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| ¿Políticos o burócratas? |
Algunos gobernantes y directores de empresa consideran que un proyecto
estratégico de políticas públicas o de empresa, es un listado
interminable de buenas intenciones cuando en realidad un buen plan
estratégico es una síntesis muy breve y bien relacionada de
objetivos posibles en orden de logro.
La filosofía metafísica enseña (hoy
sabiduría prohibida en escuelas que enseñan solo técnicas o sea
los cómos) que nada puede llegar a ser real, si
primero no es posible. Los posibles se agrupan en objetivos
escalonados para su logro, que un directivo realista descubre y
respeta, si no quiere confundir ilusión con realidad.
Verborrea política
de promesas incumplibles, no es igual a un programa realizable.
Pocas
cosas son verdaderamente importantes en la organización, y si esas
se componen primero, muchos problemas de operación se arreglan solos.
Un
gobierno que se propusiera y tuviera poder para enderezar en
calidad, honestidad y justicia dos problemas, la burocracia y el
sindicalismo heredado del corporativismo antidemocrático, habría empezado a componer el
país desde las bases. Podría controlar el gasto público desbordado,
reducir trámites, bajar impuestos y dar trabajo real con valor
agregado y no solo ocupación burocrática improductiva con sueldo.
Nuestra tradición
histórica es burocrática desde antes de la Conquista, en el
virreinato, pasando por el liberalismo del siglo XIX.
En la
historia actual por la rotación partidista, el crecimiento burocrático es
geométrico, pues cada grupo de poder pretende colocar a sus
incondicionales y cada gobernador ambiciona clonar a la burocracia de
la Federación, cada municipio la de su estado, con lo
que las funciones y trámites se duplican y triplican. Demasiadas
autoridades y paradójicamente nula autoridad y eficiencia.
El peor de los
contubernios se presenta cuando políticos, burocracia y sindicalismo frenadores de
inversiones productivas, se conjuntan en búsqueda de las ventajas de
sus grupos de poder. Esta trilogía enmarañada puede acabar con
el país que se va ahogando en un gasto incontrolable
y en una productividad cada vez más baja.
La función de
los partidos es formar políticos de nivel cultural y ético
y no ser una incubadora de burócratas. Ahora cualquier partido
se ve como fuente de chamba.
El partido puede garantizar
la vida, mientras se carezca de opiniones propias, se obedezca
la línea y se pueda ser lambiscón con las jerarquías.
La enorme riqueza que reciben los partidos los ha vuelto
tan apetecibles que los ha corrompido y ha acabado con
los ideales de servicio republicano por prestigio o por honor.
Confundimos
lamentablemente ser político con ser burócrata (algo incompatible en democracias
avanzadas donde el puesto burocrático nada tiene que ver con
la afiliación política, sino con la eficiencia y la honestidad
personal), pues a la mexicana, todo burócrata se siente político
y el político, si no vive del presupuesto, se considera
expulsado del paraíso, además sabe que adquiere fuerza si él
mismo es capaz de construirse una corte propia de servidores,
concediendo puestos a sus valedores y familiares con sueldos atractivos
prestaciones y viajes.
“Vivir fura del presupuesto es vivir en el
error”; esta ha sido la fórmula para que nuestra burocracia
crezca sin límites y no haya autoridad que controle este
cáncer: ni Presidencia, ni Programación y Presupuesto, ni la de
la Función Pública, más burocracia que no controla a la
burocracia.
Por esto nuestro gasto corriente no tiene límite (como está
sucediendo en Grecia y en España) y acaba con la
economía del país, donde los productivos pagan cada vez mas
impuestos, pues todo el costo va con cargo a los
que emprenden, a quienes producen con su trabajo e inversión
el valor agregado para el producto interno.
“Nada puede llegar a
ser real, si primero no es posible”. “Verborrea política de promesas
incumplibles, no es igual a un programa realizable”.
“La enorme riqueza
que reciben los partidos los ha vuelto tan apetecibles que
los ha corrompido”.
El partido político se convierte así en la
oficina de contratación pues gana adeptos dóciles e ineficientes dando
poder a ineptos (caso Juanito) pues no interesa la preparación
y la moral, más bien estorba para los negocios en
puerta. Los puestos se convierten en oportunidades intercambiables al gusto
o a las necesidades del jefe y no a los
requerimientos del puesto.
Para la burocracia el concepto del costo no
existe pues no es su dinero y en la demagogia
popular puede prometer todo en forma gratuita y de por
vida, pues es la forma de “apoyar a los pobres”
a quienes no hay que hacer ni más independientes, capaces
y responsables, para no perder la sumisión de sus votos,
que el partido requiere, a la vez que se está
generando la propia imagen de bondad y justicia del gobernante.
El
gasto público impacta poco en el desarrollo económico y es
sólo un oneroso gasto que incrementa el consumo de los
burócratas beneficiados, al reducir -por el pago de las altísimas
nóminas- la inversión pública productiva donde sí es posible dar
trabajo con valor real.
¿Quién determina los emolumentos y las prestaciones?
Los propios interesados. Por ello la mejor paga de la
burocracia es la del poder legislativo, aunque su duración puede
ser más corta, comparada con la del poder judicial. Antiguamente
había, en la sociología de la burocracia alta, un concepto,
ahora olvidado, que eran los llamados estamentos, esto es, la
pertenencia honrada y honorable a un trabajo que requiera especialización
y orgullo de grupo (por ejemplo, aún lo tienen los
bomberos o la Cruz roja, pero son excepción). La dignidad
social de ciertos puestos se consideraba más importante que el
propio pago por el honor y la dignidad ganada que
compensaba los bajos privilegios materiales.
Los bomberos de incendios forestales, peligroso
trabajo, son aún en muchos países un estamento de honor
y servicio a la comunidad.
Ahora esto es desconocido, pues
el contratado burócrata por lo general no siente pertenencia ni
honor de grupo, sino sólo dependencia política de quien lo
protege. Ya no se busca trabajo realizando valor, se busca
simplemente un puesto. No es cosa de qué se puede
aportar, sino sólo de cuánto se va a recibir.
“El partido
político se convierte así en la oficina de contratación... no
interesa la preparación y la moral, más bien estorba para los
negocios en puerta”.
“Para la burocracia el concepto del costo no
existe pues no es su dinero”.
La fiebre de igualitarismo acabó
con las jerarquías de calidad necesarias en cualquier institución organizada
y por ahora mandar se dificulta pues el jefe debe
negociarlo todo, pedir y conceder favores. Somos expertos en terminar
con la autoridad de las instituciones, no en crearlas.
Debido a
la grandeza del aparato, a las oscuras leyes en ocasiones
incumplibles, cambiantes y contradictorias, la relación entre los burócratas de
distintas dependencias y aun en la misma se dificulta; con
la ciudadanía se da una relación de enajenación total.
No hay
distinción, dentro de la burocracia, entre los cumplidos y los
incumplidos, los responsables y los corruptos, por lo cual todo
da igual, pues lo contrario se denomina discriminación por parte
de los jefes. El jefe que exige se hace odiar.
La
cooperación entre personas y dependencias de gobierno, en la vastedad
de la desorganización, produce que al jefe, aunque quiera alguna
vez ser eficiente y colaborar, se le dificulte, pues puede
contraer responsabilidades que le hagan perder el puesto o ser
delincuente; por tanto, la regla de oro del burócrata es
que “el que no actúa no se equivoca”, pues es
mejor diferirlo todo, para ver si se compone solo o
se olvida.
Marx dio una de las mejores definiciones que explica
a la burocracia: “el burócrata se relaciona con el mundo
como un mero objeto de su actividad”, habría que añadir
o de sus arreglos y negocios personales concediendo favores, reduciendo
estorbos.
Ahora hay que distinguir entre la burocracia que opera la
electrónica de la que se ocupa de las decisiones de
los trámites.  “El contratado burócrata por lo general no siente pertenencia
ni honor de grupo, sino sólo dependencia política de quien lo
protege”.
“La regla de oro del burócrata es que “el que
no actúa no se equivoca”.
¿Quién opera las computadoras? Es por
ahora un poder aparte. Suele estar en otra oficina. Si
se le encuentra dirán, con razón, que ellos saben de
las máquinas y los sistemas, pero que no estaban autorizados
a recibir instrucciones del público. Encontrar al burócrata que pueda
resolver con criterio y autoridad y modificar al mismo tiempo
los registros es una suerte enorme.
La computación en lugar de
simplificar está duplicando trámites, entre quien tiene que autorizar pero
no tiene acceso a los registros y quien registra pero
carece de autoridad para aprobar. La simplificación administrativa podría empezar
por ahí.
El mundo globalizado avanza demasiado aprisa y nosotros seguimos
atorados por nosotros mismos. Somos el país de los topes
y de los reglamentos absurdos, donde el poder se manifiesta
estorbando.
Dr. José E. Morales Mancera, es doctor en Filosofía, Contador
Público y Lic. en Administración de Empresas. Autor de varios
libros y conferencista regular en la USEM. |
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