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Autor: Pablo Pascual Sorribas, Maestro, licenciado en Historia y logopeda | Fuente: solohijos Como Lograr una Autoridad Positiva
Tener autoridad, que no autoritarismo, es básico para la educación. Debemos marcar límites y objetivos claros que le permitan diferenciar qué está bien y qué está mal, pero uno de los errores más frecuentes de los educadores es excederse en la tolerancia
Como Lograr una Autoridad Positiva
En una de las primeras charlas que dí a un
grupo de padres de un parvulario, una madre levantó la
mano y me preguntó:
- ¿Qué hago si mi hijo
está encima de la mesa y no quiere bajar? - Dígale
que baje, - le dije yo. - Ya se lo digo,
pero no me hace caso y no baja- respondió la
madre con voz de derrotada. - ¿Cuántos años tiene el niño?-
le pregunté. - Tres años - afirmó ella.
Situaciones semejantes a ésta
se presentan frecuentemente cuando tengo ocasión de comunicar con un
grupo de padres. Generalmente suele ser la madre quien pone
la cuestión sobre la mesa aunque estén los dos. El
padre simplemente asiente, bien con un silencio cómplice, bien afirmando
con la cabeza, porque el problema es de los dos,
evidentemente.
¿Qué ha pasado para que en tan pocos meses una
pareja de personas adultas, triunfadoras en el campo profesional y
social, hayan dilapidado el capital de autoridad que tenían cuando
nació el niño?
Actuaciones paternas y maternas, a veces llenas de
buena voluntad, minan la propia autoridad y hacen que los
niños primero y los adolescentes después no tengan un desarrollo
equilibrado y feliz con la consiguiente angustia para los padres.
El padre o la madre que primero reconoce no saber
qué hacer ante las conductas disruptivas de su pequeño y
que, después, siente que ha perdido a su hijo adolescente,
no puede disfrutar de una buena calidad de vida, por
muy bien que le vaya económica, laboral y socialmente, porque
ha fracasado en el "negocio" más importante: la educación de
sus hijos.
¿Cuáles son los errores más frecuentes que padres,
madres y educadores cometemos cuando interaccionamos con los niños o
adolescentes?
Antes de que siga leyendo, quiero advertirle que, posiblemente, usted,
como todos -yo también- en alguna ocasión ha cometido cada
uno de los errores que se apuntan a continuación. No
se preocupe por ello. No es un desastre. Es lo
normal en cualquier persona que intenta educar TODOS LOS DIAS.
Tiene su parte positiva. Quiere decir que intenta educar, lo
cual ya es mucho.
En educación lo que deja huella
en el niño no es lo que se hace alguna
vez, sino lo que se hace continuamente. Lo importante es
que, tras un periodo de reflexión, los padres y educadores
consideren, en cada caso, las actuaciones que pueden ser más
negativas para la educación, y traten de ponerles remedio.
Estos son
los principales errores que, con más frecuencia, debilitan y disminuyen
la autoridad de todo formador:
La permisividad. Es imposible educar sin
intervenir. El niño, cuando nace, no tiene conciencia de lo
que es bueno ni de lo que es malo. No
sabe si se puede rayar en las paredes o no.
Los adultos somos los que hemos de decirle lo que
está bien o lo que está mal. El dejar que
se ponga de pie encima del sofá porque es pequeño,
por miedo a frustrarlo o por comodidad es el principio
de una mala educación. Un hijo que hace "fechorías" y
su padre no le corrige, piensa que es porque su
padre ni lo estima ni lo valora. Los niños necesitan
referentes y límites para crecer seguros y felices.
Ceder después de
decir no. Una vez que usted se ha decidido a
actuar, la primera regla de oro a respetar es la
del no. El no es innegociable. Nunca se puede negociar
el no, y perdone que insista, pero es el error
más frecuente y que más daño hace a los niños.
Cuando usted vaya a decir no un niño, piénselo bien,
porque no hay marcha atrás. Si usted le ha dicho
a su hijo que hoy no verá la televisión, porque
ayer estuvo más tiempo del que debía y no hizo
los deberes, su hijo no puede ver la televisión aunque
le pida de rodillas y por favor, con cara suplicante,
llena de pena, otra oportunidad. Hay niños tan entrenados en
esta parodia que podrían enseñar mucho a las estrellas del
cine y del teatro.
En cambio, el sí, sí se
puede negociar. Si usted piensa que el niño puede ver
la televisión esa tarde, negocie con él qué programa y
cuanto rato.
El autoritarismo. Es el otro extremo del mismo palo
que la permisividad. Es intentar que el niño/a haga todo
lo que el padre quiere anulándole su personalidad. El autoritarismo
sólo persigue la obediencia por la obediencia. Su objetivo no
es una persona equilibrada y con capacidad de autodominio, sino
hacer una persona sumisa, esclavo sin iniciativa, que haga todo
lo que dice el adulto. Es tan negativo para la
educación como la permisividad.
Falta de coherencia. Ya hemos dicho que
los niños han de tener referentes y límites estables. Las
reacciones del padre/madre han de ser siempre dentro de una
misma línea ante los mismos hechos. Nuestro estado de ánimo
ha de influir lo menos posible en la importancia que
se da a los hechos. Si hoy está mal rayar
en la pared, mañana, también.
Igualmente es fundamental la coherencia
entre el padre y la madre. Si el padre le
dice a su hijo que se ha de comer con
los cubiertos, la madre le ha de apoyar, y viceversa.
No debe caer en la trampa de: "Déjalo que coma
como quiera, lo importante es que coma".
Gritar. Perder los estribos.
A veces es difícil no perderlos. De hecho todo educador
sincero reconoce haberlos perdido alguna vez en mayor o menor
medida. Perder los estribos supone un abuso de la fuerza
que conlleva una humillación y un deterioro de la autoestima
para el niño. Además, a todo se acostumbra uno. El
niño también a los gritos a los que cada vez
hace menos caso: Perro ladrador, poco mordedor.
Al final, para
que el niño hiciera caso, habría que gritar tanto que
ninguna garganta humana está concebida para alcanzar la potencia de
grito necesaria para que el niño reaccionase. Gritar conlleva un gran
peligro inherente. Cuando los gritos no dan resultado, la ira
del adulto puede pasar fácilmente al insulto, la humillación e
incluso los malos tratos psíquicos y físicos, lo cual es
muy grave. Nunca debemos llegar a este extremo. Si los
padres se sienten desbordados, deben pedir ayuda: tutores, psicólogos, escuelas
de padres...
No cumplir las promesas ni las amenazas. El
niño aprende muy pronto que cuanto más promete o amenaza
un padre/madre o de un profesor menos cumple lo
que dicen. Cada promesa o amenaza no cumplida es un
girón de autoridad que se queda por el camino. Las
promesas y amenazas deber ser realistas, es decir fáciles de
aplicar. Un día sin tele o sin salir, es posible.
Un mes es imposible.
No negociar. No negociar nunca implica rigidez
e inflexibilidad. Supone autoritarismo y abuso de poder, y por
lo tanto incomunicación. Un camino ideal para que en la
adolescencia se rompan las relaciones entre los padres y los
hijos.
No escuchar. Dodson dice en su libro El arte
de ser padres, que una buena madre -hoy también podemos
decir un educador- es la que escucha al niño
aunque esté hablando por teléfono. Muchos padres se quejan de
que sus hijos no los escuchan. Y el problema es
que ellos no han escuchado nunca a sus hijos. Los
han juzgado, evaluado y les han dicho lo que habían
de hacer, pero escuchar... nunca.
Exigir éxitos inmediatos. Con frecuencia, los
padres y educadores tienen poca paciencia con sus niños. Querrían
que fueran los mejores... ¡ya!. Con los hijos olvidan que
nadie ha nacido enseñado. Y todo requiere un periodo de
aprendizaje con sus correspondiente errores. Esto que admiten en los
demás no pueden soportarlo cuando se trata de sus hijos,
en los que sólo ven las cosas negativas y que,
lógicamente, "para que el niño aprenda" se las repiten una
y otra vez.
Sin embargo, una vez que sabemos lo que
hemos de evitar, algunos consejos y "trucos" sencillos pueden aligerar
este problema, ofrecer un desarrollo equilibrado a los hijos y
proporcionar paz a las personas y al hogar. Estos consejos
sólo requieren, por un lado, el convencimiento -muy importante- de
que son efectivos y, por otro, llevarlas a la práctica
de manera constante y coherente.
Algunas de estas técnicas ya han
sido comentadas al hablar de los errores, y ya no
insistiré en ellas. Me limitaré a enunciar brevemente, actuaciones concretas
y positivas que ayudan a tener prestigio y autoridad positiva:
Tener
unos objetivos claros de lo que pretendemos cuando educamos. Es
la primera condición sin la cual podemos dar muchos palos
de ciego. Estos objetivos han de ser pocos, formulados y
compartidos por la pareja, de tal manera que los dos
se sientan comprometidos con el fin que persiguen. Requieren tiempo
de comentario, incluso, a veces, papel y lápiz para precisarlos
y no olvidarlos. Además deben revisarse si sospechamos que los
hemos olvidado o ya se han quedado desfasados por la
edad del niño o las circunstancias familiares.
Enseñar con claridad cosas
concretas. Al niño no le vale decir "sé bueno", "pórtate
bien" o "come bien". Estas instrucciones generales no le dicen
nada. Lo que sí le vale es darle con cariño
instrucciones concretas de cómo se coge el tenedor y el
cuchillo, por ejemplo.
Dar tiempo de aprendizaje. Una vez hemos dado
las instrucciones concretas y claras, las primeras veces que las
pone en práctica, necesita atención y apoyo mediante ayudas verbales
y físicas, si es necesario. Son cosas nuevas para él
y requiere un tiempo y una práctica guiada.
Valorar siempre
sus intentos y sus esfuerzos por mejorar, resaltando lo que
hace bien y pasando por alto lo que hace mal.
Pensemos que lo que le sale mal no es por
fastidiarnos, sino porque está en proceso de aprendizaje. Al niño,
como al adulto, le encanta tener éxito y que se
lo reconozcan.
Dar ejemplo para tener fuerza moral y prestigio. Sin
coherencia entre las palabras y los hechos, jamás conseguiremos nada
de los hijos. Antes, al contrario, les confundiremos y les
defraudaremos. Un padre no puede pedir a su hijo que
haga la cama si él no la hace nunca.
Confiar en
nuestro hijo. La confianza es una de las palabras clave.
La autoridad positiva supone que el niño tenga confianza en
los padres. Es muy difícil que esto ocurra si el
padre no da ejemplo de confianza en el hijo.
Actuar
y huir de los discursos. Una vez que el niño
tiene claro cual ha de ser su actuación, es contraproducente
invertir el tiempo en discursos para convencerlo. Los sermones tienen
un valor de efectividad igual a 0. Una vez que
el niño ya sabe qué ha de hacer, y no
lo hace, actúe consecuentemente y aumentará su autoridad.
Reconocer los errores
propios. Nadie es perfecto, los educadores tampoco lo son. El
reconocimiento de un error por parte de los padres da
seguridad y tranquilidad al niño/a y le anima a tomar
decisiones aunque se pueda equivocar, porque los errores no son
fracasos, sino equivocaciones que nos dicen lo que debemos evitar.
Los errores enseñan cuando hay espíritu de superación en la
familia.
Todas estas recomendaciones pueden ser muy válidas para tener
autoridad positiva o totalmente ineficaces e incluso negativas. Todo depende
de dos factores, que si son importantes en cualquier actuación
humana, en la relación con los hijos son absolutamente imprescindibles:
amor y sentido común.
Educar es estimar, decía Alexander Galí.
El amor hace que las técnicas no conviertan la relación
en algo frío, rígido e inflexible y, por lo tanto,
superficial y sin valor a largo plazo. El amor supone
tomar decisiones que a veces son dolorosas, a corto plazo,
para los padres y para los hijos, pero que después
son valoradas de tal manera que dejan un buen sabor
de boca y un bienestar interior en los hijos y
en los padres.
El sentido común es lo que hace
que se aplique la técnica adecuada en el momento preciso
y con la intensidad apropiada, en función del niño, del
adulto y de la situación en concreto. El sentido común
nos dice que no debemos matar moscas a cañonazos ni
leones con tirachinas. Un adulto debe tener sentido común para
saber si tiene delante una mosca o un león. Si
en algún momento tiene dudas, debe buscar ayuda para tener
las ideas claras antes de actuar.
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