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Autor: Alfonso Aguiló | Fuente: interrogantes "El Voluntarismo"
El voluntarismo es un error en la educación de la voluntad. No es un exceso de fuerza de voluntad, sino una enfermedad –entre las muchas posibles– de la voluntad.
"El Voluntarismo"
El voluntarismo es un error en la educación de la
voluntad. No es un exceso de fuerza de voluntad, sino
una enfermedad –entre las muchas posibles– de la voluntad.
Una enfermedad,
además, que a todos nos afecta en alguna faceta o
en algún momento de nuestra vida. Porque, al pensar en
el voluntarismo, quizá imaginamos una persona tensa y agarrotada, y
ciertamente las hay, y no pocas, pero eso no quita
que el voluntarismo es algo que, de una manera o
de otra, en unas circunstancia u otras, nos concierne a
todos.
El voluntarismo lleva a querer resolver las cosas confiando demasiado
en el esfuerzo de la voluntad, apretando el paso, crispando
los puños, con un fondo de orgullo más o menos
velado, ofuscado por una búsqueda de autosatisfacción de haber hecho
las cosas por uno mismo, sin contar demasiado con los
demás.
El voluntarismo perturba la lucidez, entre otras cosas porque lleva
a escuchar poco, a ser poco receptivo. Lleva a aferrarse
en exceso a la propia visión de las cosas. A
pensar que las cosas son como las ve uno mismo,
sin darnos cuenta de hasta qué punto los demás nos
aportan siempre otra perspectiva y enriquecen con ello nuestra propia
vida.
El voluntarismo estropea también la espontaneidad, la llaneza, la sencillez.
Lleva a querer resolver los problemas interiores también sólo por
uno mismo. Al voluntarista le cuesta abrir su corazón a
otros. Espera ser él quien, con su tesón y su
empeño, salga de esa zanja en la que quizá se
ha metido. Lo triste es que a veces no se
da cuenta de que ha cavado ya mucho, y que
no puede salir de esa zanja sólo por sus propias
fuerzas, o que, al menos, es ridículo empeñarse en no
pedir ayuda.
El voluntarista suele ser rígido, por inseguro. Tiende apoyarse
demasiado en normas y criterios que respalden su inseguridad, aplicándolos
de modo poco equilibrado. La autoridad y la obediencia habituales
en las relaciones profesionales, la familia, etc., suele plantearlas de
modo intransigente y poco flexible, poco inteligente.
El voluntarista lleva bastante
mal sus propios fracasos. Tras ellos, suele retomar su abnegada
lucha habitual, pero también a veces se cansa. Es entonces
cuando más se manifiesta la peligrosa fragilidad de la motivación
voluntarista. Es fácil que esa persona se hunda, y caiga
quizá en una apatía grande, o se refugie en un
victimismo o en una rebeldía inútiles, o incluso salga por
otros registros inesperados y llegue a extremos que sorprenden mucho
a quienes no le conocían de verdad.
El voluntarista se propone
a veces metas poco realistas, en su deseo de sobresalir
y llegar a más de lo que puede abarcar. Es
propicio a los sentimientos de inferioridad, fruto de compararse constantemente
con los demás, en un desorbitado afán de destacar frente
a otros mejor dotados, lo cual siempre genera una continua
referencia de frustración.
El voluntarismo, además de un error en la
educación de la voluntad, es también un error en la
educación de los sentimientos. Podría decirse que el voluntarista es,
curiosamente, bastante sentimental. Es una persona cuya principal motivación afectiva
es el sentido del deber. Una persona que tiende demasiado
a echar mano de la satisfacción o el alivio que
le produce cumplir lo que entiende como su deber, con
un rigorismo no bien integrado en una afectividad equilibrada.
La abnegación
y el afán por cumplir con el propio deber no
son nada malo, evidentemente. Y las personas voluntaristas suelen ser
admirables en su abnegación, en su saber sobreponerse a sus
gustos, y todo eso son elementos fundamentales para llevar de
modo inteligente las riendas de la propia vida. Pero a
esas personas les falta, y la cuestión es esencial, aprender
a modular sus gustos, educar sus gustos, formar sus gustos.
El sentido del deber es algo muy necesario. Pero una
buena educación afectiva ha de buscar en lo posible una
síntesis entre la abnegación –pues siempre hay cosas que cuestan–
y el gusto: lo que tengo que hacer, no simplemente
lo hago a disgusto, porque debo hacerlo, sino que procuro
hacerlo a gusto, porque entiendo que me mejora y me
satisfará más, aunque me cueste.
Por eso el gran logro de
la educación afectiva es conseguir —en lo posible, insisto— unir
el querer y el deber. Así, además, se alcanza un
grado de libertad mucho mayor, pues la felicidad no está
en hacer lo que uno quiere, sino en querer lo
que uno ha de hacer.
Así, la vida no será un
seguir adelante a base de fuerza de voluntad. Nos sentiremos
ligados al deber, pero no obligados, ni forzados, ni coaccionados,
porque percibiremos el deber como un ideal que nos lleva
a la plenitud.
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