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| Degradación de la política |
Degradación es un término que se ajustaría al estado de
la política en nuestro país. Degradación refiere, precisamente, como el
vocablo indica, a la acción de rebajar la calidad de
algo hacia lo inferior, depreciando o disminuyendo -sería lo propio
decir– la condición o nobleza que le cabría a
dicha actividad. Lo degradado ha perdido parte de su pedigrí;
ha decaído, alejándose de su propio ser o naturaleza. No
en balde dichos períodos “degradados,” decadentes, se los ha descrito
como aquellos de dejadez e invertebración –al decir de
Ortega- nostálgicos de institucionalidad, tiempos, en fin, en donde un
ánimo de pesimismo paralizante, dejan a los individuos perplejos, confusos
y cínicos.
Pero fijémonos en esa realidad, la política, cuya degradación
observamos. ¿Qué es, o en qué consiste? ¿Cual es el
sentido auténtico que comunica la misma? Fiel a su propio
ser o naturaleza, la política es algo propio del
ser humano, aquello que le posibilita el vivir con los
demás. Somos seres humanos pues poseemos la condición de vivir,
con-vivir, con el otro.
Politicidad, se llama dicha condición; somos
animales políticos, siendo la política esa actividad propia que nos
remiten al bien más alto.
Bien común, justicia y amor
a la patria, por ejemplo, son ejemplos íntimos de eso
alto que supone compartir nuestra humanidad, donde el otro, el
prójimo, el vecino, es un fin en sí mismo, nunca
un instrumento para intereses ajenos. No vivir esa naturaleza propia,
política, es ir contra nosotros mismos, es ser idiotas –idiotez
no polités- como recalcaban los clásicos.
Dicha “idiotez” e incultura
–degradación de la “politicidad” humana– se nota en expresiones tales
como que la política se reduce a la lucha por
el poder y éste se identifica con los cargos públicos,
concepto que esgrimiera recientemente el presidente Nicanor. Lo desatinado
de tamaña insensatez no es solamente eso, sino el otro
juicio, que también afirmara, de que la política nada tiene
que ver con los bienes espirituales sino, abonando citas supuestamente
validas de autores en sí contradictorios como Weber y Lenín,
se reduciría a la mera captación del poder del estado.
Y nada más que el estado. Por lo que parece,
entonces, política y estado serian fatalmente consortes, desposados por el
irresistible cebo seductivo del poder.
Pero la perplejidad y asombro
sube a su clímax, apogeo de la insensatez, con las
declaraciones jactanciosas del Senador Galaverna sobre el haber “trampeado” en
las elecciones presidenciales de 1992, desafiando a quien fuere por
las consecuencias “morales” (sic) políticas y jurídicas de tal acto.
¿Serán dichas declaraciones un gesto de responsabilidad de la “transición
democrática” colorada? Ambas creencias, las exudadas en las declaraciones de
Duarte Frutos y Galaverna, son claras en su forma degradada
de entender la política; la actividad del todo vale.
Lo
que no seria tan grave si todo fuera mera retórica
vacía, pero la realidad trágica es que las palabras, irónica
y paradójicamente, son sinceras, honestas, muestran a carta cabal el
modo degradado de hacer política.
Pero política no es eso.
No es un quehacer degradado, reducido al poder. Ni mucho
menos su fin se resume en el estado, política implica
humanidad, es el arte y la ciencia de encontrarse,
de encontrarnos con el otro, con el prójimo creando una
convivencia. Es la posibilidad humana de construir una ciudad humanizada,
donde no sólo las realidades materiales de desarrollo económico sino
también, y aun mas, las no materiales cuenten. Es la
actividad más noble a que puede aspirar un ser humano.
El saber político no consiste en un esquema ideológico, craso
materialismo, cuya meta son cargos estatales, ni menos consiste en
la maniobra artera o la intriga para alcanzar y conservar
el poder. Esto es degradación, mendacidad, engaño, algo que precisamente,
un estadista, presidente de la república o senador, deberían advertir,
prevenir, evitar nunca ensalzar: es que no raramente, el que
siembra vientos recoge tempestades. |
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