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Autor: Manolo Ordeig | Fuente: Arbíl Voluntad y afectividad (II).
Expresión de una madurez es la integración de lo que es humana: inteligencia, voluntad y afectos o sentimientos.
Voluntad y afectividad (II).
Voluntad y afectividad (II) La dimensión sobrenatural, o un modo de actuar
el Espíritu Santo en el alma(1)
Sumario 1. Influencia de los afectos
en el conocimiento y el amor: a) El mundo de
los afectos según Tomás de Aquino; b) El fin último,
la voluntad y los afectos.- 2. El Espíritu Santo: su
influencia en el hombre a través de los afectos: a)
La elevación del hombre a un fin sobrenatural; b) La
influencia en los afectos y sentimientos; c) La influencia en
la imaginación; d) La madurez de la vida espiritual.- 3.
Objetivo de la acción del Espíritu Santo: la identificación con
Cristo: a) Santidad de vida cristiana e identificación con Cristo;
b) El papel del Espíritu Santo 1. Influencia de
los afectos en el conocimiento y el amor
En la primera
parte de esta exposición sobre "Voluntad y Afectividad" vimos el
papel importante que la afectividad y los sentimientos juegan en
la persona humana: 1º) la necesaria "integración" de todo lo
que es humano: inteligencia, voluntad y afectos o sentimientos, en
un único sujeto que es y actúa; 2º) la madurez humana
de una persona que sabe armonizar equilibradamente todo ello; 3º) la
inmadurez que suponen los extremos como el "rigidismo" (inteligencia sola),
el "voluntarismo" (voluntad) o el "sentimentalismo". a) El mundo de
los afectos según Tomás de Aquino
Santo Tomás de Aquino
considera que el mundo de los afectos y sentimientos se
encuentra en un plano psicológicamente intermedio entre el espíritu humano
(inteligencia y voluntad), y su corporeidad (fisiología, etc); así como
entre sus operaciones respectivas(2). En el mismo sentido, la imaginación
cumple también ese papel de intermediario entre el puro razonamiento
discursivo (conocimiento abstracto) y el conocimiento pasajero del mero fenómeno
(conocimiento inmediato, que pasa al instante siguiente): o bien con
la imaginación se pueden revivir escenas pasadas (memoria); o bien
al "vivir" historias imaginarias (novela, teatro, etc.).Y ambas cosas enriquecen
nuestro conocimiento: con la experiencia o con la novedad. b)
El fin último, la voluntad y los afectos
El fin
último (el Bien, con mayúscula) es el que orienta la
vida humana en su conjunto. Una vida buena es la
que está orientada hacia el Bien. Pero, en cambio, los
actos individuales y concretos, no necesariamente están siempre ordenados a
ese Fin: pueden dirigirse a bienes intermedios, o incluso desviarse
del Fin. Para elegir el Fin último, es decisiva la
intervención de la inteligencia y la voluntad: solamente conociendo y
queriendo se puede alcanzar el fin. En los actos concretos,
por el contrario, influyen más los sentimientos momentáneos que la
propia inteligencia. El capricho, el interés, el miedo, el deseo
de venganza, la curiosidad, etc., son los "motores" de la
mayoría de los actos concretos de cada momento(3). En el
conocimiento de la verdad y la elección del bien, entendidos
como cuestiones últimas o quasi-últimas, la inteligencia y la voluntad
son los principales "actores".
Santo Tomás destaca, sin embargo, que ambas
potencias no son completamente autónomas entre sí. Entre ellas se
da el fenómeno que podríamos titular "circularidad", o mutua y
encadenada influencia(4). En nuestro caso quiere decir que: 1º) se
ama más lo que se conoce mejor; 2º) pero, a
su vez, es más fácil conocer lo que se ama.
Lo cual lleva a un progresivo amor; y a un
consecuente mejor conocimiento; etc.
Este proceso puede ser largo si la
Verdad o el Bien son elevados (el conocimiento científico parece
inacabable: cuanto más se descubre, más interrogantes se plantean). Y
cuando el bien es Dios mismo, el proceso es por
sí ilimitado en su crecimiento(5). Naturalmente, la circularidad no es,
en sí misma, decisivamente orientadora: puede dirigirse tanto hacia el
bien como hacia el mal. Y aunque un buen conocimiento
del mal, en psicología tomista, debería apartarnos de él; la
voluntad tiene tal fuerza que hace entender el mal como
bien, ya que ningún error es de tal modo error
que no haya en él parte de verdad. Por el contrario,
en los actos determinados y concretos -que son el objeto
más directo de los afectos- no se da esa circularidad:
1º) siempre intervienen, en alguna medida, la inteligencia, la voluntad
y los sentimientos, porque se trata de un acto humano;
2º) según el carácter de la persona y las circunstancias
del acto, predominan los elementos espirituales o los afectivos; 3º)
pero, una vez concluido el acto, acaba su relación con
él; se pasa a otro acto diferente y empieza un
nuevo proceso; aunque como hemos señalado los afectos dan cierta
continuidad a los actos humanos, también a los más concretos.
Parecería
pues que, en los actos concretos, el predominio de los
sentimientos sobre la inteligencia y voluntad impide que éstos incidan
decisivamente en la elección del Fin último, ya que afectan
poco a lo que la inteligencia y voluntad tienen de
más radical en cuanto dinamismos espirituales(6). c) La influencia de
los afectos y la imaginación en las actitudes definitivas
A pesar de tal apariencia, sin embargo, los afectos influyen
muchísimo en las decisiones últimas de la inteligencia y la
voluntad, a través de su influencia en los actos concretos.
En parte porque los sentimientos positivos facilitan el ejercicio de
todas las facultades del hombre, también la inteligencia y voluntad.
Por ejemplo, facilitan superar el cansancio, la resistencia ante una
contrariedad, la privación de algo que es un impedimento para
aquello que deseamos, etc.
A todos resulta evidente, v.g., que:
1º) es más fácil hacer una carrera que interesa o
que gusta, aunque sea larga y costosa; 2º) la amistad
se facilita (incluso puede llegar al enamoramiento) entre personas que
"sintonizan" en aficiones, gustos, etc.; 3º) el deporte de alta
competición exige muchas privaciones, que se realizan con gusto pensdando
en el triunfo; Además, los hábitos adquiridos se crean por repetición
de actos. Actos que, en general, se realizan porque resultan
gustosos o por lo menos tienen algún interés para el
individuo. Es decir que los sentimientos influyen muy notablemente a
la hora de adquirir hábitos estables. Esos hábitos facilitarán los
actos sucesivos. Y de ese modo la vida va quedando
"marcada" -se quiera o no- por los actos concretos de
cada momento, aunque sean actos pasajeros. El conjunto de ellos
va orientando la vida hacia una dirección determinada.
Moralmente, por tanto,
los afectos y sentimientos tienen mucha influencia en el comportamiento
existencial, aunque en sí mismos no sean buenos ni malos
(como ya vimos en el primer guión sobre la afectividad).
En definitiva, aunque tal comportamiento existencial no sea absolutamente decisorio
para la inteligencia y la voluntad, que siempre conservan el
poder último de elegir -p.ej., siempre cabe el arrepentimiento-; es
indudable que inclina progresivamente a las potencias espirituales en un
sentido o en otro.
Unos ejemplos ayudarán a entender con más
claridad la profundidad de esa influencia: 1º) si se pone afecto
en los actos buenos, la bondad resulta más fácil y
agradable (llena de satisfacción a la persona). Es decir, no
solamente se es bueno, sino que da alegría serlo, y
uno "se siente realizado" en esas obras buenas y generosas.
Al final, la bondad acaba dando sentido a la vida
entera.
2º) si la caridad se acompaña con el afecto, resulta
fácil (cada vez más fácil, por aquello de los hábitos)
vivir la delicadeza, la amabilidad, la cortesía, incluso la "buena
educación" (no con el afán de presumir sino de hacer
amable la vida a los demás). Es lo que quería
decir el Beato Josemaría cuando insistía en que no basta
la caridad, pues todos necesitamos del "cariño"; o sea, de
una caridad acompañada por el afecto.
3º) Un ejemplo muy claro
y de especial importancia radica en algo tan "abstracto" -en
principio- como el puro conocimiento intelectual. Si se acompaña el
conocer con el afecto bueno, se llega poco a poco
a la Sabiduría (en el sentido clásico del término, recogido
por S.Agustín y muy aplicado por él al conocimiento de
las verdades de la fe). Sabiduría no es erudición (conocer
multitud de cosas), sino un saber, que se ama y
que llena el alma de amor. Se alcanza así un
modo de conocer parecido al conocimiento por connaturalidad" (p.ej: como
conoce una madre el estado de ánimo de sus hijos).
Podría asimilarse a la "intuición", pero es algo más: la
simple intuición es adivinar; el conocimiento por connaturalidad es participar
del ser del otro por "sintonía" con sus modos de
pensar o de hacer.
De un modo que encierra cierto paralelismo
con lo visto entre los afectos y el intelecto, la
imaginación también ayuda a "entender" cosas difíciles de explicar con
conceptos y palabras humanas. Es fácil reconocerlo en la misma
revelación divina: 1º) muchas realidades sobrenaturales se entienden mejor con
"parábolas" o "imágenes" que con definiciones; 2º) así resultan medianamente
inteligibles cosas en sí mismas inefables:
a) la verdad de que
"los últimos serán los primeros" -pardójica en sí misma con
mirada humana-, se entiende bien con la parábola de los
invitados al banquete que buscan los primeros puestos.
b) las "imágenes"
de la Iglesia (Cuerpo de Cristo, Pueblo de Dios,...) hacen
entender de la Iglesia probablemente más que una alambicada definición,
especialmente cuando unas imágenes se complementan con otras.
De esta manera,
la imaginación -al igual que los afectos-, cuando está bien
orientada, resulta de gran ayuda a la inteligencia y a
la voluntad en su empeño por alcanzar el fin último
(Verdad y Bien). Nunca podrán sustituir a las potencias espirituales
en su decisión definitiva, pero es indudable que pueden facilitar
o dificultar bastante la rectitud de tal decisión.
2. El
Espíritu Santo: su influencia en el hombre a través de
los afectos a) La elevación del hombre a
un fin sobrenatural
En una persona en gracia, el
Espíritu Santo influye hondamente. Los caminos para esta influencia son
inescrutables e infinitos (no podemos poner límites a Dios). Pero,
según la antropología sobrenatural de Tomás de Aquino, la Gracia
transforma la naturaleza humana que, sin dejar de ser hombre,
le lleva a ser hijo de Dios.
Esta acción del
Espíritu de Cristo en el alma bautizada afecta a todo
el hombre: 1º) a la inteligencia (por la fe); 2º)
a la voluntad (por la caridad); 3º) a toda la
psiquis de la persona (con las virtudes infusas, que influyen
en los sentimientos e incluso en el subconsciente) y 4º)
a cada acto pasajero concreto Por las virtudes infusas de la
fe, la esperanza y la caridad, el Espíritu Santo ordena
a la persona a su Fin último sobrenatural.
La inteligencia
y la voluntad, así elevadas, ya no buscan un Fin
último natural (lo que podría ser la "felicidad natural" del
hombre); sino que se dirigen hacia el conocimiento y el
amor de Dios mismo. Pero hemos dicho que esta influencia
sóla no basta para asegurar la conquista del fin buscado,
porque los actos individuales concretos pueden desviarse el Fin (pueden
ser "malos") y, en conjunto, arrastrar a la voluntad lejos
de ese fin. Es necesario también, por tanto, una influencia
del Espíritu Santo en los actos concretos del hombre.
Una influencia
que nunca podrá ser una intervención directa sobre el conocimiento
y la voluntad, porque supondría suplantar la libertad humana en
la elección de los medios y de las decisiones del
actuar concreto; y Dios no atenta contra la libertad que
El mismo nos ha concedido (la libertad siempre tiene primacía).
El
Aquinate explica que la influencia deberá ejercerse a través de
las virtudes que se ponen en juego en cada acto
concreto: prudencia, fortaleza, templanza... Que ya hemos dicho que se
ven afectadas (elevadas) por la actuación de la gracia en
el alma. De esta manera, el Espíritu Santo no "añade"
un nuevo modo de actuar, a la normal conducta humana;
sino que su influencia se "integra" con los naturales actos
humanos a través de los hábitos reforzados por el Espíritu
Santo. b) La influencia en los afectos y sentimientos
¿Cómo tiene lugar esa influencia del Espíritu en los actos
virtuosos? Según los razonamientos de Santo Tomás su influencia se
recibe principalmente a través de la afectividad. Evidentemente el Espíritu
Santo no está condicionado por ningún modo determinado de hacer,
pero la manera más "normal" (dentro de lo extraordinario que
es que Dios quiera ayudar a cada hombre concreto en
su búsqueda del Bien), es facilitar los actos virtuosos. Y
ya hemos visto que esta facilidad es fruto de los
afectos bien orientados.
De este modo, el Espíritu ayuda a
sentir inclinación hacia el bien y rechazo hacia el mal.
Y consecuentemente a amar la verdad y apartarse del error
concretos, que pudieran estar presentes en cada decisión individual. Así,
con tales sentimientos, va ayudando a la inteligencia -a través
de los sucesivos actos concretos- a conocer mejor la Verdad,
y a la voluntad a ir amando el Bien.
Especialmente aplica
Santo Tomás esta idea a la actuación del los Dones
de Espíritu Santo: 1º) los Dones no sustituyen a las
virtudes, se apoyan en ellas: las complementan y facilitan; 2º)
la acción del Espíritu se integra con el ejercicio de
esas virtudes (humanas e infusas), sin falsear su actuación natural
y propia; y 3º) pero, en la medida que aumenta
esta influencia, los actos virtuosos son cada vez más livianos
e instintivos, porque los afectos hacen más atractiva la virtud
y más rápido su ejercicio (se ama el bien cada
vez con menos esfuerzo, de una manera más "natural").
Al influir
a través de los afectos, como hemos dicho, el Espíritu
Santo incide sobre los actos concretos y particulares, no sobre
la elección del Fin último del hombre. Por eso, su
acción sobre la inteligencia no añade nada a lo ya
conocido por la fe (el Espíritu no "revela más cosas"); además,
ni hace amar nada diferente de lo que la caridad
cristiana tiene como fin (los dos mandamientos esenciales de la
Ley de Dios). Sin embargo, facilita extraordinariamente, con los afectos,
ese conocimiento y amor del Fin último (=Dios) Y, por la
"circularidad" antes citada, esa mayor facilidad lleva consigo una constante
y progresiva profundización en lo que se cree y se
ama: 1º) el conocimiento más profundo lleva a amar a
Dios con una dimensión nueva (las "luces" de Dios "inflaman"
el amor); 2º) ese amor nuevo lleva a entender las
cosas de Dios de una manera enormemente más enriquecedora: "descubriendo"
cosas que no se sospechaban antes. Fe y Amor se
van impulsando mutuamente en una espiral ascendente y acelerada.
En resumen,
el desarrollo de las virtudes cristianas y de la vida
interior es progresivo y acelerado: 1º) la acción del Espíritu
Santo infunde, con la gracia, la dimensión sobrenatural de cada
virtud; 2º) el afecto hacia el bien hace más fácil
la virtud, que crece más deprisa; 3º) este crecimiento hace
más apta a la persona para recibir un incremento de
gracia del Espíritu Santo; y 4º) si no hubiera pecados
y regresiones, la persona adelantaría constante y aceleradamente en el
conocimiento y el amor de Dios.
Este proceso aparece como muy
lento en los inicios de la vida interior, porque cada
paso en la virtud debe vencer numerosas resistencias y obstáculos.
Poco a poco se allana el camino, a medida que
el alma se habitúa a ser dócil a los impulsos
de la gracia. En esa misma medida, crece la rapidez
con que adelanta en el amor. c) La influencia en
la imaginación
La influencia del Espíritu Santo en la persona
también tiene lugar a través de la imaginación. Por medio
de ella, como hemos dicho, ayuda a entender cosas de
Dios, que superan las explicaciones humanas: se trata de un
"entender" más propio de la analogía de la Verdad que
del discurso intelectual.
Un ejemplo puede ser el enorme esfuerzo
agustiniano para explicar el misterio de la Santísima Trinidad: todo
su interés estuvo centrado en encontrar "vestigios" de la Trinidad
en el mundo creado, que es lo que mejor conocemos;
y dentro de él, en el hombre que es la
cúspide de la Creación. Analizando estos vestigios intentó -por analogía-
describir las personas y las relaciones divinas. Es decir, la
imaginación se pone al servicio del "descubrimiento" de una Verdad
inefable para el hombre (como es la Trinidad). Para lograrlo
de modo convincente, la imaginación necesita ser ayudada por el
Espíritu Santo: sólo El sabe qué cosas, de las conocidas
por el hombre, reflejan mejor determinados misterios divinos; y cómo
hay que entenderlas para no desfigurar el misterio al intentar
explicarlo(7). d) La madurez de la vida espiritual
Todo
esto, a lo que nos hemos referido, nada tiene que
ver con el "sentimentalismo" en la vida religiosa. Una ascética
cualquiera, que sea sensata, debe huir igualmente del rigidismo (el
"cumplimiento" porque sí), del voluntarismo (o "perfeccionismo" a ultranza) y
del sentimentalismo (vivir pendientes de lo que se "siente" o
se deja de "sentir"). Se trata, como ya vimos, de
la madurez interior, que sabe armonizar inteligencia, voluntad y afectos,
en un justo equilibrio. Un equilibrio que puede cambiar en
sus proporciones relativas con la edad, circunstancias o carácter; pero
que debe evitar los extremos de cualquier tipo. Si no
se alcanza esta armonía, la vida interior acaba aburriendo (si
es sólo cumplimiento), cansando (si es voluntarismo) o vacía (si
es sentimentalismo).
La armonía que da el Espíritu Santo, en cambio,
renueva constantemente la vida interior (la inteligencia va de asombro
en asombro ante las verdades de Dios, aunque sean siempre
las mismas), la llena de nuevas ilusiones (los sentimientos matizan
los días de un modalidad nueva, aunque se digan siempre
las mismas cosas) y sobre todo de Amor (la voluntad
va inflamándose en caridad, a veces bajo la sencilla forma
de contrición por los mismos pecados de siempre)(8).
En ese "juego"
del Espíritu con el alma, la inteligencia es alimentada principalmente
por los Dones de Ciencia, Entendimiento y Consejo; los sentimientos
por los de Piedad y Temor de Dios; y la
voluntad por los de Fortaleza y Sabiduría (aunque éste último
influye en la persona entera). Naturalmente se trata de una
división un tanto arbitraria, porque cualquiera de los Dones influye
en la entera persona humana. 3. Objetivo de la acción
del Espíritu Santo: la identificación con Cristo a)
Santidad de vida cristiana e identificación con Cristo
La
vida cristiana consiste esencialmente en el seguimiento de Cristo (como
respuesta a su invitación:"ven y sígueme"); hasta llegar a la
identificación con Cristo (vivir la vida como El vivió, hasta
poder decir con S.Pablo: "no soy yo el que vive
sino que Cristo vive en mí"). Ambos procesos son el
resultado de la acción del Espíritu Santo en el hombre:
a) sacramentalmente por el Bautismo y los demás Sacramentos; b)
eclesiológicamente por la incorporación al Cuerpo Místico de Cristo que
es la Iglesia; c) interiormente por la asimilación progresiva de
la Palabra de Dios, bajo las luces que comunica el
Espíritu Santo a cada uno cuando lee, oye o medita
esa Palabra de vida.
Esa identificación con Cristo puede expresarse de
muy diversos modos, pero podríamos resumirla en unas pocas actitudes
existenciales que constituyen como el núcleo de tal identificación. Actitudes
que, referidas a las potencias y afectos humanos de que
venimos tratando, son: 1º) conocer lo que El conoce (aunque
sea a un nivel muy inferior y limitado); 2º) amar
lo que El ama; 3º) "tener los mismos sentimientos de
Cristo Jesús" (con expresión paulina)(9).
Estas actitudes nos identifican, en efecto,
con Cristo y, en definitiva, nos acercan a Dios Uno
y Trino, pues tienen como consecuencias primordiales: conocer y amar
a Dios Padre como Jesucristo; lo cual, salvando siempre las
diferencias propias de la analogía, nos lleva a ser y
sentir la Filiación divina al "estilo" de Jesucristo; con expresión
paulina, ser "coherederos con Cristo"; o con terminología metafísica de
F.Ocáriz, ser "hijos en el Hijo". Y también querer lo
que Cristo quiere, es decir que se cumpla ante todo
la Voluntad del Padre: "no se haga mi voluntad sino
la tuya"; y esto por encima de todos los sacrificios
y planes personales. Ambas condiciones del corazón humano son el
camino más directo hacia la santidad. b) El papel del
Espíritu Santo
Lo que acabamos de exponer es cuestión sabida
y tenida en consideración desde el principio de cualquier camino
espiritual. Toda esa identificación con Cristo, además, es obra del
Espíritu Santo que, a través de los sacramentos y de
otros diversos modos, "nos hace clamar: Abbá!, Pater!"; también esto
es perfectamente conocido en la vida espiritual. ¿Qué papel juega, entonces,
la influencia del Espíritu Santo en el alma, a través
de los afectos y la imaginación, a que nos referido
un poco más arriba? Como toda realidad sobrenatural, hay que
comenzar por ser conscientes de la limitación del intelecto y
del lenguaje humano para sistematizarla. A pesar de ello, podría
decirse que lo que consigue el influjo del Espíritu Santo
en los afectos y sentimientos, es: a) Conocer las verdades de
la fe con un conocimiento sapiencial, que llena el corazón
de amor y los sentimientos de gratitud y alegría (cfr.
lo dicho antes sobre el concepto de Sabiduría)
b) Amar (vivir
la caridad) con un amor efectivo y afectivo: a ello
contribuye en buena medida la imaginación: cuando, bajo la luz
del Espíritu, descubre nuevas imágenes (comparaciones, metáforas) que le ayudan
a entender con visión inédita y sublime lo que ya
sabía de un modo cierto pero confuso; con ello se
renueva el conocimiento, alcanzando mayor profundidad.. Y también los sentimientos
-movidos por el Espíritu- son capaces de amar y gozar
de esas verdades conocidas, de una manera nueva e infinitamente
más penetrante. No sólo se capta más la verdad, sino
que esa captación provoca un vivo amor, agradecimiento, desagravio, etc.
Por eso los escritos de los santos, cuando hablan de
las cosas de Dios, están llenos con frecuencia de símbolos
poéticos y apasionados, fruto de esa imaginación y de esos
sentimientos "tocados" por el Espíritu Santo; y dificilmente comprensibles muchas
veces a quien no los ha experimentado (pueden verse, como
paradigma, los escritos de los místicos castellanos del s.XVI).
c) Es
necesario repetir que no se trata de "sentimentalismo", sino de
una percepción intelectual y de un amor de la voluntad
tan agudos, que no pueden menos de plenificar también, de
algún modo los afectos humanos. A esa percepción llega el
alma por la acción del Espíritu Santo que hemos resumido. Las
consecuencias existenciales de esta acción espiritual son múltiples. Entre otras
ya hemos dicho: vivir la filiación divina con la hondura
que implica "ser otro Cristo"; y amar la Voluntad del
Padre como la amaba Jesús. Lo primero supone una cercanía
a Dios Padre inefable: pareja a la del mismo Cristo,
aunque sea a la medida humana; lo cual se refleja
en la oración filial, el abandono, etc. Lo segundo corresponde
a una disponibilidad total a los planes de Dios, sean
cuales fueren: amor a la Cruz, etc(10).
Esa acción del Espíritu
Santo en el alma puede, además, darse de una doble
manera: de un modo lento y progresivo a lo largo
de los años; poco consciente en cada momento pero efectivo:
más efectivo que reflexivo. Suele ser la manera más ordinaria
de crecer en vida espiritual; y también con la gracia
añadida de ser conscientes de tal acción del Espíritu Santo
en el alma. Esto incrementa el agradecimiento y el afecto
a Dios.
En cualquier caso, el progreso en santidad exige humildad
y docilidad: para "dejar hacer" al Espíritu Santo lo que
El quiera y como El quiera; y para responderle adecuadamente.
Si, ante determinadas luces o afectos del Espíritu Santo, no
nos detenemos suficientemente por prisas, preocupaciones, activismo... (en definitiva, por
pensar en uno mismo), aunque sean prisas "involuntarias", faltará esa
docilidad fáctica y se frenará el progreso hacia la santidad; Pero
todavía es más necesaria la humildad en el segundo caso
(cuando se es más consciente de las gracias recibidas), porque
en este caso cualquier movimiento de vanidad separa de la
gracia y corta de raíz el progreso.
Notas 1.
Las nociones tomistas están sacadas de la tesis de J.Noriega
en Guiados por el Espíritu y la acción del Espíritu
Santo en el alma según Santo Tomás de Aquino. 2.
El conocimiento y el amor miran, de por sí y
en estado "puro", al fin último del hombre (el espíritu
mira a la eternidad, a lo puramente espiritual); en cambio,
los actos determinados, concretos y temporales, miran a lo inmediato:
comida, quehacer, descanso,... (el cuerpo atiende a lo inmediato). De
ese modo, los afectos sirven de "enlace" entre ambos extremos:
ni son momentáneos y totalmente pasajeros, ni plenamente estables y
permanentes, sino que dan continuidad a los actos concretos de
la persona: el hoy tiene relación con el ayer y
con el mañana, pero sin caer en la monotonía de
algo siempre igual: cada día tiene su "color", sus emociones
e imprevistos que lo hacen diferente. 3. Por ejemplo, una
persona decide el deporte a practicar más por gusto o
por oportunidad que porque, esencialmente, sea mejor o peor. O
también, es más fácil hacer horas extraordinarias de estudio antes
de un examen, que en el mes de octubre. 4.
Este concepto de "circularidad" ha sido aplicado por Juan Pablo
II a las relaciones entre Fe y Razón, en su
Encíclica Fides et Ratio. 5. Se detalla más en el
nº 2. 6. No nos referimos aquí a la "inteligencia
práctica", usada para elegir unos medios concretos para un objeto
inmediato; sino a la inteligencia en su sentido más estricto.
7. En este sentido, el Beato Josemaría aconsejaba leer el
Evangelio poniendo la imaginación al servicio de las escenas que
se narran en los Evangelios. 8. Otro ejemplo: la liturgia
(Pref. común IV) insiste en que Dios no se enriquece
con nuestra acción de gracias o con nuestras alabanzas, lo
que es evidente desde el punto de vista teológico. Un
corazón humano agradecido a Dios es, sin embargo, algo fundamental
para la vida interior: cuando se fomenta un agradecimiento sincero
y vivo, se hace más fácil el sacrificio por amor,
se acude con más fervor a la oración, etc. El
Espíritu Santo ayuda a quedar "deslumbrados" por los dones divinos,
lo que lleva a agradecérselos con una viveza que no
consiguen todos los razonamientos humanos. 9. El Beato Josemaría, por
ejemplo, aconsejaba, como hemos dicho, poner la imaginación al leer
el Evangelio, de modo que su lectura nos ayude a
reaccionar con los sentimientos propios de quienes están allí presenciando
la escena; muchas veces con los sentimientos del mismo Jesús,
que tenía compasión por la muchedumbre, se apiadaba de la
viuda con su hijo único recién fallecido, se airaba contra
los fariseos o los vendedores del Templo, perdonaba misericordiosamente a
la mujer pecadora, etc. 10. Como ejemplo podría ponerse el
"descubrimiento" de la Filiación divina que Beato Josemaría realiza a
los 29 años, en X-1931; no puede suponerse que no
supiera que era hijo de Dios, sino que el Espíritu
Santo le hizo "entender" y "vivir" de un modo completamente
nuevo lo que ya sabía de siempre.
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