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| Dinero, trueque, trabajo y propiedad |
Teología del trabajo (7)
Hola, amigos:
La magia del dinero
explica semejanzas y diferencias entre el trueque y las actividades
de compra y venta.
Breve preartículo
En mi artículo de la semana
pasada, El motor del trabajo humano, dije que de hecho
hoy vivimos en un mundo que tiene las siguientes características:
* Se
trabaja para adquirir la propiedad de algunos bienes. * Hay "trueque" entre
los bienes poseídos. * El "trueque" de los bienes se realiza mediante
dinero, incluso el trabajo humano mismo. * El dinero se maneja en
un ambiente marcadamente capitalista, donde lo que principalmente importa es
el dinero.
En ese artículo, la semana pasada vimos algo referente
a la última de las características anteriores, sobre todo en
lo relacionado con las tensiones causadas por la presión competitiva
derivada del capitalismo. Hice ahí algunas preguntas personales destinadas a
tomar conciencia de qué tanto quisiéramos, al menos en la
medida de lo posible, librarnos de dichas tensiones y de
algunos otros aspectos negativos derivados del capitalismo que estamos viviendo.
En
esta ocasión caminaremos hacia atrás en esas características, tal como
dice el título del presente artículo: desde el dinero, pasando
luego por el trueque y el trabajo, hasta llegar al
tema de la propiedad de los bienes.
Cuerpo del artículo En la
semana que acaba de terminar no ha faltado quien me
pida que lo borre de la lista de correo de
mis artículos. Lo hice inmediatamente.
Es algo normal, pues a
muchos les resulta molesto que se critique lo establecido, tanto
más si se trata de temas candentes, como sin duda
lo es el del dinero y el capitalismo. Mover lo
establecido es mover el terreno en que estamos acostumbrados a
pisar.
Aun así, pienso que muchas personas soportarán dicha molestia y
tendrán curiosidad de seguir leyendo. En realidad se lo agradezco,
pues no pretendo molestar a nadie, sino sólo tratar un
tema que me parece debe ser tratado. Y en honor
a la verdad, han sido más las personas que me
han agradecido que escriba sobre el tema; por lo cual
supongo que tal vez sean más las que lo leen
con cierto agrado.
Hay otros temas que también deben ser criticados
y cuestionados, aunque se refieran a realidades establecidas. Algunas realidades,
por muy establecidas que estuvieran, con el paso del tiempo
han llegado a ser inoperantes, como la monarquía. Otras han
sido francamente erróneas, como la esclavitud. El hecho es que
siempre resulta saludable buscar posibles nuevas formas de ver las
cosas, aunque haya que criticar o cuestionar lo establecido; si
es valedero, por sí mismo resistirá la crítica.
El fenómeno de
compra y venta Los términos mismos de comprar y vender han
pasado a formar parte de nuestro léxico hasta el grado
de usarse en lugar de otros, aun en el caso
de serles del todo ajenos, como los de convencer y
creer. En vez de decir que convencimos a alguien, hoy
acostumbramos decir que le vendimos la idea; y en vez
de decir que no creemos algo, hoy acostumbramos decir que
no lo compramos, sobre todo en inglés: "I don’t buy
that".
El comprar y vender se ha convertido en el prototipo
de las transacciones de intercambio. Y así, cuando yo te
ofrezco una idea o te propongo algo, y tú me
das tu asentimiento, digo que te vendí la idea. Lo
importante en esto es la convicción o la presunción de
que si yo te doy algo, tú debes darme algo
a cambio: te doy para que me des.
En la realidad,
y ya sin analogías o metáforas, las transacciones de intercambio
se hacen mediante el uso de dinero. El que vende
ofrece algo, como un producto o un servicio; y el
que lo demanda lo compra con dinero. En realidad se
trata de un trueque agilizado y perfeccionado. Cuando lo que
se vende son bienes materiales, quien los vende pierde su
propiedad, y quien los compra adquiere esa propiedad.
El que compra
adquiere algo determinado, que le interesa de algún modo especial,
como puede ser un automóvil. En cambio, el que vende
adquiere dinero, que no es nada determinado, sino una especie
de comodín de bienes que pueden adquirirse mediante su compra.
De tal forma, el dinero se nos puede convertir, a
voluntad, en una gran variedad de bienes. El dinero es
como la varita mágica de los cuentos de hadas.
En la
transacción del yo te doy para que tú me des,
quiero que, a cambio de lo que yo te doy,
tú me des algo que valga la pena. Quiero, a
la vez, adquirir algo valioso y hacer valer mi dinero,
o los bienes que te vendo. Entonces surge en mí
la desconfianza, porque puede suceder que tú abuses, y salgas
ganando; y claro, también puede suceder que yo abuse, y
que sea yo el que sale ganando. Y ante tal
peligrosa disyuntiva, yo tiendo a juzgar egoístamente —mirando el beneficio
propio e inclinado a ello por el pecado original— que
es preferible que yo salga ganando, y no que tú
vayas a abusar de mí.
Así es como se explica que
la transacción de compraventa se haya convertido en una pugna,
en algo competitivo, en una pequeña guerra que ha dado
lugar al surgimiento de las habilidades negociadoras. Y así es
también como se explica el regateo, o que quien compra
quiera comprar barato, y que quien que vende quiera vender
caro. Y así es también como se explica que quien
tiene interés por comprar acabe comprando caro, y que quien
tiene interés por vender acabe vendiendo barato. Cada uno se
aprovecha del interés o de la necesidad del otro.
Aquí —en
el egoísmo— está la razón de ser de la ley
de la oferta y la demanda: A mayor demanda, sube
el precio; a mayor oferta, baja el precio. Y puesto
que ésta es la ley básica del libre mercado y
del capitalismo, resulta que el capitalismo se fundamenta en el
egoísmo; debido a lo cual ha sido condenado por la
Iglesia, como también lo ha sido el comunismo, por otros
motivos. Y a lo cual se debe, en el fondo,
que el capitalismo tienda a concentrar la riqueza en manos
de unos pocos, aunque millones de seres humanos padezcan necesidad
e incluso mueran de hambre (casi nueve millones cada año).
Los
bienes vendidos son los mismos que los comprados, y todos
ellos son lo que son, objetivamente. Por tanto, si su
precio fuera objetivo también, no debería variar conforme a la
ley de la oferta y la demanda. La ley de
la oferta y la demanda se basa en algo subjetivo,
que es el egoísmo de querer salir ganando en la
transacción de compraventa: a mayor demanda se sube el precio,
aprovechándose así de la necesidad del otro.
Si en vez
de egoísmo hubiera altruismo —amor—, a mayor demanda bajaría el
precio, es decir, se facilitaría la adquisición de los bienes
necesitados por los demás, mirando principalmente por el bien del
otro. Amar es querer el bien del otro.
La magia del
dinero Consideremos ahora la magia misma del dinero. Como veíamos arriba,
el dinero es como la varita mágica de los cuentos
de hadas. Pero cabe notar que la magia del dinero
es distinta en el que compra y en el que
vende. En ambos casos esta magia se da solamente entre
aquellos que tienen suficiente dinero. En efecto, entre los que
no lo tienen, la insuficiencia de dinero no significa magia
alguna; lo cual no hace sino reforzar la magia del
dinero mismo, en cuanto tal.
En el que compra, la magia
del dinero atraviesa por tres etapas: inicio, apogeo y decadencia.
El inicio radica en el hecho de tener el dinero
listo, ya sea en cuentas bancarias, tarjetas de crédito o
de cualquier otra forma; pero es necesario que se considere
dinero en efectivo, listo para ser gastado al propio gusto.
Es esta forma caprichosa de poder gastar el dinero lo
que verdaderamente constituye su magia. La segunda etapa, la del
apogeo, tiene lugar durante la euforia de salir de compras.
La decadencia viene cuando pasa esa euforia, y la novedad
de lo comprado pasa al olvido.
En el que vende no
suelen darse las etapas de inicio, apogeo y decadencia, ya
que éstas están estrechamente ligadas a los objetos comprados, que
son muy concretos. El que vende, en cambio, adquiere dinero
de manera directa, es decir, adquiere el comodín de bienes
en vez de adquirir alguno cualquiera de esos bienes. Aquí
no se da la decadencia, porque el dinero mismo nunca
pasa al olvido. Aquí la acumulación de dinero es una
única etapa de creciente euforia. Además, el vendedor se convierte
en un potencial comprador de niveles cada vez mayores.
El trueque En
realidad el trueque es sólo un primitivo tipo de compra
y venta. O también, la compra y venta mediante dinero
sólo es un trueque agilizado y perfeccionado. O también, el
dinero es sólo un catalizador del trueque. Si tú tienes
trigo, y yo vacas, por la cantidad de trigo que
necesito no puedo darte fracciones de vaca. No me interesa
matar una vaca para adquirir algo de trigo.
Hizo falta un
patrón de cambio con divisiones lo suficiente pequeñas como para
satisfacer las necesidades normales de todo tipo de transacción cambiaria
de bienes. Las unidades han sido diversas en diversos países,
como pesos y dólares; y las divisiones más pequeñas han
sido los céntimos de dichas unidades, esto es, los centavos.
Sin
embargo, debe notarse que si en lo positivo y funcional
el trueque carece de muchas de las conveniencias del dinero
como patrón de cambio, en lo negativo ya cuenta con
los defectos básicos de las actividades de compra y venta
en dinero. En efecto, el trueque obedece ya a la
egoísta motivación del doy para que me des, y salir
ganando. Podemos decir que el dinero se inventó a fin
de poder "perfeccionar" las habilidades negociadoras de los comerciantes.
En tiempos
del trueque los comerciantes se sentían frustrados por no tener
los elementos necesarios para desarrollar sus habilidades. La egoísta motivación
del doy para que me des, y salir ganando, viene
de atrás, quizá de tiempos anteriores al trueque, remontándose hasta
poco después del pecado original.
El trabajo humano y la propiedad
de los bienes Como hemos visto en artículos anteriores, el trabajo
humano es de una riqueza que aun hoy no alcanzamos
a comprender. Trabaja el científico, trabaja el artista, el filántropo,
el político, el educador, el sacerdote... y también... el negociante
y el empresario.
Muchos hombres han trabajado por amor a los
valores y a los demás hombres, sus congéneres. Así, por
ejemplo, a Pitágoras —o a los integrantes de su escuela—
se atribuye la demostración del famoso teorema y el descubrimiento
las tablas de multiplicar.
Hoy, en cambio, hay quienes pretenden
patentar sus descubrimientos de modo que la ciencia no puede
avanzar sin que otros científicos les paguen regalías. Imaginemos que
hubieran tenido que pagarles regalías a Pitágoras y algunos de
sus descendientes cada vez que alguien multiplicara.
Cuando compramos algo, estamos
convencidos de que en ese "trueque" de dinero por bienes
adquirimos la propiedad de los bienes comprados; y de que
el vendedor adquiere la propiedad de dicho dinero. Y como
las actividades de compra y venta —de comerciantes, negociantes y
empresarios— son algunas más de las diversas modalidades del trabajo
humano, surge la pregunta de si nuestro trabajo tiene la
finalidad o misión de adquirir la propiedad de los bienes.
La
respuesta a la pregunta anterior podrá ser afirmativa o negativa,
o en algunos casos afirmativa y en otros negativa, quizá
dependiendo de circunstancias y factores diversos. Sea de ello lo
que fuere, la pregunta está bien planteada, y por ello
amerita una respuesta. Y esa respuesta sin duda será de
gran interés para un mejor conocimiento de nuestro trabajo y
de nuestras estructuras laborales, económicas y sociales. Volveremos sobre este
tema en otro artículo.
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