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Autor: Alfonso Aguiló | Fuente: interrogantes "Enfermedades de la voluntad"
Tendencias impulsivas o compulsivas, el caso de las personas prisioneras de la perplejidad...La voluntad de cada persona es el resultado de toda una larga historia de creación y de decisiones personales.
"Enfermedades de la voluntad"
Hemos hablado ya del voluntarismo, y ahora seguimos con algunos
otros errores en la educación de la voluntad. Todos ellos
pueden darse de forma más o menos intensa o permanente
en cualquier persona sin llegar a suponer una patología importante.
La
impulsividad se manifiesta en diversos rasgos: tendencia a cambiar demasiado
de una actividad a otra; propensión a actuar con frecuencia
antes de pensar; dificultad para organizar las tareas pendientes; excesiva
necesidad de supervisión de lo que uno hace; dificultad para
guardar el turno en la conversación o en cualquier situación
de grupo; tendencia a levantar la voz o perder el
control ante algo que contraría; etc.
Las tendencias de estilo compulsivo,
por el contrario, suelen ser reflexivas y metódicas, a veces
incluso acompañadas de un fuerte debate interior. Por ejemplo, una
persona puede sentirse en la necesidad de comprobar tres veces
que han quedado las luces apagadas o que está cerrada
la llave del gas o la puerta de la calle.
O puede sentirse impelida a hacer a su hijo o
a su marido varias veces una advertencia que sabe que
ya ha reiterado sobradamente, pero que no logra quitarse de
la cabeza. O siente envidia, o celos, o animadversión hacia
algo o alguien por unos motivos que, cuando los piensa,
comprende que son absurdos.
Esa persona puede llegar a percibir con
bastante claridad la falta de sentido de esos hechos o
actitudes, e incluso tratar de oponerse, pero al final prefiere
ceder para calmar la ansiedad de la duda sobre si
ha cerrado bien la puerta, ha olvidado decir o hacer
algo, o lo que sea. Ve cómo los pensamientos no
deseados se entrometen, y aunque entiende que son inapropiados o
estúpidos, la idea obsesiva sigue presente. Son ocurrencias no dirigidas
que parecer horadar el pensamiento e instalarse en él: unas
personas son absorbidas por un sentido crítico excesivo que les
hace ver con malos ojos a los demás; otras sufren
un perfeccionismo que les hace seguir interminables rituales con los
que pierden eficacia y sentido práctico; otras caen en la
rumiación constante de lo que han hecho o van a
hacer, y eso les lleva al resentimiento o al escrúpulo;
etc.
Esos pensamientos –preocupaciones, apetencias, autoinculpaciones, quejas, círculos analíticos sin salida,
etc.– pueden llegar a ser como un malestar que no
se alivia con ninguna distracción, una angustia que impregna todo.
Cualquier cosa, por mínima que sea, revoca la decisión que
tomamos de no dar más vueltas al asunto y aceptarlo
como es. Cuando esas patologías son graves pueden manifestarse en
enfermedades serias, como la ludopatía (juego patológico), cleptomanía (robo patológico),
piromanía (afán incendiario patológico), prodigalidad (gasto compulsivo), etc.
En las tendencias
impulsivas o compulsivas, a la voluntad le falta capacidad para
detener el impulso (unas veces porque no lo advierte a
tiempo, otras porque no logra zafarse de sus ocurrencias intempestivas).
En cambio, hay muchas otras ocasiones en que el problema
es precisamente lo contrario: la incapacidad de la voluntad para
decidir y pasar a los hechos.
Es el caso de las
personas prisioneras de la perplejidad, que nunca saben qué opción
tomar. O que fluctúan constantemente entre una opción y otra.
O que les cuesta mucho mantener las decisiones tomadas, normalmente
por falta de resistencia para soportar la frustración ordinaria de
la vida. Como es natural, esas capacidades también pueden estar
hipertrofiadas, como es el caso de la terquedad, en la
que la capacidad para enfrentarse a la dificultad está desorbitada
o mal dirigida.
Muchas de esas carencias relativas a la voluntad
tienen bastante que ver con los miedos interiores del hombre.
La respuesta a esos estímulos del miedo –afirma José Antonio
Marina– no surge de forma mecánica, como en los animales,
sino que el estímulo se remansa en el interior del
hombre y puede ser combatido o potenciado. La atención puede
quedar perturbada, y puede costar trabajo pensar en otra cosa,
pues la memoria evoca una y otra vez la situación,
u otras pasadas similares, pero siempre cabe poner empeño por
educar esos sobresaltos interiores.
La voluntad de cada persona es el
resultado de toda una larga historia de creación y de
decisiones personales. No podemos llegar a tener un control directo
y pleno sobre ella, pero sí un cierto gobierno desde
nuestra inteligencia. Todos somos abordados continuamente por pensamientos o sentimientos
espontáneos del género más diverso, pero una de las funciones
de nuestra inteligencia es precisamente controlarlos.
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