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La Empresa Católica: una Teología Moral | tema
Autor: Paulino Quevedo
Dinero, trueque, trabajo y propiedad
¿Para qué trabajamos?, ¿qué sentido tiene la acumulación de bienes?, ¿debemos acostumbrarnos a la compra? Paulino Quevedo nos orienta en relación a la engañosa magia del dinero.
 
Dinero, trueque, trabajo y propiedad
Dinero, trueque, trabajo y propiedad


Teología del trabajo (7)


Hola, amigos:


La magia del dinero explica semejanzas y diferencias entre el trueque y las actividades de compra y venta.

Breve preartículo


En mi artículo de la semana pasada, El motor del trabajo humano, dije que de hecho hoy vivimos en un mundo que tiene las siguientes características:

* Se trabaja para adquirir la propiedad de algunos bienes.
* Hay "trueque" entre los bienes poseídos.
* El "trueque" de los bienes se realiza mediante dinero, incluso el trabajo humano mismo.
* El dinero se maneja en un ambiente marcadamente capitalista, donde lo que principalmente importa es el dinero.

En ese artículo, la semana pasada vimos algo referente a la última de las características anteriores, sobre todo en lo relacionado con las tensiones causadas por la presión competitiva derivada del capitalismo. Hice ahí algunas preguntas personales destinadas a tomar conciencia de qué tanto quisiéramos, al menos en la medida de lo posible, librarnos de dichas tensiones y de algunos otros aspectos negativos derivados del capitalismo que estamos viviendo.

En esta ocasión caminaremos hacia atrás en esas características, tal como dice el título del presente artículo: desde el dinero, pasando luego por el trueque y el trabajo, hasta llegar al tema de la propiedad de los bienes.

Cuerpo del artículo

En la semana que acaba de terminar no ha faltado quien me pida que lo borre de la lista de correo de mis artículos. Lo hice inmediatamente.

Es algo normal, pues a muchos les resulta molesto que se critique lo establecido, tanto más si se trata de temas candentes, como sin duda lo es el del dinero y el capitalismo. Mover lo establecido es mover el terreno en que estamos acostumbrados a pisar.

Aun así, pienso que muchas personas soportarán dicha molestia y tendrán curiosidad de seguir leyendo. En realidad se lo agradezco, pues no pretendo molestar a nadie, sino sólo tratar un tema que me parece debe ser tratado. Y en honor a la verdad, han sido más las personas que me han agradecido que escriba sobre el tema; por lo cual supongo que tal vez sean más las que lo leen con cierto agrado.

Hay otros temas que también deben ser criticados y cuestionados, aunque se refieran a realidades establecidas. Algunas realidades, por muy establecidas que estuvieran, con el paso del tiempo han llegado a ser inoperantes, como la monarquía. Otras han sido francamente erróneas, como la esclavitud. El hecho es que siempre resulta saludable buscar posibles nuevas formas de ver las cosas, aunque haya que criticar o cuestionar lo establecido; si es valedero, por sí mismo resistirá la crítica.

El fenómeno de compra y venta

Los términos mismos de comprar y vender han pasado a formar parte de nuestro léxico hasta el grado de usarse en lugar de otros, aun en el caso de serles del todo ajenos, como los de convencer y creer. En vez de decir que convencimos a alguien, hoy acostumbramos decir que le vendimos la idea; y en vez de decir que no creemos algo, hoy acostumbramos decir que no lo compramos, sobre todo en inglés: "I don’t buy that".

El comprar y vender se ha convertido en el prototipo de las transacciones de intercambio. Y así, cuando yo te ofrezco una idea o te propongo algo, y tú me das tu asentimiento, digo que te vendí la idea. Lo importante en esto es la convicción o la presunción de que si yo te doy algo, tú debes darme algo a cambio: te doy para que me des.

En la realidad, y ya sin analogías o metáforas, las transacciones de intercambio se hacen mediante el uso de dinero. El que vende ofrece algo, como un producto o un servicio; y el que lo demanda lo compra con dinero. En realidad se trata de un trueque agilizado y perfeccionado. Cuando lo que se vende son bienes materiales, quien los vende pierde su propiedad, y quien los compra adquiere esa propiedad.

El que compra adquiere algo determinado, que le interesa de algún modo especial, como puede ser un automóvil. En cambio, el que vende adquiere dinero, que no es nada determinado, sino una especie de comodín de bienes que pueden adquirirse mediante su compra. De tal forma, el dinero se nos puede convertir, a voluntad, en una gran variedad de bienes. El dinero es como la varita mágica de los cuentos de hadas.

En la transacción del yo te doy para que tú me des, quiero que, a cambio de lo que yo te doy, tú me des algo que valga la pena. Quiero, a la vez, adquirir algo valioso y hacer valer mi dinero, o los bienes que te vendo. Entonces surge en mí la desconfianza, porque puede suceder que tú abuses, y salgas ganando; y claro, también puede suceder que yo abuse, y que sea yo el que sale ganando. Y ante tal peligrosa disyuntiva, yo tiendo a juzgar egoístamente —mirando el beneficio propio e inclinado a ello por el pecado original— que es preferible que yo salga ganando, y no que tú vayas a abusar de mí.

Así es como se explica que la transacción de compraventa se haya convertido en una pugna, en algo competitivo, en una pequeña guerra que ha dado lugar al surgimiento de las habilidades negociadoras. Y así es también como se explica el regateo, o que quien compra quiera comprar barato, y que quien que vende quiera vender caro. Y así es también como se explica que quien tiene interés por comprar acabe comprando caro, y que quien tiene interés por vender acabe vendiendo barato. Cada uno se aprovecha del interés o de la necesidad del otro.

Aquí —en el egoísmo— está la razón de ser de la ley de la oferta y la demanda: A mayor demanda, sube el precio; a mayor oferta, baja el precio. Y puesto que ésta es la ley básica del libre mercado y del capitalismo, resulta que el capitalismo se fundamenta en el egoísmo; debido a lo cual ha sido condenado por la Iglesia, como también lo ha sido el comunismo, por otros motivos. Y a lo cual se debe, en el fondo, que el capitalismo tienda a concentrar la riqueza en manos de unos pocos, aunque millones de seres humanos padezcan necesidad e incluso mueran de hambre (casi nueve millones cada año).

Los bienes vendidos son los mismos que los comprados, y todos ellos son lo que son, objetivamente. Por tanto, si su precio fuera objetivo también, no debería variar conforme a la ley de la oferta y la demanda. La ley de la oferta y la demanda se basa en algo subjetivo, que es el egoísmo de querer salir ganando en la transacción de compraventa: a mayor demanda se sube el precio, aprovechándose así de la necesidad del otro.

Si en vez de egoísmo hubiera altruismo —amor—, a mayor demanda bajaría el precio, es decir, se facilitaría la adquisición de los bienes necesitados por los demás, mirando principalmente por el bien del otro. Amar es querer el bien del otro.

La magia del dinero
Consideremos ahora la magia misma del dinero. Como veíamos arriba, el dinero es como la varita mágica de los cuentos de hadas. Pero cabe notar que la magia del dinero es distinta en el que compra y en el que vende. En ambos casos esta magia se da solamente entre aquellos que tienen suficiente dinero. En efecto, entre los que no lo tienen, la insuficiencia de dinero no significa magia alguna; lo cual no hace sino reforzar la magia del dinero mismo, en cuanto tal.

En el que compra, la magia del dinero atraviesa por tres etapas: inicio, apogeo y decadencia. El inicio radica en el hecho de tener el dinero listo, ya sea en cuentas bancarias, tarjetas de crédito o de cualquier otra forma; pero es necesario que se considere dinero en efectivo, listo para ser gastado al propio gusto.

Es esta forma caprichosa de poder gastar el dinero lo que verdaderamente constituye su magia. La segunda etapa, la del apogeo, tiene lugar durante la euforia de salir de compras. La decadencia viene cuando pasa esa euforia, y la novedad de lo comprado pasa al olvido.

En el que vende no suelen darse las etapas de inicio, apogeo y decadencia, ya que éstas están estrechamente ligadas a los objetos comprados, que son muy concretos. El que vende, en cambio, adquiere dinero de manera directa, es decir, adquiere el comodín de bienes en vez de adquirir alguno cualquiera de esos bienes. Aquí no se da la decadencia, porque el dinero mismo nunca pasa al olvido. Aquí la acumulación de dinero es una única etapa de creciente euforia. Además, el vendedor se convierte en un potencial comprador de niveles cada vez mayores.

El trueque

En realidad el trueque es sólo un primitivo tipo de compra y venta. O también, la compra y venta mediante dinero sólo es un trueque agilizado y perfeccionado. O también, el dinero es sólo un catalizador del trueque. Si tú tienes trigo, y yo vacas, por la cantidad de trigo que necesito no puedo darte fracciones de vaca. No me interesa matar una vaca para adquirir algo de trigo.

Hizo falta un patrón de cambio con divisiones lo suficiente pequeñas como para satisfacer las necesidades normales de todo tipo de transacción cambiaria de bienes. Las unidades han sido diversas en diversos países, como pesos y dólares; y las divisiones más pequeñas han sido los céntimos de dichas unidades, esto es, los centavos.

Sin embargo, debe notarse que si en lo positivo y funcional el trueque carece de muchas de las conveniencias del dinero como patrón de cambio, en lo negativo ya cuenta con los defectos básicos de las actividades de compra y venta en dinero. En efecto, el trueque obedece ya a la egoísta motivación del doy para que me des, y salir ganando. Podemos decir que el dinero se inventó a fin de poder "perfeccionar" las habilidades negociadoras de los comerciantes.

En tiempos del trueque los comerciantes se sentían frustrados por no tener los elementos necesarios para desarrollar sus habilidades. La egoísta motivación del doy para que me des, y salir ganando, viene de atrás, quizá de tiempos anteriores al trueque, remontándose hasta poco después del pecado original.

El trabajo humano y la propiedad de los bienes

Como hemos visto en artículos anteriores, el trabajo humano es de una riqueza que aun hoy no alcanzamos a comprender. Trabaja el científico, trabaja el artista, el filántropo, el político, el educador, el sacerdote... y también... el negociante y el empresario.

Muchos hombres han trabajado por amor a los valores y a los demás hombres, sus congéneres. Así, por ejemplo, a Pitágoras —o a los integrantes de su escuela— se atribuye la demostración del famoso teorema y el descubrimiento las tablas de multiplicar.

Hoy, en cambio, hay quienes pretenden patentar sus descubrimientos de modo que la ciencia no puede avanzar sin que otros científicos les paguen regalías. Imaginemos que hubieran tenido que pagarles regalías a Pitágoras y algunos de sus descendientes cada vez que alguien multiplicara.

Cuando compramos algo, estamos convencidos de que en ese "trueque" de dinero por bienes adquirimos la propiedad de los bienes comprados; y de que el vendedor adquiere la propiedad de dicho dinero. Y como las actividades de compra y venta —de comerciantes, negociantes y empresarios— son algunas más de las diversas modalidades del trabajo humano, surge la pregunta de si nuestro trabajo tiene la finalidad o misión de adquirir la propiedad de los bienes.

La respuesta a la pregunta anterior podrá ser afirmativa o negativa, o en algunos casos afirmativa y en otros negativa, quizá dependiendo de circunstancias y factores diversos. Sea de ello lo que fuere, la pregunta está bien planteada, y por ello amerita una respuesta. Y esa respuesta sin duda será de gran interés para un mejor conocimiento de nuestro trabajo y de nuestras estructuras laborales, económicas y sociales. Volveremos sobre este tema en otro artículo.

 
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