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| Actualidad del humanismo clásico |
uisiera llamar la atención sobre el hecho de que el
abusivo -ilegal incluso- desbordamiento del aparato estatal, acompañantes incluidos, sólo
es posible en la medida en que las energías cívicas
han sufrido un proceso de desertización cuyas razones se localizan
en el deterioro de la enseñanza de las Humanidades, en
la implosión de la familia, y en la separación entre
la ética pública y la ética privada. El intervencionismo estatal
llega tan lejos como se lo permite la irresponsabilidad ciudadana,
aletargada por un consumismo que -según dice Daniel Bell- redefine
los lujos de hoy como necesidades de mañana. Es natural,
asimismo, que la debilitación cívica repercuta sobre la decreciente vitalidad
de instituciones imprescindibles para que la libertad concertada de los
ciudadanos se abra camino en la enmarañada selva de la
burocratización, el mercantilismo y la propaganda masiva, que configuran la
“sociedad como espectáculo”.
Si algo resulta patente en este comienzo de
siglo es justo el derrumbamiento de los humanismos utópicos que,
desde hace al menos doscientos años, venían prometiéndonos la definitiva
consagración del hombre como centro y culminación del mundo y
de la vida. La más grave carencia de las ideologías
revolucionarias -radicalmente humanistas- era precisamente que en ellas no se
confiaba en la actuación de las mujeres y los hombres
reales y concretos, para llevar a cabo el gran cambio
que habría de traer consigo la paz y la abundancia
a todos los habitantes de este planeta. Todo se fiaba
a fuerzas mecánicas y anónimas -el progreso científico, la lucha
de clases, el libre funcionamiento del mercado- que tenían en
común su escasa consideración por algo tan insignificante y menudo,
en apariencia, como es cada una de las personas humanas.
Pero,
llegado el despertar del “sueño de la revolución”, nos encontramos
más desamparados aún, porque tales ideologías de la sospecha han
corroído nuestra confianza en las posibilidades de avance y perfeccionamiento
que pudiéramos llevar los humanos en nuestro interior. Y es
que, en cierto sentido, las revoluciones antropocéntricas se han esfumado
porque, en un aspecto sustancial, sus proyectos se han cumplido.
No, desde luego, en el sentido de que se realizaran
sus promesas utópicas, pero sí en el sentido de que
han vaciado al hombre de su propia esencia irreductible a
la materia y al entrecruzarse de fuerzas puramente fácticas. Y
se suponía que este desenmascaramiento de viejas ilusiones era una
condición necesaria para el advenimiento de la liberación definitiva. Tanto
Schelling como Kierkegaard o Dostoievski, y -a su modo- el
propio Nietzsche, habían descubierto hace poco más de un siglo
que lo más nuclear de esa transmutación de lo humano,
provocada por la manera de pensar propia de la modernidad,
era ni más ni menos que el nihilismo. El marxismo,
el liberalismo economicista, el darwinismo social nos han convertido en
esos “hombres huecos”, con la cabeza rellena de paja, a
los que se refería T. S. Eliot.
Así las cosas, urge
encaminar desde su comienzo el nuevo milenio con el empeño
de volver a encontrar nuestra alma, dándonos cuenta de que
el parámetro decisivo de la vida social –como ha dicho
Pierpaolo Donati- ya no es el eje Estado/mercado/individuo, sino el
eje humano/no humano, es decir, la aclaración intelectual de aquello
que es lo bueno y lo mejor para el hombre,
como contrapuesto a lo que le deshumaniza, a lo que
le vacía de su propio ser y le cosifica, le
convierte en una cosa más entre las cosas. Si Skinner
quería situar al hombre contemporáneo “más allá de la dignidad
y la libertad”, podríamos definir al humanista –siguiendo a Spaemann-
como “quien no es capaz de ir más allá del
bien y del mal”.
¿Dónde hallar en este tiempo indigente un
manadero de energías espirituales que nos devuelvan a nosotros mismos?
¿Dónde encontrar más luz para orientarnos entre los simulacros de
la sociedad como espectáculo? ¿Dónde buscar un aguijón que nos
despierte de nuestro conformismo y nuestra anorexia cultural en una
época en la que el consumo masivo nos ciega para
percibir aquello que constituye el florecimiento del hombre en cuanto
tal?
Mi primera respuesta no puede ser otra que la siguiente:
en los clásicos. Volvamos a los clásicos; o, mejor, avancemos
hacia ellos; intentemos, desde nuestra propia situación, ponernos a su
altura, pensar con el rigor, la magnanimidad y la belleza
con que ellos pensaron. No es la nostalgia de un
paraíso irremediablemente perdido. No es la actitud neorromántica de retornar
a unas raíces que -al desprenderse el árbol de una
tierra natal largo tiempo abandonada- se resecan al aire, como
dedos retorcidos de una mano que ya no tiene a
donde señalar. Es, más bien, el esfuerzo de volver a
injertarnos en un flujo de vida que nunca se agotó
del todo, y del que han surgido los mejores frutos
de una civilización que ha olvidado cuál era la savia
que la nutría.
El ascenso hasta los clásicos en sentido estricto
-es decir, los griegos y latinos- es un empeño de
regeneración, de innovación, de descubrimiento de nuevos orígenes, de alumbramiento
de lo más original y originario para el hombre y
la mujer de toda época. Como dice Leo Strauss, lo
clásico se caracteriza por su noble simplicidad y su grandeza
serena. El pensamiento clásico nos sitúa ante “lo natural” del
hombre, entendiendo por “natural” lo opuesto a lo meramente humano
o demasiado humano. Aún hoy, decimos de una persona que
es “natural” si se guía por su manera profunda de
ser, en lugar de atender a los convencionalismos, a las
opiniones dominantes, a lo que se considera plausible, a la
fuerza de los poderosos o, simplemente, a su propio capricho.
El pensamiento clásico no es “tradicional”, en el sentido usual
y peor de la palabra, es decir, heredado y repetitivo.
Pertenece a aquel momento creador en el que se derrumban
las costumbres establecidas y no ha aparecido todavía una corriente
principal, que pueda ser parasitada y reiterada ad nauseam. Cuando,
llevados precisamente por el afán de estar al día, rechazamos
tal actitud clásica, es como si una pantalla se interpusiera
entre nosotros y la realidad; una realidad que entonces ya
no comparece en sí misma, en su surgimiento originario, sino
que está siempre mediatizada y manipulada por prejuicios inconscientes e
intereses ocultos. Los clásicos, en cambio, contemplaban la realidad en
un grado de proximidad y viveza que quizá nunca se
ha vuelto a igualar, pero que se ha de perseguir
siempre de nuevo, para repristinar nuestra concepción del mundo y
del hombre.
El humanista clásico contempla los asuntos humanos desde la
misma perspectiva que el ciudadano común o que el sabio
ilustrado. Y, sin embargo, ve con claridad las cosas que
los ciudadanos corrientes, los políticos o los científicos no ven
en absoluto o sólo logran ver con dificultad. La razón
está en que el pensamiento de inspiración clásica, aunque en
la misma dirección que el pensamiento empírico o pragmático, va
más lejos, profundiza más. No contempla las cosas desde fuera,
en situación de espectador, sino que se inserta en el
misterio del ser, que nos envuelve y nos supera. Es
una actitud intelectual y vital -dice Leo Strauss- tan libre
de la radical estrechez del especialista como de la brutalidad
del técnico, las extravagancias del visionario o la vulgaridad del
oportunista. Es una postura desde la que se denuncia al
insolente y se perdona al vencido. El humanismo clásico es
un modo de pensar libre de todo fanatismo, porque se
da cuenta de que el mal no puede ser desarraigado
totalmente y, por tanto, de que los resultados que cabe
esperar de la política, la economía o la propia cultura
no pueden ser más que modestos. El espíritu que le
anima puede expresarse en términos de honda serenidad y sobriedad
templada.
El acceso a esta originalidad clásica no es viable si
no se conocen -o, al menos, se valoran- las lenguas
en las que las grandes obras de la antigüedad griega
y latina fueron escritas.
Porque sólo así se puede captar
ese pensamiento en el estado naciente que le otorga inigualable
fuerza y encanto. Frente al cosmopolitismo sincrético e igualitario que
hoy nos inunda, en el que el signo de MacDonalds
empieza a ser más reconocible que el signo de la
Cruz, y en el que el inglés mal hablado se
ha convertido en una especie de lingua franca, el estudio
de los clásicos griegos y latinos en su propia lengua
nos ayudaría a relativizar la propia cultura, más aún, a
ser conscientes de que vivimos en una determinada cultura que
no ha existido siempre y que, como todas las anteriores,
llegará un tiempo en que decaiga y acabe por desaparecer,
dando paso a otro estilo de vivir y de percibir
la realidad. Como ha escrito Carlos García Gual en uno
de sus Avisos humanistas, “estudiar griego es mucho más que
aprender una hermosa lengua antigua; es acceder a un mundo
de un horizonte cultural fascinante e incomparable y avanzar hacia
las raíces de la tradición ética, estética e intelectual de
Occidente; es internarse en un repertorio de palabras, figuras, instituciones
e ideas que han configurado no sólo la filosofía, sino
la mitología y la literatura del mundo clásico, no ya
sentido como paradigma para la imitación, sino como invitación a
la reflexión, la contestación crítica y, en definitiva, al diálogo,
en profundidad”.
Por el contrario, la supresión casi total de las
Humanidades clásicas que hoy padecemos en la enseñanza media y
universitaria, conduce a considerar como obvia nuestra manera de habitar
este mundo; con lo cual se pierde toda perspectiva histórica,
toda visión de la hondura de lo real, para resignarnos
a un continuo deslizamiento por la brillantez de superficies niqueladas
que esconden lo que son y deforman lo que reflejan.
Según dice el propio Carlos García Gual en otro de
sus Avisos, “los tiempos son ciertamente malos para la defensa
y el cultivo de las Humanidades. La cultura general no
es rentable a primera vista, como lo es la formación
especializada y la seria preparación técnica para cualquier carrera u
oficio. En un mundo preocupado por la conquista de nuevos
puestos de trabajo, por la especialización, por la preparación tecnológica
cada vez más precisa, la rentabilidad de la cultura humanística
no resulta nada evidente. Por otro lado, esos objetivos de
un examen crítico, afán de comprensión de los demás humanos
y una visión personal del mundo no parecen figurar entre
las propuestas ideales de ningún grupo político”.
Donde más perceptibles son
actualmente las consecuencias de este empobrecimiento cultural es precisamente en
la esfera pública, asunto del que me he ocupado en
mi libro Humanismo cívico, recientemente publicado por la editorial Ariel
de Barcelona. Entiendo por “humanismo cívico” la actitud que fomenta
la responsabilidad y la participación de las personas y comunidades
ciudadanas en la orientación y desarrollo de la vida política.
Postura que equivale a potenciar las virtudes sociales como referente
radical de todo incremento cualitativo de la dinámica pública. Al
hacer esta propuesta, me inspiro precisamente en la idea de
una posible y necesaria actualización del modo culto y sabio
de habitar en la polis o en la civitas que
nos transmiten los autores clásicos.
No se trata, por tanto, de
una nueva apelación al protagonismo de esa tierra de nadie
-de la que siempre cabe sospechar que es de alguien
muy determinado- a la que se ha venido a llamar
“sociedad civil”. Tampoco es el cansino llamamiento a un “rearme
moral”, que suele proceder de los reductos más conservadores, para
quienes sólo parece existir la ética del mercado y el
afán por conservar una situación de prepotencia, adornada por el
mantenimiento de las apariencias morales, tan propio de la moderna
burguesía.
Se trata, más bien, de una postura que cuestiona el
carácter mecánico y puramente procedimental del llamado “tecnosistema”: esa imbricación
de una burocracia esclerotizada y un mercantilismo miope; esa extraña
e implacable emulsión de politización y economicismo que convierte a
los ciudadanos de a pie en inmóviles y pasivos convidados
de piedra. La propuesta del humanismo cívico consiste en declarar
seriamente que los responsables de lo que nos pasa somos
todos y cada uno de nosotros. Como decía Ortega, hemos
de acostumbrarnos a no esperar nada bueno de esas instancias
abarcadoras y abstractas que son el Estado y el mercado.
Es de nosotros mismos de quienes hemos de esperar lo
bueno y lo mejor. La historia no nos arrastra, la
hacemos nosotros, los verdaderos protagonistas del cambio social.
Maquiavelo “virtuoso” Para que
tal propuesta humanista no se quede en una especie de
llamamiento edificante, rayando la utopía, es imprescindible recuperar las potencialidades
que nos permitan salir del nicho de la privacidad e
irrumpir en el ágora pública, que es nuestro lugar natural,
como ciudadanos que somos. Pues bien, tales potencialidades son las
virtudes, las excelencias que el ser humano es capaz de
alumbrar en diálogo vital con quienes le rodean. Como decía
Edmund Burke, cuando los ciudadanos son capaces de concertar sus
respectivas libertades, esa común libertad suya es poder. Las grandes
maquinarias burocráticas y tecnocráticas son como carcasas vacías que sólo
se mueven y se imponen porque succionan unas energías humanas
que no son estructurales -como se pretende en el discurso
dominante- sino que son personales y comunitarias.
Hace años que vengo
hablando y escribiendo -a través de variadas terminologías- acerca de
este tema, con una acogida realmente mínima, lo cual me
hace maliciar, por cierto, que el camino elegido no es
el equivocado. Pero en los últimos tiempos se ha operado
un cierto cambio positivo en la recepción del mensaje. Hasta
hace bien poco, mi torpe discurso humanista solía cosechar como
respuesta acusaciones de utopía o llamamientos al realismo, cuando no
-y esto era lo peor- sonrisas de conmiseración. Hace unos
doce años, por ejemplo, casi nadie entendía que el cerramiento
y la autorreferencialidad del conglomerado político-económico pudiera dar lugar a
intercambios opacos de dinero por poder, poder por influencia, o
influencia por dinero. Poco después, sin embargo, todo observador atento
de la vida pública comenzó a aprender que esta apelación
a la responsabilidad -incluso a la resistencia- ciudadana, no provenía
de una especie de moralismo bucólico, completamente inadaptado al pasable
funcionamiento de la economía, a la presunta universalización del Estado
de Bienestar, y a la aparente buena salud de las
instituciones públicas. Son muchos los que han padecido, durante años
todavía recientes, la existencia de unos intercambios subrepticios -tan reales
como inmorales- de los medios simbólicos correspondientes al mercado, al
Estado y a los agentes configuradores de la opinión colectiva.
Han palpado de cerca la arrogancia de los poderosos, la
prepotencia de los situados, el avasallamiento de que han sido
objeto inicativas sociales magnánimas y constructivas, la mentira política, la
violencia terrorista, la guerra sucia acompañada del enriquecimiento de sus
promotores: todo eso que, desde Maquiavelo, se llama en teoría
política “corrupción”.
La referencia a Maquiavelo que acabo de hacer no
carece de cierta intención, y no sólo irónica. La sola
mención del autor de El príncipe parece que nos saca
del limbo de las buenas intenciones moralizantes y nos hace
hincar los pies en el duro suelo de la Realpolitik.
Por otra parte, Maquiavelo se viene reivindicando desde hace varias
décadas como el representante más potente y característico del humanismo
civil, promovido por el renacimiento del humanismo clásico en las
ciudades del norte de Italia -y especialmente en Florencia- en
torno al siglo XVI.
Con la particularidad de que tal
humanismo político se ha vuelto a proponer en nuestros días
como una opción superadora de la interpretación crudamente individualista y
liberal de la democracia. Es el civic humanism, exportado a
los Estados Unidos por el historiador alemán Hans Baron, y
representado hoy por pensadores como Charles Taylor, Michael Walzer, Alasdair
MacIntyre y Michael Sandel.
Por su parte, J.G.A. Pocok, en su
magnífico libro The Machiavelian Moment, ha señalado la posición central
de Maquiavelo, quien enlaza la herencia aristotélica con la tradición
republicana, cuya oposición a la tradición liberal comparecerá más tarde
en las democracias atlánticas, como se refleja por ejemplo en
la polémica entre Jefferson y Hamilton, en el inicio de
la revolución americana. La versión actual de tal debate sería
la discusión entre comunitaristas y liberales tipo Rawls, Dworkin o
Kymlicka. Bien advertido que el Maquiavelo relevante en este contexto
no es precisamente el autor de ese famoso libro, al
fin y al cabo de auto-propaganda, titulado El príncipe, sino
el que se muestra en los Discursos sobre la primera
década de Tito Livio, obra considerada hoy por los especialistas
como el exponente más maduro y completo de su pensamiento
político.
Son innumerables los textos de esta obra en los
que Maquiavelo sostiene que la capacidad creativa y el dinamismo
de una república surgen de la virtud (virtú) de los
ciudadanos, es decir, de su libre participación en la vida
comunitaria y, como consecuencia de ello, en la política de
una ciudad a la que pertenecen como miembros activos y
responsables. No es otro, como ya sabemos, el ideal del
humanismo cívico, tal como hoy día se vuelve a proponer.
Claro
aparece que tal ideal, enraizado en la ética de inspiración
clásica, encuentra actualmente poderosas resistencias en la mentalidad dominante, más
cercana a la posición individualista de Hobbes y Locke, como
ha puesto de relieve Pierre Manent en su reciente libro
La cité de l’homme. Y, sin embargo, en este cambio
de siglo y de milenio empieza a comparecer una “nueva
sensibilidad” para la que es evidente que el Estado no
tiene el monopolio de la benevolencia, ni el mercado la
marca registrada de la eficacia. Aún recuerdo las expresiones de
perplejidad o de burla con que audiencias de gente culta
y honrada recibían -hace sólo una década- las sugerencias sobre
la eficacia del voluntariado, el decisivo papel que pueden jugar
las organizaciones no gubernamentales de promoción y asistencia a los
más necesitados, o el peso económico que el Tercer Sector
llega a adquirir precisamente por operar sin ánimo de lucro
ni de ambiciones partidistas.
Cada vez es más perceptible lo
que antes se hallaba sumergido: la realidad de un tejido
social de carácter prepolítico y preeconómico, que se mueve en
ese ámbito que -en su amplia acepción actual- podemos denominar
“cultura”, es decir, activo cultivo de las capacidades personales y
comunitarias para configurar un modo de vida que acaba por
tener decisivas repercusiones políticas y económicas.
No sólo ha acontecido que
la ciudadanía ha pasado a ser un tema científico y
académico de primera magnitud. Es que los ciudadanos mismos han
echado mano de sus propios recursos y empiezan a “tomarse
la libertad” de operar por cuenta propia, sin esperar permisos
no requeridos ni subvenciones que -las raras veces que llegan-
condicionan su forma de actuar. Y es que, en realidad,
no hay más libertades que las que uno se toma;
mientras que una libertad personal o comunitaria graciosamente otorgada o
concedida no pasa de ser un contrasentido práctico o, como
diría algún filósofo analítico, un “infortunio pragmático”.
Desbordamiento del estatismo Quisiera llamar
la atención sobre el hecho de que el abusivo -ilegal
incluso- desbordamiento del aparato estatal, acompañantes incluidos, sólo es posible
en la medida en que las energías cívicas han sufrido
un proceso de desertización cuyas razones se localizan en el
deterioro de la enseñanza de las Humanidades, en la implosión
de la familia, y en la separación entre la ética
pública y la ética privada. El intervencionismo estatal llega tan
lejos como se lo permite la irresponsabilidad ciudadana, aletargada por
un consumismo que -según dice Daniel Bell- redefine los lujos
de hoy como necesidades de mañana. Es natural, asimismo, que
la debilitación cívica repercuta sobre la decreciente vitalidad de instituciones
imprescindibles para que la libertad concertada de los ciudadanos se
abra camino en la enmarañada selva de la burocratización, el
mercantilismo y la propaganda masiva, que configuran la “sociedad como
espectáculo”.
El humanismo cívico se encuentra en los antípodas del ya
residual empeño por reforzar el Estado de Bienestar e intentar
que el estatismo vuelva a campar por sus fueros. Si
algo ha quedado patente en las últimas décadas es que
la Administración pública es una pésima gestora en la producción
de bienes y en la prestación de servicios. Y, además,
no se trata simplemente de un problema de ineficacia, sino
de que el propio modelo moderno del Estado-nación, centralista y
monopolizador de una soberanía unívoca e incompartible, no da más
de sí.
Ahora bien, la crisis del paradigma político del Estado-nación
no se resuelve con la exclusiva remisión al mercado, que
vendría a ocupar -por la vía de las privatizaciones- el
territorio forzosamente abandonado por las Administraciones públicas.
Porque, entonces, el
esquema resultante no supondría más que una variación del reparto
de cuotas de influencia entre los elementos que constituyen el
tecnosistema. Y lo que pretende el humanismo cívico no es
modificar el peso relativo de cada uno de los elementos
que componen el entramado tecnoestructural.
Trata, más bien, de desburocratizar
y desmercantilizar a un tiempo la entera urdimbre del modelo
social tecnocrático, con objeto de liberar las vitalidades que laten
en el ámbito cultural del mundo de la vida. Intento
que, por cierto, no se confunde con la ya vieja
y ahora renovada propuesta de una “tercera vía”.
Tal como
la presentan, al menos, Anthony Giddens y sus portavoces políticos,
no introduce ninguna aportación neta de solidaridad; y resulta, desde
luego, muy poco esperanzadora, porque la clave teórica sigue siendo
un individualismo sin aliento ético. La “tercera vía” es básicamente
una versión vulgarizada de ese modelo al que Ralph Dahrendorf
llama lib/lab, es decir, una emulsión bien dosificada entre liberalismo
económico y laborismo socialista. Aparte de que no estoy de
acuerdo con que haya sólo precisamente tres vías, y no
muchas más, tampoco acabo de ver cómo la que se
autocalifica como “tercera” puede llegar a ser el camino real
de la izquierda europea y norteamericana.
La superación de la crisis
del Estado nacional implica el paso a ese nuevo modo
de pensar que el humanismo cívico propone, y que se
traduce en la progresiva sustitución del modelo técnico-económico por el
paradigma ético de la comunidad política, que proviene de la
filosofía práctica aristotélica. Es curioso comprobar cómo casi todas las
teorías políticas a la altura de nuestro tiempo descartan la
vigencia del Estado-nación como protector omniabarcante. En cambio, el concepto
de comunidad política -mucho más flexible y graduable- presenta hoy
día una inesperada actualidad: esa novedad característica del humanismo clásico,
a la que antes aludía. No es la menor razón
para ello el avance hacia configuraciones de alcance supranacional, entre
las que la Unión Europea supone la realización más cuajada
hasta ahora. Porque la plena unidad europea sería inviable si
no se llegara a superar el rígido concepto de soberanía
nacional que venimos arrastrando desde el absolutismo político de las
monarquías modernas. Por definición, esta suerte de soberanía es incompartible.
De ahí que, en la medida en que sigamos manteniéndola,
se multipliquen los problemas para compatibilizar la autonomía de las
regiones con la unidad de cada Estado, por una parte,
y la coherencia de la Unión Europea con la pluralidad
de Estados nacionales, por otra. Y es que, en rigor,
el concepto de nación -que vendría a corresponder al etnos
griego- posee un carácter prepolítico. Mientras que, como el propio
Aristóteles vislumbró en su Política, la noción de un Estado
como unidad política basada en el poder y en el
dinero responde más a intereses de tipo militar y comercial
que a las demandas de la vida civil. De donde
procede el error categorial -tan perturbador en nuestro país- de
las propuestas que apuntan a entender España como una especie
de “nación de Estados”, reproducción simétrica a escala variable de
una Europa concebida como un “Estado de naciones”.
El humanismo cívico
no es, ciertamente, una fórmula política: no es un programa
que pudiera aplicarse para abrir tantos callejones sin aparente salida
en los que nos encontramos. Es, como acabo de decir,
un nuevo modo de pensar inspirado por la actitud mental
que el humanismo clásico lleva consigo: un nuevo modo de
pensar que cuadra con las exigencias de la sociedad del
conocimiento y con las percepciones de la sensibilidad posmoderna mucho
mejor que el rancio y agotado esquema del Estado nacional.
La idea netamente cívica de comunidad política, como arquitectónica de
un conjunto plural de comunidades sociales, posee la apertura y
versatilidad suficientes como para relativizar las fronteras y comunicar las
culturas, sin dejarse fascinar por la brillante vaciedad de un
cosmopolitismo globalizador que aplana las diferencias culturales y arrincona aún
más a los ya marginados. (No es de extrañar, por
cierto, que la idea de “ciudadano del mundo” tenga la
misma raíz estoica que está en la base del individualismo
estético tipo new age).
El antídoto contra esa paradójica enfermedad que
podría llamarse “democracia totalitaria” -ese “despotismo blando” que anunció Tocqueville-
no viene dado por un proceso de privatizaciones de empresas
y servicios públicos, ni por la aplicación de esa metáfora
cuantitativa que es la “disminución del tamaño del Estado”. Como
dijo Hannah Arendt -señalada representante contemporánea de la tradición republicana-
el aislamiento individualista es pretotalitario.
Y en España también hemos visto,
durante varias décadas, que la economía de mercado puede convivir
cómodamente con una dictadura política que prohibía el ejercicio de
casi todo los derechos cívicos, con la notoria excepción del
presunto derecho que se deriva del imperativo de Luis Felipe
de Orleans y sus ministros: “¡Enriqueceos!”.
Frente al atomismo social y
al individualismo posesivo, el humanismo cívico apunta a los inagotables
recursos que atesora el temple intelectual y moral de un
pueblo, sólo alcanzable sobre la base de una educación humanista.
Pero ya se ve lo que está pasando entre nosotros
con las antes olvidadas y ahora famosas Humanidades: la vampirización
política de una cuestión cultural de primer orden.
No se trata
tampoco de trasladar la reivindicación de las comunidades cívicas al
plano estrictamente político. A lo que conduce tal confusión es
al Estado corporativo, a cuyo tímido remedo se llamó en
España “democracia orgánica”. Toda democracia apellidada -”popular”, “social”, “real”, “orgánica”-
resulta por ello mismo sospechosa. En lo concerniente a modelos
políticos, no se ha encontrado, ni lleva camino de hallarse,
otro mejor que la pura y simple democracia, basada en
la división de poderes, el sufragio universal y los derechos
humanos. Pero la apelación a la democracia a todas horas
y en todos lo niveles conduce a lo que Ortega
llamó “democracia morbosa”: la politización de la vida civil y
la muerte en flor de los empeños ciudadanos, cuya liberación
y salvaguarda debería constituir precisamente el gran rendimiento de la
propia democracia como régimen de justicia y libertades. Por el
contrario, el actual renacer de la tradición republicana, en su
polémica con el liberalismo ideológico, puede representar un refuerzo positivamente
concurrente con los ideales del humanismo cívico, es decir, con
la concepción que concede relevancia pública a las virtudes ciudadanas.
Mejor
Aristóteles Para precisar más la presencia del humanismo clásico en el
actual revivir del humanismo cívico, debo subrayar que si entiendo
que esta influencia se remite a Aristóteles con preferencia a
otros pensadores griegos, Platón incluído, es precisamente porque en la
ética y la política del Estagirita encontramos un tratamiento que
se atiene estrictamente a la humanidad del hombre, tal como
éste es en realidad, y no como debería ser en
un marco ideal pero inexistente. El propio Aristóteles lo dice
drásticamente en el libro X de la Ética a Nicómaco:
“La verdad es que en los asuntos prácticos se juzga
por los hechos y por la vida, que son en
ellos lo principal. Es preciso, por tanto, considerar lo que
llevamos dicho refiriéndolo a los hechos y a la vida,
y aceptarlo si está en armonía con los hechos, pero
considerarlo como mera teoría si discrepa de ellos” (1179 a
18-23).
Con lo que acabo de decir no pretendo en modo
alguno minusvalorar el pensamiento político de Platón, cuya influencia en
el humanismo civil renacentista ha sido minuciosamente documentada por James
Hankins. Quiero más bien enfatizar un rasgo distintivo de la
filosofía práctica aristotélica que ha constituido uno de los motivos
más claros para que pudiera ser rehabilitada en nuestro tiempo,
hasta el punto de que casi todos los autores que
hoy se pueden encuadrar -de diverso modo y en diferente
medida- bajo la rúbrica humanismo cívico se inspiran en planteamientos
aristotélicos a la hora de encaminar sus ideas éticas y
políticas. Y lo voy a hacer brevemente siguiendo las sugerencias
de uno de esos autores, Charles Taylor, en su artículo
dedicado a examinar la doctrina de la virtud propuesta por
uno de los más profundos y originales pensadores neoaristotélicos de
la actualidad, a saber, Alasdair MacIntyre.
Según Taylor, Platón es el
gran revisionista. Su noción de bien es tal que está
dispuesto a proponer una ruptura radical con el mundo realmente
existente, al menos si uno se toma en serio su
diálogo República. La vida política como búsqueda del honor, la
vida familiar, la acumulación de propiedades como base para el
propio ejercicio de la libertad y la ayuda a los
amigos: todo eso ha de ser sacrificado. Los que se
habían tomado como bienes internos a esas prácticas quedan reinterpretados,
o bien como objetivos neutrales, o bien como peligrosas fuentes
potenciales de corrupción.
La postura aristotélica, en cambio, no es revisionista
sino comprehensiva. Aristóteles se toma en serio el modelo propuesto
en la República, y en el libro II de la
Política critica duramente su unitarismo comunitario. Piensa Platón que “lo
mejor es que cada ciudad sea lo más unitaria posible
(...). Sin embargo, es evidente -arguye Aristóteles- que si la
ciudad avanza en ese sentido y es cada vez más
unitaria, dejará de ser ciudad. Pues la ciudad es por
naturaleza una pluralidad, y al hacerse más una, de ciudad
se convierte en casa, y de casa en hombre, ya
que podemos afirmar que la casa es más unitaria que
la ciudad y el individuo más que la casa. De
manera que, aun cuando alguien fuera capaz de hacer esto,
no debería hacerlo, porque destruiría la ciudad” (1261 a 14-22).
Los elementos que han de constituir una ciudad tienen que
diferir cualitativamente entre sí, de modo que pueda darse la
graduación y la complementariedad indispensables para la armonía social. Entre
ciudadanos libres, la igualdad en la reciprocidad es la salvaguarda
de las ciudades. Es el bien de cada práctica lo
que conserva la ciudad y posibilita su autarquía.
Así pues,
concluye Aristóteles, “si es preferible lo más autosuficiente, también hay
que preferir lo menos unitario a lo más unitario” (1261
b 12-13). Según comenta Taylor, para Aristóteles constituye un error
fundamental el excluir de la vida buena alguno de los
bienes humanos, ya que la propia vida buena está constituída
por todos los bienes que perseguimos, en su correcto orden
y en su debida proporción. Esto significa, lógicamente, que en
algunas circunstancias un bien menor ha de sacrificarse al logro
de un bien mayor. Pero la idea de eliminar por
principio algún bien como inadecuado para formar parte constitutiva de
la vida buena va en contra de la propia esencia
del bien perfecto (teleion agathon), que incluye todos los bienes,
cada uno en su lugar adecuado. Salirse fuera de la
efectiva condición humana es algo que no se debe intentar
ni se puede conseguir. Tal es el primer requisito del
humanismo cívico, según ha discurrido desde Aristóteles hasta nuestros días,
pasando por su renovación renacentista y su moderna configuración republicana,
especialmente en las versiones anglosajonas, refiriéndose especialmente a los Founding
fathers y a Alexis de Tocqueville, Pocock llega a hablar
de una Americanization of virtue.
Frente a la actitud revisionista de
raíz platónica, que pretende establecer a priori una justicia política
universal, la postura comprehensiva de raíz aristotélica propugna que se
legisle sobre la base de bienes realmente buscados en las
comunidades efectivamente existentes. Si traducimos esta oposición a términos actuales,
nos encontraremos con que autores liberales como John Rawls o
Ronald Dworkin mantienen, frente a pensadores de orientación comunitarista como
Michael Walzer o Alasdair MacIntyre, que la teoría de la
justicia tiene que ser definida con independencia de las particulares
prácticas de una sociedad. Aristóteles, por su parte, consideraba que
la determinación del bien práctico no puede proceder de una
disquisición teórica independiente de la experiencia histórica y social. Su
método exige que toda investigación comience con un examen “dialéctico”
de las opiniones en presencia, para dirimir cuál o cuáles
tienen una índole radical e irreductible, y qué otras presentan
un carácter meramente derivado o accidental. Un paradigma de este
modo de proceder nos lo ofrecen los respectivos comienzos de
la Metafísica y de la Ética a Nicómaco. Por lo
que concierne a la teoría de la justicia, es preciso
comenzar a partir de los tipos de bienes y los
tipos de prácticas comunes desplegadas en torno a esos bienes,
tal como se manifiestan en una sociedad determinada. La filosofía
política tiene que abarcar o comprehender todas las variantes de
una práctica dada, de las que en absoluto se puede
prescindir.
Charles Taylor considera, con razón a mi juicio, que las
teorías éticas y políticas que proceden del moderno concepto de
libertad -libertad negativa, según la terminología de Isaiah Berlin- presentan
un carácter más bien “platónico”, en el sentido de “revisionista”
y no “comprehensivo”. Porque la propia idea moderna de libertad
implica, cuando menos, la capacidad de situarse fuera de todas
la prácticas colectivas y ponerlas en cuestión, prescindiendo al mismo
tiempo de la instituciones que las incorporan. El caso más
obvio y espectacular es el de la teorías contractualistas del
siglo XVII y de sus actuales versiones neocontractualistas, con Rawls
como referencia convencional. El impulso que tras ellas late proviene
de la actitud crítica y de la pretensión universalista, en
las que de la típica expresión aristotélica “la vida y
la vida buena” se quedan sólo con el primer término
de la diada. Mientras que para el propio Aristóteles el
primer término de esa conjunción - ”la vida”- presenta una
significación meramente estructural. La exigencia propiamente política procede del segundo
término -”la vida buena”- para cuyo logro es imprescindible asociarse
en una comunidad plural y autárquica. Y, a su vez,
la definición de la “vida buena” remite a las actividades
más altas y específicamente humanas, al ergon propio del hombre.
En la tradición filosófica los dos candidatos para ocupar ese
puesto supremo son, evidentemente, la contemplación de la verdad y
la virtud ciudadana. Bien conocidas son la dificultades que Aristóteles
mismo tuvo para integrar esas dos posibilidades. Pero, según ha
mostrado MacIntyre en Three Rival Versions of Moral Enquiry, la
fusión de ambas posibilidades es hacedera y fue llevada a
cabo efectivamente por el humanismo cristiano de Tomás de Aquino.
La
inversión valorativa entre “la vida” y “la vida buena” -el
establecimiento de una primacía del sobrevivir sobre el vivir bien-
es la gran operación intelectual y política llevada a cabo
por la filosofía moderna desde Thomas Hobbes. Hannah Arendt ha
estudiado este vuelco como la supremacía del trabajo (labor) sobre
la acción (action), es decir, del metabolismo productivo y reproductivo,
propio de la sociedad burguesa, sobre la teoría y la
virtud cívica, características de una esfera pública que tiende a
difuminarse. Por este camino se va perdiendo todo el impulso
ético y cultural del humanismo clásico, hasta acabar en el
actual economicismo pragmático. Como ha señalado Pierre Manent, Hobbes “individualiza”
y “psicologiza” las pretensiones políticas aristotélicas. Donde los humanistas creían
oir la voz pública del ciudadano, Hobbes desenmascara la pasión
privada del individuo, su vanidad y su deseo de dominar
a los demás. En el lugar de la virtud, Locke
sitúa la propiedad. Y, por su parte, Adam Smith sustituye
la ética política por la “imaginación comercial” que reduce todas
las cosas a bienes útiles. Estamos, ni más ni menos,
en la hipótesis aristotélica de un conjunto de hombres que
sólo tienen en común los intercambios comerciales y las alianzas
guerreras, de manera que no constituyen una comunidad cívica, no
pueden discutir acerca de la justicia, no se da propiamente
entre ellos actividad política, ni existe verdadera convivencia, ya que
las relaciones mutuas son iguales cuando están unidos en un
mismo lugar que cuando están separados (1280 b 24-29).
No a
la república procedimental Al disolver los netos perfiles de la “vida
buena” en la abstracción generalizadora de la “vida” sin más,
surge el modelo de una razón descomprometida que pretende moverse
en un ámbito de neutralidad funcional, previo a toda opción
valorativa. Es más, lo que Taylor llama “valoraciones fuertes”, las
opciones vitales básicas, serían factores de perturbación de la pacífica
convivencia, ya que existen concepciones contrapuestas de tipo filosófico o
religioso, que no es posible conciliar. Hemos de remitirnos, entonces,
a normas que prescriban exclusivamente procedimientos democráticos, sin entrar para
nada en la discusión de qué es lo bueno y
lo mejor, lo cual quedaría restringido al ámbito meramente privado.
Lo justo o correcto (right) -en cuyo sólo territorio cabe
lograr acuerdos razonables- prevalece sobre lo éticamente bueno (good), que
resultaría relegado a las preferencias estéticas o lúdicas de cada
individuo o presunto grupo cultural, todas ellas admisibles para una
moral despotenciada en la que lo único indiscutible sería, paradójicamente,
su propio relativismo.
Cuando la ética se desvincula de la vida
personal y se remite a unas reglas presuntamente neutrales, lo
que sobreviene es la desmoralización, la pérdida de la moral
cívica, cuyo sustituto es entonces lo “políticamente correcto”. Hay cosas
que se hacen y otras que no se hacen; hay
verdades que se pueden decir y otras que no se
pueden decir. Y tal distinción no la establece la ley
natural ni la conciencia personal, sino que la prescriben los
“decididores”, es decir, los expertos en cuestiones colectivas.
Con lo
que resulta que el ciudadano medio vuelve a ser considerado
como menor de edad y no está autorizado para acometer
iniciativas de relevancia pública. Como dijo también Edmund Burke, el
dinero se convierte en el “sustituto técnico de Dios”.
Estamos, entonces,
en la república procedimental, donde la ética pública se separa
drásticamente de la ética privada, mientras que la religión y
las opciones morales básicas son consideradas como cuestiones privadas, que
no han de tener trascendencia política alguna. La ética del
humanismo cívico, el sentido moral de la ciudadanía, queda radicalmente
problematizado cuando se considera que el núcleo de la política
es ese campo de neutralidad puramente procedimental que tendría un
carácter pre-ético, por lo que delimitaría un área libre de
disenso en cuestiones fundamentales. Sólo que entonces se declara al
ciudadano como éticamente sospechoso y políticamente incompetente. Y se desconfía,
por principio, de la capacidad intelectual de las personas y
de las comunidades primarias para entablar un diálogo riguroso, del
que puedan surgir consensos racionales, que trascienden los meros consensos
fácticos a los que aparentemente se resigna la repúblicaprocedimental.
Aunque
realmente opere en ella una ideología, no por inercial menos
determinada, que Martin Kriele ha definido como individualismo totalitario. Las
víctimas de este planteamiento insolidario son, sin duda, las personas
más débiles en cada sociedad, y los países más pobres
en el concierto internacional. Porque lo que el permisivismo permite
es, al fin y al cabo, el dominio de los
débiles por los fuertes. Se retrocede entonces a una situación
en la que la marginación no es marginal, sino que
en cierto sentido todas las personas de a pié, la
gente de la calle, queda marginada de los empeños públicos.
Curiosamente,
esta posición de apartamiento de las cuestiones públicas era la
situación de los esclavos en la polis y en la
civitas, durante el florecimiento del humanismo clásico, cuyas limitaciones y
carencias también son hoy penosamente actuales.
En Atenas, por ejemplo,
sólo el ciudadano -libre, varón y ateniense- tenía derecho a
participar en la esfera pública, es decir, en los discursos
del ágora y en las hazañas guerreras. Los demás -esclavos,
extranjeros y mujeres- quedaban encerrados en el ámbito de lo
económico y privado, en el recinto de la casa (oikos),
en el campo de las actividades productivas y reproductivas de
la alimentación y la crianza. El que estaba alejado de
la vida pública y sólo se ocupaba de lo privado
era el idiota, es decir, el que únicamente atendía al
idion, a lo propio.
Y en Roma sucedía que algunos
esclavos llegaban a tener un gran poder económico, ya que
eran quienes se encargaban de administrar las posesiones de los
ciudadanos más importantes.
Pero nadie envidiaba la riqueza de los
esclavos, precisamente porque se les negaba el derecho a participar
en lo que se consideraba más valioso: la vida pública.
El
humanismo clásico muestra en este punto su estrecho alcance, ya
que la mayor parte de la población quedaba excluída de
ese ocio creativo necesario para el cultivo del pensamiento y
la actividad política. Es más, la democracia griega y la
república romana no habrían sido viables sin que sus pocos
beneficiarios tuvieran a su servicio un gran sector de los
habitantes de la polis y la civitas.
A ello conducía la
exaltación de la autarquía, de la independencia de cualquier otra
persona o cosa, que encuentra un reflejo claro -pero un
tanto desagradable- en la ética aristotélica. Del magnánimo o megalopsychos
-uno de los grandes tipos de la moral peripatética- dice
Aristóteles que “se avergüenza de recibir favores, porque es un
rasgo de alguien superior otorgar favores, mientras que lo característico
de alguien inferior es recibirlos” (1124 b 9-10). Por eso
al presunto magnánimo no le gusta que se le recuerden
los beneficios recibidos y, en cambio, evoca con placer los
dones que él mismo ha conferido.
Lo que falta en la
espléndida teoría clásica de la excelencia o virtud es, precisamente,
el reconocimiento del valor positivo de la dependencia respecto de
otros. Es más, según ha señalado MacIntyre en su último
libro (Dependent Rational Animals. Why Human Beings Need the Virtues?
Open Court, Chicago, 1999), los humanos sólo podemos adquirir la
independencia a partir de la dependencia misma, sin que nos
quepa nunca prescindir de esta última. No depender de nada
ni de nadie, además de imposible, sería lamentable, porque conduciría
a la mayor desgracia de todas, es decir, a la
soledad. Lo que sucede es que también hay virtudes de
la dependencia reconocida, que optimizan nuestra continua necesidad de dar
y recibir, de ayudar y ser ayudados. Entre ellas se
encuentra el servicio a los más necesitados, el cuidado de
los más débiles, el respeto a la corporalidad decaída, el
reconocimiento de la dignidad intocable de las personas, la generosidad,
la ternura, el agradecimiento, la compasión. En cierto modo, todas
podrían sintetizarse en una sola: la misericordia o piedad. A
esta finura de la empatía o connaturalidad ni siquiera llegó
el grandioso humanismo de la ética clásica.
La moral ilustrada, por
su parte, se hizo eco de la clásica valoración unilateral
de la independencia, a la que modernamente se llama autonomía
y se considera -en Kant sobre todo- que es la
estructura moral a priori del propio sujeto ético. No es
extraño, entonces, que la ética contemporánea haya llegado a una
tajante escisión entre lo racional y lo emotivo, manteniendo que
nosotros actuamos, o bien por ejercitar la elección racional (rational
choice) en términos pragmatistas de cálculo de beneficios y perjuicios,
o bien por sentimientos no racionalizables de afecto o simpatía
hacia otras personas.
Acontecería, en tal caso, que actuaríamos siempre
de acuerdo con lo que consideramos más conveniente para nosotros
mismos. Pero esto es tremendamente insolidario, porque no es verdad
que si todos buscan su propio interés crecerá el bienestar
general. Y no es verdad, entre otros motivos de mayor
calado filosófico, porque -como ha mostrado Amartya Sen- en situaciones
de extrema pobreza o completo desvalimiento las personas y las
comunidades ya no están en condiciones ni siquiera de pensar
en lo que más les conviene, porque su única preocupación
es conseguir cada día el mínimo de bienes vitales.
La ética
auténticamente humanista es la que se inscribe en un marco
en el cual el dar y el recibir no están
sometidos a un cálculo cuantitativo, en términos de do ut
des, sino que se rigen por la actitud de completa
reciprocidad, sin exigencia de contrapartidas del mismo monto. Tal es,
sobre todo, el caso de la atención personal a los
discapacitados totales, que nunca nos podrán devolver con hechos lo
que hacemos por ellos durante una vida entera. Si el
humanismo es tan soberbio e ilustrado que pierde el sentido
profundamente humano que lleva consigo el sufrir por otros y,
sobre todo, con otros, entonces es que se ha transmutado
en su paradójica oposición, es decir, en lo inhumano o
deshumanizador.
El humanismo clásico nunca llegó a este extremo inferior de
la deshumanización y, a la vez, siempre sospechó del extremo
superior de la entrega de uno mismo a los demás.
Su lema era ne quid nimis: “nunca demasiado”. Ni siquiera
demasiado humanismo sería bueno, porque entonces no sería viable para
ese ser intermedio y entreverado que es el hombre. Pero
el lema ne quid nimis tiene otro posible sentido, a
saber: “nunca es demasiado”. Ahora bien, descubrir la paradoja creativa
de la plena autorrealización a través de la completa entrega
es el gran logro del humanismo cristiano.
*Conferencia en la Fundación
Universitaria Española (Madrid, 3.II.2000).
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