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| Educar al Niño y al Adolescente |
Principios básicos En un artículo anterior expuse los principios que
a mi modo de ver deben orientar la labor formativa
de padres y profesores. Se trataba de preceptos fundamentales, que
conviene tener en cuenta siempre, a lo largo de toda
la labor educativa. Ahora me propongo añadir otras ideas
rectoras, menos universales, aplicables de forma exclusiva o predominante a
las primeras etapas del crecimiento de nuestros hijos. Tampoco en
este caso aspiro a ser exhaustivo. Pretendo tan solo «iluminar»
con algunos breves fogonazos —casi a modo de estrellas fugaces—
la actitud más conveniente con los chicos durante sus años
inaugurales, desde el nacimiento hasta la adolescencia. Comencemos, pues,
distinguiendo tres fases en el desarrollo infantil:
1. Hasta la escolarización
· En el seno materno
Como han demostrado las técnicas más
avanzadas, la educación del niño comienza incluso antes de su
nacimiento. Ya en el útero percibe y resulta influido por
los estados de ánimo de la madre: sobre todo por
el cariño con que lo acoge o, si fuera el
caso, por la ansiedad o incluso el rechazo que su
gestación provoca. En consecuencia, los meses que vive en el
seno materno son bastante decisivos para el despliegue de su
carácter y personalidad. Y, como insinuaba, lo que marca «la diferencia»
es la serenidad y el gozo de la madre, influidos
a su vez, y en ocasiones determinados, por la actitud
del padre hacia su futuro hijo y por la delicadeza
y el mimo con que trata a su esposa: los
detalles de cariño más allá de lo habitual; el esfuerzo
con que facilita su reposo, supliéndola si es preciso en
tareas que de ordinario realiza ella; la comprensión y el
apoyo incondicional ante las preocupaciones que, sobre todo las primeras
veces, provoca el embarazo; los ratos tranquilos de reposada conversación
e intercambio de opiniones; los «sueños» y «novelas» que forjan
sobre el hijo que va a venir…
· Llantos y rabietas
Hacia los nueve meses de haber sido procreado, una vez
que ve la luz del mundo, conviene prevenirse ante un
miedo excesivo a que el niño llore; no es necesario
cogerlo inmediatamente en brazos y acunarlo. El llanto es parte
de su lenguaje y hay que aprender a interpretarlo a
tenor de las circunstancias. Puede tratarse de malestar, hambre o
de incomodidad; pero también de impaciencia, de melancolía, de rabia
o de capricho.
En este caso, aun cuando resulte muy difícil
de aplicar, está vigente de un modo especialísimo la que
puede considerarse como primera y más fundamental norma de toda
educación: el bien del hijo es mucho más importante y
debe ser tenido más en cuenta que el nuestro: que
nuestra tranquilidad, que nuestra «buena conciencia», que la sensación de
«estarlo haciendo bien» y poniendo todos los medios a nuestro
alcance, que el hecho de evitarnos un mal rato… Aplicado al
caso concreto que acabo de mencionar, y con la prudencia
que la situación exige, el «saber aguantar» durante algunos días
el llanto del chiquillo, aunque sintamos que se nos parte
el corazón, puede constituir uno de los bienes de más
calibre que le otorgamos en esos primeros años:
a) porque el pequeño, al
advertir —¡y lo advierte, aunque nos resulte difícil de creer!—
que los padres no los toman en cuenta cuando no
tienen un motivo justificado, eliminará esos lloros… saliendo él mismo
a corto plazo beneficiado; y
b) porque los padres, liberados de las tensiones
que esa excesiva atención genera, mantendrán la imprescindible y reconfortante
calma y estarán más descansados y en mejores condiciones de
transmitir al recién nacido esa misma tranquilidad y de atenderlo
con paz y eficacia cuando verdaderamente lo requiera.
· Dejarle hacer… y crecer
A medida que se va abriendo al mundo,
el niño experimenta una apremiante necesidad de moverse, de probar,
de explorar, de comunicar. Esto reclama de los padres no
poca paciencia. Sin duda, para la madre, es más cómodo
y menos «arriesgado» darle de comer, lavarlo, vestirlo...; pero entonces,
en lugar de desarrollar el espíritu de iniciativa y la
autonomía del pequeño, disminuye su autoestima, favorece su pereza, e
incluso puede provocar la denominada oposición negativa: irritación, agresividad, o
bien inseguridad, abulia, rechazo a crecer...: el niño está recibiendo
el mensaje de que «no es capaz» de realizar unas
acciones que realmente sí puede —¡y debe!— llevar a cabo
por sí mismo.
En definitiva, los educadores han de saber
adaptarse un tanto para que florezcan en el niño el
gusto y la alegría de sentirse activo y útil. Lo
cual constituye otro de los principios más radicales de la
educación… también muy difícil de poner por obra, y que
cabría enunciar así: lo que la persona que intentamos formar
pueda hacer por sus propios medios, debemos permitir (o incluso
exigir) que lo realice… aun cuando eso lleve consigo una
cierta zozobra por nuestra parte, ante la inseguridad del resultado
o incluso el descalabro que pueda originar; una aparente pérdida
de tiempo, puesto que nosotros lo haríamos antes y mejor;
un mayor esfuerzo, ya que resulta mucho más penoso —¡pero
también más formativo!— enseñar a realizar algo («hacer hacer») que
efectuarlo uno mismo, etc.
Solo ofreciendo «oportunidades de desarrollo» ponemos a
nuestros hijos en condiciones de que efectivamente crezcan… y experimenten
el sano orgullo de que no «están de sobra», sino
que tienen una función en este mundo.
· Para superar el egoísmo
Es también tarea de los padres ayudar al
niño a ir saliendo de su natural egocentrismo. A veces
deberán soportar sus insistentes peticiones y retrasar el cumplimiento de
lo que desee. De lo contrario, si ceden de inmediato
a sus caprichos lo estarán preparando para una «insatisfacción crónica»
de por vida. Hoy en día no es infrecuente que los
padres, muy ocupados por otros menesteres, «sustituyan» la atención personal
a sus hijos por regalos y concesiones, anticipándose incluso a
que ellos los soliciten. De esta suerte, en lugar de
transmitirles la convicción de que son unos privilegiados y deben
estar agradecidos porque, además de la vida, han recibido y
reciben de continuo y gratuitamente muchos bienes de los que
otros tantos niños carecen, creamos en ellos el convencimiento de
que «tienen derecho a todo».
Y, así, no solo los
transformamos en unos déspotas o pequeños tiranos, sino que cuando,
con el correr del tiempo, les sean negados justamente privilegios
o beneficios que en realidad no merecen, se sentirán tremendamente
frustrados e incluso albergarán una especie de resentimiento universal ante
esa sociedad que les niega sus «derechos». ¡Y no digamos
nada si llegan a ser objeto de alguna auténtica injusticia…!
Otorgar
al niño cuando es pequeño todos sus antojos, no enseñarle
a privarse incluso de lo que a veces le es
necesario, equivale a destinarlo a un futuro de continuo desengaño,
de infelicidad e incluso de depresión inducida.
· Fomentar su justa independencia
En los primeros años, la relación madre-hijo es un
idilio de ternura, absolutamente imprescindible también para el bebé. Son
ya muchos los experimentos que prueban que los niños que
crecen al amparo de sus madres, incluso en situaciones límite
como podría ser una prisión, se desarrollan mejor desde el
punto de vista físico y psíquico que aquellos otros atendidos
por especialistas en las mejores condiciones materiales… pero privados del
calor y la ternura que solo una madre puede aportar. Sin
embargo, a medida que el niño crece también la relación
debe cambiar: con el paso del tiempo la madre ha
de modular su insaciable deseo de mimos, besos y caricias...
y nunca, si se diera el caso, intentar sustituir las
injustísimas desatenciones de un marido rutinario y apoltronado por las
del hijo: el amor a este solo puede ejercer plenamente
sus funciones beneficiosas cuando es el resultado y la prolongación
del que los padres se tienen entre sí.
Por otro lado,
si no sabe controlarse, la madre puede hacer que más
tarde sus hijos se sientan insuficientemente queridos, pues las carantoñas
que de críos les satisfacían ahora les resultan incluso molestas.
Y que desarrollen a su respecto una actitud ambigua, pero
siempre negativa:
a)
por un lado, no son capaces de separarse de ella
y valerse por sí mismos; y
b), por otro, al percibir que le
resultan indispensables, la tiranizan y la maltratan.
2. Los primeros años
de escuela
· «Ya voy a la guardería»
La entrada en el
colegio o la guardería puede representar un momento delicado en
la vida del niño y repercutir sobre el futuro rendimiento
escolar. No es raro que los padres vivan el comienzo
de las clases del chico con ilusionada satisfacción, como el
inicio de una gran carrera (y a veces como una
«liberación» de los cuidados del niño, que les roba parte
de su tiempo). Pero el chiquillo tal vez la vivencie
como la salida de su incontrastado reino infantil. La consecuencia
puede ser un rechazo claro e inconsciente, que en ocasiones
se manifiesta en aparente retraso o en concretas incapacidades escolares.
Los
padres han de saber conjugar con prudencia el incremento de
las atenciones al chico, que en ningún caso debe sentir
que ha sido abandonado, y la fortaleza para hacerle comprender
que inicia una nueva etapa y para que la viva
con todas sus consecuencias, evitando las concesiones indulgentes («hoy hace
frío, mejor que no vayas a la escuela», «la profesora
no te trata bien», «tus compañeros son malos»…), que nacen
de una malentendida compasión y ningún bien originan al chiquillo.
· Compartir sus experiencias
En cualquier caso, es oportuno hablar a
los niños del colegio o del jardín de infancia antes
de que comiencen a asistir a él, pero sin el
exceso de énfasis que lo convertiría en un suceso de
vital importancia… incrementando las repercusiones negativas que a veces (¡no
es necesario que ocurra!) ese cambio puede provocar. Más bien,
con picardía y mano izquierda, habría que lograr que los
críos lo deseen como una fuente de satisfacciones y de
intereses y nuevos logros: conocer a futuros amigos, aprender cosas
que hasta el momento no sabían, desarrollar habilidades antes inexistentes,
empezar a «ser mayores» porque ya son capaces de valerse
por sí…
Salta a la vista el error de utilizar
la escuela como advertencia correctiva, diciendo por ejemplo, «¡Me gustaría
verte cuando estés en el colegio, entonces sí que te
harán portarte como debes!». No solo se haría muy difícil
que los chicos sintieran atracción hacia aquello que aún desconocen,
sino que los padres que así razonan estarían minando de
raíz su propia autoridad y ascendencia.
·
No dejar de ser padres
Resulta muy conveniente conocer el colegio de nuestros hijos
junto a ellos y acompañarles en las emociones que experimentan.
Asimismo es importante, dentro de las posibilidades de cada familia,
escoger bien el centro educativo. Entre los criterios de elección,
hoy más que nunca resulta vital la existencia de un
clima lo más recto (y cristiano) posible, propicio para el
desarrollo humano y espiritual de los chicos: pero sin olvidar
jamás que ni siquiera el mejor de los colegios exime
a los padres de su compromiso y actuación educativa: conocer
bien a sus hijos, tratarlos, orientarlos o re-orientarlos... De hecho, uno
de los factores que mayor daño está causando en las
nuevas generaciones es la actitud combinada de:
a) unos padres que, con más
o menos conciencia y voluntariedad (y de ordinario por dejadez
presuntamente «justificada» por la falta de tiempo), reniegan de su
condición de educadores natos e insustituibles, siempre responsables del desarrollo
de sus hijos; y
b) ciertos gobiernos que se arrogan el derecho de
educar como algo propio —no delegado de los padres—, y
manipulan la educación con fines de partido… a veces en
oposición neta a los ideales y convicciones de las familias
que les han encomendado a sus hijos, incluso en temas
—como la educación religiosa o de la sexualidad— de exclusiva
competencia paterno-materna.
· Mostrarse disponibles
También en esta etapa, para conocer bien
al niño, además de observarlo, hay que conversar con él,
lo cual implica auténtica y no fingida disponibilidad… aunque esto
implique un recorte de nuestros caprichos, de nuestro merecido descanso,
o incluso de nuestro trabajo (no, sin embargo, salvo en
situaciones muy excepcionales, de la atención debida al otro cónyuge…
que acabaría por repercutir negativamente en el propio niño) .
No será tiempo perdido que la madre ¡y el padre!
dediquen de vez en cuando un rato por las noches
a hablar con el hijo una vez acostado. A menudo,
estos momentos favorecen la confidencia. Escuchad sus preguntas, acaso inesperadas,
sin nerviosismos o deseos de superar cuanto antes el mal
trago. Intentad responder con gracia y pertinencia, aprovechando la ocasión
para reforzar el nexo afectivo que lo anime más tarde,
cuando se presenten dificultades y problemas mayores, a dirigirse a
vosotros con confianza. O simplemente cantad juntos, contaos chistes y
divertíos, pues el clima de alegría y buen humor es
una de las claves más determinantes en la educación y
en la buena marcha de cualquier familia.
· La tele y otros «intrusos»
Una vez en este punto, no cabe
olvidar un personaje importante de la «familia», de enorme incidencia
educativa: la televisión y todos sus «derivados o sucesores», como
el ordenador, Internet, las videoconsolas…
Personajes que nos invaden, que
ejercen una fuerte sugestión y tienden a aislar al espectador,
provocando incluso enfermedades psíquicas ya bien comprobadas y, en cualquier
caso, alejándolo de la realidad concreta en que de hecho
se mueve.
Multitud de estudios ponen de manifiesto los daños
causados por el excesivo protagonismo de la televisión, en especial
entre los niños. Son corrientes las quejas de los padres
ante el influjo negativo que estos y otros medios, que
las modas y los usos sociales… ejercen sobre sus hijos.
Sin embargo, habría que tener en cuenta una «ley» casi
física: el ambiente exterior «entrará» en el hogar en la
proporción exacta en que nosotros lo dejemos vacío; por el
contrario, si sabemos llenar nuestra vida de familia, resulta prácticamente
imposible que en ella «se cuele» nada inconveniente, por la
sencilla razón de que no quedará espacio libre… De ahí que
los padres, sabiendo aprovechar también cuanto de positivo ofrece la
nueva tecnología, deban en primer término llenar el hogar no
sólo de cariño, sino de actividades mucho más provechosas, atrayentes
y educativas que las que nos ofrecen de ordinario esos
otros medios: excursiones en común, tertulias amenas y formativas, «clubes»
de papiroflexia, de juegos de manos, de lectura o teatro,
juegos entre los hermanos o con sus amigos… y un
largo etcétera, que depende de las habilidades y aficiones de
cada cual.
Claro que todo ello requiere esfuerzo y dedicación por
parte de los padres, mientras que instalar a los chicos
delante de la tele o la videoconsola los deja en
libertad para dedicarse a sus cosas… o para instalarse también
ellos delante de la caja boba o del ordenador. Por
eso, y porque la atracción de tales medios es muy
fuerte, los padres —además de dar ejemplo de sobriedad en
su uso— han de ejercitar una cierta disciplina y vigilancia,
evitando sobre todo que los breves momentos de vida familiar
de las comidas sean sacrificados al pequeño ídolo de la
televisión, eligiendo los programas más convenientes y estableciendo un horario
o alguna otra regla práctica para la utilización de la
tele y aparatos similares.
Por otro lado, a medida que
los hijos crezcan, les ayudará el cultivar su sentido crítico,
su sensibilidad ética y su buen gusto, hablando juntos de
los programas, juzgándolos y seleccionándolos mediante un intercambio de ideas
que, en lugar de sustituirlo, estimule el diálogo familiar.
3. La
adolescencia
· ¡Llegó el momento tan temido!
El día en
que el niño más afectuoso, bueno y simpático se torne
arisco, rebelde, insolente, contradictorio e insoportable, no hay ni que
asustarse ni que preguntarle por qué actúa de ese modo,
ni que llevarlo al médico. Simplemente hay que caer en
la cuenta de que ha entrado en la pubertad, edad
ciertamente crítica... «sobre todo para los padres». Digo esto con
cierta ironía, pero con total convencimiento. El hecho de que
en mi hogar haya habido hasta siete adolescente —¡seis de
ellos simultáneos!—, junto con la observación de lo que ocurre
en familias amigas, me ha conducido a advertir con claridad
que, por decirlo de manera un tanto paradójica, la adolescencia
está «pensada» sobre todo para que los padres maduremos, crezcamos
como personas y, en definitiva, avancemos en el camino de
la santidad, más fiados en Dios que en nuestras propias
fuerzas.
Sobre todo cuando, en buena parte como fruto de nuestro
empeño, los hijos han llevado una vida que nuestros amigos
califican como «ejemplar», el ver que al llegar a cierto
tramo del camino parece que «se nos van de las
manos» y empiezan a adoptar actitudes que no son de
nuestro gusto, constituye un medio eficacísimo para «devolvernos a nuestro
sitio»: sobre todo, para descubrir de veras —y no solo
en teoría— que es Dios el auténtico forjador de su
carácter y para abandonarnos en Sus manos, sabiendo que Él
los quiere mucho más y mejor que cualquiera de nosotros.
Aclarado
lo cual, hay que reconocer que la adolescencia acarrea también
problemas al chico y a la chica. Pero tal vez
convenga tener en cuenta que, para ellos, está llena de
fascinación, además que de malestar y molestias; de expectativas, además
que de inseguridades; de sueños, además que de temores… En
cualquier caso, cuidémonos mucho de olvidar que todos los chicos
y las chicas tienen derecho a llegar a ese periodo
y «navegar y naufragar» durante un tiempo en él… como
asimismo hemos llegado —y hemos salido— cada uno de nosotros.
·
Un periodo de crecimiento
La transformación de esos años es a la vez fisiológica
y espiritual. En esa edad se cae en la cuenta
de ser «persona», dotada de vida interior; se descubre y
se escruta la propia intimidad con la fascinación y el
temor con que se explora un territorio nuevo, que además
nos pertenece por completo. De aquí la extrema atención del
adolescente hacia su «yo» que puede parecer egoísmo y narcisismo.
Todo
lo cual, con independencia de los inconvenientes que de ordinario
lleva aparejados, es fundamentalmente positivo. Como veremos de inmediato, el
chico o la chica están alcanzando por ver primera, en
el ámbito psicológico y ético, la estricta condición de persona…
aun cuando de un modo todavía muy imperfecto y repleto
de zozobras y ambigüedades. Vale la pena no perder de vista
esta perspectiva, lo mismo que el carácter normalmente pasajero de
esta etapa, si queremos eliminar dramatizaciones que solo conseguirán hacer
más oscura y dolorosa la senda que nuestros hijos están
transitando.
· Dejando de ser niños… para
comenzar a ser «otra cosa»
Por lo común, la adolescencia comienza a los once
o doce años para las chicas, y uno o dos
años más tarde para los chicos, y dura de dos
a cuatro años. Aunque en la actualidad, y sobre todo
en algunos lugares, tiende a adelantar su comienzo… y a
retrasar su término, hasta el punto de que se han
vuelto comunes expresiones como «eternos adolescentes», padres y madres… o
incluso abuelos que no han abandonado esa condición.
De ordinario, según
apunté, se trata de una crisis de crecimiento y emancipación:
todo en el adolescente le impulsa a no seguir siendo
ese niño que hasta ahora los suyos conocían, pero tampoco
desea ser un adulto según los modelos que tiene frente
a él: rechaza ser como se querría que llegara a
ser, y teme transformarse en un ideal que de hecho
anhela al tiempo que desconoce. Por eso intenta, antes que
nada, «no ser».
De
ahí el espíritu de contradicción, que es en el fondo
la única posible forma provisional de ser algo completamente nuevo…
que no sabe bien qué es. Por eso el adolescente
puede rechazar de los adultos hasta las más mínimas observaciones,
consejos, peticiones de información sobre sus actividades, juicios sobre su
comportamiento: en todo siente la amenaza de ser definido y
él querría ser indefinible.
· … y
acabar siendo ellos mismos
Existe, sin embargo, otra razón de fondo y tremendamente positiva
para ese repudio universal. Hasta el momento, con los matices
pertinentes, el chico o la chica se han guiado por
lo criterios paterno-maternos o, en todo caso, exteriores a ellos.
Mas
obsérvese bien: el único modo de que tales normas lleguen
a ser propias —cosa del todo necesaria para una existencia
adulta y responsable— es recusar por completo todo aquello que
se considera ajeno e impuesto, para construir y apropiarse su
personal escala de valores.
Por lo común, si desde el
nacimiento hasta el momento de la crisis la educación del
chico ha sido la adecuada, si ha habido diálogo e
interés real por parte de los padres, si se ha
huido de la imposición arbitraria y razonado los motivos de
cada comportamiento… el joven acabará adoptando como propias —en el
más hondo sentido de la expresión— unas directrices similares a
las de su familia, aunque mucho más maduras. De lo contrario,
resulta difícil prever en qué puede desembocar todo el proceso.
De ahí que convenga prestar atención a dos verdades muy
serias, pero que expresaré con un toque de humor:
a) ningún hijo «nace» adolescente;
tenemos al menos diez años antes de la etapa temida
para ganarnos su amistad y poner las bases de una
personalidad sana y coherente;
b) en los tiempos que corren, ningún padre debería preocuparse
gravemente por un hijo hasta que, pasada la barrera de
los cuarenta, aún no hubiera sentado cabeza.
· ¿Contradictorios e incomprensibles?
Dando un buen salto atrás, la edad fronteriza de
la adolescencia suele ir acompañada de un humor inestable y
de irritabilidad: casi ningún adolescente se encuentra a gusto, antes
que nada, con la persona que le resulta más cercana
e inevitable: él mismo.
Por otro lado, las manifestaciones externas
de cariño por parte de los mayores parecen molestar al
adolescente, que se siente tratado como un crío, pero al
mismo tiempo es muy susceptible respecto a cualquier falta de
atención o muestra de indiferencia: casi sin advertirlo, proyecta sobre
la actitud de los adultos el concepto empobrecido y ambiguo
que tiene de sí mismo. En su pretensión de ser
esa persona mayor que aún ignora, se defiende de la
propia sensibilidad y de la necesidad de ternura ostentando dureza
y cinismo.
Ya no es la edad de las grandes
amistades, sino del grupo: parece que solo en él, entre
sus semejantes, interpretando todos el mismo papel con tácita complicidad,
se siente seguro.
· Lo que podemos
hacer
a) Crecer nosotros
mismos. Una vez que se toma conciencia de todo
esto, ¿cómo comportarse con un adolescente para poder vivir juntos
y ayudarle?
Ante todo con mucha más madurez que él. Como
aplicación muy concreta de lo que antes sostenía —que la
adolescencia está pensada más que nada para los padres—, cuando
el muchacho o la muchacha cambia nosotros no podemos quedarnos
atrás: debemos cambiar con ellos, pegar un auténtico estirón, dar
un salto de calidad. Si el adolescente ya no quiere
salir con nosotros, si comienza a mostrarse cerrado y molesto,
es menester que nuestra presencia se haga más discreta y,
sobre todo, evitar cualquier reproche por no ser ya cariñoso
o simpático… «¡cómo cuando eras más pequeño!». Habrá que estar
atentos y tener detalles con él, pero sin hacerlos pesar
ni darle nunca la impresión de que se le vigila
o se está mendigando su cariño. Es normal que no
venga a mostrarnos su intimidad. De nada sirve decirle que
se abra, que la madre o el padre son sus
mejores amigos. Habrá que buscar las ocasiones de diálogo y
de confidencia —habitualmente muy breves, circunstanciales y esporádicas— pero sin
jamás forzarlas.
b) Y ayudarles a crecer.
El justo deseo de autonomía que se desarrolla en el
adolescente debe ser bien apreciado y favorecido, sin demasiado miedo,
aunque también sin confundir autonomía con ausencia de lazos. Para
él es importante sentir que goza de nuestra confianza, que
se le estima. Los padres, por otro lado, no han
de presuponer en su comportamiento una intención malévola que en
realidad no existe, siendo más bien fruto del mismo desconcierto
del chico.
De ordinario, no es oportuno suprimir las causas
de su inseguridad o de sus preocupaciones, resolviéndole nosotros sus
problemas. A menudo una ayuda no necesaria significa de hecho
una limitación y una humillación para quien la recibe. El
resultado sería un aumento de su ambivalente y nunca voluntariamente
manifestada sensación de insuficiencia, que le impediría aprender por medio
de su experiencia personal. Por eso, cuando se estime oportuno
proporcionarle un apoyo extra, es bueno que él busque junto
con vosotros la solución y se sienta responsable de lo
decidido. Actuando de esta forma, la adolescencia, en la que
no cabe evitar sobresaltos y turbulencias, podría muy bien transcurrir
sin esos «visos dramáticos» que a menudo la acompañan… y
culminar con una maduración nada traumática y bastante definitiva del
chico o de la chica. Preguntas o comentarios al Autor
Tomás Melendo Granados. Catedrático de Filosofía (Metafísica) Director Académico de los
Estudios Universitarios sobre la Familia Universidad de Málaga |
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