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Autor: Adolfo Güémez | Fuente: Equipo Gama Una vida más sabrosa
La disciplina no está peleada con la alegría.
Una vida más sabrosa
Conseguir lo que se quiere no es siempre fácil. De
hecho, las cosas que más anhelamos suelen ser las más
costosas. Y si uno realmente ha hecho la decisión de
obtenerlas, no es difícil que llegue a convencerse de la
necesidad de una disciplina que le auxilie en el logro
de sus objetivos.
La palabra disciplina a veces nos rechina
en los oídos. Nos recuerda las imágenes de una maestra
dándole reglazos a un niño travieso, o de un militar
serio y bien erguido. Sin embargo, está es una imagen
viciada de la virtud de la disciplina, que más bien
consiste en el modo en que cada uno vive su
propia vida.
¿A la misma hora o cuando me dé
la gana?
No cabe duda que el mundo está lleno de
contrastes. Y el tema de la disciplina no es una
excepción. Un primer extremo nos lo describe Mark Twain en
su célebre libro Las aventuras de Tom Sawyer. En un
momento, Tom busca convencer al reticente Huckleberry Finn de que
si regresaba a vivir con la viuda de Douglas, su
vida sería mejor.
Después de varios argumentos, recurre a una
carta desesperada: «Si haces la prueba un poco más de
tiempo, ya verás cómo acaba de gustarte.» Huck, un niño
acostumbrado a vivir a sus anchas, sin horario ni exigencias,
le respondió a bocajarro: «¡Gustarme! Sí, ¡como me gustaría un
brasero si tuviera que estar sentado encima el tiempo que
fuera necesario!» Y con esto continuó su vida abandonada e
incontrolada.
Esa es la tipificación exacta de una persona indisciplinada:
cualquiera hábito o rutina le resulta insoportable. A veces esto
puede resultarnos atractivo, pero en realidad, la espontaneidad salvaje en
todo lo que hacemos no nos hace más felices. Por
el contrario, la vida es hermosa porque a cada paso
nos ofrece las oportunidades para conquistar nuestros ideales. Esto no
quiere decir que una vida disciplinada nos debe llevar al
otro extremo.
Se cuenta que Emmanuel Kant, filósofo alemán, todos
los días seguía un horario exactísimo y muy metódico. Su
puntualidad era tal, que la gente de su pueblo podía
ajustar su reloj cuando lo veía dar su ordinario paseo
por las tardes. Creo que el profesor Kant exageraba un
poco… una cosa es vivir una vida disciplinada, y otra
hacer de la vida una disciplina pura y dura. Pero
esto tampoco le quita ningún valor a la virtud de
la que estamos hablando.
Y entonces, ¿qué?
Entonces hay que lograr
un equilibrio. Por un lado, tu vida debe estar llena
de espontaneidad y creatividad. Por otro, ha de estar acompañada
de una buena disciplina.
El modo más fácil de formarla
es con el cumplimiento fiel de los compromisos que cada
día nos presenta: tender la cama, ser puntual a las
citas, mantener un orden en las cosas, comer a mis
horas… Tu lema debe ser: prudente en determinar, diligente en
ejecutar.
La disciplina no está peleada con la alegría, sino
con la dejadez y el abandono. Haz la prueba y
verás que con un poco de ella, tu vida sabrá
mejor.
Todo el mundo conoce el tipo representativo de la falta
de insubordinación: el del individuo inadaptable a la vida social,
en el corazón de una indisciplina que expresa, en última
instancia, una carencia absoluta de dominio sobre sí. Afortunadamente, este
tipo es la excepción. Por muy evidentemente preferible que sea
para él la docilidad, ésta no deja de ofrecer grave
inconveniente de deliberar el psiquismo superior y favorecer la inercia,
llegando incluso a suprimir la actividad de la facultad discernidora.
Los
indisciplinados comenten por sí mismo faltas, delitos y aun crímenes.
También los cometen los dóciles, los que no saben reaccionar
ante los ejemplos perniciosos, ni resistir a las sugestiones, ni
hacer frente a la intimidación. Para éstos la última persona
que les hable “tiene la razón”. Tal o cual honrado
empleado, de irreprochable conducta hasta hoy, y al que vemos,
con estupor, incurrir en grandes extravíos, es un ser dócil.
He aquí por qué es muy conveniente cultivar la independencia
individual.
Tanto en los detalles como en las grandes líneas de
vuestra vida habéis de procurar por vosotros mismos y a
la luz de vuestra sabiduría, de vuestra experiencia y de
vuestro juicio, la orientación que debéis de imprimir a vuestras
acciones. Tened en cuenta las advertencias, Solicitadlas incluso, si emanan
de personas calificadas para poder iluminar vuestra decisión, pero reservad
ésta para el último momento.
Preguntaos por qué obráis de tal
o cual manera y comprobad si los móviles de vuestra
conducta se ajustan perfectamente a vuestros principios directivos, a vuestras
profundas intenciones, a vuestra integridad psíquica o a vuestro intereses,
averiguad se satisfacéis vuestra propia voluntad o la ajena. Pronto
descubriréis la parte heterosugestión o de afán de aprobación que
ha contribuido un momento de inatención. Reflexiones de este género
os ayudarán más circunspectos en lo futuro.
Vuestro cambio de carácter
será verosímilmente notado y comentado; pero esto no debe ejerce
en vosotros in fluencia alguna. Persistid en vuestros propósitos, sean
cuales fueran los comentarios que vuestra mudanza de carácter haya
motivado. Vuestra actitud serena, ponderada, pero inflexible, modificará poco a
poco la del ambiente en el que viváis.
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