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| Diez Principios y una Clave para Educar Correctamente |
Sinopsis — Tres consejos de primer orden.
1) La
primera cosa que los padres necesitan para educar es un
verdadero y cabal amor a sus hijos.
2) La primera cosa que
el hijo necesita para ser educado es que sus padres
se quieran entre sí.
3) Enseñar a querer. — Siete recomendaciones más.
4) El mejor educador es
el ejemplo.
5) Animar y recompensar.
6) Ejercer la autoridad, sin forzarla ni malograrla.
7) Saber regañar y castigar.
8) Formar la conciencia.
9) No
malcriar a los niños.
10) Educar la
libertad. — …Y la clave de las claves.
11) Recurrir a la ayuda de Dios.
Padre y madre son, por naturaleza, los primeros e irrenunciables
educadores de su hijos. Su misión no es fácil. Está
llena de contrastes en apariencia irreconciliables: han de saber comprender,
pero también exigir; respetar la libertad de los chicos, pero
a la vez guiarles y corregirles; ayudarles en sus tareas,
pero sin sustituirlos ni evitarles el esfuerzo formativo y la
satisfacción que el realizarlas lleva consigo… De ahí que
los padres tengan que aprender por sí mismos a serlo…
y desde muy pronto. En ningún oficio la capacitación profesional
comienza cuando el aspirante alcanza puestos de relieve y tiene
entre sus manos encargos de alta responsabilidad. ¿Por qué en
el «oficio de padres» debería ser de otra forma? ¿Acaso
porque se trata más de un arte que de una
ciencia? De acuerdo; pero en ningún arte bastan la inspiración
y la intuición; es menester también instruirse, formarse. En cualquier
caso, aprender este «oficio» no consiste en proveerse de un
conjunto de recetas o soluciones ya dadas e inmediatamente aplicables
a los problemas que van surgiendo. Tales recetas no existen.
Existen, por el contrario, principios o fundamentos de la educación,
que iluminan las distintas situaciones: los padres deben conocerlos muy
a fondo, hasta hacerlos pensamiento de su pensamiento y vida
de su vida, para con ellos encarar la práctica diaria.
Teniendo esto claro, y sin demasiadas pretensiones, ofreceré un memorándum,
el más accesible y concreto posible, de los principales criterios
y sugerencias sobre «el arte de las artes», como ha
sido llamada la educación.
— Tres consejos de primer orden.
1) La primera cosa que los
padres necesitan para educar es un verdadero y cabal amor
a sus hijos.
Según escribe G. Courtois en El arte
de educar a los muchachos de hoy, la educación requiere,
además de «un poco de ciencia y de experiencia, mucho
sentido común y, sobre todo, mucho amor». Con otras palabras,
es preciso dominar algunos principios pedagógicos y obrar con sentido
común, pero sin suponer que baste aplicar una bonita teoría
para obtener seguros resultados. ¿Por qué? Entre otros motivos,
porque «cada niño es un caso» absolutamente irrepetible, distinto de
todos los demás. Ningún manual es capaz de explicarnos ese
«caso» concreto. Hay que aprender a modular los principios a
tenor del temperamento, la edad y las circunstancias en que
se encuentren los hijos. Y sólo el amor permite conocer
a cada uno de ellos tal como es hoy y
ahora y actuar en consecuencia: aun concediendo la parte de
verdad que encierra el dicho de que «el amor es
ciego», resulta mucho más profundo y real sostener que es
agudo y perspicaz, clarividente; y que, tratándose de personas, sólo
un amor auténtico nos capacita para conocerlas con hondura. De
hecho, será el amor el que enseñe a los padres
a descubrir el momento más adecuado para hablar y para
callar; el tiempo para jugar con los niños e interesarse
por sus problemas sin someterlos a un interrogatorio y el
de respetar su necesidad de estar a solas; las ocasiones
en que conviene «soltar un poco de cuerda» y «no
darse por enterados» frente a aquellas otras en que lo
que procede es intervenir con decisión e incluso con resuelta
viveza… Y, según decía, en todo este difícil arte los
padres resultan insustituibles. Un matrimonio muy agobiado por su trabajo
profesional buscaba en una tienda de juguetes un regalo para
su niño: pedían algo que lo divirtiera, lo mantuviese tranquilo
y, sobre todo, le quitara la sensación de estar solo.
Una dependiente inteligente les explicó: «lo siento, pero no vendemos
padres».
2) La primera cosa que
el hijo necesita para ser educado es que sus padres
se quieran entre sí.
«Hacemos que no le falte de
nada, estamos pendientes hasta de sus menores caprichos, y sin
embargo…». Expresiones como ésta las oímos a menudo, proferidas por
tantos padres que se vuelcan aparentemente sobre sus hijos —alimentos
sanos, reconstituyentes, juegos, vestidos de marca, vacaciones junto al mar,
diversiones, etc.—, pero se olvidan de la cosa más importante
que precisan los críos: que los propios padres se amen
y estén unidos. El cariño mutuo de los padres es
el que ha hecho que los hijos vengan al mundo.
Y ese mismo afecto recíproco debe completar la tarea comenzada,
ayudando al niño a alcanzar la plenitud y la felicidad
a que se encuentra llamado. El complemento natural de la
procreación, la educación, ha de estar movido por las mismas
causas —el amor de los padres— que engendraron al hijo.
Desde hace ya bastantes siglos se ha dicho que, al
salir del útero materno, donde el líquido amniótico lo protegía
y alimentaba, el niño reclama imperiosamente otro «útero» y otro
«líquido», sin los que no podría crecer y desarrollarse; a
saber, los que originan el padre y la madre al
quererse de veras. Por eso, cada uno de los esposos
debe engrandecer la imagen del otro ante los hijos y
evitar cuanto pueda hacer disminuir el cariño de éstos hacia
su cónyuge. Desde que los críos son muy pequeños, además
de manifestar prudente pero claramente el afecto que los une,
los padres han de prestar atención a no hacerse reproches
mutuos delante de ellos, a no permitir uno lo que
el otro prohíbe, a evitar de plano ciertas aberrantes recomendaciones
al niño: «esto no se lo digas a papá (o
a mamá)», etc.
3) Enseñar a
querer.
Como acabamos de ver, el principio radical de la
educación es que los padres se quieran entre sí y,
como fruto de ese amor, que quieran de veras a
sus hijos; el fin de esa educación es que los
hijos, a su vez, vayan aprendiendo a querer, a amar.
Curiosamente y en compendio, educar es amar, y amar
es enseñar a amar. Según explica Rafael Tomás Caldera, «la
verdadera grandeza del hombre, su perfección, por tanto, su misión
o cometido, es el amor. Todo lo otro —capacidad profesional,
prestigio, riqueza, vida más o menos larga, desarrollo intelectual— tiene
que confluir en el amor o carece en definitiva de
sentido»… e incluso, si no se encamina al amor, pudiera
resultar perjudicial. La entera tarea educativa de los padres ha
de dirigirse, pues, en última instancia, a incrementar la capacidad
de amar de cada hijo y a evitar cuanto lo
torne más egoísta, más cerrado y pendiente de sí, menos
capaz de descubrir, querer, perseguir y realizar el bien de
los otros. Sólo así contribuirán eficazmente a hacerlos felices, puesto
que la dicha —como muestran desde los filósofos más clásicos
hasta los más certeros psiquiatras contemporáneos— no es sino el
efecto no buscado de engrandecer la propia persona, de mejorar
progresivamente: y esto sólo se consigue amando más y mejor,
dilatando las fronteras del propio corazón.
— Siete recomendaciones más.
4) El mejor educador es
el ejemplo.
Los niños tienden a imitar las actitudes de
los adultos, en especial de los que quieren o admiran.
Jamás pierden de vista a los padres, los observan de
continuo, sobre todo en los primeros años. Ven también cuando
no miran y escuchan incluso cuando están super-ocupados jugando. Poseen
una especie de radar, que intercepta todos los actos y
las palabras de su entorno. Por eso los padres educan
o deseducan, ante todo, con su ejemplo. Además, el ejemplo
posee un insustituible valor pedagógico, de confirmación y de ánimo:
no hay mejor modo de enseñar a un niño a
tirarse al agua que hacerlo con él o antes que
él. Las palabras vuelan, pero el ejemplo permanece, ilumina las
conductas… y arrastra. En el extremo opuesto la incongruencia entre
lo que se aconseja y lo que se vive es
el mayor mal que un padre o una madre puede
infligir a sus hijos: sobre todo a determinadas edades, cuando
el sentido de la «justicia» se encuentra en los chicos
rígidamente asentado, sobre-desarrollado… y dispuesto a enjuiciar con excesiva dureza
a los demás.
5) Animar
y recompensar.
El niño es muy receptivo. Si se le
repite con frecuencia que es un maleducado, un egoísta, que
no sirve para nada, se creerá y será verdaderamente maleducado,
egoísta, e incapaz de realizar tarea alguna…«aunque no fuera sino
para no defraudar a sus padres». Es mejor que tenga
un poco de excesiva confianza en sí mismo, que demasiado
poca. Y si lo vemos recaer en algún defecto, resultará
más eficaz una palabra de ánimo que echárselo en cara
y humillarlo. Mostrar al hijo que confiamos en sus posibilidades
es para él un gran incentivo; en efecto, el pequeño
—como, con matices, cualquier ser humano— se encuentra impulsado a
llevar a la práctica la opinión positiva o negativa que
de él se tiene y a no defraudar nuestras expectativas
al respecto. Cuando hace una observación correcta, incluso opuesta a
la que nosotros acabamos de comentar o sugerir, no hay
que tener miedo a darle la razón. No se pierde
autoridad; más bien al contrario, la ganamos, puesto que no
la hacemos residir en nuestros puntos de vista, sino en
la misma verdad objetiva de lo que se propone. Al
animar y elogiar es preferible estar más atentos al esfuerzo
hecho que al resultado obtenido. En principio, no se debe
recompensar al niño por haber cumplido un deber o por
haber tenido éxito en algo, si el conseguirlo no le
ha supuesto un empeño muy especial. Un regalo por unas
buenas calificaciones es deformante. Las buenas calificaciones, junto con la
demostración de nuestra alegría por ese resultado, deberían ser ya
un premio que diera suficiente satisfacción al niño. Tampoco
es bueno multiplicar desmesuradamente las gratificaciones. Por un lado, porque
se le enseña a actuar no por lo que en
sí mismo es bueno, sino por la recompensa que él
recibe (o, lo que es idéntico, a pensar más en
sí mismo que en los otros). Y además, porque cuando
éstas vinieran a faltar, el pequeño se sentirá decepcionado: premiar
reiteradamente lo que no lo merece equivale a transformar en
un castigo todas las situaciones en que esa compensación esté
ausente. Conviene no olvidar una ley básica: educar a alguien
no es hacer que siempre se encuentre contento y satisfecho,
por tener cubiertos todos sus caprichos o deseos, sino ayudarle
a sacar de sí (e-ducir), con el esfuerzo imprescindible por
nuestra parte y la suya, toda esa maravilla que encierra
en su interior y que lo encumbrará hasta la plenitud
de su condición personal… haciéndolo, como consecuencia, muy dichoso.
6) Ejercer la autoridad, sin forzarla ni
malograrla.
· Por lo mismo, para educar no son suficientes
el cariño, el buen ejemplo y los ánimos; es preciso
también ejercer la autoridad, explicando siempre, en la medida de
lo posible, las razones que nos llevan a aconsejar, imponer,
reprobar o prohibir una conducta determinada. La educación al
margen de la autoridad, en otro tiempo tan pregonada, se
presenta hoy como una breve moda fracasada y obsoleta, contradicha
por aquellos mismos que la han sufrido. El niño tiene
necesidad de autoridad y la busca. Si no encuentra a
su alrededor una señalización y una demarcación, se torna inseguro
o nervioso. Incluso cuando juegan entre ellos, los niños inventan
siempre reglas que no deben ser transgredidas. Por lo demás,
todos sabemos lo antipáticos, molestos y tiránicos que son los
hijos de los otros, cuando están malcriados, habituados a llamar
siempre la atención y a no obedecer cuando no tienen
ganas. Pero tratándose de los propios, es más difícil un
juicio lúcido. No se sabe bien si imponerse o abajarse
a pactar y dejar hacer, para no correr el riesgo
de tener una escena en público…, o acabar la cuestión
con una explosión de ira y una regañina (que después
deja más incómodos a los padres que al niño). Por
detrás de esta inseguridad, hay siempre una extraña mezcla de
miedos y prevenciones. El horror a perder el cariño del
chiquillo, el temor a que corra algún riesgo su incolumidad
física, el pavor a que nos haga quedar mal o
nos provoque daños materiales. En definitiva, aunque no lo
advirtamos ni deseemos, nos queremos más a nosotros mismos que
al chico o la chica, anteponemos nuestro bien al suyo.
De ahí que, si por encima de tantos temores prevaleciera
el deseo sincero y eficaz de ayudar al crío a
reconocer los propios impulsos egoístas, la codicia, la pereza, la
envidia, la crueldad, etc., no existiría esa sensación de culpa
cuando se lo corrigiera utilizando el propio ascendiente. · Con
base en lo expuesto hasta aquí, y aun cuando no
esté de moda, es menester reiterar de modo claro y
neto la imposibilidad de educar sin ejercer la autoridad (que
no es autoritarismo) y exigir la obediencia desde el mismo
momento en que los niños empiezan a entender lo que
se les pide. Por eso, es importante que los padres,
explicando siempre los motivos de sus decisiones, indiquen a los
niños lo que deben hacer o evitar, no dejando por
comodidad caer en el olvido sus órdenes, ni permitiendo que
los niños se les opongan abiertamente. Como consecuencia, un criterio
básico en la educación del hogar es que deben existir
muy pocas normas y muy fundamentales y nunca arbitrarias, lograr
que siempre se cumplan… y dejar una enorme libertad en
todo lo opinable, aun cuando las preferencias de los hijos
no coincidan con las nuestras: ¡ellos gozan de todo el
«derecho» a llegar a ser aquello a lo que están
llamados… y nosotros no tenemos ninguno a convertirlos en una
réplica de nuestro propio yo! A veces, sin embargo, se
prohíbe algo sin saber bien por qué, qué es lo
que encierra de malo, sólo por impulso, por las ganas
de estar tranquilos o porque uno se siente nervioso y
todo le molesta. Se compromete así la propia autoridad sin
que sea necesario, abusando de ella… y se desconcierta a
los muchachos, que no saben por qué hoy está vedado
lo que ayer se veía con buenos ojos. Cualquier niño
sano tiene necesidad de movimiento, de juego inventivo y de
libertad. Interviniendo de manera continua e irrazonable se acaba por
hacer de la autoridad algo insufrible. Como aquella madre de
la que se cuenta que decía a la niñera: «Ve
al cuarto de los niños a ver que están haciendo…
y prohíbeselo». Por otro lado, la convicción del niño
de que nunca hará desistir a los padres de las
órdenes impartidas posee una extraordinaria eficacia, y ayuda enormemente a
calmar las rabietas o a que no lleguen a producirse.
(Lo más opuesto a esto, como ya he insinuado, es
repetir veinte veces la misma orden —lávate los dientes, dúchate,
vete ya a dormir…— sin exigir que se cumpla de
inmediato: provoca un enorme desgaste psíquico, tal vez sobre todo
a las madres, que suelen pasar la mayor parte del
día bregando con los críos, al tiempo que disminuye o
elimina la propia autoridad). · Vale asimismo la pena estar
atentos al modo como se da una indicación. Quien ordena
secamente o alzando sin motivo el volumen de la voz
deja siempre traslucir nerviosismo y poca seguridad. Un tono amenazador
suscita con razón reacciones negativas y oposiciones. Demos las órdenes
o, mejor, pidamos por favor, con actitud serena y confiando
claramente en que vamos a ser obedecidos. Reservemos los mandatos
estrictos para las cosas muy importantes. Para las demás peticiones
resultará preferible utilizar una forma más blanda: «¿serías tan amable
de…?», «¿podrías, por favor…?», «¿hay alguno que sepa hacer esto?».
De este modo, se estimulará a los críos para que
realicen elecciones libres y responsables, y se les dará la
ocasión de actuar con autonomía e inventiva, de sentirse útiles…
y experimentar la satisfacción de tener contentos a sus padres.
A veces es necesario pedir al hijo un esfuerzo mayor
del acostumbrado; convendrá entonces crear un clima favorable. Si, por
ejemplo, sabéis que vuestro cónyuge está particularmente cansado o lo
atenaza una jaqueca insufrible, hablaréis a solas con el niño
y le diréis: «Mamá (o papá) tiene un fuerte dolor
de cabeza; por eso, esta tarde te pido un empeño
especial para hacer el menos ruido posible…». Quizá sea oportuno
darle una ocupación, y dirigirle una mirada cariñosa o una
caricia, de vez en cuando, para recompensar sus desvelos… sin
olvidar que en este, como en los restantes casos, hay
que arreglárselas para que el niño cumpla su obligación. Firmeza,
por tanto, para exigir la conducta adecuada, pero dulzura extrema
en el modo de sugerirla o reclamarla.
7) Saber regañar y castigar.
Los ánimos y las
recompensas no son normalmente suficientes para una sana educación. Un
reproche o una punición, dados de la manera oportuna, proporcionada
y sin arrepentimientos injustificados, contribuirá a formar el criterio moral
del muchacho. Sensata e inteligente debe ser la dosificación de
las reprimendas y de los castigos. La política del «dejar
hacer» es típica de los padres o débiles o cómplices.
También en la educación, la «manga ancha» viene dictada a
menudo por el temor de no ser obedecido o por
la comodidad («haz lo que quieras, con tal de dejarme
en paz»)… que no son sino otros tantos modos de
amor propio: de preferir el propio bien (no esforzarse, no
sufrir al demandar la conducta correcta) al de los hijos.
Pero resultaría pedante, o incluso neurótico, un continuo y sofocante
control de los chicos, regañados y castigados por la más
mínima desviación de unos cánones despóticos establecidos por los padres.
Para que una reprensión sea educativa ha de resultar clara,
sucinta y no humillante. Hay por tanto que aprender a
regañar de manera correcta, explícita, breve, y después cambiar el
tema de la conversación. En efecto, no se debe exigir
que el hijo reconozca de inmediato el propio mal y
pronuncie un mea culpa, sobre todo si están presentes otras
personas (¿lo hacemos nosotros, los adultos?). Convendrá también elegir el
lugar y el momento pertinente para reprenderle; a veces será
necesario esperar a que haya pasado el propio enfado, para
poder hablar con la debida serenidad y con mayor eficacia.
Por otro lado, antes de decidirse a dar un
castigo, conviene estar bien seguros de que el niño era
consciente de la prohibición o del mandato. Naturalmente, hay que
evitar no sólo que la sanción sea el desahogo de
la propia rabia o malhumor, sino también que tenga esa
apariencia. Tratándose de fracasos escolares, conviene saber juzgar si se
deben a irresponsabilidad o a limitaciones difícilmente superables del chico
o de la chica. Cuando se reprenda es menester además
huir de las comparaciones: «Mira cómo obedece y estudia tu
hermana…». Las confrontaciones sólo engendran celos y antipatías. Tener que
castigar puede y debe disgustarnos, pero a veces es el
mejor testimonio de amor que cabe ofrecer a un hijo:
el amor «todo lo sufre», cabría recordar con san Pablo,…
incluso el dolor de los seres queridos, siempre que tal
sufrimiento sea necesario. Ningún temor, por tanto, a que una
corrección justa y bien dada disminuya el amor del hijo
respecto a vosotros. A veces se oye responder al muchacho
castigado: «¡No me importa en absoluto!». Podéis entonces decirle, con
toda la serenidad de que seáis capaces: «No es mi
propósito molestarte ni hacerte padecer».
8) Formar
la conciencia.
En nuestra sociedad, los niños resultan bombardeados por
un conjunto de eslóganes y de frases que transmiten «ideales»
no siempre acordes con una visión adecuada del ser humano,
e incapaces por tanto de hacerlos dichosos. La solución no
es un régimen policial, compuesto de controles y de castigos.
Es menester que los hijos interioricen y hagan propios los
criterios correctos, que formen su conciencia, aprendiendo a distinguir claramente
lo bueno de lo malo. Y para ello no basta
con decirles: «¡Esto no está bien!» o, menos todavía, «¡Esto
no me gusta!». Se corre el riesgo de transformar la
moral en un conjunto de prohibiciones arbitrarias, carentes de fundamento.
Por el contrario, es muy importante «educar en positivo», como
se suele afirmar; lo cual equivale, en mi opinión, a
mostrar la belleza y la humanidad de la virtud alegre
y serena, desenvuelta y sin inhibiciones. Para lograrlo, hay que
esforzarse por vivir la propia vida, con todas sus contrariedades,
como una gozosa aventura que vale la pena componer cada
día. En tales circunstancias, al descubrir la hermosura y la
maravilla de hacer el bien, el niño se sentirá atraído
y estimulado para obrar correctamente. Además, interesa hacer comprender lo
decisiva que es la intención para determinar la moralidad de
un acto, y ayudar a los hijos a preguntarse el
porqué de un determinado comportamiento. A tenor de sus respuestas,
se les hará ver la posible injusticia, envidia, soberbia, etc.,
que los ha motivado. El denominado complejo de culpa, es
decir, la obscura y angustiosa sensación de haberse equivocado, acompañada
de miedo o de vergüenza, nace justo de la falta
de un valiente y sereno examen de la calidad moral
de nuestros actos. Por el contrario, como muestran también los
psiquiatras más avezados, es necesario y sano el sentido del
pecado. La clara percepción de las propias concesiones y faltas,
con las que hemos vuelto las espaldas a Dios, provoca
un remordimiento que activa y multiplica las fuerzas para buscar
de nuevo el amor que perdona. Para formar la conciencia
puede también ser útil comentar con el niño la bondad
o maldad de las situaciones y hechos de los que
tenemos noticia, así como sugerirle la práctica del examen de
conciencia personal al término del día, acaso ayudándole en los
primeros pasos a hacerse las preguntas adecuadas. A medida que
crece, hay que dejarle tomar con mayor libertad y responsabilidad
sus propias decisiones, diciéndole como mucho: «Yo, de ti, lo
haría de este o aquel modo» y, en su caso,
explicándole brevemente el porqué.
9) No
malcriar a los niños.
Se malcría a un niño con
desproporcionadas o muy frecuentes alabanzas, con indulgencia y condescendencia respecto
a sus antojos. Se lo maleduca también convirtiéndolo a menudo
en el centro del interés de todos, y dejando que
sea él quien determine las decisiones familiares. Un pequeño rodeado
de excesiva atención y de concesiones inoportunas, una vez fuera
del ámbito de la familia se convertirá, si posee un
temperamento débil, en una persona tímida e incapaz de desenvolverse
por sí misma. Si, por el contrario, tiene un fuerte
temperamento, se transformará en un egoísta, capaz de servirse de
los otros o de llevárselos por delante. Por eso, frente
a los caprichos de los niños no se debe ceder:
habrá simplemente que esperar a que pase la pataleta, sin
nerviosismos, manteniendo una actitud serena, casi de desatención, y, al
mismo tiempo, firme. Y esto, incluso —o sobre todo— cuando
«nos pongan en evidencia» delante de otras personas: su bien
(¡el de los hijos!) debe ir siempre por delante del
nuestro.
10) Educar la libertad.
En este
ámbito, la tarea del educador es doble: hacer que el
educando tome conciencia del valor de la propia libertad, y
enseñarle a ejercerla correctamente. Pero no resulta fácil entender a
fondo lo que es la libertad y su estrecha relación
con el bien y con el amor. ¿Quién es auténticamente
libre?: el que, una vez conocido, hace el bien porque
quiere hacerlo, por amor a lo bueno. Al contrario, va
«perdiendo» su libertad quien obra de manera incorrecta. Un hombre
puede quitarse la vida porque es «libre», pero nadie diría
que el suicidio lo mejora en cuanto persona o incrementa
su libertad. Educar en la libertad significa por tanto ayudar
a distinguir lo que es bueno (para los demás y,
como consecuencia, para la propia felicidad), y animar a realizar
las elecciones consiguientes, siempre por amor. Conceder con prudencia una
creciente libertad a los hijos contribuye a tornarlos responsables. Una
larga experiencia de educador permitía afirmar a san Josemaría Escrivá:
«Es preferible que [los padres] se dejen engañar alguna vez:
la confianza, que se pone en los hijos, hace que
ellos mismos se avergüencen de haber abusado, y se corrijan;
en cambio, si no tienen libertad, si ven que no
se confía en ellos, se sentirán movidos a engañar siempre».
En definitiva, igual que antes afirmaba que el objetivo de
toda educación es enseñar a amar, puede también decirse —pues
en el fondo es lo mismo— que equivale a ir
haciendo progresivamente más libre e independiente a quienes tenemos a
nuestro cargo: que sepan valerse por sí mismos, ser dueños
de sus decisiones, con plena libertad y total responsabilidad.
— …Y
la clave de las claves.
11) Recurrir a la ayuda de Dios.
El conjunto de
sugerencias ofrecidas hasta el momento estarían incompletas si no dejáramos
constancia de este «último» y fundamentalísimo precepto, que debe acompañar
a todos y cada uno de los precedentes. Educar procede
de e-ducere, ex-traer, hacer surgir. El agente principal e insustituible
es siempre el propio niño. De una manera todavía más
profunda, Dios, en el ámbito natural o por medio de
su gracia, interviene en lo más íntimo de la persona
de nuestros hijos, haciendo posible su perfeccionamiento. Ningún hijo
es «propiedad» de los padres; se pertenece a sí mismo
y, en última instancia, a Dios. Por tanto, y como
apuntaba, no tenemos ningún derecho a hacerlos a «nuestra imagen
y semejanza». Nuestra tarea consiste en «desaparecer» en beneficio del
ser querido, poniéndonos plenamente a su servicio para que puedan
alcanzar la plenitud que a cada uno le corresponde: ¡la
suya!, única e irrepetible. Por consiguiente, el padre o la
madre, los demás parientes, los maestros y profesores… pueden considerarse
colaboradores de Dios en el crecimiento humano y espiritual del
chico; pero es este el auténtico protagonista de tal mejora.
A los padres en concreto, en virtud del sacramento del
matrimonio, se les ofrece una gracia particular para asumir tan
importante tarea. Por todo ello es muy conveniente que, sobre
todo pero no sólo en momentos de especial dificultad, invoquen
la ayuda y el consejo de Dios… y que sepan
abandonarse en Él cuando parece que sus esfuerzos no dan
los resultados deseados o que el chico —en la adolescencia,
pongo por caso— enrumba caminos que nos hacen sufrir.
Además, no debe olvidarse del gran servicio gratuito del Ángel
Custodio, a quien el propio Dios ha querido encargar el
cuidado de nuestros hijos. Y recordar también que la Virgen
continúa desde el cielo desplegando su acción materna, de guía
y de intercesión. Enseñarles a tener todo esto en
cuenta puede constituir la herencia más valiosa que, en el
conjunto íntegro de la educación, leguen los padres a sus
hijos.
Preguntas o comentarios al
Autor Tomás Melendo Granados. Catedrático de Filosofía (Metafísica) Director
Académico de los Estudios Universitarios sobre la Familia Universidad de
Málaga |
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