta facultad. Porque aunque la inteligencia
nos ilumina, la memoria nos recuerda y la fe nos
enseña, el actuar o no actuar como hombres libres y
creyentes, honestos y rectos, depende del grado de finura y
robustez que hayamos logrado obtener en esta facultad timonel que
es la voluntad".
Una voluntad bien formada es la clave de
todo el desarrollo posterior de la formación espiritual, humana e
intelectual. La falta de voluntad puede convertirse en la guillotina
de todas las aspiraciones y esfuerzos en el camino hacia
la perfección. Por ello se debe luchar para que los
educandos no conozcan derrotas definitivas y, sin duda alguna, la
voluntad es un arma imprescindible para evitarlas.
Educar el carácter. El carácter
constituye "ese modo de ser propio" que distingue a un
ser humano de otro, aparte de las diferencias existentes por
su apariencia externa. En casos normales, no debe considerarse el
carácter como una fatalidad en la vida humana, empujando al
ser humano a obrar en una determinada forma. La psicología
de la persona es el resultado de una interacción entre
el substrato constitucional heredado, el ambiente y las decisiones de
la propia voluntad. El primero elemento, a pesar de su
fuerte inmutabilidad, es posible educarlo y dirigirlo en sus manifestaciones.
El ambiente, puede estar en las propias manos crearlo o
modificarlo en un determinado sentido.
Educación de las virtudes morales y
sociales. La formación humana debe tender a desarrollar aquellas virtudes
morales que hacen más íntegro al hombre y más nobles
sus relaciones con los demás, como son: la sinceridad, lealtad,
fidelidad, gratitud, la justicia y la servicialidad, la determinación y
constancia, la entereza de ánimo, etc. No siempre se procura
el cultivo de estas virtudes ni existe el ambiente propicio
para cultivarlas. El formador no las puede darlas por supuesto
pues son fundamentos que, antes o después, hay que colocar
como condición necesaria para la construcción de una personalidad sólida.
Especial
importancia entraña la formación en la sinceridad. El formador debe
hacer comprender al muchacho el valor de la integridad, de
la transparencia y de la sinceridad en medio de las
posibles miserias humanas. El muchacho debe comprender lo triste que
es vivir con máscaras, dividido, con dobleces e hipocresías; debe
comprender el peligro de ir deformando la conciencia poco a
poco, mentira tras mentira. Es imprescindible tener en cuenta la
educación social. La educación social es la "tarjeta de presentación",
la puerta por donde se entra a la vida de
los demás, ganando su confianza y su colaboración. El formador
debe aprovechar toda circunstancia para educar al muchacho en esta
dimensión social, enseñándole el valor de los detalles de la
educación social, haciéndole gustar la posesión de una personalidad atenta
y educada, fina en el trato, afable y acogedora. Es
importante evitar el peligro de pensar que la formación social
es sólo una máscara, una serie de ritos externos, una
especie de representación para quedar bien ante los demás. Educar
las pasiones.
Al hablar de las pasiones no hay que
olvidar que, por la huella del pecado original, han quedado
desequilibradas, y que, por tanto, los educandos se ven seriamente
afectados por ellas: la soberbia, que es la reina de
las pasiones; la vanidad y la envidia, que son hijas
de la soberbia. Y experimentarán, también, la lucha para vencer
la tendencia a la comodidad, al hedonismo, a la posesión
desenfrenada de las riquezas y de los bienes materiales. Todas
estas luchas y enemigos se presentan, día tras día, en
la vida de los hombres.
El punto de partida para la
formación de las pasiones consiste en tener en cuenta que
no se pueden extirpar, sino que es necesario encauzarlas adecuadamente.
No hay que olvidar que la fuerza pasional, que puede
desviarse hacia la soberbia y la sensualidad, debe reorientarse
para ayudar a la conquista del ideal de formación, a
la conquista de uno mismo, a la transformación en Jesucristo
y para bien del trabajo por el Reino.
Educar la
conciencia moral. "Nos toca vivir en una época en la
que es muy fácil la desorientación de los criterios morales
y éticos. En efecto, estamos asistiendo a una desorientación gigantesca
de la conciencia individual y social, hasta el punto de
que a muchos les resulta difícil distinguir los límites de
lo bueno y lo malo... Por ejemplo, nunca como hoy
ha sido el hombre tan sensible a su libertad y
nunca ha hecho peor uso de ella: así, por un
lado, escribe una carta de los derechos humanos, y, por
otro, los suprime de raíz por el aborto, la eutanasia...
Por un lado, proclama a los cuatro vientos la propia
madurez y, por otro, adopta como pauta de comportamiento normas
tan volubles como la opinión pública, los eslóganes de moda
y los modelos culturales y sociales del momento".
La pedagogía Integral
pone especial énfasis en los valores morales que norman el
comportamiento humano. Pero como base para la recepción de dichos
valores es necesario ayudar a las personas a formar una
conciencia recta, cuyas normas de conducta se fundan en la
ley objetiva que el hombre descubre y reconoce en su
naturaleza humana, con ayuda de la recta razón, y cuya
formulación general se resume en el adagio latino: Bonum est
faciendum, malum vero vitandum (Hemos de hacer el bien y
evitar el mal). En resumen, la conciencia recta es la
que actúa según el bien objetivo que le presenta la
ley natural y la ley divina.
"Puesto que la conciencia es
centro de la persona y guía del obrar natural, esfuércense
activamente por formarla recta y madura, temerosa de Dios, abierta
siempre al bien y a las inspiraciones del Espíritu Santo,
capaz de discernir lo bueno de lo malo y de
la mentira, y eviten la insinceridad y la inautenticidad, tan
contrarias al espíritu de Cristo.
Por otro lado, se debe explicar
claramente al formando los tipos de conciencia y ayudarle a
discernir cómo es la suya. Asimismo, hay que presentarle los
medios más adecuados para la formación de la conciencia: su
seguimiento fiel, el conocimiento y la obediencia a la ley
de Dios y al magisterio de la Iglesia, la dirección
espiritual, el examen de conciencia, etc.
Formación espiritual
De la conciencia moral
se pasa a la genuina experiencia religiosa del hombre. El
educador debe trabajar sin descanso para que el muchacho o
joven experimente a Dios como el Amigo que lo interpela
y le invita a llevar a cabo un proyecto de
realización de sí mismo dignificante y pleno y que, por
esto, se constituye en norma suprema de la conciencia. Todo
el esfuerzo ético del hombre equivale a la respuesta personal,
amigable y filial a esta interpelación de un Dios, Padre
y Amigo. La conciencia, por el contrario, comienza a deformarse
cuando deja de ser la voz del Amigo que pide,
invita y sugiere. "La clave de bóveda de esta concepción es
la convicción de que la persona humana está abierta al
Absoluto transcendente que es Dios, no como un valor al
lado de otros valores, sino como la Causa que funda
y de la que mana todo valor. En este sentido
lo podemos llamar Valor supremo, en cuya posesión y fruición
la persona humana alcanza su misma realización".
Lo que primeramente define
al hombre, por tanto, no es su libertad, sino su
dependencia de Dios. Sin Él o al margen de Él,
no sería nada. De aquí se derivan una serie de
consecuencias; entre otras, la de que hay que dar a
Dios el primer lugar en la propia vida. Además, se
trata de obrar conforme a lo que Él quiere para
cada uno. La libertad humana en sí misma podría, absurdamente,
dictar la última palabra sobre el propio actuar alejándose de
Dios, cayendo así en una contradicción. Pero la libertad se
sabe para el amor, por eso su plena realización le
viene en la búsqueda de la verdad, en la
adhesión firme a la voluntad de Dios. Sin duda que
es ésta una de las ideas principales que se deben
clavar en la mente y en el corazón de las
personas desde su primera infancia.
Desarrollo de la vida interior. La
vida interior consiste en el desarrollo de la semilla que
Dios deposita en el alma del cristiano el día de
su bautismo -la gracia y las virtudes teologales de la
fe, esperanza y caridad-, según la propia vocación. La vida
interior es mucho más natural y sencilla de lo que
muchos creen, porque es simplemente la unión real, natural, personal
y constante con Dios, fundada en la vida de gracia.
Es la identificación del corazón y de la voluntad con
la voluntad santísima de Dios, hasta tener los mismos sentimientos
de Cristo, como señala san Pablo. Es la actitud de
amor filial y confiado que impulsa a mantener con Dios
la postura de un hijo amante del Padre.
Formación de hábitos
espirituales. El educador debe tratar de formar en el educando
unos hábitos determinados. Por ejemplo:
a) Hábito de vida de gracia,
ayudado por la recepción frecuente de los sacramentos, y de
vivir permanentemente en la presencia de Dios, para que siempre
autenticidad, la honradez y la rectitud regulen sus relaciones con
Dios, con el prójimo y con ellos mismos.
b) Hábito de
oración y de intimidad con Cristo en la Eucaristía, para
que sean hombres de Dios y jóvenes apasionados por la
causa de Cristo. c) Hábito de fe para que vivan
en una dimensión sobrenatural y aprendan a contemplar la vida,
los acontecimientos, las pruebas, los sufrimientos, todo, con los ojos
de Dios.
d) Hábito de la adhesión inquebrantable a la
voluntad de Dios, para que siempre y en todo momento
ella constituya el valor supremo de sus vidas.
e) Hábito
de celo apasionado por la salvación de las almas, para
que la Iglesia y la instauración del Reino de Cristo
polaricen siempre sus ilusiones, anhelos y proyectos.
f) Hábito de
caridad y servicialidad, de forma que toda su vida cristiana
tenga el sello de la autenticidad según el mandato de
Cristo.
g) Hábito de la abnegación en el seguimiento de
Jesucristo, para que forjen la verdadera vida cristiana, en donde
la cruz tiene la primacía sobre el placer y el
éxito humano.
Formación apostólica
El alumno debe aprender desde el inicio
que recibe para dar. La llamada al apostolado es para
todos los cristianos y resuena en todas las épocas y
lugares. Pero Dios ha querido en nuestro tiempo suscitar una
más clara, sentida y universal conciencia de esta obligación. Compete,
pues, a todos los cristianos el responder activa y convincentemente
a esta urgencia de Dios para extender su Reino entre
los hombres.
El formador comprenda que no se trata de
lograr que los muchachos dediquen algunas horas de su tiempo
a realizar actividades apostólicas más o menos atractivas. De lo
que se trata, primeramente, es de que cada adolescente sea
profundamente consciente de que tiene que ser apóstol las veinticuatro
horas de su día, de que tiene que pensar y
vivir polarizado por la salvación de las almas que Dios
le ha encomendado. Será necesario, pues, que el educador vaya
formando, poco a poco, esta personalidad apostólica en cada muchacho,
con entusiasmo, paciencia y decisión, aprovechando cualquier ocasión para encender
el celo apostólico y para erradicar el egoísmo escondido detrás
de una falsa concepción cristiana, individualista y minimalista.
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