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Autor: Alfonso Aguiló | Fuente: interrogantes Laboriosidad: Gran Aliado en la Formación de la Voluntad
A veces resultará
más pedagógico
dejarle que se equivoque
si el asunto no es grave.
Laboriosidad: Gran Aliado en la Formación de la Voluntad
"El hombre se descubre cuando se mide con el obstáculo" Antoine de
Saint-Exupéry Que aprenda a organizarse. Educar en la laboriosidad
Recuerdo
a unos padres que organizaban las horas de estudio de
su hijo hasta el detalle, le racionaban el tiempo libre
con criterios muy estrictos –aunque sacaba buenas notas–, venían a
ver a los profesores con inusitada frecuencia, e intervenían en
todo lo que el chico pudiera hacer o decir.
Eran
como sus portavoces, anulaban su personalidad. Con esa pretensión de
control absoluto y de superprotección hacían pasar una notable vergüenza
al chico, molesto por el riguroso cerco al que estaba
sometido.
Le llevaban en coche al fútbol, porque no iban
a dejarle ir solo, con la bolsa de deporte, "tal
como está el mundo". Le insistían en que se abrigara,
le corregían continuamente, le planificaban el descanso, le recordaban todo.
Su padre se empeñaba incluso en que le tenían que
gustar las rimas de Bécquer y la música de Vivaldi,
porque "esos cantantes modernos lo único que hacen es pegar
berridos". Era todo un intento de meter a presión en
un molde su forma de ser y sus aficiones.
Con
planteamientos así no se puede pretender que el chico llegue
a ser alguien responsable. Hay que educarle en libertad, con
una vigilancia atenta, pero que mantenga un poco las distancias.
Si no, le será difícil llegar a entender –y es
importante– que él mismo es quien debe estar interesado en
estudiar y encontrar el modo de hacerlo lo mejor posible.
No es difícil sustituir ese cerco de controles por motivaciones
más positivas: en vez de prohibirle la televisión, por ejemplo,
acordar con él un resultado concreto en el estudio. En
vez de privarle de algo, sin más, hacerle ver que
debe ser generoso y compartirlo con su hermano. En vez
de afear su mala conducta, elogiar la que ha sido
buena –que la habrá– y decirle que estamos seguros de
que puede ser así siempre.
Interesa dejar un amplio margen
a su iniciativa personal. No podemos pretender que tenga el
mismo modo de organizarse o de estudiar que tuvimos nosotros.
Tiene su modo de hacer las cosas y de entender
los problemas. Y a esta edad hay que empezar ya
a respetarlo con bastante tacto, pues el exceso de imposiciones
suele producir el efecto contrario: el deseo de libertad puede
incluso llevarle a hacer lo que no quisiera, con tal
de dejar bien sentada su independencia personal.
Debe tenderse lo
más posible a que actúe bajo su propia responsabilidad. Los
educadores que dejan huella –y huella de la que se
recuerda toda la vida– son aquellos que saben hacer que
esté en condiciones de tomar decisiones y elegir caminos cuanto
antes.
Es un gran error ser posesivos o impositivos. Es
mejor ir haciéndole amistosamente las preguntas oportunas sobre el porqué
de sus ideas. Este modo de comportarse tiene otra ventaja:
cada día se aprende algo de ellos; por eso, tener
la suficiente sensibilidad para lograrlo es una tan preciada cualidad
en el educador.
—Oye, que estábamos hablando del estudio.
Sí, pero
el estudio es el campo en que quizá más claro
puede verse todo esto. Debe aprender a organizar su tiempo
y decidir sobre el mejor modo de dar cabida a
todo: estudio, descanso, aficiones, ratos de tertulia familiar, y sus
encargos en la casa.
Que razone él mismo (aunque se
le puede ayudar) para aplicar un orden de prioridades en
las cosas que tiene pendientes. Es mejor pedirle resultados concretos
y hacer el papel de observador, con una vigilancia que
sea atenta y respetuosa a la vez, serena, y afable
a la hora de intervenir, sin caer en la tentación
de pretender fiscalizarlo todo. Al chico empiezan a molestarle las
actitudes excesivamente paternalistas.
A veces resultará más pedagógico dejarle que se
equivoque si el asunto no es grave.
Porque esos pequeños golpes son
los que más enseñan al niño, ya que son consecuencia
del empleo consciente de su libertad. Lo contrario produce inhibición.
Si hay un exceso de dirigismo, el chico no termina
de convencerse de que es bueno lo que le obligan
a hacer, porque nunca llega a experimentar el fracaso como
consecuencia de una decisión libre suya.
El principal enemigo del
dejar hacer es la impaciencia. No en vano dice aquel
proverbio turco que la paciencia es la llave del paraíso,
pues aunque costosa, sus frutos son extraordinariamente sabrosos. Hay que
aprender a esperar, cosa nada fácil, y contar con el
tiempo para que mejore, sin exigir resultados milagrosos, como no
los obtuvieron con nosotros nuestros padres. Ir a las
causas, sin quedarse sólo en lo académico
Muchas veces queremos
curar el sarampión granito a granito, y no puede ser.
Es preciso ir a las causas. Un niño sano, a
esta edad, en un ambiente normal, debe querer estudiar. Lo
contrario indica alguna anormalidad.
Cuando un niño de estad edad no
estudia, debe pensarse que tiene un problema, y es preciso
descubrirlo cuanto antes.
Estando en
contacto con su tutor o sus profesores, no es difícil
saber qué es lo que pasa. Lo que no es
acertado es querer arreglarlo a base de remedios superficiales.
No
podemos pretender arreglarlo resolviéndole los problemas de matemáticas, dictándole la
redacción o haciéndole la lámina de dibujo. Ni tampoco con
la comodidad de poner un profesor particular, si el problema
es que no le da la gana esforzarse por atender
en clase.
Las causas del bajo rendimiento escolar suelen tener
mucho que ver con la falta de virtudes básicas: laboriosidad,
orden, reciedumbre, fortaleza, optimismo, castidad, etc.
—¿Has dicho la castidad?
Sí.
Es algo que influye más de lo que parece. Son
edades propicias para obsesionarse un poco con cuestiones de carácter
sexual, que dificultan bastante la concentración en clase o en
el estudio, crean conflictos interiores y producen turbulencias en su
imaginación y en su capacidad de fijar la atención. Pero
ya lo trataremos en el capítulo noveno.
Hay que enseñarles a
estudiar y, sobre todo, hacer lo posible por detectar los
errores educativos y actuar sobre el verdadero problema de fondo,
para consolidar aquellas virtudes básicas que echemos más en falta.
—¿Por qué no pones algunos ejemplos más concretos?
¿De verdad quieres
ejemplos de contradicciones educativas? Seguro que muchos nos resultarán familiares
a todos.
Si resulta que come siempre lo que le
da la gana, fuera de hora, y a su capricho...,
luego no te quejes de que sea tan blandito que
no aguante ni quince minutos estudiando.
Si se pasa la
tarde en casa en pijama, estudia tumbado en la cama,
y cuando se sienta en el sofá adopta siempre posturas
hiperperezosas..., luego no te extrañe que no sea capaz de
vencer la pereza para hacer esas tareas de clase o
preparar aquel examen.
Hazle luchar contra la pereza en todo; recuerda aquello
de que “la pereza seduce, el trabajo satisface”.
Si se pasa el día
con la cabeza en otro mundo, distraído, viendo horas y
horas de televisión, escuchando música a todo volumen o absorto
con sus auriculares hasta altas horas de la noche, sin
exigirle que participe en el ambiente familiar..., luego no te
maravilles de que sea bohemio, esté lleno de fantasías y
que no logre concentrarse ni cinco minutos seguidos en clase,
en el estudio, o en la lectura de ese libro
que le han mandado para un trabajo del colegio.
Si
se ha pasado la vida sin guardar ningún orden, dejando
tiradas su ropa y sus cosas del colegio, sin sujetarse
a un horario..., bien pueden ser ésas las causas de
su actual descuido y desorden integral en los estudios.
Ante el
fracaso escolar hay que volver la vista hacia el conjunto
de la educación del chico, no sólo hacia los libros, las horas
de estudio y los profesores.
Es un error grave preocuparse sólo
de las notas. Hay padres que, cuando van al colegio,
sólo preguntan por el boletín de notas, las recuperaciones y
el profesor de matemáticas. Piensan en la carrera que hará
su hijo, pero no en el tipo de persona que
será. Y no les importa si su hijo es buen
compañero, o leal y sincero con los amigos.
Como padre, o
como madre, debes preocuparte de saberlo. Entérate, por ejemplo, de
si ya ha aprendido a dejar el bolígrafo o los
rotuladores o ese libro a sus compañeros de clase. Preocúpate
por saber si lleva ya al colegio, para jugar con
sus amigos, aquel balón que le han regalado en su
último cumpleaños. No resulte que esté convirtiéndose en un egoísta
avaro de sus libros, sus rotuladores o su balón de
reglamento.
Porque las notas suelen ser muchas veces consecuencia de
lo demás. Y, aunque no fuera así, ¿de qué serviría
tener un hijo premio Nobel si luego es un egoísta,
está lleno de orgullo, o es un envidioso redomado?
—Oye,
que supongo que no todos los problemas serán de falta
de voluntad o de virtudes...
Cierto. Hay también, aunque con menor
frecuencia, problemas de aprendizaje. Pueden ser dificultades de lectoescritura, comprensión,
memoria, atención, etc., que quizá se agudizan a estas edades.
A veces se ponen de manifiesto coincidiendo con el año
en que en el colegio pasan al sistema de un
profesor por asignatura. Es cuestión de acudir entonces a un
gabinete psicopedagógico de confianza. Castigar es fácil; motivar es
difícil
Vuelvo a insistir brevemente en la motivación y en
el castigo, porque en los estudios de los chicos suelen
tener bastante protagonismo.
Si se tiene verdadera autoridad, raramente será necesario
castigar.
Un simple detalle, una mirada o un sencillo comentario más
severo que muestre que ha actuado mal, suele ser suficiente
si le hemos educado bien y con cariño. El recurso
al castigo es casi siempre la solución más cómoda y
socorrida, la menos inteligente.
El castigo es el arma de
quien no sabe educar mejor.
De todas formas, si honradamente no
se te ocurre mejor solución, castiga. Pero que sepas que
es porque antes no supiste hacerlo mejor; y que aún
ahora existen otras soluciones. Pero no lo dejes pasar si
crees que hay que actuar.
Cuando uses del castigo, el
chico ha de quedar siempre con la sensación de que
ha habido justicia, como si hubiera perdido en un juego
con unas reglas muy claras y sin trampas. La reprensión
y el castigo deben ser como el eco del reproche
que el niño se haga a sí mismo en el
interior de su conciencia. Si no se consigue esto, su
eficacia es muy dudosa.
También conviene que los castigos sean
en lo posible educativos, relacionados con la falta cometida. E
incluso productivos, si es posible, porque así al cumplirlo no
se añade la carga de sentir que se está haciendo
algo absurdo o inútil.
Por eso, si tiene desordenado el
armario, se le puede decir que lo ordene antes de
salir. Si llega tarde a comer, puede recoger la mesa
o hacer algún otro trabajo doméstico, y descargar así de
trabajo a otros. Y si las notas no han sido
buenas, habrá que marcarle unos mínimos exigentes en su estudio,
y deberá cumplirlos.
Motivar no equivale a premiar. Es más.
Es infundir un deseo de actuar de un modo determinado:
de estudiar, de ayudar a los demás, de saber, de
conocer.
La clave está en lograr despertar esos buenos deseos que hay en
toda persona, porque detrás de esos deseos, la educación viene sola.
Sería un
error entender el premio como la mejor motivación, y más
aún si fuera recompensa siempre material. Alguna vez puede ser
solución, pero es grande el riesgo de entrar en la
espiral de los caprichos, los regalos y las concesiones. Cualquier
intento de comprarle en vez de educarle suele llevar a
resultados tan malos como desafortunado y degradante es el sistema.
Multiplicar los regalos lleva a que no se valoren, y
a sumergir al chico en un creciente consumismo. Usarlos como
continuo cebo para obtener cualquier objetivo lleva a que necesite
de ellos a cada paso. Corregir lo negativo y premiar
el no ser malo no es educar motivando.
Un chico bien
educado prefiere muchas otras cosas antes que un regalo.
Valora mucho más encontrar
en el momento adecuado una sonrisa, un pequeño elogio, un
estímulo inteligente, unas palabras de ánimo, un sincero interesarse por
lo que ha hecho. Es bueno que saboree la alegría
de haber vencido las dificultades.
Cuando ha hecho esfuerzos y
progresos debe saber que lo habéis visto y que estáis
contentos de él.
Con los regalos no se puede sustituir lo
insustituible: el trato humano, la alegría del hijo por la
satisfacción de los padres al contemplar su buen hacer, y
la satisfacción propia: aquello a lo que se refería Séneca
cuando dijo que el premio de la buena obra es
haberla realizado. Diversos modos de equivocarse
La materialización de la
motivación es como un alto pararrayos de desgracias que se
abaten sobre quien la emplea. Enseguida surge como efecto la
insaciabilidad, o la saturación, por falta de ingenio para disfrutar
de la vida sin necesidad de nuevas y costosas aportaciones.
Pronto se echa de menos una autoridad limpia que no
tenga su fundamento en atender el capricho. En un colegio
pueden verse casos que son ejemplo de este proceso, y
que desgraciadamente son frecuentes.
Recuerdo unos padres que me explicaban
cómo habían prometido a su hijo –medianamente listo, pero que
no había dado ni golpe en todo el curso– comprarle
una moto para el verano si sólo suspendía cuatro o
menos asignaturas en junio.
Me sorprendía eso de cuatro o
menos, porque no parecía una meta muy elevada... Pero es
que –pensaban– “con cuatro todavía había posibilidades de que en
septiembre pase curso...”.
Con tal sistema de motivación, el resultado
fue proporcionado a la genialidad del plan. Aprobó todas menos
cuatro –qué menos en un chico así–, le compraron la
moto –con gran sacrificio económico, y además, no una moto
cualquiera, para que el chico no quedara avergonzado ante sus
amigos–, hizo numerosas amistades en un ambiente que no correspondía
a su edad, no tocó un libro y suspendió de
nuevo a la vuelta de las vacaciones las famosas cuatro
asignaturas, con la consiguiente pérdida del curso. La anécdota no
necesita glosa.
Recuerdo otro sucedido similar, que se refiere al
remedio motivador que el ingenio de una madre vino a
idear ante la falta de interés por el estudio de
su hijo, también de esa misma edad.
Resolvieron en consejo
familiar comprar a la criatura un pequeño aparato de televisión
para su habitación, eso sí, con la promesa formal del
chico de que a cambio estudiaría en adelante muchísimo más.
El efecto fue inmediato y demoledor. El muchacho, con poca
fuerza de voluntad, y que hasta entonces estudiaba poco, claudicó
inevitablemente ante la cercana, continua y facilitada tentación televisiva, descendiendo
enormemente su rendimiento escolar.
Otro ejemplo frecuente es el que
podríamos denominar incontinencia castigadora. Unos padres contrariados porque su hijo,
siempre brillante en los estudios, tiene un mal resultado académico,
y vuelven a casa con el boletín de notas, envalentonados
tras una enardecida conversación con el profesor en el colegio.
Nada más llegar, dan al chico una solemne explicación de
lo que va a ser el castigo que ha merecido.
Disertación que por lo grandilocuente no desentonaría nada en un
discurso parlamentario. Le explican que no se va a mover
de casa para nada, que se acabó la televisión, que
no habrá cine ni salidas con sus amigos, que se
queda sin paga semanal, y que se despida de la
prometida bicicleta para el verano. Y que además, el castigo
seguirá así, sin relajación alguna y sin posible remisión, hasta
que lleguen las notas de junio, dentro de cuatro meses.
Después de un episodio semejante, lo más probable es que
se produzca una de las dos siguientes situaciones. La primera
y más corriente es que efectivamente haya una relajación del
castigo y se vayan sucediendo las escenas de hacer la
vista gorda: la abuela cede por un lado, mamá por
otro, un secretito de papá –cuántas veces muestran menos fortaleza
los padres que las madres–, y el niño, que no
es tonto, acaba por superar, una por una, todas las
barreras impuestas.
De este modo se va erosionando el prestigio
de los padres, que con los años acabarán teniendo que
batirse en defensa numantina de las ruinas de una autoridad
prácticamente destruida. Podríamos definir este efecto como inconstancia sancionadora.
Y
la segunda posibilidad, propia de padres más tenaces, es que
la larga duración del castigo –que al chico se le
antoja interminable–, así como la imposibilidad de su remisión, corten
radicalmente su esperanza. Este segundo efecto podría llamarse irrevocabilidad sancionadora.
Con ella suele perderse el efecto pedagógico que debe buscarse
en todo castigo, y acaba siendo contraproducente.
La enseñanza de
este sucedido es clara: hay que dar posibilidad de remisión
del castigo, basada en exigencias concretas de mejora personal; que
no sea demasiado prolongado en el tiempo; y que de
verdad estemos dispuestos a hacerlo cumplir. O, mejor aún, no
castigar la primera vez, tener una conversación exigente y animante
–examinando las causas del tropiezo–, y confiar en que mejorará,
puesto que era un buen estudiante.
El último ejemplo que
quiero poner se refiere a los castigos físicos. Recuerdo la
vergüenza ajena con que vi en una ocasión a una
madre en la triste situación de correr detrás del hijo
que huía del castigo corporal. Aparte de un espectáculo penoso,
es muestra muy sintomática de una autoridad ya casi perdida.
No se debe pegar, y quienes tengan que llegar a
hacerlo habrán de ser conscientes de que es consecuencia de
una larga acumulación de errores en la educación del chico
y en la autoridad de los padres. Suele ser consecuencia
de la irritación y de la pérdida del dominio de
sí mismo, desprestigia a quien la emplea, produce resentimientos, y
es algo que recordarán cuando sean mayores y que difícilmente
nos podrán agradecer.
—¿Por qué no resumes algunos consejos sobre
los estudios?
Sin pretender ser exhaustivo ni descalificar otros criterios, propongo
los siguientes:
que aprenda a organizarse: que prepare sus libros para
ir a clase, tenga ordenadas sus cosas, vea como distribuir
su tiempo y se haga su horario;
no pretendas fiscalizarlo todo,
que es peor; haz lo posible para que comprenda que
él es el interesado en ser un buen estudiante;
si no
estudia, investiga las causas, sin reduccionismos simplistas; háblalo detenidamente con
su tutor y sus profesores;
investiga un poco también sobre sus
amigos y su integración en la clase;
si tiene detalles de
falta de reciedumbre o de capricho, no se los consientas;
ojo
con la televisión (o con los videojuegos, o con internet),
y que no tenga receptor en su habitación;
nada de aprobados
a cambio de bicis o motos;
usa lo menos posible del
castigo; y, si tienes que hacerlo, que no sean castigos
absurdos; que los cumpla y que sepa el modo de
conseguir el perdón.
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