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Autor: José Morales Mancera | Fuente: usem.org.mx
¿Políticos o burócratas?
Un buen plan estratégico es una síntesis muy breve y bien relacionada de objetivos posibles en orden de logro
 
¿Políticos o burócratas?
¿Políticos o burócratas?
Algunos gobernantes y directores de empresa consideran que un proyecto estratégico de políticas públicas o de empresa, es un listado interminable de buenas intenciones cuando en realidad un buen plan estratégico es una síntesis muy breve y bien relacionada de objetivos posibles en orden de logro.

La filosofía metafísica enseña (hoy sabiduría prohibida en escuelas que enseñan solo técnicas o sea los cómos) que nada puede llegar a ser real, si primero no es posible. Los posibles se agrupan en objetivos escalonados para su logro, que un directivo realista descubre y respeta, si no quiere confundir ilusión con realidad.

Verborrea política de promesas incumplibles, no es igual a un programa realizable.

Pocas cosas son verdaderamente importantes en la organización, y si esas se componen primero, muchos problemas de operación se arreglan solos.

Un gobierno que se propusiera y tuviera poder para enderezar en calidad, honestidad y justicia dos problemas, la burocracia y el sindicalismo heredado del corporativismo antidemocrático, habría empezado a componer el país desde las bases. Podría controlar el gasto público desbordado, reducir trámites, bajar impuestos y dar trabajo real con valor agregado y no solo ocupación burocrática improductiva con sueldo.

Nuestra tradición histórica es burocrática desde antes de la Conquista, en el virreinato, pasando por el liberalismo del siglo XIX.

En la historia actual por la rotación partidista, el crecimiento burocrático es geométrico, pues cada grupo de poder pretende colocar a sus incondicionales y cada gobernador ambiciona clonar a la burocracia de la Federación, cada municipio la de su estado, con lo que las funciones y trámites se duplican y triplican. Demasiadas autoridades y paradójicamente nula autoridad y eficiencia.

El peor de los contubernios se presenta cuando políticos, burocracia y sindicalismo frenadores de inversiones productivas, se conjuntan en búsqueda de las ventajas de sus grupos de poder. Esta trilogía enmarañada puede acabar con el país que se va ahogando en un gasto incontrolable y en una productividad cada vez más baja.

La función de los partidos es formar políticos de nivel cultural y ético y no ser una incubadora de burócratas. Ahora cualquier partido se ve como fuente de chamba.

El partido puede garantizar la vida, mientras se carezca de opiniones propias, se obedezca la línea y se pueda ser lambiscón con las jerarquías. La enorme riqueza que reciben los partidos los ha vuelto tan apetecibles que los ha corrompido y ha acabado con los ideales de servicio republicano por prestigio o por honor.

Confundimos lamentablemente ser político con ser burócrata (algo incompatible en democracias avanzadas donde el puesto burocrático nada tiene que ver con la afiliación política, sino con la eficiencia y la honestidad personal), pues a la mexicana, todo burócrata se siente político y el político, si no vive del presupuesto, se considera expulsado del paraíso, además sabe que adquiere fuerza si él mismo es capaz de construirse una corte propia de servidores, concediendo puestos a sus valedores y familiares con sueldos atractivos prestaciones y viajes.

“Vivir fura del presupuesto es vivir en el error”; esta ha sido la fórmula para que nuestra burocracia crezca sin límites y no haya autoridad que controle este cáncer: ni Presidencia, ni Programación y Presupuesto, ni la de la Función Pública, más burocracia que no controla a la burocracia.

Por esto nuestro gasto corriente no tiene límite (como está sucediendo en Grecia y en España) y acaba con la economía del país, donde los productivos pagan cada vez mas impuestos, pues todo el costo va con cargo a los que emprenden, a quienes producen con su trabajo e inversión el valor agregado para el producto interno.

“Nada puede llegar a ser real, si primero no es posible”.
“Verborrea política de promesas incumplibles, no es igual a un programa realizable”.

“La enorme riqueza que reciben los partidos los ha vuelto tan apetecibles que los ha corrompido”.


El partido político se convierte así en la oficina de contratación pues gana adeptos dóciles e ineficientes dando poder a ineptos (caso Juanito) pues no interesa la preparación y la moral, más bien estorba para los negocios en puerta. Los puestos se convierten en oportunidades intercambiables al gusto o a las necesidades del jefe y no a los requerimientos del puesto.

Para la burocracia el concepto del costo no existe pues no es su dinero y en la demagogia popular puede prometer todo en forma gratuita y de por vida, pues es la forma de “apoyar a los pobres” a quienes no hay que hacer ni más independientes, capaces y responsables, para no perder la sumisión de sus votos, que el partido requiere, a la vez que se está generando la propia imagen de bondad y justicia del gobernante.

El gasto público impacta poco en el desarrollo económico y es sólo un oneroso gasto que incrementa el consumo de los burócratas beneficiados, al reducir -por el pago de las altísimas nóminas- la inversión pública productiva donde sí es posible dar trabajo con valor real.

¿Quién determina los emolumentos y las prestaciones? Los propios interesados. Por ello la mejor paga de la burocracia es la del poder legislativo, aunque su duración puede ser más corta, comparada con la del poder judicial. Antiguamente había, en la sociología de la burocracia alta, un concepto, ahora olvidado, que eran los llamados estamentos, esto es, la pertenencia honrada y honorable a un trabajo que requiera especialización y orgullo de grupo (por ejemplo, aún lo tienen los bomberos o la Cruz roja, pero son excepción). La dignidad social de ciertos puestos se consideraba más importante que el propio pago por el honor y la dignidad ganada que compensaba los bajos privilegios materiales.

Los bomberos de incendios forestales, peligroso trabajo, son aún en muchos países un estamento de honor y servicio a la comunidad.

Ahora esto es desconocido, pues el contratado burócrata por lo general no siente pertenencia ni honor de grupo, sino sólo dependencia política de quien lo protege. Ya no se busca trabajo realizando valor, se busca simplemente un puesto. No es cosa de qué se puede aportar, sino sólo de cuánto se va a recibir.

“El partido político se convierte así en la oficina de contratación... no interesa la preparación y la moral, más bien
estorba para los negocios en puerta”.

“Para la burocracia el concepto del costo no existe pues no es su dinero”.

La fiebre de igualitarismo acabó con las jerarquías de calidad necesarias en cualquier institución organizada y por ahora mandar se dificulta pues el jefe debe negociarlo todo, pedir y conceder favores. Somos expertos en terminar con la autoridad de las instituciones, no en crearlas.

Debido a la grandeza del aparato, a las oscuras leyes en ocasiones incumplibles, cambiantes y contradictorias, la relación entre los burócratas de distintas dependencias y aun en la misma se dificulta; con la ciudadanía se da una relación de enajenación total.

No hay distinción, dentro de la burocracia, entre los cumplidos y los incumplidos, los responsables y los corruptos, por lo cual todo da igual, pues lo contrario se denomina discriminación por parte de los jefes. El jefe que exige se hace odiar.

La cooperación entre personas y dependencias de gobierno, en la vastedad de la desorganización, produce que al jefe, aunque quiera alguna vez ser eficiente y colaborar, se le dificulte, pues puede contraer responsabilidades que le hagan perder el puesto o ser delincuente; por tanto, la regla de oro del burócrata es que “el que no actúa no se equivoca”, pues es mejor diferirlo todo, para ver si se compone solo o se olvida.

Marx dio una de las mejores definiciones que explica a la burocracia: “el burócrata se relaciona con el mundo como un mero objeto de su actividad”, habría que añadir o de sus arreglos y negocios personales concediendo favores, reduciendo estorbos.

Ahora hay que distinguir entre la burocracia que opera la electrónica de la que se ocupa de las decisiones de los trámites.

“El contratado burócrata por lo general no siente pertenencia ni
honor de grupo, sino sólo dependencia política de quien lo protege”.

“La regla de oro del burócrata es que “el que no actúa no se equivoca”.

¿Quién opera las computadoras? Es por ahora un poder aparte. Suele estar en otra oficina. Si se le encuentra dirán, con razón, que ellos saben de las máquinas y los sistemas, pero que no estaban autorizados a recibir instrucciones del público. Encontrar al burócrata que pueda resolver con criterio y autoridad y modificar al mismo tiempo los registros es una suerte enorme.

La computación en lugar de simplificar está duplicando trámites, entre quien tiene que autorizar pero no tiene acceso a los registros y quien registra pero carece de autoridad para aprobar. La simplificación administrativa podría empezar por ahí.

El mundo globalizado avanza demasiado aprisa y nosotros seguimos atorados por nosotros mismos. Somos el país de los topes y de los reglamentos absurdos, donde el poder se manifiesta estorbando.


Dr. José E. Morales Mancera, es doctor en Filosofía, Contador Público y Lic. en Administración de Empresas. Autor de varios libros y conferencista regular en la USEM.
 

 
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