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Autor: Andrés Gran | Fuente: Catholic.net
Una solución para la indisciplina en las aulas
Andrés Gran, consultor y experto en educación nos ofrece algunas reflexión para averiguar las causas y encontrar soluciones a la indisciplina en las aulas…
 
Una solución para la indisciplina en las aulas
Una solución para la indisciplina en las aulas
Ha salido publicado en el periódico que se ha celebrado, o acaba hoy, un encuentro, congreso, o como lo hayan llamado, con especialistas (hoy todo son especialistas), para averiguar las causas y encontrar soluciones a la indisciplina en las aulas.

Como profesor, es un tema que me afecta, aunque no esté de acuerdo con el enunciado del mismo, por lo que me creo con un cierto derecho a opinar como “damnificado” que soy, si bien utilizo este pretendido derecho para expresar un sentimiento y certeza compartidos con tanta otra gente y de los que ¿disfruto?, no por ser afectado, sino por el simple hecho de tener ojos, oídos y memoria (aclaro que ya he cumplido el medio siglo)

La primera sensación al leer noticias de este tipo, avivada por el hecho de que los “expertos” necesiten de sesudas deliberaciones y congresos para “ver”, “oír” y “recordar” es eso: que es algo pasmoso que lo que algunos (¿cientos?, ¿miles?, ¿millones?) vemos y oímos con claridad meridiana y nuestra memoria nos ayuda a confirmar es sencillamente los lodos que trajeron aquellos polvos, y todos sabemos, pues los hemos vivido, de qué lodos y de qué polvos estamos hablando.

Es totalmente asombroso el que todavía haya tanta gente (¿mayoría?) que se sorprenda (o se haga la sorprendida) de que esto sea así. ¿ De qué otra manera, si no, iba a ser? ¿Cómo podría haber evolucionado la sociedad de otra manera con las piedras con las que ha ido construyéndose nuestro ¿moderno? edificio?

Desde hace ya más de una década, de manera evidente, y bastante más, de manera soterrada, y no sólo en España, se han ido sustituyendo paulatinamente, sin prisa, pero sin pausa (aunque últimamente han aparecido, como de improviso, unas prisas patológicas, si las normales no lo fueran...), las bases en las que debe asentarse cualquier sociedad que se precie (civilizada o no), esto es: la sabiduría de nuestros mayores , el amor al bien (común y no común), la presuposición, ancestralmente aceptada, de que todo aquello que ha perdurado es precioso conservarlo y perfeccionarlo; que el vivir en sociedad precisa de unas normas, universalmente compartidas y aceptadas e históricamente acrisoladas, es decir, libradas de impurezas para mostrar, si lo hubiere, el oro que llevan dentro , proceso éste que la Historia y el tiempo cumplen a la perfección, y, por último, y de donde sale todo lo anterior, 3 palabras que van a hacer que muchos ya no sigan leyendo y que me aventuraría a afirmar que son precisamente aquellos que han colaborado en el desprecio o desdén de lo anteriormente enunciado o bien han sido ya criados en la cultura que dio lugar a ello y en cuyos lodos, o mejor dicho ciénaga, nos estamos moviendo. Estas 3 palabras son: Temor de Dios (doy las gracias a una señora de la piscina, buena amiga y corriente ama de casa, que resumió tan bien el problema en medio de la conversación).

¡Ya está! ¡Con la Iglesia hemos topado!...me dijo el otro día una persona porque osé introducir en mi razonamiento una alusión religiosa. Pues sí, con la Iglesia hemos topado; pero no con los curas, los obispos, los cardenales; ni siquiera con el Papa; ni siquiera con este Magno hito de la historia de la Humanidad que fue, Juan Pablo II. No, no estoy hablando de eso. Estoy hablando de los ingentes rebaños (pero no de borregos) de fieles, de católicos, de cristianos, de creyentes, en suma, que, al igual que Abraham primero y la madre de aquel de quien Juan Pablo II hizo de vicario de 1978 a 2005, después, dijeron sí, se fiaron de Su Dios, del Dios de los Hombres, del Dios de la Tierra, del Dios del Universo, del Dios del Cielo, y echaron a andar con la confianza puesta en Él. Confianza, por cierto, que nunca fue defraudada a los que en Él la han depositado, desde entonces hasta nuestros días.

Este pueblo de Dios, que surgió de Abraham y que encontró su norte y razón definitivos en Jesús, es el que, a través de los siglos por los que ha transitado, ha ido llenando, apoyado en Su Dios, el tejido y el cuerpo de las sociedades en las que ha estado inmerso en cada momento de la Historia, formando un entramado de relaciones justas, buenas, verdaderas, trascendentes, universales y comunes a la naturaleza del Hombre, de todos los hombres que en el mundo han vivido.

Hay muchos hombres, sabios unos, según qué moda otros, creyentes unos, ateos otros, pero que han pretendido cierto rigor en sus análisis, o cuando menos opiniones, que han afirmado y siguen afirmando (aunque no tanto en los últimos tiempos, pues ya no está de moda, o mejor, al estar de moda lo contrario) que La Biblia, le reconozcan o no el valor de “Palabra de Dios”, es “El Libro” o “el libro de libros”. Pues bien, si la intoxicación antirreligiosa actual no se lo impide a quienes les suenen estas afirmaciones, y reconocen por lo menos la cualidad de “expertos” a los tantos que las han puesto en su boca; o incluso si ellos mismos reconocen que no es un libro que destaque por sus tonterías o estupideces (no quisiera ponerme muy irónico), a estas personas y a todas las que estén sorprendidas (?) por la “ola-de-indisciplina-que-nos-invade”, y que lo desconozcan, les animo a buscar en la Biblia la siguiente afirmación (para los creyentes, de Dios, para los que no, de un sabio): “El principio de la Sabiduría es el temor de Dios” (la tarea es fácil, abunda esta cita en múltiples partes de la Biblia)

Creo que esta carta podría terminar ya aquí, pues si la leyera el comité, congreso, etc. de expertos que están preparando sus conclusiones sobre la disciplina escolar, sabrían ya, dada su condición, deducir todas las consecuencias y teoremas secundarios que fácilmente se derivan de tan sencilla frase, de tan claro enunciado. En caso de que les asalte la perplejidad, les doy una fácil pista: la Sabiduría es la meta a la que, los profesores, aspiramos que lleguen nuestros alumnos, o por lo menos así ha sido siempre. Si ahora la meta es que ganen unas oposiciones y sean funcionarios de por vida, para los más aplicados, y que no se suban a las paredes, para los más díscolos, habría que explicarlo un poco más. Y lo que vale para nosotros profesores, vale por supuesto para padres, y demás instituciones sociales.



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