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Autor: Alfonso Aguiló | Fuente: Interrogantes.net Simpatía y Talento Social
La capacidad de establecer relaciones con los demás, el reconocre sus sentimientos, ajustarse al tono de una conversación...son algunos de los frutos de la formación en las virtudes sociales.
Simpatía y Talento Social
"El corazón humano es un instrumento de muchas cuerdas; el perfecto conocedor de los
hombres las sabe hacer vibrar todas, como un buen músico". Charles Dickens
Capacidad
de establecer contacto personal
«Yo veía –me contaba con cara seria
David, un chico de quince años, refiriéndose a uno de
sus profesores– que aquel hombre lo pasaba realmente mal en
nuestra clase.
”Y entonces me acordé de que ese profesor nuestro
tendría mujer, y seguramente hijos. Y pensé en ellos, en
que probablemente le estarían esperando esa noche para cenar, y
le llamarían de tú, y le darían un beso al
llegar a casa. Tenían este padre grandote y cansado, digno
de todo cariño, al que nosotros estábamos impacientando y despreciando
con aquel barullo.»
Según le iba escuchando, pensaba en la notable
capacidad que tenía David para observar y reconocer los sentimientos
de otros. Aquel chico, a quien ya conocía de tiempo
atrás, tenía un sorprendente talento para comprender lo que sucedía
en el interior de las personas, y eso le hacía
ser muy sociable. Era de esas personas con las que
resulta agradable estar porque su destreza emocional hace a cualquiera
sentirse bien a su lado.
Y pensaba en que las personas
que son así tienen una valía especial, pues pueden influir
muy positivamente en los demás. Son aquellos a quienes todos
se dirigen cuando necesitan un consejo, unas palabras de consuelo
o un rato de conversación. Era evidente que David lograba
establecer enseguida un contacto personal con cualquiera. ¿A qué se
debía?
No resultaba fácil saberlo, pues era algo muy sutil, un
conjunto de cualidades un tanto misteriosas, que se manifestaban en
su forma de saludar, en el tono de voz que
empleaba, en el modo de interesarse por un detalle personal,
en una mirada que despierta un sentimiento de cercanía y
de conexión, que hace al interlocutor sentirse bienvenido y valorado.
Pero, sobre todo, David reconocía muy bien cómo se sentían
las personas.
¿Y cómo se desarrolla esa capacidad?
Desarrollando la capacidad de
observación, y siendo capaces asociar esos sentimientos que vemos en
los demás a unos determinados gestos, comentarios, expresiones faciales, tonos
de voz, tipos de reacciones, etc., que también observamos simultáneamente
en ellos.
Pero eso suena un poco a obsesión psicológica por
catalogar a la gente, ¿no?
No se trata de eso. Puede
y debe ser algo muy natural. Por ejemplo, hay personas
que parecen no tener apenas capacidad para darse cuenta de
si su cónyuge, su hijo, su padre, su compañero, su
vecino, o quien sea, tienen buena o mala cara. ¿Por
qué? Porque quizá nunca se fijan en la cara que
los otros ponen, o porque van un poco a lo
suyo, o no se les ocurre prestar atención a eso.
Cuando
se pone un poco de interés, pronto se distingue con
claridad que la cara que trae hoy es la de
disgusto (o de alegría radiante). O que esa sonrisa forzada
indica sutilmente que no le ha hecho ninguna gracia la
broma que le han hecho. O vemos que ha torcido
el labio como hace siempre que empieza a enfadarse. O
que esas ojeras y la palidez de la cara revelan
una larga noche de insomnio. O que ese otro silencio,
o esa significativa ausencia, indican una determinada situación de crisis
interior.
Es preciso aprender a interpretar los rostros. Nuestra cara y
nuestros ojos reflejan misteriosamente nuestro estado interior, y almacenan una
enorme carga de información, de innumerables sentimientos y motivaciones. A
medida que avancemos en ese aprendizaje emocional, cada vez lograremos
interpretar mejor los sentimientos que embargan a una persona, e
iremos sabiendo mejor cómo comportarnos ante ella, e incluso cómo
prever esos sentimientos. Esto último es especialmente importante, pues podremos
saber con bastante exactitud, por ejemplo, cuándo una persona está
a punto de enfadarse, o, mejor, qué es lo que
le puede molestar, y qué es lo que le puede
alegrar o tranquilizar.
En cambio, las personas que desarrollan poco esa
habilidad para captar y transmitir emociones suelen tener problemas, pues
despiertan fácilmente la incomodidad de los demás. Y lo más
doloroso para ellas es que –precisamente por su incapacidad para
reconocer los sentimientos de los demás– no logran entender bien
por qué los otros se molestan.
Por ejemplo, saber ajustar el
tono emocional de una conversación es una habilidad extraordinariamente importante
en las relaciones humanas, y muestra de un control inteligente
y profundo de la propia vida emocional. Es una habilidad
que algunos poseen en alto grado de modo innato (igual
que otros nacen más dotados para determinados deportes, o para
el ritmo musical, o para actuar en público), pero está
claro que son habilidades que cualquiera puede desarrollar poco a
poco, con esfuerzo, motivación y tiempo.
Las personas más dotadas para las
relaciones humanas son aquéllas que observan los sentimientos de los demás, saben
reconocerlos, saben preverlos y saben estimularlos positivamente.
Talento social
Es la hora del recreo
en la guardería y un grupo de niños está corriendo
por el patio. Varios tropiezan, y uno de ellos se
hace daño en una rodilla y comienza a llorar. Todos
los demás siguen con sus juegos, sin prestarle atención..., excepto
Roger.
Roger se detiene junto al chico que ha caído,
le observa, espera a que se calme un poco, y
después se agacha, frota con la mano su propia rodilla
y comenta, con un tono comprensivo y conciliador: «¡vaya, yo
también me he hecho daño!».
Esta escena es observada por un
equipo investigador que dirigen Tomas Hatch y Howard Gardner, en
una escuela norteamericana.
Al parecer, Roger tiene una extraordinaria habilidad
para reconocer los sentimientos de sus compañeros de guardería y
para establecer un contacto rápido y amable con ellos. Fue
el único que se dio cuenta del sufrimiento de su
compañero, y también fue el único que trató de consolarle,
aunque sólo pudiera ofrecerle su propio dolor: un gesto que
denota una habilidad especial para las relaciones humanas y que,
en el caso de un preescolar, augura la presencia de
un prometedor conjunto de talentos que irán floreciendo a lo
largo de su vida.
Al término de su estudio sobre
el comportamiento infantil en la escuela, estos investigadores propusieron una
clasificación de las habilidades que reflejan el talento social de
una persona: • Capacidad de liderazgo, es decir, de
movilizar y coordinar los esfuerzos de un grupo de personas.
Es una capacidad que se apunta ya en el patio
del colegio, cuando en el recreo surge un niño o
una niña –siempre los hay– que decide a qué jugarán,
y cómo; y que pronto acaba siendo reconocido por todos
como líder del grupo.
• Capacidad de negociar soluciones, o
sea, de mediar entre las personas para evitar la aparición
de conflictos o para solucionar los ya existentes. Son los
niños –también los hay siempre– que suelen resolver las pequeñas
disputas que se producen en el patio de recreo.
•
Capacidad de establecer conexiones personales, esto es, de dominar
el sutil arte de las relaciones humanas que requieren la
amistad, el amor o el trabajo en equipo. Es la
habilidad que acabamos de señalar en Roger: son esos niños
que saben llevarse bien con todos, que saben reconocer el
estado emocional de los demás, y suelen ser por ello
muy queridos por sus compañeros.
• Capacidad de análisis
social, es decir, de detectar e intuir los sentimientos, motivos
e intereses de las personas. Son los niños que desde
muy pronto se sitúan sobre cómo son los demás compañeros
o profesores, y demuestran una intuición muy notable.
El conjunto
de esas habilidades –que, insistimos, son al tiempo innatas y
adquiridas– constituye la materia prima de la inteligencia interpersonal, y
es el ingrediente fundamental del encanto, del éxito social y
del carisma personal.
Como ha señalado Daniel Goleman, esas personas
socialmente inteligentes saben controlar la expresión de sus emociones, conectan
más fácilmente con los demás, captan enseguida sus reacciones y
sentimientos, y gracias a eso pueden reconducir o resolver los
conflictos que aparecen siempre en cualquier interacción humana. Muchos son
también líderes naturales, que saben expresar los sentimientos colectivos latentes
y guiar a un grupo hacia el logro de sus
objetivos. Son, en cualquier caso, el tipo de personas con
quienes resulta agradable estar porque hacen siempre aportaciones constructivas y
transmiten buen humor y sentido positivo.
Pero habrá personas con
gran éxito social, muy populares, pero que están insatisfechas por
dentro, supongo.
Sin duda, pues las habilidades sociales no deben
ser un fin en sí mismas, sino un medio para
hacer el bien, a uno mismo y a los demás.
Si una persona busca ese éxito en sus relaciones humanas
quebrantando los valores morales o traicionando sus principios, podrá ser
un experto en causar buena impresión (en expresión de Mark
Snyder, será un auténtico camaleón social), pero fracasará rotundamente en
su vida personal.
Algunas personas caen en ese error como
consecuencia de un deseo excesivo –a veces patológico– de ser
querido y apreciado por todos. Ese deseo les lleva a
aparentar de continuo lo que no son, y, en esa
enfermiza carrera por ganarse el afecto de los demás, caen
en una especie de mercantilismo emocional. Son personas que pueden
llegar a tener una imagen excelente, pero unas relaciones personales
muy inestables y poco gratificantes.
Aprender a situarse
Hay personas cuya
torpeza en sus relaciones humanas proviene, simplemente, de haber recibido
una escasa educación en todo lo referente a las normas
de comportamiento social. Cuando advierten esas carencias, puede invadirles un
considerable miedo a no saber manejarse con soltura o a
cometer errores que les parecen extraordinariamente ridículos.
¿Y no será
que esas personas son por naturaleza más torpes para aprender
las normas de buena convivencia, aunque se las hayan enseñado?
Muchas veces serán las dos cosas, y se potenciarán la
una a la otra. La falta innata de habilidades sociales
suele generar una cierta ansiedad en quien la padece, al
advertir su propia torpeza, y eso dificulta su capacidad de
aprender. En cualquier caso, la única solución asequible es esforzarse
por cultivar cuestiones básicas para la buena convivencia diaria. Por
ejemplo, aprender a: • iniciar o mantener con soltura una
conversación circunstancial, para no ser de esos que a las
dos palabras tienen que despedirse con cualquier pretexto, porque apenas
tienen conversación y no saben qué más decir.
• mostrar
interés por lo que nos dicen, y hablar sin apartar
la mirada;
• saber decir que no, o dar por
terminada una conversación o una llamada telefónica que se alarga
demasiado;
• darse cuenta de que el interlocutor lleva
tiempo emitiendo discretas señales de su deseo de cambiar de
tema, o de terminar la conversación o la visita;
•
no invadir el espacio personal de los demás (no acercarse
físicamente demasiado al hablar; no entrar en temas o lugares
que requieren andarse con mucha más prudencia y respeto; evitar
preguntas molestas o inoportunas; etc.); • no emplear tono
paternalista, o de reconvención inoportuna, de hostilidad o de superioridad
(todos ellos despiertan incomodidad o actitud de defensa en el
interlocutor);
• pedir perdón cuando sea necesario, dar las gracias,
pedir las cosas por favor, etc. (es más importante de
lo que parece).
Se trata de reconocer los mensajes emocionales que
emiten los demás, y también de acertar en los que
emitimos nosotros. Ambas sensibilidades suelen estar muy relacionadas, y ambas
son muy importantes. A veces, por ejemplo, una simple expresión
facial inoportuna o desafortunada, o un comentario o un tono
de voz que se interprete de forma negativa, pueden hacer
que los demás reaccionen de forma distinta a lo que
esperábamos, y nos sentiremos frustrados ante esos efectos indeseados de
nuestro comportamiento. Por eso resulta decisivo aprender a situarse en
relación a cada persona, sabiendo que cada uno puede tener
una forma de ser muy distinta a la nuestra.
No
basta con tratar a los demás como queremos que nos traten
a nosotros, hay que tratarles como querríamos que nos trataran
si fuéramos como ellos.
Un ejemplo es lo que sucede con
la idiosincrasia de cada país o región, o con el
estilo propio de cada ambiente social o tipo de personas.
Hay modos de decir o de tratarse que en un
lugar pueden resultar muy normales, pero en otros resultan chocantes.
En unos ambientes, por ejemplo, es habitual tratarse enseguida con
mucha confianza, pero en otros lo normal es ir más
despacio; y lo que en unos sitios puede ser una
muestra de franqueza, en otros puede parecer agresivo o provocador.
También hay que tener presente que la gente de determinados
ambientes o lugares suele ser más sensible, y tratarse entre
sí con mucha delicadeza, empleando un tono más apacible, y
diciéndose las cosas de modo menos directo. Si alguien ajeno
no actúa así, aparecerá ante ellos como una persona seca
y cortante. En cambio, en otras circunstancias, esa actitud resultaría
extraña, o podría interpretarse incluso como de falta de confianza
o de carácter.
Es de vital importancia hacerse cargo de cómo es y cómo
está quien tenemos delante.
Necesidad de ser aceptado
El miedo a no ser
aceptado es uno de los principales factores que retraen a
un niño a la hora de aproximarse a un grupo
de compañeros de clase que están enfrascados en un juego.
Se trata de una inquietud que produce un cierto grado
de ansiedad, que habitualmente potencia la falta de habilidades sociales
del chico y aumenta el riesgo de que actúe con
torpeza cuando se acerque al grupo –si finalmente se atreve–
e intente incorporarse a él aparentando una total naturalidad.
Es
ése un momento crítico, en el que la falta de
soltura y de habilidad social puede hacerse patente con toda
su crudeza. Como apunta Daniel Goleman, resulta ilustrativo y al
tiempo doloroso ver cómo un niño da vueltas en torno
a un grupo de compañeros que están jugando y que
no le permiten participar. Además, los niños pequeños suelen ser
cruelmente sinceros en los juicios que llevan implícitos tales rechazos.
La ansiedad que siente el niño rechazado, o que teme
ser rechazado, no es muy distinta de la que experimenta
el adolescente que se encuentra aislado en medio de una
conversación de un grupo de amigos, y no sabe bien
cómo o cuándo intervenir. O la de quien está en
una fiesta, o en una discoteca, pero quizá sufre una
profunda soledad, pese a estar rodeado de quienes parecen ser
sus amigos íntimos. O la que siente un adulto en
una comida o una reunión en la que no logra
situarse y entablar una conversación fluida con nadie.
Volviendo a
nuestro ejemplo, si observamos cómo actúa un niño que sabe
manejarse bien, veremos que quizá el recién llegado comienza analizando
durante un tiempo qué es lo que ocurre, antes de
poner en marcha una estrategia de aproximación. Su éxito depende
de su capacidad para comprender el marco de referencia del
grupo y saber qué cosas serán aceptadas y cuáles estarían
fuera de lugar.
Un error muy habitual en los niños
más torpes –igual que sucede con los mayores– es que
pretenden tomar protagonismo demasiado pronto: enseguida dan sus opiniones o
muestran su desacuerdo, cuando aún no han sido suficientemente aceptados
por el grupo, y entonces son rechazados o ignorados.
En
otros casos, el problema es que se enfadan cuando pierden,
o se jactan y humillan a los demás cuando ganan,
y con esa actitud se ganan igualmente el rechazo de
los demás.
Los que son más hábiles, en cambio, observan
antes al grupo, para comprender bien lo que está ocurriendo,
y luego hacen algo para facilitar su aceptación, y esperan
a que se confirme esa aceptación antes de dar sus
opiniones o proponer un plan. Si quieren expresar sus ideas
o sus preferencias, procuran que los demás expresen antes las
suyas: así, al tantear y tener en cuenta los deseos
de los demás, les resulta más fácil no perder la
conexión con ellos.
Esas personas procuran comportarse de modo amistoso
y simpático; saben encontrar soluciones alternativas en los momentos de
conflicto (en vez de pelearse o automarginarse); se esfuerzan por
mostrarse abiertos y comunicativos; escuchan y observan a los otros
para averiguar cómo se sienten; saben decir algo agradable cuando
los demás hacen algo bien; brindan con facilidad su colaboración
y su ayuda; etc.
En cambio, quienes tienen menos discernimiento
emocional no saben cómo deben actuar para que se les
considere una compañía agradable y los demás estén a gusto
con ellos. Y el niño que fracasa en sus relaciones
sociales –en el aula o en otros ámbitos– sufre de
una manera que a muchos adultos les resulta difícil comprender
(o recordar).
Pero la cuestión clave, además, no es ese
sufrimiento infantil (o al menos no es sólo eso), sino
el riesgo de que esa frustración reduzca seriamente sus posibilidades
futuras en cuanto a las relaciones humanas y condicione negativamente
el desarrollo de su estilo sentimental. En el crisol de
las amistades infantiles y en el bullicio del juego es
donde se forjan las primeras habilidades emocionales que van definiendo
el propio estilo sentimental.
Todo lo que la educación pueda
hacer para fomentar el talento social de los niños resultará de
indudable trascendencia de cara a su futuro.
Como afirma el psicoanalista Harry
Stack Sullivan, el primer trato con los mejores amigos del
mismo sexo es lo que mejor enseña en la infancia
a navegar con soltura en el mundo de las relaciones
humanas, a dirimir nuestras diferencias y a compartir nuestros sentimientos
más profundos. Los niños que son o se sienten rechazados
disponen de muchas menos ocasiones para entablar amistades en los
años escolares, y pierden así una oportunidad crucial para su
desarrollo emocional. En este sentido, tener amigos –aunque al principio
sólo sea uno e incluso aunque esa amistad no sea
muy sólida–, puede suponer para esos chicos un punto de
inflexión en su educación sentimental. Una razón más para que
los padres faciliten a sus hijos la posibilidad de hacer
buenos amigos en ambientes adecuados.
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