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| El nacionalismo del Estado Moderno |
El nacionalismo del "Estado moderno", resultado del
contractualimo, principal enemigo del patriotismo
Uno de las manifestaciones más
patentes de la ruina del espíritu característica de la Modernidad
es la aniquilación del concepto moral y natural de Patria
a manos del concepto político y polémico de Nación
El
hombre nace en una familia, primera sociedad a la que
pertenece y en la que está sujeto a una autoridad
de origen divino-natural inmediato, la patria potestad. A través de
ella el individuo se asoma al universo viviente, recibiendo, en
principio, todo aquello que precisa y, de modo especial, se
arraiga, es decir, se convierte en beneficiario de las conquistas
del espíritu atesoradas por la comunidad a la que se
incorpora. Éste es sin duda el origen de la vida
social, y con base en él debe interpretarse todo el
concepto de sociedad.
La familia tiende, por su propia naturaleza,
a propagarse y a establecer lazos estables con otras familias,
dando lugar a clanes, tribus y otras comunidades humanas surgidas
en torno al matrimonio y el parentesco de sangre. Estas
realidades enriquecen y refuerzan el arraigo, la identidad del individuo
que, de esta forma, no forja su propia personalidad partiendo
del vacío de un hipotético entorno asocial.
Con frecuencia, las
necesidades de todo orden que afectan a la existencia humana
y las ventajas de la división del trabajo conducen a
estas sociedades elementales a agruparse entre sí formando municipios, comarcas
y otras comunidades territoriales más amplias, en las que también
la sintonía en lo que se refiere a creencias, costumbres
y modos de vida desempeñan un papel aglutinante.
De todo
este proceso federativo, en lo que tiene de enriquecedor y
profundizador, surge la Patria, que es, ante todo, un producto
del espíritu. Por eso, los antiguos hablaban de la Patria
chica, aludiendo a la región o comarca de la que
eran oriundos, y de la Patria grande, que era la
identidad espiritual emanada de la comunidad superior de todos los
pueblos, regiones, comarcas, tribus y familias.
Desde este punto de
vista, el patriotismo no es nunca una realidad excluyente, agresiva
con respecto a otras Patrias, sino que, por el contrario,
valora y defiende la libertad de la Patria como presupuesto
ineludible para la libertad del hombre.
Tras la conmoción de
los espíritus que trajeron la Reforma y la Revolución, el
supremo vínculo de hermandad entre las Patrias, la Cristiandad, fue
desgarrado, dando paso al Estado-Nación.
Las "Naciones modernas" no surgen
en virtud de un paulatino proceso federativo, sino como consecuencia
de un contrato social, es decir, mediante el ayuntamiento mecánico
de la voluntad de un número indefinido de individuos y
el usufructo de su fuerza por un Estado que ostenta
toda la autoridad y la hace valer en una serie
de circunscripciones territoriales.
En los regímenes de suelo revolucionario, el
sentido comunitario queda sustituido por una ruidosa propaganda de libertad
ilimitada e irresponsable, que priva al hombre de sus raíces,
de la herencia espiritual con que antes estaba equipado para
encontrar su lugar en el mundo, quedando inerme ante la
amenaza del totalitarismo inevitable al que tiende el ejercicio de
la autoridad en un contexto de individualismo feroz y antisocial.
La "Nación moderna" constituye, en definitiva un concepto estrechamente ligado
al surgimiento del Estado contemporáneo de corte liberal y revolucionario
y a su característica politización delirante de toda la realidad.
La teoría liberal de la representación y, singularmente, la soberanía
popular entendida al modo revolucionario concibe al individuo en términos
universales y abstractos y, sobre esta premisa, levanta todo el
edificio político del Estado, reglamentando todas las esferas de la
vida humana y destruyendo la vitalidad natural de la sociedad.
El Estado moderno, que pretendió justificarse inicialmente como autoridad neutra,
objetiva y racional, superadora de las guerras de religión, trata
hoy de aniquilar definitivamente a las Patrias a las que
acusa de ser las causantes de las guerras suscitadas por
el nacionalismo que él mismo entronizó, transformándose en el instrumento
de dominio universal de la sinarquía plutocrática. Desde la perspectiva
de este planteamiento el poder político es un simple administrador
de recursos, careciendo de sentido plantearse la cuestión de la
Legitimidad. La Nación no es una realidad previa al Estado
y a la que éste debe servir. El Estado es
la realidad sustantiva, y la Nación el proyecto político a
cuya efectiva implantación consagra aquél todas sus energías.
El momento
presente es momento de lucha por la Patria. Sólo su
restauración librará a la humanidad de la tragedia del odio
nacionalista. El mundialismo pretende desarraigar al individuo totalmente, sometiéndole a
las exigencias de un materialismo economicista que gregariza a las
sociedades precisamente a través del fomento de un individualismo radical.
Luchar por la Patria es luchar por los valores del
espíritu que configuran una existencia humana digna y libre.
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