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| Una solución para la indisciplina en las aulas |
Ha salido publicado en el periódico que se
ha celebrado, o acaba hoy, un encuentro, congreso, o como
lo hayan llamado, con especialistas (hoy todo son especialistas), para
averiguar las causas y encontrar soluciones a la indisciplina en
las aulas. Como profesor, es un tema
que me afecta, aunque no esté de acuerdo con el
enunciado del mismo, por lo que me creo con un
cierto derecho a opinar como “damnificado” que soy, si bien
utilizo este pretendido derecho para expresar un sentimiento y certeza
compartidos con tanta otra gente y de los que ¿disfruto?,
no por ser afectado, sino por el simple hecho de
tener ojos, oídos y memoria (aclaro que ya he cumplido
el medio siglo)
La primera sensación al leer
noticias de este tipo, avivada por el hecho de que
los “expertos” necesiten de sesudas deliberaciones y congresos para “ver”,
“oír” y “recordar” es eso: que es algo pasmoso que
lo que algunos (¿cientos?, ¿miles?, ¿millones?) vemos y oímos con
claridad meridiana y nuestra memoria nos ayuda a confirmar es
sencillamente los lodos que trajeron aquellos polvos, y todos sabemos,
pues los hemos vivido, de qué lodos y de qué
polvos estamos hablando.
Es totalmente asombroso el que
todavía haya tanta gente (¿mayoría?) que se sorprenda (o se
haga la sorprendida) de que esto sea así. ¿ De
qué otra manera, si no, iba a ser? ¿Cómo podría
haber evolucionado la sociedad de otra manera con las piedras
con las que ha ido construyéndose nuestro ¿moderno? edificio?
Desde hace ya más de una década, de manera
evidente, y bastante más, de manera soterrada, y no sólo
en España, se han ido sustituyendo paulatinamente, sin prisa, pero
sin pausa (aunque últimamente han aparecido, como de improviso, unas
prisas patológicas, si las normales no lo fueran...), las bases
en las que debe asentarse cualquier sociedad que se precie
(civilizada o no), esto es: la sabiduría de nuestros mayores
, el amor al bien (común y no común), la
presuposición, ancestralmente aceptada, de que todo aquello que ha perdurado
es precioso conservarlo y perfeccionarlo; que el vivir en sociedad
precisa de unas normas, universalmente compartidas y aceptadas e históricamente
acrisoladas, es decir, libradas de impurezas para mostrar, si lo
hubiere, el oro que llevan dentro , proceso éste que
la Historia y el tiempo cumplen a la perfección, y,
por último, y de donde sale todo lo anterior, 3
palabras que van a hacer que muchos ya no sigan
leyendo y que me aventuraría a afirmar que son precisamente
aquellos que han colaborado en el desprecio o desdén de
lo anteriormente enunciado o bien han sido ya criados en
la cultura que dio lugar a ello y en cuyos
lodos, o mejor dicho ciénaga, nos estamos moviendo. Estas 3
palabras son: Temor de Dios (doy las gracias a una
señora de la piscina, buena amiga y corriente ama de
casa, que resumió tan bien el problema en medio de
la conversación).
¡Ya está! ¡Con la Iglesia hemos
topado!...me dijo el otro día una persona porque osé introducir
en mi razonamiento una alusión religiosa. Pues sí, con la
Iglesia hemos topado; pero no con los curas, los obispos,
los cardenales; ni siquiera con el Papa; ni siquiera con
este Magno hito de la historia de la Humanidad que
fue, Juan Pablo II. No, no estoy hablando de
eso. Estoy hablando de los ingentes rebaños (pero no de
borregos) de fieles, de católicos, de cristianos, de creyentes, en
suma, que, al igual que Abraham primero y la madre
de aquel de quien Juan Pablo II hizo de vicario
de 1978 a 2005, después, dijeron sí, se fiaron de
Su Dios, del Dios de los Hombres, del Dios de
la Tierra, del Dios del Universo, del Dios del Cielo,
y echaron a andar con la confianza puesta en Él.
Confianza, por cierto, que nunca fue defraudada a los que
en Él la han depositado, desde entonces hasta nuestros días.
Este pueblo de Dios, que surgió de Abraham
y que encontró su norte y razón definitivos en Jesús,
es el que, a través de los siglos por los
que ha transitado, ha ido llenando, apoyado en Su Dios,
el tejido y el cuerpo de las sociedades en las
que ha estado inmerso en cada momento de la Historia,
formando un entramado de relaciones justas, buenas, verdaderas, trascendentes, universales
y comunes a la naturaleza del Hombre, de todos los
hombres que en el mundo han vivido.
Hay
muchos hombres, sabios unos, según qué moda otros, creyentes unos,
ateos otros, pero que han pretendido cierto rigor en sus
análisis, o cuando menos opiniones, que han afirmado y siguen
afirmando (aunque no tanto en los últimos tiempos, pues ya
no está de moda, o mejor, al estar de moda
lo contrario) que La Biblia, le reconozcan o no el
valor de “Palabra de Dios”, es “El Libro” o “el
libro de libros”. Pues bien, si la intoxicación antirreligiosa actual
no se lo impide a quienes les suenen estas afirmaciones,
y reconocen por lo menos la cualidad de “expertos” a
los tantos que las han puesto en su boca; o
incluso si ellos mismos reconocen que no es un libro
que destaque por sus tonterías o estupideces (no quisiera ponerme
muy irónico), a estas personas y a todas las que
estén sorprendidas (?) por la “ola-de-indisciplina-que-nos-invade”, y que lo desconozcan,
les animo a buscar en la Biblia la siguiente afirmación
(para los creyentes, de Dios, para los que no, de
un sabio): “El principio de la Sabiduría es el temor
de Dios” (la tarea es fácil, abunda esta cita en
múltiples partes de la Biblia)
Creo que esta
carta podría terminar ya aquí, pues si la leyera el
comité, congreso, etc. de expertos que están preparando sus conclusiones
sobre la disciplina escolar, sabrían ya, dada su condición, deducir
todas las consecuencias y teoremas secundarios que fácilmente se derivan
de tan sencilla frase, de tan claro enunciado. En caso
de que les asalte la perplejidad, les doy una fácil
pista: la Sabiduría es la meta a la que, los
profesores, aspiramos que lleguen nuestros alumnos, o por lo menos
así ha sido siempre. Si ahora la meta es que
ganen unas oposiciones y sean funcionarios de por vida, para
los más aplicados, y que no se suban a las
paredes, para los más díscolos, habría que explicarlo un poco
más. Y lo que vale para nosotros profesores, vale por
supuesto para padres, y demás instituciones sociales.
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