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| Europa, luces y sombras |
"Es compromiso de todos los europeos, gobernantes pero también gobernados,
comenzar a andar y hacer buen camino entre los retos
nada fáciles que necesariamente tenemos que abordar; llevando en las
alforjas dosis cuantiosas, sobre todo, de valor, generosidad e inteligencia".
No cabe duda de que estamos viviendo actualmente unos momentos
en verdad decisivos en cuanto a la historia del continente
europeo se refiere. La Unión Europea, que actualmente se encuentra
formada por 25 países, verá en pocos años la incorporación
de algunos países más de Europa oriental, lo cual, por
lo demás, siempre es una buena noticia, especialmente si son
países tan íntimamente relacionados con la historia de Europa como
Bulgaria o Rumanía.
Tenemos en marcha la Constitución Europea,
que el pasado 20 de febrero los españoles ratificamos en
las urnas y que entrará en vigor en noviembre del
próximo año 2006, si cuatro quintas partes de los Estados
miembros de la Unión —es decir, un total de 20
Estados— así lo deciden. Es, en consecuencia, un tiempo propicio
para hacer alguna reflexión sobre nuestro Viejo Continente.
De
entrada, en lo que a historia reciente concierne, la Unión
Europea es un verdadero hito. No hace muchas décadas que
nos estábamos enfrentando de forma implacable entre nosotros, y por
dos veces. Por tanto, bienvenida sea esta Unión.
Por
lo demás, desde el nacimiento del Estado-nación a finales del
siglo XV, los enfrentamientos y las guerras entre los europeos
han sido constantes. Jurídicamente, la Constitución europea es un salto
cualitativo hacia delante muy relevante. Nuestro nuevo Texto constitucional contribuirá
a ir generando paulatinamente un sentimiento constitucional y una mayor
unión entre los Estados y ciudadanos europeos.
Estimo que para
España, para Europa y para el propio panorama internacional es
necesaria una Europa fuerte, cohesionada y comprometida. Y en este
punto es pertinente ser crítico, con la exclusiva intención de
avanzar más y mejor. Europa todavía tiene importantes lagunas. Es
precisa una mayor participación de la sociedad civil europea para
poder influir en la voluntad de nuestros gobernantes. No basta
la Europa de las mercancías o de la economía. No
debemos perder de vista quiénes somos. Y creo, en contra
de lo que algunos piensan, que sí hay un ser
europeo. Existe algo que une íntimamente a suecos, polacos, españoles
e irlandeses, por ejemplo, y que, al mismo tiempo,viene a
diferenciarnos de quienes viven en Japón, India o Suráfrica. Me
refiero a la identidad europea, esto es, a dos pilares
poco discutibles —baste como botón de muestra repasar las diversas
y ricas manifestaciones artísticas de la historia europea—: 1) El
mundo grecorromano; 2) El pensamiento cristiano.
Se quiera o
no reconocer, los europeos estamos formados en la obra de
Platón y Aristóteles, que han estructurado nuestra forma de ser
y pensar. Por lo demás, nuestras normas, leyes y organización
administrativa beben de Roma, y nuestra concepción sobre la vida,
la muerte, Dios y el más allá, es fruto de
la lectura de la Biblia, el libro más influyente de
la historia, al menos, hasta el siglo XVIII.
A
estos dos pilares de la estructura europea habría que añadir,
para entender al europeo de hoy, la Revolución francesa y
el surgimiento del Estado contemporáneo, con el nacimiento del Estado
de Derecho, la separación de poderes y la declaración de
los derechos humanos. Pero conociendo éste, nuestro pasado descrito, miremos
hacia el futuro.
El mundo del siglo XXI tiene retos
importantes y ciertamente difíciles: el planeta necesita ecológicamente de un
compromiso serio y maduro que todavía a día de hoy
no puede decirse que se haya alcanzado. Del mismo modo,
económicamente la convivencia es complicada y, reconozcámoslo, lamentable, con enormes
cantidades de personas, especialmente niños y niñas, viviendo en la
más absoluta de las miserias. En este sentido, no vamos
a mejor y Europa ni puede, ni debe mirar hacia
otro lado. En este terreno, a la luz clara de
los hechos, actualmente no se puede contar con Estados Unidos.
Urgimos a una Europa sin complejos, a la que
hay que exigir más unidad, univocidad y decisión en el
panorama internacional. Éste es hoy el gran déficit del Viejo
Continente, junto con la participación real de sus ciudadanos, también
su gran reto.
Como decía nuestro, especialmente este año,
tan celebrado Miguel de Cervantes, “el camino es siempre mejor
que la posada”. En este contexto, es compromiso de todos
los europeos, gobernantes pero también gobernados, comenzar a andar y
hacer buen camino entre los retos nada fáciles que necesariamente
tenemos que abordar; será preciso llevar en las alforjas dosis
cuantiosas, fundamentalmente, de valor, generosidad e inteligencia, frente a un
tiempo que en exceso se caracteriza por fomentar sus contrarios:
cobardía, egoísmo y estupidez. |
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