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El Empresario Católico y la Política | categoría
Filosofía Política Cristiana | tema
Autor: Pablo Zitto Soria | Fuente: Fundación Guilé
¡Una utopía posible!
Quienes sienten el llamado a cumplir una vocación de servicio en la política encuentran en Tomas de Moro el gran modelo de servidor público
 
¡Una utopía posible!
¡Una utopía posible!


Tomás Moro y su filosofía política

Quienes sienten el llamado a cumplir una vocación de servicio en la política encuentran en Tomas de Moro el gran modelo de servidor público.


Que hombre completo! exclamó Pío XI en 1935 en la bula de canonización de Santo Tomás Moro. La importancia y la actualidad del patrono de los Políticos y Gobernantes (1) crecen sin pausa desde principios del siglo XX, en cumplimiento de la profecía de un gran compatriota suyo, el genial G. K. Chesterton (2).




¡Tomás Moro, su vida y su época.
El mensaje de la Utopía de Moro podría pasar desapercibidos en una primera y superficial lectura, en especial si desconocemos importantes datos biográficos del autor. Su actitud frente a su martirio, sufrido por defender su conciencia y el primado del Papa en el siglo XVI, nos dice mucho sobre quien declaró que moría como “un fiel servido del rey, pero primero de Dios”.

Peter Berglar comenta en su biografía del Canciller de Inglaterra que: ““Tomas Moro vivió como padre de familia, como escritor humanista, como defensor de la Iglesia Romana, como jurista y como servidor del Estado, en plena transición de la Edad Media a la Moderna, inmerso en una radical transformación de Europa”.“(3)

Situemos la obra en la vida del autor. Transcurre el año de 1515, Moro se encuentra en una embajada en Flandes y a su vuelta es requerido para el servicio real por Enrique VIII y su Canciller Wolsey. En cumplimiento de un alto sentido del deber y del servicio pu-blico Tomás Moro acepta el cargo. Dos años después Lutero exponía sus 95 tesis en Wittemberg y junta a ellas toda la Cristiandad se encaminaba hacia transformaciones que dejarían atrás, en forma definitiva, el Orden Medieval.

En su análisis literario Vásquez de Prada advierte que debemos montarnos entre un equilibrio entre la ironía y la seriedad, entre la ficción y la realidad y recordar que Moro con su obra inaugura, en gran parte a la utopía como un nuevo género literario, luego conti-nuado por “La Ciudad del Sol” de Tomas Campanella y “La Nueva Atlántida” de Fran-cis Bacon. Esta enumeración continua ya más cerca de nosotros las civilizaciones extra-terrestres de C.S. Lewis y las ficciones de George Orwels.(4)



¿Una Filosofía Política en la Utopía?
Moro, fiel representante del humanismo cristiano de la época, que sabe articular la herencia clásica y cristiana, expone su relato sobre “La mejor forma de comunidad política y la nueva isla de Utopía” fundando los cimientos de su isla en la Idea del Estado perfecto de Platón; en la sana y perenne doctrina del justo medio de Aristóteles y en la valoración de la familia y del orden como elementos básicos de la sociedad, propuestas por San Agustín.

Erasmo de Roterdam (1446-1536)Junto a su gran amigo, Erasmo de Rotterdam, Moro comparte la crítica a los graves males de la época; la ambición de la nobleza, la escasa virtud de los príncipes y del clero y las injusticias cometidas contra los campesinos. Estas reflexiones lo llevan a mostrar a su ínsula ideal con la situación de Inglaterra y Europa de comienzos del siglo XVI (Ver el coloquio del mismo autor con Rafael Hitlodeo, Libro I, de la Utopía)(5) .

Rafael, ilustre viajero llegado de la isla, nos exhibe a los felices utopianos que trabajan sólo lo necesario para asegurase los bienes que les permitan cultivar la mente y el alma, además de dar seguridad a su ciudad. Han puesto en común sus propiedades para sepultar definitivamente la avaricia y la ambición. Encontramos también elementos autobio-gráficos en el relato, en especial, al describir los estudios de los habitantes de la isla y las pláticas de sobremesa, costumbres del hogar de la familia Moro en Chelsea.

Como ocurría en casa de Moro, siempre hay lugar para el buen humor en la isla de Utopía. Allí todo es alegre, reina la paz, hay educación para todos sin distinciones. No hay desempleados, todos aportan a la riqueza de todos, el “ocio intelectual” es alentado y promovido... “¡y hasta no hay abogados! “(6)

En esta visión “utópica” podemos imaginarnos al autor y a sus amigos cenando juntos en los comedores comunes de la isla, Erasmo delante de Colet y Linacre, a la derecha William Lily y Luis Vives y presidiendo el largo tablón Tomas Moro (7) .
Entretanto, debemos contestar a lo que algunos autores denominan “la paradoja moreana”. (8)

¿Es posible (y necesario, agregamos nosotros) conciliar cuestiones como el ejercicio del sacerdocio por parte de mujeres, el divorcio (por adulterio y por incurrir en “costumbres absolutamente insoportables”) y la eutanasia frente a la fiel doctrina cató-lica de nuestro autor defendida hasta el martirio?

Recordemos que en Moro todo es gracia y elegancia, las aparentes contradicciones son solo eso, aparentes, y las ironías que encontramos en la Utopía esconden verdades pe-rennes encarnadas en la vida del autor. Toda situación, por seria que resulte, resiste una cuota de buen humor. Por ello, Erasmo exclama sobre su amigo “Nunca se sabe si está preocupado o alegre”.

Moro no quiso realmente que su Utopía fuera localizable en tiempo y lugar, menos aún como un proyecto político o una filosofía sistematizada y cerrada; ello surge del relato realizado por el viajero Rafael.

Es también el mismo Moro quien al final de su obra ex-presa: “Al terminar de hablar Rafael, me vinieron a la mente no pocas reflexiones sobre cosas que me parecían absurdas en sus leyes e instituciones. Por ejemplo, su modo de entender la guerra, sus creencias y religión y otros muchos ritos. Pero sobre todo, lo que está en la base de todo ello, es decir, su vida y gastos comunes sin intervención del dinero”.

Por tanto, no es necesario conciliar posturas, las contradicciones como dijimos antes, son sólo aparentes. Llegada la hora de cenar, y sin ánimo de importunar a su invitado, Mo-ro toma del brazo a Rafael y lo introduce en la casa comentando al lector que no puede en modo alguno: “asentir a todo cuanto me expuso este doctor varón, entendido en estas materias y buen conocedor de los hombres”. Más aún, como si ello no fuera suficiente remata su obra con la litote: “También diré que existen en la republica de los utopianos muchas cosas que quisiera ver impuestas en nuestras ciudades. Pero espero que no lo sean” (9)

Tomás Moro nos dice que miremos la injusticia y la infelicidad de nuestras sociedades que se han alejado de Dios y de sus valores evangélicos, y que luego veamos cuán lejos han llegado los felices utopianos siguiendo a la razón natural.

En coincidencia con lo expresado por Suero Roca, el mensaje de Moro nos recuerda que “el orgullo, la ambi-ción, la sensualidad han llegado a rebajar hasta tal punto la conducta cristiana de las sociedades, que resulta humillante y vergonzoso ver cómo los habitantes de Utopía, que no conocen el cristianismo ni han recibido la Revelación, se encuentran a un nivel supe-rior al de las naciones llamadas cristianas” (10).

Encontramos entonces la siguiente clave en la lectura de la Utopía: quienes desdeñen la herencia de los clásicos y rechacen las bases “cristianas” de la obra se encuentran en peligro de incomprender a Moro y a sus alegres “utopianos”. Tanto es así que Chambers comenta que en la primera mitad del siglo XX fueron solicitados por el Soviet Supremo varios ejemplares de la Utopía a fin de estudiar el pensamiento de un comunista en el siglo XVI!

Igual riesgo de inconsistencia siguen, en nuestro criterio, algunas otras interpretaciones que intentan vincular a la Utopía de Moro con la Ilustración del siglo XVIII. En ese sen-tido J.J. Jusserand afirma que: “el espíritu que le anima se parece sorprendentemente al espíritu del XVIII en lo que tuvo de más generoso. Voltaire no ha estado mejor pene-trado del valor de la vida humana, ni Rousseau de la obligación de vivir según la natu-raleza, como Tomás Moro desde el alba del XVI. Las semejanzas son sorprendentes, y la elocuencia del precursor soporta la comparación con la de sus lejanos herederos” (11) .

Resulta por demás forzado aceptar a Tomás Moro como un precursor de Voltaire o a Rousseau como su lejano heredero. ¿Podría la moral “natural” rouseauniana ser el fun-damento para defender hasta la muerte la propia conciencia ante la amenaza de un sobe-rano que no ha respetado la ley de Dios? Más aún, tampoco imaginamos a Voltaire, su religión personal y su “bons sens” amenazados de muerte por fidelidad a un Papa que ha dictado una excomunión contra su propio rey. Estos sentimientos no hubieran alcanzado para sostener la espera de Moro en el cautiverio.

En cuanto a la “filosofía política” reinante en la isla, si bien se podría llegar a clasificar a la obra como de ciencia política, dentro de la categoría de Bobbio de “el estado optimo o la mejor forma de gobierno” nos inclinamos por ver en ella grandes rasgos de ética política. “Utopía es un lugar donde extraer virtudes cívicas, donde el estado organiza y colabora a la felicidad material y espiritual del pueblo, felicidad que “se encuentra so-lamente en el placer bueno y honesto”.“ (12)

Moro no deja a lugar a dudas, la isla o el estado perfecto no existen, son una “utopía”, puesto que la perfección de un sistema no puede darse en la naturaleza humana que no es perfecta sino perfectible. Moro exclama irónicamente: “la Utopía existe y yo he esta-do en ella” siendo que la utopía par él es una realidad metafísica incuestionable puesto que las virtudes reinantes en la isla son observadas fielmente durante toda su vida. (13)


El sentido de la Utopía.
El mensaje y la vida de Moro se alojan en el corazón y en el alma del político que busca todos los días el bien común y la dignidad de la persona, a la vez que no puede confun-dirse en modo alguno con un evangelismo político. “La firme exhortación al compromiso activo del hombre virtuoso en la vida política “de su país, aunque más no sea en función de un posibilismo o malminorismo es rotunda e impostergable. Hay que participar, ser virtuosos y estar capacitados, buenos como palomas y astutos como serpientes.

Ello es resumido magistralmente: “Si no es posible erradicar de inmediato los principios erróneos, ni abolir las costumbres inmorales, no por ello se ha de abandonar la causa pública. Como tampoco se puede abandonar la nave en medio de la tempestad porque no se pueden dominar los vientos.

No quieras imponer ideas peregrinas o desconcertantes a espíritus convencidos de ideas totalmente diferentes. No las admitirían. Te has de insi-nuar de forma indirecta. Y te has de ingeniar por presentarlo con tal tino que, si no pue-des conseguir todo el bien, resulte el menor mal posible. Para que todo saliera bien, de-berían ser buenos todos, cosa que no espero ver hasta dentro de muchos años” (14)

Moro nos recuerda que el problema radica, no tanto en la imposibilidad de alcanzar las playas de su isla, sino más bien en no arriesgar la vida en el intento.



“Notas:“
(1) JUAN PABLO II expresa en su Carta Apostólica del 31 de Octubre de 2000: “Es útil volver al ejemplo de Santo Tomás Moro que se distinguió por la constante fidelidad a las autoridades y a las instituciones legítimas, precisamente porque en las mismas quería servir no al poder, sino al supremo ideal de justicia. Su vida nos enseña que el gobierno es, antes que nada, ejercicio de virtudes”.

(2) G. K. Chesterton expresó en 1929 en sintonía con el “sense of humor” de Moro, que: “El Beato Tomás Moro es más importante en este momento que en cualquier otro desde su muerte, más aún quizás que en el gran momento de su muerte; pero no es tan importante como lo será dentro de cien años.

Podrá llegar a ser contado entre los más grandes ingleses, o, por lo menos, como el más grande personaje histórico de la historia inglesa” (citado por CHAMBERS R. W. “Tomás Moro”. Editorial Juventud Ar-gentina, Buenos Aries 1946 y BERGLAR, PETER, “La Hora de Tomás Moro” Editorial Palabra, Madrid, 1989).

(3) BERGLAR, PETER, La hora de Santo Tomás Moro, Ediciones Palabra, Madrid, 1989. Ver también biogra-fías de Tomas Moro citadas al final de este trabajo.

(4) TOMÁS MORO, Utopía, (Introducción, traducción y notas de Andrés Vázquez de Prada), Ediciones Rialp, S.A., Madrid 1989. p. 15.

(5) Quevedo reafirma la idea al expresar “Yo me persuado que fabricó aquella política contra la tiranía de Inglaterra, y por eso hizo isla su idea.

Y juntamente reprehendió los desórdenes de los príncipes de su edad. Fúerame fácil verificar esta opinión; empero no es difícil que quien leyera este libro la verificare con esta advertencia mía: quien dice que se ha de hacer lo que nadie hace, a todos los reprende: esto hizo por satisfacer su celo nuestro autor” Ver Nota de Francisco de Quevedo en la traducción Jerónimo de Mdilinila de 1637 que se encuentra en la versión de Utopía de Ramón Ezquerra, Edición Apolo, Barcelona 1937)

(6) Moro, honesto y hábil abogado de mercaderes londinense del paño y de la seda, no duda describir con simpatía y veracidad a sus colegas como: “...esos picapleitos de profesión, que llevan con habilidad las causas e interpretan sutilmente las leyes...” TOMÁS MORO, Utopía, Alianza Editorial, Madrid, 2001, p. 174.

(7) Todo está preparado para Moro, sus amigos y todos utopianos “No hay cena sin música; y en ella se sirve siempre un postre de dulces variados. Se queman ungüentos y se esparcen perfumes. Nada se per-dona para que reine la alegría entre los comensales. Hacen de grado suyo aquel principio de que nin-gún placer está prohibido con tal que no engendre mal alguno” TOMÁS MORO, Utopía, Alianza Edito-rial, Madrid, 2001, p 138.

(8) TOMÁS MORO, Utopía, (Introducción, traducción y notas de Pedro Rodríguez Santidrián), Alianza Edito-rial, Madrid, 2001, p 14.

(9) íbidem, p. 210. La litotes es el modo de afirmar por doble negación, o negando lo contrario de lo que se quiere afirmar.

Un ejemplo magistral es la consideración con que Moro cierra la obra “así como no puedo asentir a todo lo que dijo, así también he de confesar de buen grado que en la Republica de los utopien-ses hay muchas cosas que desearía ver implantadas en nuestras ciudades, aunque, la verdad, no es de esperar que lo sean” Ver TOMÁS MORO, Utopía, Ediciones Rialp, S.A., Madrid 1989. pp. 22 y 206. Ve-mos como esta última cita, que es una traducción directa del latín realizada Andrés Vázquez de Prada, otorga un mayor brillo al recurso estilístico del autor.

(10) TOMÁS MORO, Utopía, (Estudio preliminar de Teresa Suero Roca), Editorial Bruguera, Barcelona, 1978, p. 37.
(11) J.J. JUSSERAND, Histoire littéraire du peuple anglais , I, París 1911 pág 79.
(12) TOMÁS MORO, Utopía, Alianza Editorial, Madrid, 2001, p. 151.

(13) La forma en que Moro accede y se desempeña al frente de la Cancillería del Reino es la mejor prueba de su compromiso personal por alcanzar la virtud. La virtud del hombre hace al buen funcionamiento de las instituciones y los sistemas.

(14) TOMÁS MORO, Utopía, Alianza Editorial, Madrid, 2001, p. 103.


 
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