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Autor: Mayra Novelo Las consecuencias de ser “papá - amigo”, y la necesidad de autoridad en familia.
¿De dónde nació esta generación de papás tan distintos?...
Las consecuencias de ser “papá - amigo”, y la necesidad de autoridad en familia.
Algo pasó con nuestra generación, la de los cuarenta. Parece
que no nos gustó cómo nos educaron o, lo que
puede ser peor, no supimos agradecer todo lo bueno que
ésta tuvo. ¿Por qué? Se preguntarán ustedes. Lo que pasa
es que los adultos renegamos de la educación que nos
dieron y decidimos cambiarla por completo.
Es como si hubiéramos
dicho algo así: ´lo pasé tan re mal con mis
padres estrictos; me faltaron tantas cosas cuando niño; tuve un
padre tan complicado y distante, que yo no quiero que
mis hijos pasen por lo mismo. Por eso yo, como
papá y mamá, les voy a dar todo lo que
pueda, porque quiero que ellos sean felices´.
Así nació una
generación de padres distintos. Esto, además, apoyado por ciertas corrientes
sicológicas que planteaban en forma errónea que los padres debían
ser amigos de sus hijos. Esta frase tan internalizada en
nuestra sociedad apunta y lo quiero dejar en claro desde
ya- a que los padres deben ser cálidos e incluso
ser ´buena onda´ con los hijos; lo que pasa es
que tiene que privilegiarse el rol educador. Yo soy mamá
y mi función es educar a mis hijos, y eso
muchas veces es una pega agotadora en la que tengo
que poner límites, tomar decisiones por ellos que muchas veces
no les gustan, decir que no muchas veces al día,
y mantener una consistencia educativa que traspase mis palabras, que
esté amparada en los hechos.
Gran parte de los problemas
que tienen nuestros hijos hoy, como la escasa motivación por
los estudios, baja tolerancia a la frustración, la impaciencia y
esta ´lata´ generalizada, con una sensación de soledad inmensa, se
debe a que a los padres se nos olvidó ser
autoridad. Nosotros somos los que mandamos en la casa, nos
guste o no; nosotros decidimos qué se come o no
se come, por lo menos, la mayoría de las veces;
nosotros decidimos si nuestros hijos van o no a ver
a sus abuelos, porque si no, ellos no lo van
a hacer por propia voluntad y, por lo tanto, van
a crecer sin historia y sin valorar la experiencia.
Pérdida
de control
Me toca ver cómo los papás han ido perdiendo
el control sobre los hijos, y dicen cada vez más
frecuentemente frases como: ´No sé qué hacer con mi hija´,
y cuando pregunto la edad, me entero de que tiene
dos años y medio; yo no sé lo que pretenden
hacer cuando la niña tenga 15 años. También es frecuente
escuchar a padres que les dicen a los profesores: Dígale
usted que se corte el pelo, porque a mí no
me va a hacer caso. O dicen: ¿Cómo lo obligo
a hacer esto o aquello si no tiene ganas?
La razón
de todo este modo de funcionamiento se debe a un
sinnúmero de factores, entre los más importantes están: la tendencia
generalizada a evitar cualquier tipo de conflicto. Con tal de
no verle la cara larga a nuestro hijo somos capaces
de hacer lo que él quiere. Evitamos los conflictos todo
el día, según nosotros porque tenemos muchos problemas por fuera
de nuestras casas como para tener adentro de ellas y,
por lo mismo, transamos en lo único en lo que
no debiéramos hacerlo: La educación de nuestros hijos.
Otro factor
es el supuesto poco tiempo que pasamos con nuestros hijos.
Digo supuesto porque, en realidad, si un papá tiene una
hora para ver las noticias, tiene en realidad una hora
para estar con sus hijos, lo que pasa es que
prefirió ver las noticias.
Miedo a ser mala honda
El tema
de ser padres-amigos de nuestros hijos tiene muchas aristas, algunas
son sociológicas, como las que de alguna manera explicaba antes,
pero también tiene que ver con lo sensibles que somos
los adultos de hoy al rechazo de nuestros hijos. No
queremos verles la cara larga, que nos digan que somos
anticuados, distintos a los padres de sus compañeros, que somos
´mala onda´. En realidad, queremos ser papás buena onda, aparecer
como evolucionados y esto nos hace ser tremendamente ambiguos en
nuestra forma de educar; nos cuesta decir que no. Nos
vamos en cuarenta explicaciones, somos los reyes de los ´depende´,
con lo que metemos a los niños en una red
de inseguridades que les impide conocer qué es correcto y
qué no y todo parece permitido.
Las consecuencias de ser
papás-amigos son muchas: los niños no tienen un referente distinto
de sus amigos para educarse, desarrollan una pésima tolerancia a
la frustración porque los padres no les dicen que no,
y si lo hacen, cambian fácilmente con ciertas manipulaciones.
Los
hijos se transforman en manipuladores porque ya saben que pueden
hacer lo que quieran, todo está en cómo lo pidan.
Al final, los adolescentes se sienten solos y poco seguros
porque en un principio es entretenido tener papás así, pero
con el tiempo ellos empiezan a sentir que necesitan de
alguien que los guíe porque si no, se mueren de
angustia.
Los niños, en su desarrollo sano, necesitan límites, disciplina
y conductas fijadas por los padres, mezclado con el afecto:
es la fórmula para una buena educación. Ternura y disciplina
parece ser la clave. Más aún, es importante que se
tenga claro que mientras más claro es un padre o
una madre en su forma de educar, más expresiva y
libre para En general, de acuerdo con mi experiencia en Chile,
me topo frecuentemente con estos papás amigos que no saben
cómo salir del embrollo en que se metieron un poco
producto de su visión cortoplacista de ´total ya van a
crecer´, ´son niños´, ´ le ponen mucho color´, etc., y
cuando quieren poner límites cuando son más grandes, es demasiado
tarde.
Existe otro porcentaje de papás que, aunque me duela decirlo,
no está ´ni ahí´ con educar a sus hijos; esos
que contratan radiotaxi los fines de semana por la ´lata´
de tener que ir a buscarlos. Esos niños que están
literalmente ´a la que te criaste´, sin ninguna norma. Y
estos padres tienen la “patudez” de decir que confían en
sus hijos y por eso no les ponen límites. También
existen, los que están tratando de ser amigos con sus
hijos y les dicen a todo que bueno. ¿Cómo no
les van a comprar celular si todos tienen? Capaz que
el hijo se traume, sin entender que le están diciendo
que vale desde que lo tiene y no antes.
Papás
que les dan permiso para todo, que fuman con los
hijos, que toman con ellos para que ´aprendan´, que les
financian los piercing y la ropa más rara que les
piden. Papás que les permiten a sus hijos, por miedo
al rechazo, que reciban amigos en sus piezas, entendiendo que
ellos necesitan ´privacidad´ y no son capaces de decir que
para eso está el living y no las camas.
Estos
papás-amigos no colocan límites, pero tampoco dan mucho cariño, no
abrazan porque van a ser rechazados, no dicen ´te quiero´
por temor a hacer el ridículo y, por lo tanto,
tampoco son consistentes en la forma de educar.
Por supuesto
que existen los que lo están haciendo bien, que ponen
límites, que retan cuando hay que retar, que cumplen los
castigos y también lo bueno, que entregan afectos, que tocan,
que besan, aunque los adolescentes los rechacen, ya que entienden
que eso es una pose y que no quiere decir
que no lo necesiten. Son papás que entran a las
piezas de sus hijos aun cuando la puerta esté cerrada,
que dicen ´te quiero´, pero con la misma claridad son
capaces de decir que no, aunque eso implique tener al
´niño´ o la ´niña´ con cara larga varios días. Quizás
es porque entienden que la educación es una siembra diaria,
en la que la cosecha no se ve de inmediato,
y que, por lo tanto, hay que preocuparse día a
día.
Apartes de un artículo de la autora y psicóloga chilena
Pilar Sordo
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