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| Europa, secularismo e Iglesia |
Debemos tener esperanza en la Iglesia en Europa, exhortaba el
arzobispo de Westminster, cardenal Cormac Murphy-O’Connor. Pronunció estas palabras durante
un discurso el 25 de mayo pasado, que clausuraba un
ciclo de conferencias titulado: «¿Fe en Europa?».
Otros oradores en los
encuentros vespertinos durante las últimas semanas en la catedral de
Westminster fueron Sir Bob Geldof, Lord Patten, la presidenta irlandesa
Mary McAleese, Jean Vanier y el padre dominico Timothy Radcliffe.
El
cardenal Murphy-O’Connor, de 72 años, comenzó recordando sus impresiones al
mirar el panorama de la Plaza de San Pedro cuando
se anunció al nuevo sucesor de Pedro. Durante tres semanas
el mundo se vio afectado por el drama que rodeo
la muerte de Juan Pablo II y la elección del
nuevo obispo de Roma. «Qué maravillas realizó el Señor en
ese tiempo», decía el cardenal británico. «No las olvidaremos fácilmente.
No es de maravillas que entre las primeras comparecencias públicas
del Papa Benedicto sonaran las palabras, ‘¡La Iglesia está viva!’».
Con
la elección del nuevo Papa, continuaba el arzobispo de Westminster,
«hemos elegido a un sabio y santo pastor, un alemán
del corazón de nuestro viejo continente cuya cultura está impregnada
no de otra cosa sino de cristianismo».
El nombre de Benedicto,
por otra parte, está lleno de significado en un momento
en el que el futuro de la fe en Europa
está en discusión. La regla de San Benito, observaba el
cardenal, fue de gran valor durante la Edad Media. Luego,
en el siglo XVIII, el Papa Benedicto XIV se enfrentó
al escepticismo y al racionalismo de la Ilustración. Benedicto XV
(1914-1922) fue un gran constructor de puentes, «la pequeña voz
de la compasión y la paz en un continente que
se rasgaba a sí mismo en odio y violencia, guerra
y revolución».
Alma de un continente Una de las inspiraciones tras las
conferencias, explicaba, fue la exhortación apostólica de Juan Pablo II
«Ecclesia in Europa». El cardenal comentaba que el documento del
2003 «nos exhorta a que revivamos nuestras raíces; que seamos
otra vez lo que somos». Juan Pablo II sabía que
aunque la cultura europea se compone de diversos elementos, «también
ha comprendido que Europa tiene un alma, un alma imbuida
por la fe cristiana, y que el olvido de dicha
alma está marchitando nuestro continente en detrimento de todos».
Por esta
razón Juan Pablo II «nos invitaba a todos a que
examináramos de nuevo nuestro hogar, que quitáramos el polvo a
los crucifijos, para escapar por un momento del ruido y
escuchar de nuevo las pequeñas voces profundas de nuestras almas
europeas».
El cardenal Murphy-O’Connor también recordó las primeras palabras del documento
sobre la Iglesia en el mundo moderno del concilio Vaticano
II, que también son su lema episcopal: «Gaudium et spes».
Aquel documento, observaba, se abre con aquellas inmortales líneas: «El
gozo y la esperanza, la tristeza y la angustia de
los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres
y de todos los afligidos, son también gozo y esperanza,
tristeza y angustia de los discípulos de Cristo».
La tarea de
asumir esos gozos y esperanzas en una Europa más secular
es un desafío para la Iglesia. Pero el cardenal explicaba
que es importante distinguir entre los diferentes tipos de secularismo.
Hay un tipo neutral, y hay una clase más agresiva
que no respeta la apropiada separación entre lo temporal y
lo espiritual, y que es hostil a la presencia legítima
de la Iglesia. Este secularismo agresivo, afirmaba el cardenal, «se
plantea eliminar a Dios y a su Iglesia de jugar
su papel en la formación cívica y social».
La Europa secular,
admitía el arzobispo de Westminster, ha hecho importantes aportaciones al
desarrollo de Europa, especialmente en la ciencia, la educación y
la tecnología. Advertía, sin embargo, que, «si Europa busca olvidar
a Dios, y tampoco acoge la herencia ni convive con
los grandes valores de su tradición judeo-cristiana, cae en la
angustia, porque no puede mirar más allá de sí misma».
Por
lo tanto, una de las principales aportaciones que puede hacer
la Iglesia es actuar como una suerte de depósito de
la tradición del continente, y recordar a Europa sus raíces
cristianas y a Dios. A través de la muerte y
resurrección de Cristo, afirmaba el cardenal, se le ha mostrado
a Europa la dignidad de la persona humana y el
significado trascendente de las relaciones humanas. Este misterio del vivir
y del morir le ha dado a Europa su alma,
su corazón y su verdadera vocación».
Predicar a Cristo Durante su charla,
el cardenal Murphy-O’Connor citó también las palabras que escribió el
cardenal Joseph Ratzinger en su libro de 1994, «¿Encrucijada para
Europa?». Es vital, escribía el futuro Papa, que «la Iglesia,
o Iglesias, sean antes que nada auténticas en sí mismas.
Los cristianos no se deben permitir a sí mismos que
se les degrade a meros medios de construir una moral
social, como desea el Estado liberal; todavía menos deberían justificarse
a sí mismos a través de la utilidad de sus
obras sociales… Lo que decididamente debe la Iglesia hacer primero
es lo que es propiamente suyo: debe cumplir su tarea
en la que se basa su identidad, dar a conocer
a Dios y proclamar su Reino».
Por eso, la tarea primaria
de la Iglesia debe ser proclamar a Jesucristo, insistía el
arzobispo de Westminster. Y esta predicación debe basarse no en
la mera sabiduría humana, «sino en el Espíritu y en
su poder».
Esta predicación, explicaba, debe comenzar con la proclamación de
la muerte y resurrección de Jesucristo. A partir de ahí,
la Iglesia necesita presentar una respuesta a los «innumerables desafíos
y cuestiones planteados por la tecnología moderna y el progreso».
La Iglesia debe tratar una multiplicidad de temas, que van
desde la ética sexual a la genética, temas de justicias
económica y paz mundial. Las enseñanzas en estas materias «deben
ser siempre una invitación a la felicidad real y a
un ser discípulos enraizado en el verdadero significado del amor».
El
cardenal también exhortaba a los europeos a que vivieran su
libertad con un mayor compromiso con la solidaridad, implicándose los
unos con los otros y no viviendo sus vidas como
«guardabosques solitarios». Y, en cuanto al progreso técnico, deben también
ser cuidadosos. «La tecnología debe ser nuestra sierva, no nuestra
ama; debemos conformarlas según las prioridades humanas conformadas con Dios,
no de otras formas», advertía.
La tendencia al individualismo y a
la libertad ofrecida por la tecnología y el estilo de
vida moderno ha traído consigo una mayor libertad, pero también
el peligro de exaltar nuestras libres elecciones hasta un nivel
absoluto, corrompiendo las conciencias, observaba el cardenal.
Verdaderamente humano La verdadera libertad,
explicaba el cardenal Murphy-O’Connor, comienza por el reconocimiento de que
Dios ha creado el mundo y a cada uno de
nosotros. Esto lleva consigo la consecuencia de que la doctrina
moral de la Iglesia «no es lo aquello a lo
que la Europa secular suele reducirla – un manual de
hacer y no hacer – sino más bien una valiosa
guía sobre cómo ser verdaderamente humano».
También habló de la necesidad
de ofrecer a los cristianos la experiencia de alguna forma
de vida comunitaria, que les permita rezar juntos y recibir
apoyo mutuo. Es una paradoja, observaba el cardenal, que muchos
consideren hoy la religión como aburrida. La religión, de hecho,
trata materias tan dramáticas que sólo en raras ocasiones la
escena o la pantalla las pueden presentar adecuadamente, afirmaba.
La Iglesia
en Europa y especialmente en Gran Bretaña, observaba el cardenal,
está en una época de crisis. No es una crisis
de desintegración; más bien se trata de una crisis de
incertidumbre, cambio y desarrollo, sostenía. En este momento la Iglesia
debe «ofrecer a la gente una opción verdadera, una opción
por la salvación: peregrinaje o muerte. Babel o Pentecostés. Desesperación
o felicidad».
Debemos, concluía, invitar a la gente a buscar la
santidad y dirigirse a Dios en la oración. Así, añadía,
podemos tener confianza en el futuro de la Iglesia en
Europa.
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