La cantidad de $170,000 que Catholic.net necesita alcanzar dividida entre los 250,000 usuarios diarios del portal corresponde a un importe de menos de ¡0.70 dólares por cada uno!
En la práctica es imposible recibir 0.70 dólares de cada uno de los 130,000 usuarios, ¡pero quizá sí es posible recibir 50 dólares de 3,400 de ustedes! ¿Podría usted formar parte de ese "grupo de los 3,400" de cuya generosidad depende la sobrevivencia y el desarrollo de Catholic.net? ¡Por favor, piénselo! ¡Envíe su donativo hoy mismo!
Autor: Alfonso Aguiló | Fuente: interrogantes.net Voluntad Decidida
Todo lo que es valioso resulta difícil, pero no imposible de alcanzar.
Voluntad Decidida
Dicen que la muerte blanca —la muerte por congelación— es
una muerte dulce: entra una especie de sopor, lleno de
sensaciones agradables en las que uno se encuentra, incluso, optimista...
y entre dos sueños se escapa el alma. Aquel hombre,
Guillaumet, lo sabía. No le costaba nada dejarse estar, recostado
sobre el suelo helado, no levantarse después de una caída,
decir ¡ya basta, se acabó!, y no volver a intentarlo
de nuevo.
La
historia es de Antoine de Saint-Exupéry, en uno de sus
mejores libros. La cuenta penetrando en la mente del protagonista
y dialogando con él.
Tenía además un montón de excusas a su favor:
no conocía el camino, no sabía si el esfuerzo que
estaba haciendo podría servirle de algo. Su avión, llevado por
la tormenta, se había posado junto a la Laguna Diamante,
sobre la vertiente chilena de Los Andes, en un embudo
flanqueado por uno de los lados por el volcán Miapú,
de seis mil novecientos metros. Solo. Perdido. Derribado a cada
paso por la tormenta, en una zona de la que
se decía: "los Andes en invierno, no devuelven a los
hombres". Roto de golpes, de fatiga, de cansancio.
"He hecho lo que he
podido y ya no tengo esperanzas, ¿por qué obstinarse en
este martirio?" Te bastaba cerrar los ojos para lograr la
paz en el mundo. Para borrar del mundo las rocas,
los hielos y las nieves. Y ya no habrá golpes,
ni caídas, ni músculos desgarrados, ni quemantes hielos, ni ese
peso de la vida que hay que arrastrar. Ya gustabas
ese frío transformado en veneno y que, semejante a la
morfina, te colmaba, ahora, de felicidad...
Pero este hombre piensa en su mujer,
en sus hijos, en sus compañeros. ¿Quién podrá mantener a
esa familia que le aguarda en algún lugar de Francia
si él se para? No, no les podía fallar. Ellos
le querían, le esperaban. ¿Qué pasaría si supieran que estaba
vivo? "Si mi mujer cree que vivo, cree que camino.
Los compañeros creen que camino. Todos tienen confianza en mí
y soy un canalla si no camino".
Pero este hombre
piensa en su mujer, en sus hijos, en sus compañeros.
¿Quién podrá mantener a esa familia que le aguarda en
algún lugar de Francia si él se para? No, no
les podía fallar. Ellos le querían, le esperaban. ¿Qué pasaría
si supieran que estaba vivo? "Si mi mujer cree que
vivo, cree que camino. Los compañeros creen que camino. Todos
tienen confianza en mí y soy un canalla si no
camino".
Cuando volvía
a caerse, repetía estas palabras. Cuando las piernas se negaban
a avanzar más; cuando los huesos todos de su cuerpo
gemían entumecidos por el frío y la humedad; cuando después
de bajar tenía que volver a subir, como en un
carrusel que no acababa nunca, volvía a repetir el mismo
estribillo, "si creen que vivo, creen que camino, y soy
un canalla si no sigo".
Cuando lo encontraron, su primera frase
inteligible, llena de orgullo fue: "Lo que hice, te lo
juro, ningún animal lo hubiera hecho".
"Ningún animal lo hubiera hecho". Los animales
no tienen voluntad ni libertad. Les mueven unos apetitos, siempre
en la misma dirección. No saben de amor. Tienen sólo
instintos, instintos ciegos, como son ciegos los sentimientos cuando no
están dirigidos por la razón. Pero los hombres tenemos inteligencia
y voluntad, y cuanto más uso hagamos de ellas, más
nos alejaremos de los seres irracionales.
Este episodio, profundamente humano, es
un elocuente ejemplo de sometimiento heroico de los sentimientos a
la fuerza imperiosa de la voluntad. Una subordinación que no
significa prescindir de ellos, sino saber encauzarlos hacia donde deben
ir. Un objetivo presentado por la razón, que mueve a
una voluntad decidida a arrostrar las dificultades que se presenten,
por amor a los suyos.
La voluntad ha de tomar conciencia de su
papel y remolcar de nuestro ánimo cuando sea preciso. Muchas
veces habrá de hacerlo en solitario, sin la compañía de
sentimiento favorable alguno. Esto, que ningún animal puede hacerlo, es
paradigma de la grandeza de la condición humana.
San Agustín ponía en la
voluntad el precio del hombre. Santa Teresa hablaba de cómo
"el demonio tiene gran miedo a las almas decididas y
determinadas, que tiene ya experiencia le hacen gran daño". No
seas tú de esos que se entusiasman con las primeras
piedras y luego se desinflan, de esas personas que oscilan
entre la euforia y el abatimiento en inacabable vaivén. Grandes
ímpetus, fabulosos proyectos, altísimos ideales... y, luego, todo queda en
nada. Condimenta esos afanes con la constancia, para que no
resulten inútiles. Pero peor aún son los que ni siquiera
llegan a ilusionarse, aquellos se debaten en la duda permanente
y habitual y no terminan de decidirse sobre si merece
la pena luchar por algo.
O aquellos otros que quizá acaban decidiéndose, y
dicen que sí, que quieren, pero luego los hechos demuestran
que quieren sólo en teoría. No suelen pensar mucho, y
si piensan, no se deciden; si se deciden, no se
lanzan; y si se lanzan, no perseveran. Prometen y no
cumplen. Miran obsesivamente hacia atrás.
O el inseguro y vacilante, que para todo
duda: para elegir carrera, la ropa que se va a
poner, o lo que va a hacer el fin de
semana. Siempre está descontento de su decisión: le apetece lo
que ve en los demás pero, cuando ya lo tiene,
suele quedar insatisfecho y desear otra cosa. El resultado es
una espiral de atormentamiento propio, consecuencia de no haber sabido
autoeducar la voluntad.
Todo lo que es valioso resulta difícil de alcanzar. Con
razón decía Séneca que no es que nos falte valor
para emprender las cosas porque sean difíciles, sino que son
difíciles precisamente porque nos falta valor para emprenderlas. Para todo
hace falta vencer dificultades, superar obstáculos, tener decisión. La audacia
enriquece enormemente el carácter; Santa Teresa recomendaba "tener una santa
osadía, que Dios ayuda a los fuertes".
Sugerencias, comentarios, propuestas,
envíalas a Alfonso Aguiló, autor del artículo.
Para conocer la fuente que ha proporcionado el
contenido de este artículo: www.interrogantes.net
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
Sólo nos mantenemos gracias a los donativos que, voluntariamente, nos hacen algunos de nuestros visitantes.
Necesitamos de tu ayuda para continuar anunciando el mensaje de Cristo a través de la Red.
Ayúdanos, Dios te lo recompensará. DA CLICK AQUÍ PARA DONAR
Consultores
de la comunidad Preguntas acerca del perfil y la formación de educadores católicos, de los criterios de enseñanza que deben regir en una escuela católica y de los modelos pedagógicos a seguir para una mejor asimilación de la doctrina cristiana
Ver todos los consultores