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| Persona, Sujeto, Yo |
El término “sujeto”, ¿complica menos que el de “persona”?
¿Es un debate ocioso o, por el contrario, tiene múltiples
consecuencias? Persona, sujeto, yo, comunidad... Una profunda reflexión de la
mano de uno de los personalistas españoles más representativos.
1. El término «sujeto» ¿complica menos que el de
«persona»?
Si casi todo lo visible y lo invisible en esta
vida resulta quaestio disputata, ¿cómo no iba a brillar por
su ausencia después de Nietzsche el acuerdo en lo que
se refiere a mi persona? Soy un extraño para mí,
para mí que no paro de hablar de mí, y
que tanto y tan obsesivamente voy y vengo tratando de
satisfacer mi yo: «Soy los que ya no son.
Inútilmente Soy en la tarde esa perdida gente» [1]
Dada la irritación que parece levantar el término persona, cuando
no se le quiere mentar para evitar roces con la
tradición judeocristiana, o cuando se desea eliminar cualquier pleito ancestral
sobre sus aspiraciones, entonces se recurre a la noción de
sujeto, entidad aparentemente más neutra, funcional, aséptica, un poco descafeinada
incluso; así que para los amantes de experiencias fuertes, persona,
y para los amantes de películas aptas para menores, sujeto.
1.1. Sicoanálisis versus sujeto Algunos sicoanalistas afirman con Lacán
que sólo hay «sujeto del inconsciente», al que por otra
parte escriben un tanto ignominiosamente con un grafo tachado, una
«S» tachada. Pienso donde no soy, no soy donde pienso,
dice Lacan, frase que tomada en su literalidad se aplicaría
sobre todo a los lacanianos de estricta observancia, pues -aparentemente
más afectos al sujeto Lacán que al suyo propio- quien
piensa por ellos parece ser precisamente ¡Lacán!. Sicoanalíticamente hablando,
el sujeto se entiende como un ir hacia, como una
pasión por ser, y su función residiría en la encarnizada
defensa de su ilusa identidad imaginaria, así como en la
promoción de la añoranza de eternidad: igual que el sujeto
trascendental de Kant, también el del sicoanálisis recurriría al símbolo
del yo-uno para aglutinar en un símbolo denominado «sujeto» las
oceánicas tensiones de su eterna pluralidad.
Carente de dimensión óntica,
tal «sujeto» viviría tratando de apagar la angustia de las
pulsiones derivadas de la individualidad acudiendo a sofocar los conflictos
con voluntad de cierre autorregulador, narcisista. Es también en cierto
modo la tesis schopenhaueriana y oriental según la cual el
sujeto individual angustiado vive en el error causado por el
apego al sujeto. En todo caso, pese a carecer de
una ontología de la experiencia narrativa, el sicoanálisis reconoce que
el sujeto resistente e irreducible deja una huella, pero la
huella no es nunca el sujeto, cuya naturaleza se ignora
y cuya representación queda en crisis. ¿Cómo hablar de un
sujeto sano con todas sus representaciones permanentemente en crisis? ¿cómo
decir algo de él, con qué recursos decir las dificultades
del decir, para evitar el insuperable silencio? Ahora bien,
no todas las tramas del sicoanálisis han convenido en rechazar
la existencia del sujeto, sino la representación que se tenía
de él; pero el sujeto engloba al «yo», al «ello»,
y al «super yo», tan subjetuales como el «yo». Otras
más ortodoxas reducen el sujeto-conciencia a la interpretación que de
él realiza el propio inconsciente. Mas, si tal sujeto emerge
de su disolución, y se construye extrañamente deconstruyéndose, uno tendría
que descubrir no ser nadie, apenas el triste hueco de
su subjetividad, y eso con suerte, pues en todo caso
el sujeto temporalmente emergido, si es que fuera algo a
la larga, sólo emergería como tal al término de sus
estrategias de presencialización. Pero un servidor, re-suelto a no
ab-solver al sicoanalista que me quiere di-suelto, y sospechando que
el sujeto supuestamente muerto goza de buena salud, desea preguntar:
¿dónde estaba mi sujeto-yo antes de disolverse? Quiero saberlo con
premura para rescatarlo antes de que avance mi supuesta disolución.
Por lo demás, sospecho que, si bien es cierto que
a veces se disuelven las huellas del yo, nunca se
disuelve el sujeto mismo. El mismo sujeto singular vive pregnante
en la rica e inagotable pluralidad de sus huellas, las
huellas se pierden y el sujeto continúa. Desde el momento
en que el ello o el yo o el superyo,
o cualquiera de sus aún desconocidos estratos actúan, quedan sin
excepción contagiados por la pregnancia de la subjetualidad. Si todo
«fenómeno» visible remite al «noúmeno» oculto, y viceversa, el sujeto
imprime su huella a cuanto objetiva, contagiando con su identidad
lo que toca, aunque dicha pregnancia de identidad pueda descubrirse
en la alteridad del ello, o en la suprayoidad del
yo, o de cualquier otro modo. ¿Qué decir de esto,
sino que constituye una variante de aquella posición kantiana que
contraponía el noúmeno o constructor oculto al mundano «fenómeno manifiesto»
por él construído, algo falso en la medida en que
al fin y al cabo casi todo lo que hacemos
en calidad de constructores «ocultos» lleva expresamente el sello de
nuestro copy right [2] 1.2. Semiología versus sujeto
Connivente con la anterior posición, la semiología cuestiona toda pretensión
de la subjetualidad, es decir, el carácter fundacional del sujeto
por sí mismo, eso que se ha dado en llamar
fin de la personología, en una palabra. Para la semiología,
pues, la conciencia no estaría en la conciencia, sino en
otros campos, que no sólo han desplazado, sino además reemplazado
a la conciencia misma, constituyendo la memoria de su desaparición,
su genealogía o arqueología inconsciente o preconsciente, de la cual
sería la conciencia un mero síntoma. Como, según Hegel,
la verdad no reside en un punto fijo, sino en
el movimiento que liga a sujeto y predicado, lo que
el sujeto resulte estará en el predicado: el sujeto vacío
llega hasta el predicado y por retorno se mantiene en
sí mismo, de modo que el sujeto es mero movimiento
de retorno hacia sí, no punto fijo, y por ende
la verdad es el todo silogístico, totalidad dialéctica más que
subjetualidad individual [3] . Esto no impide reconocer que existe
el lado errático de nuestra existencia pulsional, el arcaísmo del
deseo, la anterioridad de la pulsión respecto a la toma
de conciencia, la semántica del deseo como fuerza sin la
que ninguna semántica de la conciencia se entendería, etc. Pero
eso siempre desde el reconocimiento del sujeto en que el
deseo inhiere. Por mi parte aceptaría asimismo que el
juicio de la percepción no se corresponde con el juicio
tético-afirmativo, es decir, que el je pense no resulta simultáneo
con el je suis, que este último «yo soy» no
surge tal y como yo le pienso, que yo no
soy tal como me percibo; reconozco de buen grado que
puedo decir yo soy sin saber bien que suis-je, moi
qui suis («qué soy yo, ese yo que yo soy»),
pues el yo pienso vive mediatizado por el universo de
los signos en que se manifiesta, pero eso tampoco borra
mi juicio sobre mí, ni impide que sea yo quien
juzgue. Me encuentro igualmente bien dispuesto a reconocer que
el narcisismo induce a confusión haciéndome creer que yo soy
yo tal como yo creo que soy, falso prestigio de
la conciencia arrogante y autoenfatuada. Concedo también con Henri Bergson
que «Pedro y Pablo son una sola y la misma
persona, a la que ustedes llaman Pedro cuando ella actúa,
y Pablo cuando ustedes recapitulan su historia» [4] . Más
aún concedo con San Agustín que «era así como estas
dos voluntades mías, la vieja y la nueva, la carnal
y la espiritual, luchaban entre sí destrozando mi alma en
su enfrentamiento» [5], pues de todos modos, aun insurgiendo contra
sí misma, ahi late la subjetualidad operante. Pero hasta
aquí hemos llegado, de cualquier forma. Ese ce que je
suis («lo que yo soy») problemático no convierte en problemático
al que je suis («que yo soy»), el cual resulta
siempre necesario con anterioridad a todo acto: para saber lo
que yo soy es necesario saber que soy, para negar
al sujeto hay que suponer al sujeto que lo niega.
Por otra parte tampoco creemos que haya que perder «la
conciencia» para encontrar «el sujeto», pues una cosa es perder
la seudoconciencia de la conciencia (lo que podríamos llamar «cogito
ilusorio», o «cogito herido») y otra absolutamente distinta el vivir
sin su corazón batiente. ¿Habrá que decir, pues, que
quien busque la subjetualidad la perderá? Depende de donde la
busque, claro, y hasta del lugar en que se haya
perdido. Quizá la pierda sin grandes posibilidades de reencontrarla quien
la busque mal, pero es seguro que no la encontrará
quien no la busque en modo alguno, o quien la
dé por perdida de antemano sin decidirse a buscarla suficientemente,
y sin recordar que de algún modo no la buscaríamos
si ella no nos hubiese hallado antes, y menos seguro
aún es que la encuentre quien la haya perdido después
de haber ido demasiado lejos en su tan cacareada de-construcción
o di-solución de la subjetualidad [6] 1.3. Estructuralismo versus
sujeto Animado por parecida animadversión contra el sujeto señaló
Louis Althusser que la historia es un proceso sin sujeto.
El postulado fundamental del estructuralismo consiste, así las cosas, en
poner entre paréntesis la trascendencia del significado (de lo referido)
y la de los sujetos hablantes, reduciéndolo todo a un
complejo de diferencias en el interior de un sistema, no
habiendo allí mensajes que liberar, ni sentido que descifrar, ni
intenciones trascendentes que asumir, ni momento alguno de idealidad que
defender, sino solo elementos que distribuir según sus reglas de
clasificación predadas [7] . Lo que se excluye en tal
perspectiva es la idea que la tradición idealista había preservado,
a saber, que comprender algo se traduce finalmente en un
parejo comprenderse también a sí mismo. En este sentido
cabe decir que el estructuralismo excluye por completo toda consideración
de tipo hermeneútico, pues si existiera algún «nadie» impersonal que
en su calidad de «sujeto estructural» me pensara a mí
por su parte, yo sería pensado absolutamente por nadie. Así
que, si el estructuralismo tuviese razón, entonces mi actuación sería
sin finalidad intencional y sin alteridad: sin sujeto y sin
término nos quiere el estructuralismo. Bajo tales circunstancias siempre
ocurre lo mismo: de la negación del sujeto deriva su
pretendida sustitución por la sustancia hiperpersonal, ya sea bajo la
forma de el Partido, o bajo la forma de la
Humanidad, o bajo la forma de la Raza, o bajo
la forma de la Historia, etc, donde no lleva los
pantalones la singularidad de la conciencia, sino el abstracto y
tiránico Super de la Superestructura correspondiente. Donde no existe sujeto,
sino sustancia, tampoco historia individual (Historie), ni colectiva (Geschichte), sino
únicamente dictadura impersonal, donde el habla ya no habla ni
dice nada de nada, pues sólo queda la orden(anza) impersonal
y su eco (des)estructurador. Queremos, así las cosas, recordar con
Piaget los siguientes considerandos frente a los estructuralistas de ayer:
• La estructura humana, compuesta a su vez de
subestructuras, no opera con leyes distintas a las del sistema
ambiental, si bien su comportamiento es autónomo dentro de ellas.
No existe ahí el mero azar, ni la ciega necesidad.
• La estructura humana posee leyes estructurantes posibilitadoras del
devenir, y elementos estructurados o devenidos. La adaptación a la
realidad puede definirse como un equilibrio entre asimilación y acomodación.
• La estructura humana, más compleja que las restantes,
lejos de quedar absorbida por las circunstancias, impone sus propias
leyes, aunque evidentemente no pueda ni deba trasgredir su propio
fuero. • La estructura humana dista de ser una
máquina, se asemeja más bien a un maquinista. No se
dan allí primero procesos de organización, de adaptación, de comunicación,
etc, y luego mecanismos reguladores destinados a corregir sus errores,
pues cada uno de estos mecanismos forma parte de un
mecanismo constructivo cuya condición esencial de funcionamiento es la de
ser autorregulador. Frente al behaviorismo conductista que consideraba a
la mente como caja vacía, meramente limitada a registrar o
inventariar los estímulos exteriores, el hombre no solamente corrige su
ambiente externo, sino también el interno, produciendo intercambios y reequilibrios,
constituyendo de este modo un enriquecimiento para la organización misma,
tanto hacia el pasado como hacia el futuro. Más aún,
la estructura humana posee reguladores de los reguladores reservando lo
que pueda resultar de utilidad futura. • Por esta
regulación posee un sistema de cierre gracias al cual las
transformaciones interiores a ella no transgreden sus fronteras ni pierden
sus propias leyes, aun cuando en calidad de subestructuras entran
a formar parte de una estructura mayor, un «retículo estocástico
subordinado», donde a cada elemento del sistema se une una
cierta posibilidad de ensanchamiento que amplía sus leyes conservando las
propias leyes de su interior («homeostasis»). Esta estructura queda así
sometida a cambios, pero también a progresos. • Siendo
compleja la estructura, suele reservarse el nombre de «función» para
designar el papel que desempeña una subestructura respecto de otra
superior (naturaleza, sociedad, etc). Ahora bien, la estructura humana ni
está en dependencia o en función de lo exterior, ni
puede prescindir de ello, pero es superior a todo, fin
en sí ella misma, no objetivable. • En definitiva,
si la evolución de los seres organizados se nos presenta
como una serie ininterrumpida de asimilaciones del medio a formas
cada vez más complejas, la misma diversidad de esas formas
demuestra que ninguna ha bastado para equilibrar definitivamente esa asimilación
grandiosa. La epistemología genética, pues, lejos de reducir el
universo a una máquina impersonal, muestra que no es posible
prescindir del poder significante, creativo y simbolizador de la estructura
personal. 1.4. Sujeto facsímil versus sujeto humano Y
lo que, para terminar de retorcer la abundante panoplia de
antisubjetualidades, me sobrepasa del todo es el último grito de
la moda, el sujeto facsímil de Marvin Minsky: «En el
futuro se conservará en disquete la personalidad de los que
mueran. Eso equivale a la inmortalidad, y con el añadido
de que se podrán hacer tantas copias como se quiera»
[8] . ¡Sujeto plastificado a la vista! ¡Y además con
miles de copias del sujeto copy right reducido a dúplica
manoseable por miles de manos! ¿dónde queda el sujeto-sujeto, reducido
a objeto por el sujeto-sujeto que cobre los derechos por
el microsurco momificado en el cual se supone que reside
el verdadero sujeto? ¿consistirá el futuro del sujeto trascendental en
un manager que se haga con los derechos de los
sujetos sujetados? ¡El lugar del sujeto en la Sociedad General
de Autores! Ya estoy viendo al mismísimo don Miguel de
Unamuno removerse angustiado desde el fondo de su tumba y
desde el hondón de su alma para gritar de nuevo,
hoy con más razón que nunca: «¡Mi yo, mi yo,
que me roban mi yo». ¿Tomárselo a broma? «Mi
terror se refiere a que la realización más trivial del
superhombre podría ser lo más probable. Al fin y al
cabo, hace tan solo unos años que la revista neoyorkina
Time nombró hombre del año al hombre posterior a la
muerte del hombre, al sucesor del hombre, el robot, una
inteligencia computarizada que no padece ningún devenir porque no puede
olvidar nada, que no padece por tanto ninguna animosidad de
la voluntad contra el tiempo. Se trata de una inteligencia
sin historia, sin pathos y sin moral, una rapsodia de
la inocencia envarada en una máquina. Del mismo modo, el
superhombre podría caer en la apoteosis de esa totalidad mítica
que quería romper definitivamente con su voluntad para reacuñar el
devenir ilimitado en la permanencia» [9] 1.5. La mala
salud de hierro del sujeto, «ser de lejanías» Sin
llegar a negarle, muchos otros adelgazan hoy al sujeto hasta
la anorexia, empeñados como están en que la cuestión no
es «ser o no ser», sino aguantar el tipo del
humano «ser y no ser», realidad tan frágil y a
la vez resistente como ya la pintara Pascal. Pero una
cosa es la fragilidad subjetual, y otra su certificado de
defunción, porque el supuesto sujeto caquéctico goza de una mala
salud de hierro. Con esto no queremos hacer nuestra la
afirmación kafkiana de que la estructura de un edificio se
aprecia mejor tras ser incendiada y quedar en ruinas, porque
quien juega con fuego se quema, y las cosas tienen
un límite, aunque esto no lo crea aquel filósofo que
proclamaba tan ufano: «soy un consumidor de sujetos», cogito cuasiantropofágico
del Menschenfreser académico, siempre dispuesto a posar: hazte una foto,
y si sales es que existes. Pero no. Heidegger
ya lo dijo: «El hombre (Dasein) es un ser de
lejanías». Sin duda no existe lo uno sin lo otro,
autobiografía sin extrañamiento, verdadero yo sin yo falso, ni célula
nerviosa sin neuronas, ni sistema nervioso sin células nerviosas, ni
individuo sin sociedad, ni sociedad sin individuo, ni sujeto sin
objeto y a la inversa. Por eso resulta difícil delimitar
el marco de una subjetualidad realmente lábil, siempre en la
encrucijada, proteico hasta el límite del emisario catalizador: a veces
el enfermo oficialmente designado como tal por la comunidad no
coincide con el enfermo real, que puede serlo una persona
socialmente codificada como normal, o la sociedad entera, de la
que el supuesto enfermo no sería más que su catalizador
final, su representación empírica, el que da por último la
cara. El sujeto puede también encontrarse en la persecución de
la catacumba, y sin embargo perderse en la opulencia del
lujo, pues en la adversidad necesita el sujeto reagrupar todos
sus átomos para sobrevivir y reconciliarse consigo mismo bajo la
urgencia de la supervivencia, mientras en el lujo se disgrega
y desidentifica bajo el signo del despilfarro. El sujeto pródigo
vuelve a la casa, y allí lo que hay en
él de sujeto micro se reconcilia con lo que hay
en él de sujeto macro. 2. A su vez
la noción de «yo» ¿complica menos que la de «sujeto»?
La noción de «yo» parece complicar menos que la
de «sujeto». Vana impresión, de todos modos, pues el «yo»
siempre anda por ahí hipertrófico o atrófico. En efecto, ciertos
pensadores de la atrofia, es decir, enemigos de conceder relieve
a la condición personal, rizando el rizo han dado en
disolver ese «yo» -del que sin embargo peroran sin cesar,
sólo que unicamente cuando se trata de sacar el pecho
del propio «ego»- cortando su nudo, o mejor anudándolo hasta
reducirlo (a partir de David Hume) a un mero «haz
de percepciones» que se suceden una tras otra con inusitada
rapidez unidas por la imaginación y por la memoria [10]
. «Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas
inconstantes, ese montón de espejos rotos» [11] Los empiristas
nos recomiendan hablar poco de ese nudo o haz. Ellos
se oponen a la idea cartesiana esencialista y enfatizadora de
un «yo» cogitante idéntico a sí mismo siempre y en
todo lugar, el cual ego, no contento con proclamar aquello
del «pienso, luego pienso», enfatiza incluso esto otro del «pienso,
luego soy», soy nada menos que una existencia, una realidad
con determinación ontológica y no sólo como mera condición del
pensar. Frente a esto tan cartesiano, los defensores de
la «doctrina no posesiva o sin sujeto» del «yo», aducen
que, al convertir Descartes el cogito en una res cogitans
o sustancia existencial que piensa, olvidó que el sujeto cogitante
o pensante que fundamenta las cogitaciones o pensares no puede
ser él mismo una sustancia existencial, y esa es precisamente
la razón por la cual finalmente contrapuso Kant esta sustancia
existencial, este yo empírico concreto de aquí y de ahora
mismo que es distinto del sujeto concreto de mañana o
pasado, del cual al fin y al cabo y pese
a todas sus transformaciones todos sabemos algo, contrapuso esta sustancia
existencial al yo trascendental e ideal, cogitante, inamovible y válido
para siempre, al que supuso necesario como condición de estabilidad
y continuidad para todas y cada una de las representaciones
cambiantes del sujeto empírico. ¡Mala cosa, tener que elegir entre
Descartes, o al empirismo que desemboca en Kant! Sea como
fuere, poco sabemos de nosotros, como se pone de relieve
en la clásica historia del chimpancé Viki, criado por el
doctor y la señora Hayes desde los tres días hasta
los tres años, lapso en que el animal no consiguió
siquiera identificar su propia nariz, sus manos, ni sus pies
[12] , y más de uno -a la vista de
cosas tales- habrá concluído afirmar con el bastante escéptico Borges:
«Mi vida que no entiendo, esta aporía De ser
enigma, azar, criptografía Y toda la discordia de Babel. Detrás
del nombre hay lo que no se nombra; Hoy he
sentido gravitar su sombra» [13] Ahora bien, aunque no
supiéramos casi nada de nosotros mismos ¿acaso no tenemos «genio
y figura hasta la sepultura»? ¿no resaltamos de cuando en
cuando la inamovilidad y resistencia de alguien cuando decimos que
tal sujeto «es todo un carácter»? ¡Algo tendríamos al menos
que nos constituye permanentemente en lo que somos! Y si
no fuera así ¿por qué tanto inflar el pecho del
yo para acabar ignorándolo bajo mi propia nariz? Por lo
demás ¿no había asegurado Aristóteles que la naturaleza sí es
perenne, aunque no lo parezcan sus obras? Recordemos a Paul
Valéry, que a la pregunta «¿pienso, o soy?» responde: «A
veces pienso, y a veces soy»... Así las cosas,
ya que el yo empírico nunca puede ser negado porque
su evidencia es obvia, en este momento teclea en su
computadora, tomemos al yo trascendental como un «yo» que, a
decir verdad, pese a todo no se refiere a nadie
al que pudieran atribuirse sus enunciados, sino únicamente al supuesto
de la experiencia misma del percibir (esse est percipi), y
en ello podríamos estar de acuerdo con Wittgenstein, autor para
el cual los enunciados de experiencia relativos al «yo» carecen
de estatuto gnoseo-ontológico, pues en dichos enunciados el «yo» está
siendo utilizado como sujeto y no como objeto, por lo
cual tales enunciados carecen de valor descriptivo respecto de cualesquiera
acontecimientos empíricos: «Lo que, en concreto, quiere decir el solipsismo
es totalmente correcto, solo que no se puede decir, sino
que se muestra. Que el mundo es mi mundo se
muestra en que los límites del lenguaje (el único que
entiendo) significan los límites de mi mundo» [14] . «De
mí no puede decirse en absoluto (salvo, quizás, en broma)
que sé que tengo dolor. ¿Pues qué significa esto, a
no ser, acaso, que tengo dolor? [15] . «Decir ´yo
tengo dolor´ no es una afirmación sobre una persona particular,
en mayor medida que el quejarse» [16] Es el
«yo» ese ojo que todo lo ve sin por nadie
ser visto [17] , el limite de la experiencia y
no una parte de ella [18] . Yo soy mi
mundo, luego mi mundo es, no el mundo «en sí»,
sino mi mundo. Larga es la nómina en tal sentido
desde el bisabuelo Parménides para quien lo mismo es el
pensar y el ser, hasta Schopenhauer para el cual «el
mundo es mi representación», la de un sujeto que es
voluntad y del que no cabe a su vez representación
alguna, aserto que constituye el núcleo duro del idealismo trascendental
[19] 2.1. Además el complicado yo (existente o inexistente)
se manifiesta relacionalmente Complicación sobre complicación, bastará con sustituir
sujeto por yo para que entonces el gallinero se alborote
y acuda a reclamar sus derechos una turbamulta gritona y
clocleante de yo, me, a mí, para mí, contra mí,
bajo mí, etc, etc: mimamamemimamimamameama en su forma ingenuamente infantil,
paranosparanosynadamasqueparanos en su forma seudoadulta de quien se comporta cual
botafumeiro encasquillado. Con el yo acontece lo que con aquel
político de su propio bando, del que el escritor dijo:
«Será un hijoputa, pero al fin y al cabo es
nuestro hijoputa». Usted insulta a su yo al que lleva
arrastrado y aporreado al siquiatra, le hostiliza inmisericordemente, pero todos
esos exabruptos son en última instancia exabruptos suyos, olor de
su axila, a pesar de que constituyan para usted mismo,
«relato de un encuentro siempre diferido, de un amor contrariado
salpicado de obstáculos y de adversidades, víctima de ilusiones y
de lamentos» [20] .Intente simplemente sustituir el «yo» por el
«tú» y a su vez el tú por el «él»,
y obtendrá resultados ontognoseológicos verdaderamente sobrecogedores por usted nunca imaginados:
paisaje irreconocible después de una batalla, siroco que cambió radicalmente
la disposición del decorado. Hablará usted entonces de lo mismo,
quizá, pero no en cuanto que el mismo, usted se
encontrará siendo a partir de ahora un «sí mismo como
otro» (Paul Ricoeur) o tal vez un «yo-y-tú-nunca-un-ello» (Martin Buber),
o lo que usted vaya descubriendo ser en su fenomenal
nueva singladura, pero se habrá terminado para usted eso de
ser autor de un único libro y poeta de un
solo poema. ¡Ah, y si se le ocurre invitar
como compañeros de fiesta al plural sujeto colectivo o al
sujeto histórico a fin de que también ellos le acompañen
en su vuelta al día en ochenta mundos, entonces tiembla,
«todo» será posible en su Gra«nada», ya que el mutación
el punto de vista del vosotros, y menos aún el
de el ellos, ya verá qué nosotros no suele asumir
sin cantidad de trifulcas y de motines de la marinería
se producen sobre la plataforma misma de su velero bergantín!.
Hágame caso si quiere construir algo: elija razonablemente (a ser
posible) con el análisis transaccional el yo bien-tú bien, mejor
que el yo bien-tú mal, o que el yo mal-tú
bien, o que el yo mal tú mal. Sólo así
logrará una feliz travesía. Olvídese del triángulo de Karpman donde
juegan la víctima, el perseguidor y el seudosalvador, no entre
en tan peligroso juego. Si lo desea, haga descaradamente su
propio panegírico, pero por favor deje que los demás también
hagan el suyo, y luego dialoguen. 2.2. ¡El yo,
ese viejo poeta tan complicado, se le mire por donde
se le mire! A veces Prometeo el fuerte, otras
Epimeteo el débil, pero siempre a la postre Proteo el
traslaticio y mutante es el yo: «De Proteo el
egipcio no te asombres, Tú, que eres uno y muchos
hombres» [21] «Mucho mienten los poetas», había reconocido Aristóteles
con Homero [22] pues el sujeto, en su vagabundeo de
un estado yoico a otro, o de un estado nóstrico
al otro, saltando de acá para allá dialógica y dialécticamente
(dualécticamente también, como quiere Andrés Ortíz-Osés), siempre en el ojo
del ciclón, viene a ser como la vida misma, a
saber, como esa (auto)lectura de todos los libros en que
(nos) leemos tratando de encontrarnos y no siempre diciéndonos la
verdad, mientras nos preguntamos: «¿Qué absurda bulimia pudo impelerme a
devorar tantas obras de las que nada he conservado, ni
siquiera el recuerdo de haberlas tenido alguna vez entre las
manos? Un día creí haber encontrado la manera de poner
orden en esta confusa carrera. Me bastaba, identificándome gallardamente con
mis autores predilectos, con recorrer paso a paso el camino
que ellos previamente habían recorrido» [23] Pues sí. El
año 1873, el del crack de la bolsa vienesa, Johann
Strauss popularizaba en su Fledermauss aquel dístico del libretista Genee
que decía nada menos que ésto: «feliz es quien olvida
lo que sin embargo no se puede cambiar», dístico contra
el cual luchará consciente o inconscientemente (¿llegó a conocerle?) durante
toda su vida Sigmund Freud tratando de darle salida a
costa de ensanchar el radio del «yo» hacia un «Ello» y
hacia un «Superyo», de oca a oca y tiro porque
me toca. Y ahí estamos también nosotros bregando cada
día con nuestro yo a cuestas, con un yo que
portamos y por el que somos deportados, que nos soporta
y al que aportamos novedades inéditas, con un yo que
nos trasporta y también se nos escapa a pesar de
nuestros intentos de meterle en vereda, sujeto no sujetado, ballo
in maschera. Diez miradas sobre el rosto del otro, Isis
miriónima y a la vez anónima, miriada de miradas y
cuanto más miras menos ves, ¿quién eres tú, oh yo?.
Mirar hacia las profundidades del yo es una cosa,
verle otra; cuanto más se mira al sujeto humano, menos
se le ve en su esencia, sólo rumores, resplandores, fulguraciones,
fenómenos y prodigios. Está, en efecto, el ojo del voyer
con su umbrátil pornopsis, el ojo de la viuda que
repica y guiña, el ojo vacío del ciego Tiresias, el
ojo trivializador del turista, el ojo del ave carroñera cuya
torva lucidez husmea jugosas presas en descomposición, la mirada extraviada
de Sartre sobre el árbol de la nada, tantos ojos
tantas sentencias, veo veo, qué ves: la razón no es
tan sólo un pensamiento que piensa como han creído algunos
grandes, sino también un ojo que mira y remira siendo
mirado y remirado, ojo que me ve porque te ve;
todo el equipamiento epistémico de la sabiduría del ojo viene
y al ojo va, finalmente desemboca en el fondo de
ojo de la historia, impertinente y fluido [24] Según
la tradición judeocristiana a Dios no se le puede ver
cara a cara, y todos los videntes saben que tampoco
al más modesto astro sol. De lo divino y de
lo refulgente sólo su doxa resulta perceptible. Los teólogos tradujeron
«doxa» por esplendor de lo manifiesto, mientras que los filósofos
-más zorros y taimados- tradujeron «doxa» por engaño envuelto en
fulgor. La palabra doxa, el vocablo-trampa de Parménides, se alza
así desde entonces como la piedra miliaria ante cuya traducción,
traición e interpretación los teólogos y los filósofos habrán de
separar para siempre sus caminos. Los unos eligiendo la vía
de la confianza y de la verdad (los confiados teólogos,
abuelos de los filósofos), los otros escogiendo la vía de
la opinión por donde los mortales andan bicéfalos y bifrontes
(los filósofos nietos ahora especializados en el magisterio de la
sospecha). Es así como mientras los teólogos plantan su
tienda en el Sinaí para contemplar fascinados la luz tras
la fulguración, los filósofos prefieren bajar al fondo de la
caverna para visitar al esclavo platónico e intentar el ascenso
desde abajo, escalón tras escalón, buscando la luz. El problema
es que cuando han subido arriba hasta la luz esclarecedora
se les torna de nuevo luz cegadora. Así que, haciendo
caso omiso del desánimo, helos ahí a los filósofos otra
vez hacia arriba por la pendiente interminable de la duda,
con la piedra de Sísifo para lo mismo intentar mañana;
otra vez a romper las cadenas por la noche para
que el águila matutina roa el hígado del Titán a
punto de liberarse, tal y como corresponde -Marx dijo- al
día a día del calendario filosófico. Siempre lo mismo: ante
Medusa, una de las tres Gorgonas, cuya mirada resultaba tan
penetrante que quien la sufría quedaba convertido en piedra, Perseo
se protegió con su pulimentado escudo para esquivar su vista
y así poder darla muerte (añadamos que a la vista
del miedo a leer los libros, al menos que se
los mire como se mira la televisión). El yo todo
lo in-corpora. Las cosas se le complican al yo, que
pronuncia «yo» y contesta «cuerpo». Así habló Zaratustra: «Dices ´yo´
y estás orgulloso de esa palabra. Pero esa cosa más
grande aún, en la que tú no quieres creer, tu
cuerpo y su gran razón, ésa no dice yo, pero
hace yo... ¡Yo no voy por vuestro camino, despreciadores del
cuerpo! ¡Vosotros no sois para mí puentes hacia el superhombre!».
3. Yo: Identidad y diferencia Anida también el
no-yo en el yo, la muerte en la vida, y
la vida en la muerte; la muerte se maquilla en
la vida, la vida se ensombrece en la muerte. A
quienes no les resulta pensable aceptar la muerte no les
queda otra salida que aquel Éloge du maquillage de Baudelaire.
Fichte defenderá para el yo la condición de «principio
absolutamente incondicionado de la identidad que fundamenta todo lo demás»
[25] y Schelling añade en si obra «Del yo como
principio de la filosofía» que «la ley suprema para el
ser finito es: sé absoluto, idéntico contigo mismo» [26]
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